CATÓLICO (518-527)
4.9 TEODORA, AMANTE DE CRIADOS Y PATRIARCAS (?) Y ESPOSA DEL EMPERADOR
Ella tenía, incuesüonablemente, gran ascendiente sobre él. «No hacían nada el uno sin el otro», anota Procopio dos años después de la muerte de ella, afirmación más aplicable, en propiedad, a él que a ella. Teodora, una mujercita grácil, siempre elegante, delgada, pálida, de ojos grandes y negros, que miraban con vivacidad, era temperamental y no carente de ingenio. Poseía asimismo una enorme fuerza de voluntad y era, de seguro, aún más enérgica que su marido. Veinticinco años estuvo sentada junto a él y no tan sólo ocupando el trono, pues en realidad era una especie de viceemperador y corregente. En ocasiones regía, incluso, más que el propio Justiniano. De ahí que se permitiera escribir al rey de los persas: «El emperador no decide nunca nada sin consultarme previamente».48
Teodora era hija de un vigilante de osos del hipódromo. Según Procopio, cuando aún era una niña mantenía ya relaciones antinaturales y lascivas con los jóvenes hijos de proceres que venían a visitar el circo. Después prestó «servicios obscenos como paje» en una casa pública, llegando a entregarse, en una sola orgía, a más de cuarenta hombres. Según confesión propia, Procopio se vio efectivamente obligado a callar muchas cosas «por temor a los espías, a la venganza de los poderosos, a la más horrible de las penas de muerte», pero precisamente en su Historia arcana se muestra proclive a la denigración. Dicha historia rezuma, en verdad, odio incontenible contra Justiniano y Teodora a quienes él («y la mayoría de nosotros») tenía por auténticos engendros propios de una pesadilla, por la encamación de figuras infernales, por diablos en figura humana, ilustrándolo todo con profusión de anécdotas espeluznantes. Téngase, sin embargo, en cuenta que todo esto proviene de la pluma de un patriota declarado, completamente leal, en el fondo, a la causa del Imperio. Y por violenta que sea su retórica e inagotable su caudal de palabras; por violentos que sean los torrentes de enormes y, no pocas veces, increíbles improperios con los que fustiga la política de la cristianísima pareja imperial, su crítica sabe casi siempre poner el dedo en la llaga. Entre otras cosas nos informa de dos niños de Teodora y de los continuos abortos de quien, de ahí a poco, tanto predicaría el recato y la castidad. Venal, indigna y lasciva, así la denomina un moderno historiador, y también auténtico «producto cosmopolita, mezcla de grosera prostituta, payaso femenino y cabaretista» (Rubín). Todavía hoy, sus enigmáticos ojos, insondablemente oscuros, siguen mirándonos fijamente desde los mosaicos de Ravena.49
Teodora puso fin a su actividad como actriz de teatro, actividad que se agotaba por lo demás en la pantomima cómica o en los «cuadros vivos» -y que también desplegó presumiblemente en el teatro «de las cortesanas»- al casarse con el gobernador de las provincias africanas Hecébolo. Éste, sin embargo, la mandó pronto a paseo, algo que no redundó en su perjuicio, pues después de volver, parece, al vil arroyo, pronto limitó su trato, el íntimo, a personas de alta o de altísima posición. Entre ellas, probablemente, el patriarca monofisita de Alejandría, Timoteo III, su «padre espiritual», a quien recordó agradecida toda su vida y a continuación, tal vez, el patriarca Severo de Antioquía, a cuyas manos pasó desde las de Timoteo. Después se enamoró de ella Justiniano, quien la ennobleció y acabó casándose con aquel «tigre femenino», grácil, tenaz e impulsado por el instinto. Justiniano leía en sus ojos sus deseos y puso medio mundo a sus pies. Muy raras veces hubo en verdad, en la esfera del poder supremo, dos personas que estuviesen tan hechas la una para la otra. «El sistema del Estado se convirtió en combustible que alimentaba el fuego de aquel amor» (Procopio).50
Teodora compartía con Justino la pasión por la teología y la política religiosa. Sin embargo, en contraposición a él, adalid fanático, según todas las apariencias, del Concilio de Calcedonia, ella era, ya antes de su ascenso al trono, partidaria de los monofisitas. Ello era, tal vez, resultado de su antiguo amor al patriarca Timoteo, su «padre espiritual». En todo caso le valió mucho incienso de parte de los teólogos monofisitas, quienes falsearon incluso su origen haciéndola pasar por hija de un sacerdote monofisita. A raíz de su muerte celebraron su fama haciendo repicar las campanas de todas las iglesias. Es posible que ella creyera realmente –ya entre sus contemporáneos corrían al respecto los más diversos rumores- en lo que propugnaba. Desde sus mismos comienzos el cristianismo introdujo la discordia entre los más allegados separando, bajo la incitación implacable del clero a los hijos de sus padres, a la mujer de su marido. Puede ser, sin embargo, que Justiniano y Teodora se limitaran, como ya sospecharon el emperador Anastasio y los suyos, a representar una comedia ante el mundo, mofándose cínicamente de él tras haber acordado pérfidamente que el uno profesase en favor de las dos naturalezas del Señor y el otro en favor de una única naturaleza, es decir, en favor, cada uno de ellos, de una de las dos grandes comunidades cristianas al objeto de vincular a ambas a la casa imperial.51
Teodora llegó incluso a fundar monasterios de los que partían misioneros monofisitas y a sabiendas de todos, incluido su propio marido, dio cobijo en su palacio a muchos prelados de ese credo. El patriarca Antimos, a quien Justiniano elevó a la sede de Constantinopla en 535, en una de las fases monofisitas de su política, para darle la patada, al año siguiente por consideración al papa y también, ostensiblemente, con vistas a sus planes de guerra para Italia, sólo salió doce años después del palacio, cuando ya era cadáver.52
La hetaira, notoria en toda la ciudad, se convirtió súbitamente, una vez esposa del emperador, en un mujer casta y pía. Su mano era desprendida para con las iglesias y los monasterios. Propugnaba leyes matrimoniales, reglamentaba la vida nocturna e intentaba, incluso, reeducar a las prostitutas de Constantinopla en una «Casa de Penitencia», acogiendo allí a más de quinientas niñas y mujeres por las que pagaba a razón de 5 piezas de oro por cada una. La mayoría de ellas se arrojaron, parece, al mar llevadas de la pura desesperación. Comoquiera que fuese, en ella, el ascetismo y la frustación se tomaron en inhumanidad. Y así, mientras otrora gustaba usar del coito en beneficio de su vida, ahora se complacía en ordenar torturas como recreo de esa misma vida. Día a día acudía a la cámara de los tormentos para deleitarse ávidamente en su contemplación. «Si no ejecutas mis órdenes -rezaba su máxima favorita-, te juro por el Eterno que haré que te arranquen la piel de la espalda a latigazos».53
Sin duda alguna Teodora, cuyo despotismo, amor y, sobre todo, odio rebasaban todo límite y a la que una fruición casi maníaca le impulsaba a imponer a sus enemigos el destierro, la prisión, la muerte y toda clase de oprobios y deshonras, era cien veces más temperamental que su coronado señor y también capaz de liquidar despiadadamente a los mismos favoritos de este último. Fue
ella, según parece, la que dio también instrucciones para organizar una serie de procesos-farsa contra supuestos homosexuales de las clases altas. Pues, si hemos de creer a Procopio, el rostro de Justiniano no dejaba traslucir ira o indignación ni siquiera frente a quienes provocaban el más estridente de los escándalos, sino que «con suave mirada, con las cejas levemente caídas y en tono grave, ordenaba matar a millones de inocentes, destruir ciudades y requisar todas sus propiedades para las arcas del Estado. Con este carácter el hombre hubiese podido pasar ante todos como un manso cordero». Y no olvidemos que este hombre era el mismo cuya piedad se alababa acá y acullá, que llevaba el epíteto de «divino», cuya ley y palacio eran denominados
«sacer» y «sanctus». El mismo era celebrado como el más pío de los príncipes (piissimus).
Hombre capaz de escribir por su parte: «El emperador, cuya soberanía está basada en la santa religión, gobierna por la gracia de nuestro Señor en las cosas terrenales [...] habiendo obtenido su cetro por la bondad del Poder eterno».54
Apenas es posible imaginarse a Teodora combinando esa continencia de manso cordero con esos zarpazos de bestia más que carnicera. Pero, dejando eso aparte, hasta su muerte, acaecida en 548 a causa de un cáncer y cuando contaba 52 años, fue tan maníaca de la pompa, tan codiciosa del poder y del dinero, tan sanguinaria y embustera, tan desaprensiva como el mismo Justiniano. Una parte de las fincas con que le obsequió el emperador estaba en Asia Menor o en Egipto y solía recorrerlas en sus viajes, al final de su vida, acompañada de un séquito de servidores en número de 4.000 personas, despilfarraba en un santiamén sumas desorbitadas. Ella misma provenía de la nada pero extremaba los gastos de representación. No había nada en lo que ella no interviniese con su opinión y con sus intrigas, ya fuese en la administración, en la diplomacia o en la Iglesia. Encumbraba a sus favoritos a posiciones clave y hacía y deshacía patriarcas, ministros y generales.55
Impuso también prescriptivamente el humillante saludo de la prosternación ante el soberano (la
Proskynese) y vigilaba con ojos de argos un protocolo que obligaba a sufrir larguísimas esperas
en las antecámaras incluso a los más altos cargos de la corte. Prodigaba la cárcel y el exilio a todos cuantos no eran de su agrado. Es más, convocaba tribunales especiales con tal de saciar antes su sed de venganza y engrosar aún más su gigantesco patrimonio. Procopio informa acerca de un senador próximo a Belisario, senador que acabó encadenado a un pesebre en un calabozo subterráneo: «Lo único que la faltaba para dar la imagen total de un asno era el relincho del animal». Y sobre el general Buzas, cuya actividad militar ha merecido hasta nuestros días juicios ampliamente favorables y que se pasó al parecer más de dos años encerrado en una cárcel sin luz del palacio, nos dice Procopio: «El hombre que venía diariamente a arrojarle la comida lo trataba como un animal a otro animal, como un mudo ante otro mudo». Teodora no era la última en sacar provecho de las confiscaciones, cada vez más numerosas, de patrimonios privados. En relación con ello había, al servicio de sus intereses, todo un estado mayor propio, con chivatos y agentes secretos, de modo que, tras su muerte, el emperador se limitó a hacerse cargo de este cuerpo de agentes aunque no supo usarlo con la misma alevosía.56
Como mujer a la que nada resultaba más ajeno que el estudio de actas, la erudita obsesión por el detalle y, a mayor abundancia, la ocupación en bagatelas, hallaba, al revés que Justiniano, tiempo suficiente para cuidar su físico. Al decir de Procopio, quien desde luego tenía una lengua especialmente venenosa para con ella, hacía todo cuanto podía y más para cuidar su cuerpo. Por las mañanas tomaba un baño desusadamente largo y se desayunaba con los más diversos manjares y bebidas, variedad igualmente amplia en cada comida. Después solía descansar de nuevo pese a que, por lo demás, dormía mucho tiempo. «Aunque la emperatriz se entregaba así a toda clase de excesos, creía, con todo, que podía gobernar el reino en las pocas horas que le quedaban.»57