En la primera parte de este capítulo, hemos desarrollado el proceso de configuración ideológica de “la familia”, que moldea, aún hoy, los valo- res, percepciones y prácticas acerca de las relaciones familiares en mu- chos sectores sociales. No hemos pretendido presentar una descrip- ción histórica, sino más bien recorrer hitos en la construcción del modelo de familia que se impuso socialmente, más allá de las prácti- cas concretas en cada región y país.
La dificultad para abordar en forma unívoca el tema de las familias ya ha sido tema de debate entre los historiadores sociales. Por ejem- plo, dos de los más importantes historiadores de la familia, como Mi-
chael Anderson (1980) y Peter Laslett (1972),9difieren en sus conside-
raciones acerca de las organizaciones familiares. Mientras que para el primero no ha habido nunca un solo sistema familiar; para el segundo, la organización familiar fue siempre e invariablemente nuclear. Posible- mente la ambigüedad del concepto de familia sea una de las razones de las discrepancias, ya que, según sea el que se considere (lo cual no es neutro), difieren los análisis de los hogares, el parentesco, la sexua- lidad, los lazos de afecto y los procesos de socialización, interpretados en los discursos según los contextos históricos y culturales. Otra de las
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posibles razones está vinculada con los sectores sociales que se anali- zan. Así, por ejemplo, Ricardo Cicerchia (1994) describe en las fa m i l i a s latinoamericanas de los siglos XVIII y XIX uniones consensuales e inter- étnicas, familias encabezadas por mujeres, grupos familiares pequeños y redes de parentesco, es decir, un conjunto de prácticas que poco tie- nen que ver con el modelo universalizado de familia, especialmente cuando se investigan los modos de vivir y convivir de los sectores popu- lares. El análisis de las dinámicas de las relaciones familiares en estos mismos siglos en la Ciudad de Buenos Aires, abordado por este autor, especifica algunos de los argumentos citados en este capítu l o .
En el discurso hegemónico, tal como hemos desarrollado hasta aquí, familia y maternidad aparecen mutuamente implicadas. Además, la maternidad es una experiencia singular en la vida concreta de mu- chas mujeres. Por lo tanto, nos hemos referido a ella en su doble as- pecto: el de reproductora de los valores dominantes (aun a costa de las mismas mujeres-madres) y el de deconstructora de estos mismos va- lores, como nos presentan las prácticas de la maternidad social, que tan bien nos enseñaran las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.
Finalmente, el análisis de la información para los últimos diez años de la Argentina, década de profundas transformaciones en lo económi- co, social y cultural, nos sugiere que las familias están progresivamen- te transformándose: reducción en el tamaño medio de los hogares, ma- yor número de parejas que conviven sin vínculos legales; aumento de la población divorciada, crecimiento relativo de más del 25% de los ho- gares que tienen a una mujer como jefa.
También se observan distintos patrones sociales y culturales y es- tructuras demográficas, según las regiones del país y los niveles de in- gresos: mayores niveles de uniones en la región nordeste y en la pata- gonia y un porcentaje de casados menor; más frecuencia de hogares unipersonales en el GBA y en la región pampeana (por la estructura por edad más envejecida, particularmente en el caso de las mujeres); pre- valencia de las parejas sin hijos en la región del GBA, mientras que es- ta forma familiar es menos frecuente en el noroeste y el nordeste; ma- yor proporción de solteros y de personas unidas de hecho en los sectores de menores ingresos. Esta descripción permite dar cuenta de procesos comunes, y de otros diferentes, que nos aproximan a la rea- lidad de los arreglos familiares en la Argentina contemporánea.
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2. Relaciones de género
y de autoridad
Graciela Di Marco
Introducción
En este capítulo presentamos algunas reflexiones sobre las relaciones de género dentro de las familias, las construcciones de identidades fe- meninas y masculinas, y los sistemas de autoridad familiares. Más ade- lante, en el capítulo 4 “Masculinidades y familias”, nos referiremos es - pecíficamente a la construcción de las identidades masculinas, pues existe un corpus de resultados de investigación y desarrollos teóricos para repensarlas, a la luz de los desafíos que presenta el proyecto de construir relaciones sociales más igualitarias.
En los últimos treinta años el concepto de “ g é n e r o” se ha difundido en varios espacios, especialmente en el mundo académico y en el mo- vimiento social de mujeres. Empujado por las movilizaciones que procu- ran el reconocimiento de los derechos de las mujeres, el tema ha ingre- sado en las arenas políticas, tanto nacionales como de los organismos internacionales. La creciente aceptación de este término también ha generado su banalización, la que se expresa en su utilización como si- nónimo de sexo, apelando a diferencias binarias basadas en la hetero- sexualidad y en la dupla naturaleza-cultura, o como una “variable” o “conjunto de roles”. Por otra parte, la asimilación del concepto de géne- ro a la categoría “mujer”, paralelamente a la extensión de su uso, si bien ha contribuido a “visibilizar” a las mujeres como colectivo social subor- dinado, también ha conllevado, en algunas ocasiones, a desconocer la construcción de las relaciones de género, naturalizando las desigualda- des entre hombres y mujeres –así como entre otras identidades gené- ricas– sin tomar en cuenta el conjunto de prácticas, valores y normas socioculturales que constituyen el sustrato de tal relación.
Las teorías de género presentan una gran riqueza conceptual, des- de las diversas vertientes del pensamiento feminista. Sin embargo, nuestro propósito en este capítulo no es pasar exhaustiva revista sobre cada una de ellas, sino tomar algunos puntos centrales, invitando a su profundización desde los aportes de diversas autoras, algunas de las cuales presentamos en la bibliografía de este capítulo.
En el Segundo sexo, Simone de Beauvoir (1949) afirma que “una mujer no nace sino que se hace”, refiriéndose al sexo no como hecho
biológico sino como una experiencia cultural, de este modo cuestiona los supuestos de que la biología es destino, y su reflexión teórica se convierte en hito fundamental de la teoría feminista.
La socióloga británica Ann Oakley (1972: 158) en el libro Sexo, géne -
ro y sociedad, publicado en 1972, introduce el término género en el dis-
curso de la ciencia social, distinguiendo “el sexo” como un término bio- lógico y “el género” como un término psicológico y cultural; allí señala que ser masculino o femenino es algo bastante independiente del se-
xo biológico.1En escritos recientes, Oakley (1997: 32) considera que el
sexo tiene un referente biológico en los términos “hembra” o “macho”, basado en la diferenciación cromosómica, mientras que el concepto de género se refiere a las múltiples diferenciaciones de los cuerpos que ocurren en el espacio sociocultural.