Coordinadora editorial Graciela Di Marco Coordinadora técnica Eleonor Faur Autoras Graciela Di Marco Eleonor Faur Susana Méndez Diseño de tapa
Juan Pablo Fernández Bussi
Diseño de interior Guadalupe de Zavalía
ISBN: 950-511-940-2 Coordinación editorial
Área de Comunicación. UNICEF. Oficina de Argentina Junín 1940, PB (C1113AAX), Ciudad de Buenos Aires Mayo de 2005
Índice
Prólogo ... 7 Acerca de este libro... 11 Introducción... 13 1. Las familias
Graciela Di Marco ... 25 2. Relaciones de género y de autoridad
Graciela Di Marco ... 53 3. Niñez y adolescencia Susana Méndez ... 69 4. Masculinidades y familias Eleonor Faur... 91 5. Conflicto y transformación Graciela Di Marco ... 111 6. Políticas sociales y democratización
Prólogo
Durante la última década, las ciencias sociales argentinas han ofrecido i m p o r tantes estudios sobre las familias y fueron evidenciando algunos cambios significativos operados en ese ámbito. Entre otros hallazgos, se evidenció la diversidad de estru c turas familiares contemporáneas, se c o n s t ruyó una historia de la familia en la Argentina del siglo X X, y se
visi-bilizaron las nuevas intersecciones entre el mundo de la familia y el mun-do del trabajo, y su impacto en la transformación de las relaciones entre los géneros.
Los estudios fueron mostrando de distintas formas cómo las fami-lias cambian y también cómo las famifami-lias se reacomodan y sobreviven a los cambios, denotando en su interior nuevos perfiles y dinámicas. Hoy por hoy, incluso con todas las alteraciones que esta institución es-tá atravesado, la mayor parte de la población argentina vive en familias. Uno de los cambios más importantes que están atravesando las fa-milias se relaciona con la creciente incorporación de las mujeres al em-pleo remunerado. La importante afluencia femenina en el espacio pú-blico redefine el marco de las relaciones en el espacio privado. Y esta redefinición no necesariamente implica un déficit en las familias sino que, por el contrario, puede contribuir a la construcción de relaciones más democráticas entre hombres y mujeres y entre adultos y niños.
Las familias son los primeros espacios donde los niños y las niñas se vinculan con otros. Son también los ámbitos donde se incorporan normas de relaciones interpersonales y representaciones sobre la equi-dad en esas relaciones. Por estas razones, la familia es un territorio pri-vilegiado para el aprendizaje de niños, niñas y mujeres sobre los dere-chos humanos.
Sin embargo, las familias no siempre disponen de las condiciones que determinan el ansiado “calor de hogar”. En ocasiones, las dificulta-des son de índole económica, pero otras veces, aun teniendo o no cu-biertas las necesidades materiales para una vida digna, las familias atra-viesan problemáticas que se arraigan más en cómo se desarrollan las relaciones de poder y autoridad dentro del espacio familiar.
Las familias constituyen campos donde se producen los más diver-sos intercambios entre generaciones y géneros. Afectos, bienes eco-nómicos, decisiones que afectan la vida de los integrantes,
responsa-bilidades por el cuidado de otros, resquemores y alegrías son algunas de las dimensiones que dan vida a las relaciones familiares. Y, en este constante intercambio, se ponen en juego las posiciones relativas de los distintos integrantes: hombres, mujeres, niños y niñas.
En este contexto, muchas familias se encuentran impregnadas por situaciones de violencia física y psicológica, que afectan en una propor-ción significativa a las mujeres y a los niños y niñas.
Conscientes de la complejidad que atraviesan las relaciones familia-res, los tratados de derechos humanos ofrecen una serie de orientacio-nes que permiten regular las relacioorientacio-nes entre géneros y generacioorientacio-nes, a la vez que legitiman el papel de los Estados en esta regulación. De este modo, la Convención sobre los Derechos del Niño, la Convención
sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra la Mujer, y la Convención para Prevenir, Sancionar y Eliminar la Violencia contra las Mujeres redefinen la relación históricamente existente en el
sistema jurídico entre “lo público” y “lo privado”, según la cual las mujeres y los niños eran considerados como poblaciones cuyo reconoci -miento se realizaba a través del “padre de familia”. Este concepto, que veía a la infancia y a las mujeres adultas como dependientes del hom-bre adulto, se plasmó durante siglos en la legislación mediante las le-yes de “potestad marital” y de “patria potestad”.
Sin embargo, a partir de las convenciones, y de la adecuación de las legislaciones nacionales, tanto las mujeres como los niños, niñas y ado-lescentes son reconocidos como sujetos con derecho propio. Y, en con-secuencia, la violencia en el espacio familiar pasó a constituirse en un problema de política pública.
En efecto, las convenciones sobre derechos de niños, niñas y muje-res nos indican, por un lado, que los niños tienen el derecho de vivir en familias, y que éstas “deben recibir la protección y la asistencia nece-sarias para poder asumir plenamente sus responsabilidades dentro de
la comunidad”.1Pero, también, sostienen que las mujeres y los niños
tienen el derecho de vivir sin violencia, y que “la educación de los ni-ños exige la responsabilidad compartida entre hombres y mujeres y la
sociedad en su conjunto”.2
De distintos modos, los marcos jurídicos internacionales han gene-rado respuestas para las situaciones de violencia que se producen en estos ámbitos, y que durante siglos fueron invisibilizadas en función de
. . . .
1Convención sobre los Derechos del Niño, Preámbulo.
2Convención sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación con
-tra la Mujer, Preámbulo.
D E M O C R AT I Z AC I ÓN D E L AS FA M I L I A S
apelar a la “privacidad” de las relaciones familiares. De distintos modos también, los tratados de derechos humanos han sentado las bases para
la democratización de las relaciones familiares.
En otras palabras, los tratados internacionales de derechos humanos llaman a prestar atención a las familias no sólo en su papel de beneficia-rias de políticas sociales, sino también en su configuración como espa-cios donde comienzan a construirse los valores de justicia y democracia. UNICEF se complace en ofrecer, a través de La democratización de
las familias, un material para reflexionar sobre las dinámicas familiares
y para promocionar ideas y herramientas destinadas a la consolidación de este proceso. El libro constituye un aporte para decisores de políti-cas y programas sociales, para académicos/as e investigadores/as so-ciales, pero también para lectores y lectoras interesados en repensar sus propias prácticas familiares.
Este libro se complementa con una guía de recursos para organizar talleres destinados a familias, líderes comunitarios y efectores de polí-ticas públicas. Ambos materiales se dirigen, sobre todo, a las personas que deseen comprometerse con la consolidación de una cultura de re-laciones familiares basada en el respeto de los derechos de todos sus miembros, para así contribuir, aunque sea modestamente, a la demo-cratización de la sociedad en la que vivimos.
Jorge Rivera Pizarro Representante UNICEF - Oficina de Argentina
Acerca de este libro
La elaboración de este libro contó con los valiosos aportes de Alejan-dra Brener, Susana Méndez, Marcela Altschul, Javier Moro, Gabriela Ini y Stella Maris Muiños de Britos, quienes enriquecieron las ideas pre-sentadas.
Muchos de los conceptos surgieron de los estudios que realizamos con Beatriz Schmuckler a lo largo de una década de trabajo conjunto. Actualmente, ambas estamos comprometidas en implementar Progra-mas de Democratización de las Relaciones Familiares en la Argentina y México.
Beatriz Schmuckler colaboró en la fase inicial del proyecto de este li-bro aportando sus elaboraciones en los temas de familia, relaciones de género y autoridad y conflicto.
Mónica Tarducci leyó y comentó los borradores del libro, contribuye n-do con su visión crítica, lo que permitió repensar algunos conceptos.
Es muy grato que en este libro presentemos el capítulo sobre “Fa-milia y masculinidades” que elaboró Eleonor Faur, producto de sus in-vestigaciones sobre el tema.
Profesionales de las áreas sociales nacionales, de la Ciudad de Bue-nos Aires, de las provincias de Chaco, BueBue-nos Aires, Tucumán, Jujuy y Misiones, docentes, operadores sociales, miembros de los movimien-tos sociales y de la comunidad han participado en nuestro programa durante los últimos años. Sus reflexiones, que agradecemos profunda-mente, permitieron enriquecer y contextualizar nuestra mirada.
Los conceptos, análisis e ideas aquí presentados son de la exclusi-va responsabilidad de sus autoras y pueden no coincidir total o parcial-mente con los de UNICEF.
Introducción
“¿Cómo se convierten, pues, la libertad y la democracia no sólo en forma de go-bierno, sino también en forma de vida?” Ultrich Beck, Hijos de la libertad, 1999.
Este libro está escrito con el propósito de reflexionar sobre algunos te-mas vinculados con la democratización de las relaciones familiares, considerada ésta como una perspectiva compleja que se encuentra en construcción. Los contenidos son producto de las sistematizaciones que hemos realizado, enriquecidas por aportes de los participantes de los talleres-laboratorio de reflexión que realizamos en el marco del
Pro-grama de Democratización de las Relaciones Familiares.1
El propósito de este programa es la construcción de aportes para el d e s a rrollo de nuevas políticas públicas que contribuyan a la democra-tización de las relaciones familiares, mediante la redefinición de las re-laciones de autoridad y poder entre mujeres y varones, y mediante el reconocimiento y puesta en práctica de los derechos de la infa n c i a , trabajando desde dos ejes fundamentales de intervención y análisis si-multáneos: la equidad de género y los derechos de la niñez y adoles-cencia, en un marco que promueve la articulación entre una ética del cuidado y una ética de los derechos.
Partimos de la necesidad de buscar estrategias para ev i tar o mitigar la incidencia y reproducción del autoritarismo y la violencia, tanto den-tro de la familia como en las relaciones sociales en general, promo-viendo una conv i vencia basada en el respeto de los derechos y en el cumplimiento de responsabilidades, en un marco de cuidado y de in-t e r d e p e n d e n c i a muin-tuos.
. . . .
1Hemos trabajado en la Ciudad de Buenos Aires (2000-2001) y en la Provincia
de Chaco (2002-2003) en áreas de los respectivos gobiernos. También hemos desa-rrollado acciones con diferentes grupos de actores: docentes, trabajadores sociales, miembros de movimientos sociales.
Para ello, ponemos el acento en la dimensión política de las relacio-nes de género y en la necesidad de establecer una reflexión crítica so-bre los valores y las costumso-bres culturalmente arraigados y sostenidos
durante siglos desde el sistema patriarcal.2Se trata de reconocer la
im-portancia de un sistema de autoridad democrático, revisando las rela-ciones de autoridad entre hombres y mujeres y entre adultos y niños, con el fin de estimular el respeto por los derechos de las mujeres y de los niños, niñas y adolescentes. Esto supone, a la vez, favorecer un marco de protección y cuidado en el ámbito de las familias y promover la autonomía progresiva de niños y niñas, mediante su socialización. Con este propósito buscamos que el ejercicio de la autoridad de adul-tos y adultas se desarrolle en un contexto de seguridad y confianza pa-ra todos los miembros de las familias.
La familia ha sido la institución patriarcal clave a la hora de generar relaciones autoritarias y desiguales. Por este motivo, las políticas públi-cas que se replantean a cada uno de sus miembros, como sujetos de derechos, se proponen promover las posibilidades de igualdad de opor-tunidades entre hombres y mujeres y el fortalecimiento de los vínculos de los integrantes de cada familia basados en la autonomía de cada uno de ellos.
Por estas razones, el programa que desarrollamos puede contribuir a las transformaciones en varios niveles:
• en las relaciones familiares, para el desarrollo de relaciones más democráticas, que favorezcan la igualdad de oportunidades para mujeres y para varones y la elaboración pacífica de los conflictos, que contribuyan al descenso de la violencia ejercida hacia las mu-jeres, niños y niñas;
• en el Estado, para la construcción e implementación de políticas integrales desde una perspectiva de democratización, basadas en
la ética de los derechos y la ética del cuidado;3
• en las diversas acciones que realizan los profesionales en las
áreas sociales del Estado, para la profundización de las prácticas
que permiten la convergencia de los derechos, en especial, de las mujeres, los niños y las niñas.
D E M O C R AT I Z AC IÓ N DE L AS FA M I L I AS
14
. . . .
2Sistema que permite la reproducción del poder paterno-masculino y la
subordi-nación de las niñas-mujeres-esposas-madres.
3Estos dos temas se desarrollarán en el capítulo “Políticas sociales y
La base teórica del programa está constituida por el conjunto de las
in-vestigaciones que estamos realizando en la Argentina desde 19 8 9 .4C
o-mo resultado de éstas, heo-mos hallado dos prácticas que tienen un po-tencial transformador del autoritarismo en las familias: la acción colectiva de las mujeres, en el caso de que se trate de un espacio genuino de de-s a rrollo de capacidadede-s de-socialede-s y perde-sonalede-s –y no cualquier tipo de par-ticipación– y las prácticas de negociaciones democratizadoras en el inte-rior del grupo fa m i l i a r, las que permiten insta l a r, mediante un discurso de
d e r e ch o s, nuevas formas de ejercer la autoridad familiar entre varones y
mujeres, teniendo en cuenta el desarrollo hacia la autonomía de los ni-ños, niñas y jóve n e s .
Las negociaciones de las mujeres sustentadas en el discurso de dechos producen modificaciones en los sistemas de autoridad fa m i l i a r, re-definiendo nuevas modalidades para ejercer esta autoridad y ampliando el espacio para la interacción de los derechos de los diferentes miem-bros. A través de estas negociaciones, las mujeres intentan elaborar los conflictos, más que negarlos, y desde ese enfoque alteran las relaciones de poder tradicionales.
Estas prácticas pueden ser impulsadas –tanto desde el nivel de los decisores políticos y de los agentes de las áreas sociales, como desde la misma población– a través de propuestas elaboradas desde un enfo-que enfo-que considere las relaciones entre hombres y mujeres como rela-ciones de poder asimétricas.
Este programa se basa en la perspectiva de ampliación de la ciuda-danía y propone promover activa y simultáneamente los derechos de las mujeres y de los niños, niñas y jóvenes en los grupos familiares. Nos re-ferimos al concepto de c i u d a d a n í a como “el derecho a tener derech o s ”, asumiendo una conceptualización que no considera a la ciudadanía co-mo una propiedad de las personas, sino coco-mo una construcción históri-ca y social, que depende de una sinergia entre la participación y la con-ciencia social.
Cuando aludimos a la ciudadanía hacemos referencia a relaciones de poder, que facilitan o dificultan la participación en los asuntos públicos, más allá de la participación en elecciones. Si aquellas relaciones no se modifican, la ciudadanía se convierte en un discurso retórico. Para que
el derecho a tener a derechos se pueda concretar, es necesario
elimi-nar tanto las condiciones ideológicas y materiales que promueven va-rias formas de subordinación y marginalidad (de género y de edad, de clase, de raza, de preferencias sexuales, etc.), como potenciar los
sa-I N T RO D U C C sa-I Ó N 15
. . . .
4Di Marco, 1992; Schmukler y Di Marco, 1997; Di Marco y Colombo, 20 01 y Di
beres sociales para actuar en los espacios privados y públicos, para re-conocer las necesidades de grupos sociales diversos y para negociar las relaciones en diversos ámbitos.
En la base del desarrollo de la concepción de ciudadanía subyace el enfoque universal que implica que todas las personas son iguales por naturaleza. Pero la realidad muestra que la postulación de los derechos universales implica una concepción de ciudadanía que no tiene en
cuenta las diferencias o desigualdades de género5ni las diferencias
ét-nicas o religiosas, entre otras. Cuanto más se predica la igualdad, se corre el riesgo de no reconocer las diferentes identidades. El no reco-nocimiento de las diferencias genera desigualdad y asimetrías de po-der, por lo tanto, facilita el camino hacia la negación de los derechos de las personas y de los grupos que no se adecuan al “ideal” del ciudada-no universal, pues viven y expresan sus necesidades materiales y sim-bólicas en circunstancias culturales y sociales específicas.
El enfoque de la ciudadanía universal considera al ciudadano como un individuo libre, sujeto de derechos y obligaciones. La idea subyacente es la de un ciudadano varón, favorecido por las normas sociales y la posibi-lidad de acceder a recursos, y cuyas obligaciones domésticas no son ba-rrera para su participación en elecciones, en los partidos políticos y en otras organizaciones. Esta conceptualización pretende ser neutral en términos de género, pero en realidad es implícitamente masculina, ya que la ciudadanía femenina es ignorada e invisible en la esfera pública.
El aporte del “enfoque de ciudadanías diferenciadas”, en cambio, per-mite captar las diferencias socioculturales de muchos grupos, enfati-zando los derechos de las comunidades a ser reconocidos por su pro-pia identidad, al mismo tiempo que por su pertenencia al conjunto social. Así aparecen en escena los derechos de las mujeres y los de va-rios colectivos sociales, los niños y las niñas, los ancianos, y otros co-lectivos específicos de la población que tradicionalmente han sido pos-tergados y marginados.
Esta perspectiva incluye entonces la concepción integral de los de-rechos de niños, niñas y adolescentes y de otros miembros de la
fami-lia, como ancianos, ancianas, discapacitados y discapacitadas,6además
de las nuevas concepciones que se van construyendo acerca de las
D E M O C R AT I Z AC I ÓN D E LAS FA M I L I A S
16
. . . .
5La mitad de la población –es decir, las mujeres– debe aún en muchas
socieda-des luchar por sus derechos, aunque se extiende cada vez más el discurso de su re-conocimiento.
6Desde este enfoque de derechos se contemplan todas las diferencias que
ge-neran desigualdades, aunque desde el programa que desarrollamos nos centremos estratégicamente en los derechos de las mujeres y de la infancia y adolescencia.
masculinidades, dimensiones necesarias para promover una transfor-mación democrática de las relaciones de autoridad en las familias. La incorporación de las reflexiones acerca de las construcciones de la masculinidad que proponemos se sustenta en la necesidad de promo-ver vínculos entre hombres y mujeres, en los que se respeten las dife-rencias de cada uno o cada una, para que estas difedife-rencias no se con-viertan en motivos que justifiquen la desigualdad y la subordinación y, por lo tanto, no interfieran en la construcción de la ciudadanía plena pa-ra hombres y mujeres.
El papel de las familias en la socialización de las generaciones jóve-nes puede ser considerado como el de simple reproductor de los pa-trones de jerarquía por sexo y edad, de la desigualdad y el autoritaris-mo, o como el lugar donde se configuran y recrean sistemas de creencias y prácticas acerca de varias dimensiones centrales de la vida cotidiana, entre ellos, los relacionados con los modelos (convenciona-les o no) de género y autoridad. En las interacciones familiares, es po-sible que se expresen acuerdos, desacuerdos o prácticas contradicto-rias en relación con esos patrones culturales. Las familias, entonces, pueden ser comprendidas como los sitios de la reproducción de valo-res y normas culturalmente tan arraigados que se los considera “natu-rales” o bien como aquellos sitios donde se cuestionan y se cambian las reglas, es decir, donde se producen procesos de transformación.
La posibilidad de repensar los modos autoritarios de relación fami-liar, que someten a niños, niñas y mujeres a situaciones de violencia (verbal, emocional, física) y facilitan el desarrollo de más violencia en una escalada en la que todos y todas se involucran, es una forma de co-menzar a plantear el desarrollo de otras relaciones autoritarias. La mocratización de las relaciones de familia puede retroalimentar la de-mocratización de las instituciones próximas a la vida cotidiana.
Por estas razones, se formula una estrategia de trabajo que apunta a las causas profundas del autoritarismo y la violencia, y no meramen-te a sus efectos más visibles e inmediatos. Las hipómeramen-tesis desde las que se parte consideran que la democratización social comienza por su práctica en los ámbitos donde transcurre la vida de la gente: la familia, la vecindad, la escuela, el hospital, el centro de salud, la asociación co-munitaria.
Para que las formas de convivencia más democráticas se transfor-men en estilos de vida se requiere un cambio cultural en los modelos de género, de autoridad, y en la concepción de los derechos de la in-fancia, junto con una concepción del cuidado mutuo entre todos los miembros del grupo familiar.
Las elaboraciones teóricas y las discusiones conceptuales que plan-teamos en este libro pretenden dar cuenta de una situación histórica y culturalmente creada de desigualdad entre hombres y mujeres
gualdad que asume diferentes formas: descalificación, desvalorización, sometimiento afectivo y/o sexual, disciplinamiento, violencia física), que se produce y luego reproduce en todas las instituciones sociales. Consideramos que la familia es un núcleo indispensable de socializa-ción donde se tejen las relaciones básicas para el desarrollo de la vida social y al mismo tiempo el lugar donde se gestan y se desarrollan con más claridad las relaciones de desigualdad. Nuestro objetivo es repen-sar la organización desigual de las relaciones familiares de manera tal que hombres y mujeres puedan tomar conciencia de sus posibilidades de transformarlas, cada vez que sea necesario, para favorecer el ejerci-cio de una autoridad democrática
Somos conscientes de la multiplicidad y de la diversidad de com-p o r tamientos y conductas que asumen las com-personas en sus relaciones cotidianas, pero es cierto que esta multiplicidad permanece enmarca-da en un sistema de relaciones de género que privilegia a un género (el masculino) sobre otro (el femenino). Por esta razón, consideramos indispensable trabajar desde el “ c o l e c t i vo” mujeres, ya que su impul-so ha permitido transformar muchos aspectos de la realidad en los úl-timos años.
La incorporación en los últimos treinta años de las mujeres en el mercado laboral, acompañada por una creciente conciencia de su situa-ción desigual, sumada a su papel activo y protagónico en las luchas so-ciales, permite corroborar una mayor afirmación de sus derechos, lo que se confirma en cambios visibles y en los diferentes instrumentos de regulación jurídica que se han generado en el nivel internacional,
re-gional y nacional.7 Sin embargo, la desigualdad, la discriminación, el
maltrato y la violencia no han desaparecido.
D E M O C R AT I Z AC IÓN D E LAS FA M I L I AS
18
. . . .
7 En el nivel internacional: Conferencias Mundiales sobre la Mujer, impulsadas
por las Naciones Unidas, la Convención sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra la Mujer (Naciones Unidas, 1979), la Convención Interameri-cana para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra la mujer (Belem do Pará, OEA, 1994).
En el nivel nacional: La reforma de la Constitución de la Nación de 1994, en el ca-p í tulo cuarto, artículo 75, inciso 22, establece que los tratados de derechos humanos tienen jerarquía constitucional: la Convención sobre la Eliminación de todas las fo r-mas de Discriminación contra la Mujer (aprobada por la Asamblea General de las Na-ciones Unidas. Ratificada por Ley Nº 23.179 del año 1985); la Convención sobre los D e r e chos del Niño (Naciones Unidas, 1990); el Pacto de San José de Costa Rica.
Las leyes sancionadas en estos veinte años de democracia son las siguientes: ley que otorga el derecho a pensión del/de la concubino/a; divorcio vincular (1987);
Manuel Castells (1999: 160) afirma:
“En los países industrializados, una gran mayoría de mujeres se considera igual a los hombres, con sus mismos derechos y, además, el control sobre sus cuerpos y sus vidas. Esta conciencia se está extendiendo rápidamen-te por todo el planeta. Es la revolución más importanrápidamen-te porque llega a la raíz de la sociedad y al núcleo de lo que somos y es irr eversible. Decir esto no significa que los problemas de discriminación, opresión y maltrato de las mujeres y sus hijos hayan desaparecido o ni siquiera disminuido en inten-sidad de forma sustancial. De hecho, aunque se ha reducido algo la discri-minación legal, y el mercado de trabajo muestra tendencias igualadoras a medida que aumenta la educación de las mujeres, la violencia interperso-nal y el maltrato psicológico se generalizan, debido precisamente a la ira de los hombres, individual y colectiva, por su pérdida de poder (...). No obsta n-te, para la mayoría de los hombres, la solución a largo plazo más acepta b l e y estable es renegociar el contrato de la familia heterosexual. Ello incluye compartir las tareas domésticas, la participación económica, la participa-ción sexual y, sobre todo, compartir plenamente la paternidad”.
Como señala Ana María Fernández (1993:17):
“Esta nueva realidad social produce una “crisis” (ruptura de un equilibrio anterior y búsqueda de uno nuevo) de los pactos y contratos que regían las relaciones familiares y extrafamiliares entre hombres y mujeres. Cri-sis de los contratos explícitos e implícitos, de lo dicho y lo no dicho, que habían delimitado lo legítimo en las relaciones entre los géneros en los últimos tiempos”.
I N T RO D U C C I Ó N 19
. . . .
r e forma el Régimen de Patria Po t e s tad y Filiación del Código Civil; Cuota mínima de participación de mujeres; aprobación de la Convención sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra la Mujer; decreto sobre acoso sexual en la Ad m i-nistración Pública Nacional; Protección contra la violencia familiar; aprobación de la C o nvención Interamericana para preve n i r, sancionar y erradicar la violencia contra la M u j e r, Convención de Belem do Pará; institución del Día Nacional de los Derechos Po-líticos de las Mujeres; Decreto Igualdad de Trato entre Agentes de la Ad m i n i s t r a c i ó n Pública Nacional; Decreto Plan para la Igualdad de Oportunidades entre Varones y Mu-jeres en el Mundo Laboral; Re forma laboral: introducción de la figura de despido dis-criminatorio por razón de raza, sexo o religión; delitos contra la integridad sexual, mo-dificación del Código Penal; Régimen Especial de Seguridad Social para Empleados/as del Servicio Doméstico; Re forma laboral: Estímulo al Empleo Estable: incorporación de dos incentivos para el empleo de mujeres; creación de un Sistema de Inasistencias Justificadas por razones de Gravidez; Participación Femenina en las Unidades de Ne-gociación Colectiva de las Condiciones Laborales (Cupo Sindical Fe m e n i n o ) .
Las tendencias actuales muestran las profundas modificaciones que se están produciendo en las familias: retraso en la formación de parejas y vida en común sin matrimonio; divorcios, separaciones, nuevas uniones, familias ensambladas, familias con un solo progenitor, varios grupos fa-miliares emparentados que deciden compartir una vivienda por deterio-ro de las condiciones económicas. Las formas familiares emergentes muestran diferentes relaciones de afecto, de sostén y de reproducción. E s tas nuevas formas, lejos de sugerir la destrucción de la familia, mues-tran cómo los lazos familiares se crean y recrean continuamente.
Para aproximarnos a la democratización de las relaciones en los gru-pos familiares, la transformación de las relaciones sociales entre los gé-neros requiere de un enfoque complejo que trabaje, según metodolo-gías apropiadas, tanto la construcción de las subjetividades femeninas como la de las masculinas. Por eso, para abordar la problemática de la democratización de las relaciones familiares y para desarrollar herra-mientas adecuadas que la lleven adelante, consideramos que es con-veniente reflexionar sobre algunos conceptos teóricos clave, una tarea que desarrollaremos a lo largo de los capítulos de esta obra.
En el capítulo 1 se presenta un análisis de la familia como institución social, la conformación de los modelos hegemónicos de relaciones fa-miliares y las modificaciones del sistema patriarcal en la sociedad occi-dental. Esta presentación no está indicando que los grupos familiares de los diversos países occidentales se ajustaron al modelo patriarcal en forma homogénea, sino que estos modelos son aquellos sobre los cua-les se realiza la interpretación y valoración de la normalidad o no de las familias concretas. Asimismo, se analizan la familia y la maternidad en la Argentina, considerando las relaciones existentes entre feminidad y maternidad, destacando la centralidad de la experiencia de la materni-dad en las vidas de muchas mujeres, así como las implicaciones que ésta tiene en la construcción de ciudadanía, en la medida que la mater-nidad es resignificada por las mujeres. Para concluir, se presenta un perfil actualizado de los indicadores más relevantes que describen a los grupos familiares en la Argentina.
En el capítulo 2 se examinan los debates sobre el concepto de rela-ciones de género. Se explica la construcción de las identidades de gé-nero como parte de un aprendizaje familiar y social de pautas y va l o r e s asociados a cada género, en el cual los sujetos no son entes pasivo s que absorben estas normas sin contradicciones. En este capítulo ta m-bién se analizan los sistemas de poder y autoridad dentro de la familia y las jerarquías implícitas en las relaciones de poder entre sus miembros. En el capítulo 3, Susana Méndez analiza la construcción social de la niñez y de la adolescencia. A partir de una revisión histórica y crítica de las concepciones sobre estas categorías, llega hasta la aprobación de la C o nvención sobre los Derechos del Niño, donde se pone en ev i d e n c i a
D E M O C R AT I Z AC IÓN D E LAS FA M I L I AS
la aparición de un nuevo paradigma, desde el cual se considera a niños y adolescentes como sujetos únicos de derechos y se deja de conside-rarlos como objetos pasivos de intervención por parte de las familias, la escuela y el Estado para reconocerlos como portadores de derechos es-peciales según las etapas de desarrollo que estén transitando. Desde el análisis de este instrumento legal y su aplicación, se examina la situ a-ción de la infancia y la adolescencia en los ámbitos en que se desenv u e l-ven los niños, niñas y adolescentes argentinos, teniendo en cuenta las d i ferencias y similitudes según el género y de acuerdo con su ubicación en la estru c tura social. Teniendo en cuenta la influencia de los modelos que la sociedad ofrece a la infancia y la adolescencia, en el pasaje por c i e r tas instituciones, rituales, tradiciones y espacios de socialización que perpetúan desigualdades y comportamientos autoritarios.
En el capítulo 4, Eleonor Faur aborda la relación entre la construcción de masculinidades y las relaciones que los hombres establecen dentro de sus familias. Desde la definición y desde las características centra-les de las masculinidades, se analiza la ubicación de privilegio de los hombres dentro de las relaciones de género y la manera en que ésta se inserta en la familia, identificando rupturas y continuidades del mo-delo patriarcal. Allí se reconocen las identidades masculinas –y las fe-meninas– como construcciones culturales que se reproducen social-mente, a través de distintas instituciones: familia, escuela, Estado, iglesias, etc., que vehiculizan modos de pensar y actuar, a la vez que establecen lugares de jerarquía de la masculinidad dentro de las rela-ciones de género mediante mandatos que subyacen en los comporta-mientos, actitudes, afectos y relaciones vinculares.
En el capítulo 5 se analizan las situaciones conflictivas que suceden en el ámbito familiar: las vinculadas con las relaciones de pareja y aquéllas relacionadas con hijos e hijas. Además se señalan las fo r m a s v i o l e n tas de resolver conflictos y se considera la relación entre conflic-to, poder y autoridad. Se plantea la democratización de las relaciones familiares, se proponen procesos de negociación que cuestionen las relaciones de poder y autoridad y se diferencian las negociaciones tra-dicionales de las democratizadoras, haciendo especial referencia al concepto de “discurso de derech o s”.
En el capítulo 6 se retoman algunos de los temas planteados en es-ta introducción, con el fin de reflexionar acerca de las políticas sociales y de las bases teóricas e ideológicas de aquellos discursos sobre los que se asientan los programas y las prácticas de intervención. Se anali-zan los discursos de tres perspectivas relevantes en el análisis de géne-ro, ex a c tamente aquellas que tienen efectos a la hora de ser utilizadas para la fundamentación de políticas y programas. Por último, en este ca-p í tulo se analiza el conceca-pto de e m ca-p o d e r a m i e n t o, muy usado en estos discursos, y se propone el concepto de d e m o c r a t i z a c i ó n para presenta r
una concepción de la política social que concibe a los sujetos en su in-tegridad, vinculando en forma interdependiente la redistribución, el re-conocimiento, el cuidado y el respeto por la integridad corporal.
Finalmente, consideramos indispensable para contribuir a la demo-cratización de las relaciones familiares, en particular, y de las relaciones sociales en general, reconocer que ambas se construyen sobre relacio-nes desiguales de género y que éstas son relaciorelacio-nes políticas que se producen y se expresan tanto en la vida social como en la estructura-ción de la subjetividad.
La democratización de las relaciones familiares requiere respuestas colectivas que consideren la “politicidad” de la vida cotidiana, en las cuales ciertos “cambios de roles” que se mencionan frecuentemente todavía no constituyen indicadores de una profundización de las prácti-cas democrátiprácti-cas.
D E M O C R AT I Z AC IÓ N D E L AS FA M I L I AS
Bibliografía
Beck, Ulrich (1999), Hijos de la libertad , Buenos Aires, Fondo de Cultu-ra Económica.
Castells, Manuel (1999), La era de la información: economía, sociedad
y cultura. Vol. II. El poder de la identidad, México, Siglo XXI editores.
Chitarroni, Horacio y otros (2002), El infierno doméstico, Buenos Aires, USAL.
Di Marco, Graciela (1998), “Ciudadanía femenina”, en ADEUEM (1998),
Relaciones de género y exclusión en la Argentina de los 90, Buenos
Aires, Editorial Espacios.
Di Marco, Graciela (2000), “Democratización de la fa m i l i a ”, en Lo público
y lo privado, Documentos de Políticas Sociales Nº 21, CIOBA,
Direc-ción General de Políticas Sociales, Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
Di Marco, Graciela y Colombo, Graciela (2000), “Las mujeres en un en-foque alternativo de prevención”, Documentos de Políticas Sociales Nº 22, CIOBA, Dirección General de Políticas Sociales, Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
Di Marco, Graciela (2003), “Democratización de las relaciones familiares”, en (2003), Hacia una transformación de la política social en Mé
-xico, Puebla, Mé-xico, Universidad Iberoamericana Golfo Centro.
Di Marco, Graciela (2002), “Democratización social y ciudadanía”, en re-vista Ensayos y experiencias, Buenos Aires, Novedades educativas. Fernández, Ana María (1993), La mujer de la ilusión, Buenos Aires,
Pai-dós.
Giddens, A n t h o ny (1992), The Tr a n s formation of Intimacy. Sex u a l i ty, love
and eroticism in modern societies, Sta n d ford Unive r s i ty Pr e s s .
Held, David (1997), “Ciudadanía y autonomía”, en Agora Nº 7, invierno, Buenos Aires.
Kymlicka, Will y Norman, Wayne (1997), “El retorno del ciudadano. Una revisión de la producción reciente en teoría de la ciudadanía”, en Ago
-ra Nº 7, invierno, Buenos Aires.
Schmukler, Beatriz y Di Marco, Graciela (1997), Las madres y la demo
-cratización de la familia en la Argentina contemporánea, Buenos
Ai-res, Biblos.
1. Las familias
Graciela Di Marco
Introducción
La institución “familia” ha adoptado formas muy diversas a lo largo de la historia y a través de las diferentes culturas, así como disímiles sig-nificados y valoraciones. Sin embargo, la sociedad occidental construy ó un modelo de familia que pronto se impuso como “ideal” aun cuando la realidad histórica y las prácticas de los sujetos no fueran uniformes. Por este motivo no puede hablarse de “familia” sin tener en cuenta que se trata de un concepto normatizador cargado de ideología: la idea de “fa-milia” se instala como universal y establece modelos, legítima roles y regula comportamientos. En este capítulo intentaremos recorrer el iti-nerario de los discursos sociales acerca de las familias, más que cen-trarnos en reseñas históricas.
Para analizar las familias en la Argentina hemos recortado tres temas entre los muchos posibles: la información que proviene de investigacio-nes realizadas sobre expedientes judiciales de los siglos XVIII y XIX en la Ciudad de Buenos Aires, porque contribuye a comprender la diversidad de prácticas concretas de las personas, bajo una superficial homo -geneidad; las prácticas de la maternidad, puesto que éstas permiten observar el potencial transformador que pueden desarrollar las mismas y, finalmente, la información cuantitativa comparada de los últimos diez años, desagregada por regiones y por quintiles de ingresos, que nos permite contar con un perfil de los cambios en las familias.
Las relaciones familiares
en la sociedad preindustrial
A partir de un proceso comenzado a fines del siglo XVIII y que se con-solida a mediados del siglo XIX, se construye la noción de familia nu-clear, organizada alrededor de una pareja conyugal matrimonial y sus hi-jos. A esta familia, que se extiende como modelo familiar en algunos países occidentales, se la ha denominado familia moderna.
En los siglos precedentes predominaban las familias en las que las actividades de producción para la supervivencia del grupo ocupaban a
todos los miembros, bajo la autoridad del padre. Varias generaciones trabajaban dentro de esas familias y las tareas de reproducción biológica (tener hijos), vida cotidiana (las tareas doméstibiológicas para la subsisten -cia) y social (socialización y educación) se realizaban a la par de las pro-ductivas, basadas en la agricultura y el artesanado.
El trabajo de las mujeres se confundía con el trabajo familiar. A la vez, su dependencia de las familias extensas y de sus normas le ase-guraba a la mujer protección económica y seguridad social (su susten-to material era el resultado del trabajo organizado por el “pater familia” y al mismo tiempo era protegida por éste). Esta dependencia de la mu-jer comenzaba en su familia de origen, donde la autoridad era el padre, y continuaba en su matrimonio, donde la autoridad era el marido.
Desde el punto de vista de la organización y los valores, las familias eran unidades económicas, sociales y políticas, que subordinaban los intereses individuales a los colectivos, y los de los hijos y mujeres a los del padre. A su vez, cada familia servía a los intereses de grupos de pa-rentesco más amplios, controlados por el patriarca. Las uniones de hombres y mujeres dependían de la decisión de éste, quien fomenta-ba uniones vinculadas con la continuidad del linaje o de la producción y no con la atracción o el afecto.
Los niños y niñas tenían muy poco espacio como sujetos, pues for-maban parte de la propiedad patriarcal. Las altas tasas de mortalidad in-fantil y la corta esperanza de vida adulta generaban lazos débiles entre madres e hijos. La infancia, según las investigaciones históricas, no
aparecía delimitada como un estadio específico.1
Estas familias, que podemos denominar premodernas, en las que la vida laboral y la vida familiar estaban integradas, presentaban el tipo de relación patriarcal clásica: los hombres mandaban, con un poder indis-cutido, y las mujeres aceptaban la subordinación a cambio de protec-ción y estatus social seguro. Este vínculo incluía el control sobre sus cuerpos, sus emociones, sus hijos y su trabajo.
D E M O C R AT I Z AC I ÓN D E L AS FA M I L I A S
26
. . . .
1Siguiendo a La Play, Cicchelli-Pugeauth y Cicchelli (1999: 51) señalan que en
al-gunas sociedades la garantía de la continuidad familiar, de la tradición y conserva-ción del patrimonio se obtenía en algunas sociedades de occidente por la designa-ción de un heredero primogénito. La estabilizadesigna-ción de la familia y la eliminadesigna-ción de los conflictos se lograban mediante el sometimiento de los integrantes del grupo a la figura paterna y luego, cuando el padre fallecía, al hermano mayor, quien se con-vertía en jefe de la familia. Los hermanos menores, mientras eran solteros y sin des-cendencia, podían permanecer en la casa familiar, respetando la autoridad del jefe de la familia. En cambio, a los hermanos varones que preferían emigrar o a las hijas que se casaban, se los dotaba de acuerdo con los ingresos del grupo.
En síntesis, se trataba de familias bastante estables en sus vínculos por una suma de factores:
• el trabajo de los hombres y de las mujeres era económicamente interdependiente, bajo el mando del varón;
• el hogar servía como unidad de producción, reproducción y control; • los individuos no tenían alternativas de vida económica, sex u a l y social fuera de las familias y estaban inmersos en un conjun-to amplio de lazos de parentesco, comunidad y religión (Sta c ey, 19 9 6 : 4 9 ) .
La familia moderna
La familia moderna acompaña el desarrollo de la sociedad industrial, en la cual se disocian de la vida doméstica tanto los medios de producción como la fuerza laboral. La producción y la reproducción se van a desa-rrollar en ámbitos separados: los hombres comienzan a trabajar en ma-yor medida en las actividades fabriles, dejando de lado la producción ru-ral familiar, mientras que las mujeres se van a ocupar mayoritariamente
de la vida doméstica.2
Las categorías producción y reproducción tienen mucha importancia en la constitución de las familias de mediados del siglo XIX: a partir de sus actividades productivas, los hombres pasan a ubicarse en el mun-do público y las mujeres, ocupánmun-dose de la reproducción biológica, co-tidiana y social, en el mundo privado. Sin embargo, estas tareas, al no ser consideradas con un valor monetario en el mercado y al permane-cer fuera del mundo público, quedarán “invisibilizadas”.
La autoridad masculina se institucionaliza en la familia nuclear. La producción de los medios económicos para la obtención de comida y abrigo corre por cuenta del varón, mientras que la elaboración de estos productos para ser consumidos en la familia forma parte de la labor
so-L AS FA M I so-L I AS 27
. . . .
2Por ejemplo, antes de la mecanización, la economía del tejido se apoyaba en
una división del trabajo interna al grupo doméstico, se adaptaba a las capacidades individuales a la vez que estaba al servicio de la fuerza de trabajo del hogar. El pa-dre tejía y, una vez realizadas las tareas domésticas, lo secundaba su esposa y am-bos recibían progresivamente la ayuda de sus hijos e hijas, de modo que ninguno de los miembros de la familia estaba desempleado. El trabajo se organizaba en fun-ción de una vida familiar comunitaria. El surgimiento de las fábricas de tejido mecá-nico sacude desde la década de 1830 esta economía familiar, al hacer que el traba-jo manual pierda competitividad (Cicchelli-Pugeauth y Cicchelli, 1999: 18).
cialmente invisible de la mujer, quien, además, asume la responsabili-dad ante la crianza y la socialización de las jóvenes generaciones. El rol de la mujer se consolida bajo el título de “ama de casa”, nominación car-gada de ambigüedad, que le otorga el poder de decisión en todo lo re-lativo a la actividad doméstica siempre y cuando la mujer reconozca su subordinación al varón proveedor. Ivonne Knibiehler (2000: 62) afirma:
“Cuando el progreso del capitalismo volvió raras las empresas fa m i l i a-res, el padre tuvo que abandonar el hogar para ir a la oficina o a la fábrca. Disoció su vida profesional de su vida fa m i l i a r, se habituó a superv i-sar a sus hijos sólo de lejos. La madre, teóricamente sin la carga del trabajo productivo, se dedicó de lleno a la vida doméstica y asumió una responsabilidad educativa cada vez más amplia, incluso con respecto a sus hijos varones. El centro de gravedad de la vida familiar se desplazó hacia su lado”.
Surge además una nueva manera de ver la infancia, ya que los niños, especialmente los varones, se transforman en una inversión que es ne-cesario cuidar, pues se constituirán en la mano de obra industrial del fu-turo. Jacques Donzelot (1998) analiza el desarrollo del “complejo tute-lar”, por el cual el Estado comienza a intervenir en las vidas de las familias, para asegurar las mejores condiciones de crianza de la niñez. El Estado delega esta tarea explícita pero no formalmente a las ma-dres, quienes quedan así investidas con la responsabilidad de velar por la salud y el bienestar del grupo familiar, siguiendo las instrucciones de los “expertos”, agentes de las áreas sociales del Estado (médicos, en-fermeras, asistentes sociales, maestras, psicólogos). Sin embargo, al considerar estas actividades como parte del destino natural de las mu-jeres, ellas no serán reconocidas socialmente por realizarlas.
Parentesco y familia
La industrialización requirió de núcleos familiares móviles y capaces de a d a p tarse a las nuevas necesidades de la expansión capita l i s ta. En los centros industriales, el grupo de parentesco ampliado fue perdiendo su carácter de proveedor de identidad. Por el contrario, la pareja unida en matrimonio, comenzó a desprenderse de diversas maneras del gru p o de parentesco y se instaló en una unidad doméstica separada de sus pa-rientes y comenzó a vender su fuerza de trabajo en el mercado. Simul-táneamente con la desaparición de la unidad de producción común, o el oficio familiar como única fuente de subsistencia, las parejas dejaron de vivir en las tierras comunes con sus parientes (Sch m u k l e r, 2000 ) .
En las familias premodernas las relaciones entre varias generacio-nes brindaban identidad a cada miembro del grupo familiar. La
coope-D E M O C R AT I Z AC IÓ N coope-DE L AS FA M I L I AS
ración y el apoyo que brindaban las relaciones entre varias generacio-nes fueron reemplazados en las familias modernas por las relaciogeneracio-nes de la pareja conyugal y de padres e hijos. El grupo de parentesco per-dió el carácter de proceso continuo y lineal que existía, precedía y con-tinuaba la vida individual. Se fortalecieron las relaciones entre cónyu-ges, entre hermanos y cuñados y con parientes cercanos del padre y de la madre. La nueva estructura de parentesco que se creó fue una unidad atomizada cuyos lazos de descendencia se resquebrajaron y donde la estabilidad de cada núcleo familiar pasó a depender de los la-zos afectivos, nuevos cohesionantes y estabilizadores de las familias. La dependencia afectiva pasó a constituirse en la principal articulación del núcleo familiar al mismo tiempo que crecieron las posibilidades de desarrollo individual fuera de la vida familiar. La familia moderna quedó entonces conformada por hombres ganadores del sustento, mujeres amas de casa e hijos dependientes. A mediados del siglo XX el grupo familiar se estableció en el imaginario de la sociedad como núcleo de reproducción biológica, lugar de estabilidad afectiva para individuos que buscan y desarrollan su crecimiento personal con diferencias de desti-nos posibles para varones y mujeres, y como centro de seguridad eco-nómica y de protección para la infancia y la tercera edad, con las ma-dres a cargo de las tareas necesarias, más allá de las posibilidades concretas de los sujetos para realizar este ideal (Schmukler, 2000).
Junto con la nueva organización familiar quedan divididos los ámbi-tos sociales: el mundo público pertenecerá a los hombres y el privado-doméstico a las mujeres-madres encargadas del cuidado afectivo de to-dos los miembros de la familia. Cuidado directamente vinculado con la postergación de los propios deseos en función de la atención familiar. Dentro de este nuevo orden familiar, se preferirá que las mujeres no tengan un trabajo y un salario, sino que se queden en la casa, para que los hombres proveedores tengan resueltas las cuestiones relacionadas con el cuidado, la comida y la crianza de los hijos. Para ello, los Estados más avanzados tratarán de dar al hombre proveedor un salario familiar, que contemple la carga extra de mujeres e hijos y que proteja la orga-nización patriarcal para que continúe siendo funcional a las necesidades de las industrias.
En síntesis, el discurso sobre la familia moderna se establecerá so -bre las siguientes características:
• el trabajo familiar y el trabajo reproductivo se separan, haciéndo-se invisible el trabajo femenino. Las mujeres haciéndo-se convierten en de-pendientes de los hombres;
• el amor y el compañerismo pasan a ser el ideal del matrimonio; • la vida familiar queda alejada de la observación pública. Se
enfati-za la experiencia de la privacidad;
• las mujeres comienzan a tener menos hijos y la maternidad co-mienza a ser exaltada como una vocación natural y demandante. La valoración de la condición de madre de la mujer, que la llevó a situar-se, al lado del jefe del hogar, como la reina de la casa, por su dominio altruista sobre los aspectos de la vida cotidiana de sus seres queridos, es parte constitutiva de este nuevo modelo de familia. Las esferas de acción separadas (el mundo público para los varones, el hogar para las mujeres), el amor como base de formación de las parejas y el casa-miento voluntario, ya no por orden del patriarca (aspectos constitutivos de lo que se denomina “el amor romántico”) van a marcar en adelante las relaciones, en las cuales seguirá existiendo la subordinación feme-nina, ahora disfrazada por este lugar de poder desde los afectos, en un proceso que significó darle el lugar de “reinas” afectivas a las madres, a cambio de sacrificio y amor incondicional hacia sus esposos, sus hi-jos e hijas y, también, hacia las personas mayores y los enfermos.
“El culto de la maternidad encontró su apoteosis con la segunda revolu-ción industrial, que tendió a aumentar los salarios de los hombres con el salario familiar y a excluir a las mujeres y niños del lugar de trabajo, y con-ducir a una división del trabajo más radical entre el hombre, el ganador del sustento, y la mujer, la cuidadora. El maternaje, criar más que engen-drar los niños y niñas, fue visto como una vocación a tiempo completo, sin duda, la vocación superior, con los padres marginados de la escena doméstica a través de su ausencia por estar en el trabajo. Por supuesto, muchas mujeres continuaron en el trabajo pago pero su contribución de -vino en menos visible debido al énfasis en la crianza” (Mitchell y Goody, en Oakley y Mitchell, 1997: 219).
Al poder y autoridad masculinos, basados en la condición de ser el hombre el único proveedor y jefe del hogar, se contrapone ahora el engañoso “poder fe m e n i n o” sobre los afectos, centrado en la mater-nidad. Las mujeres se convierten en las cohesionantes del grupo fa-m i l i a r, pero… a cafa-mbio de subordinarse al “ j e fe del hogar”, no conta r con dinero propio, no desarrollar su autonomía, ni ser reconocidas co-mo autoridad. El poder de la esposa y madre en el hogar se conv i e r-te en un poder “entre bambalinas”, poder sin autoridad y sin legitimi-dad dentro del grupo fa m i l i a r. Durante este proceso, las mujeres y los niños se hacen cada vez más dependientes de los hombres, ya que su sustento y la representación de los asuntos familiares quedó a car-go de ellos.
La normativa hacia la maternidad es una construcción cultural –natu-ralizada– que opera por violencia simbólica, ya que a través de su me-canismo de totalización se apropia, invisibilizando y negando, de las di-versidades de sentido que diferentes mujeres han dado al concepto y
D E M O C R AT I Z AC IÓ N DE L AS FA M I L I AS
a la práctica de la maternidad (Fernández, 1993). Si se pretende cues
-tionar el orden patriarcal y las desigualdades de género y democratizar el orden familiar, será necesario deconstruir el concepto de maternidad y pluralizarlo.
Si bien la maternidad pudo ser resignificada en algunos contextos históricos particulares (la aparición de las Madres de Plaza de Mayo en la Argentina puede servir de ejemplo) y la maternalidad y la ética del cuidado pudieron ser formas de revalorizar la conducta maternal asig-nada culturalmente a las mujeres (y naturalizada por las instituciones, los medios de comunicación y las mismas mujeres), la reproducción de la familia está íntimamente relacionada con la normativa cultural acerca de lo que una “verdadera” mujer debe ser y hacer. En nombre de la ins-titución maternal, las mujeres han quedado durante siglos relegadas al ámbito doméstico y a actividades que van más allá del cuidado de los hijos, extendiéndose sus tareas hasta responsabilizarlas del cuidado de
todos los miembros de la familia en desmedro de su propio cuidado.3
Hacia la mitad del siglo XX, el complejo de pautas que describe a las familias modernas de occidente (desde el nacimiento, el nov i a z g o , el matrimonio, el trabajo, la crianza, la separación de los hijos y la muerte) se convirtió en un imperativo tan fuerte, que aun cuando mu-chas familias vivían de una manera diferente, este conjunto de carac-terísticas se impuso como “la fa m i l i a ”, que pasó a ser pensada como única forma natural y universal, mientras toda modalidad familiar dife-rente pasó a ser considerada una desviación. El amor romántico y la sobrevaloración de la maternidad se transformaron en ideologías rep r o-ductoras de las desigualdades, a la vez constitu t i vas y producidas por el patriarcado.
El sociólogo Talcott Parsons (1953) contribuyó desde la teoría social a darle legitimidad a la familia moderna, a través de sus análisis de la familia estadounidense de los sectores medios, de los años cincuenta. De allí se deriva una concepción de la familia nuclear armoniosa, y és-ta se considerará como la institución universal. La diferenciación y es-pecialización de tareas que ya se habían establecido en buena parte de
L AS FA M I L I A S 31
. . . .
3Las transformaciones contemporáneas en el ámbito de la sexualidad y la
anti-concepción han sido evidentes avances en relación con la situación de las mujeres y con la posibilidad de elegir cuándo ser madres. Sin embargo, la anticoncepción sigue siendo una ve n taja determinada por la cuestión de clase y el acceso a la educación (la educación sexual, por ejemplo, sigue siendo una asignatura pendiente y los em-b a r a zos adolescentes o no deseados continúan creciendo), además de una proem-ble- proble-mática compleja en términos culturales, ya que estos avances sociales no han encon-trado eco en las normas y valores que las instituciones y los medios reproducen.
las familias de los EE.UU., blancas, de los sectores medios, pasaron a ser las características de la familia.
El apogeo de las familias modernas acompaña al de la sociedad ca-pitalista, con su reorganización social, espacial y temporal del trabajo y de la vida doméstica. Pocas familias trabajadoras se apropian de este ideal hasta bien entrado el siglo XIX, ya que existían grandes núcleos de empleo subordinado de hijos e hijas solteros y también trabajo in-fantil. Sólo después de la Segunda Guerra Mundial, en los países capi-talistas avanzados, un número importante de hogares vive de acuerdo con el modelo de la familia moderna.
Estructura de la familia nuclear, según el sociólogo estadounidense T. Parsons
Líder Seguidora
Hombre adulto Mujer adulta
(padre) (madre)
instrumental expresiva
(ideas, disciplina, control) (afecto, cuidados, calidez, emoción)
Niño (hijo) Niña (hija)
El análisis de Parsons confiere gran importancia a las funciones en la estructura social, desde allí aborda los roles de hombres y mujeres: a los primeros les corresponde el rol “instrumental” –el sostenimiento económico de la familia, la representación de la familia en el mundo pú-blico y la supervisión y control de los hijos e hijas–, a las segundas, el rol denominado “expresivo”, vinculado con la maternidad y, por lo tanto, con la crianza, el afecto y el cuidado, no sólo de los hijos e hijas sino de las personas necesitadas del grupo familiar, como enfermos y ancia-nos. La ciencia social legitimiza y universaliza de este modo la noción de la complementariedad de los roles en la pareja adulta.
Prácticas familiares contemporáneas
La debilidad de las familias modernas estaba presente en su propia constitución, basada en un compromiso que se concebía como inamo-vible y eterno y en la complementariedad de la pareja. Por eso, algunos
D E M O C R AT I Z AC I ÓN D E L AS FA M I L I AS
académicos sostienen que el momento de esplendor de la familia mo-derna tenía cerca su inminente declinación. Durante los años sesenta y setenta, la brecha entre la ideología cultural dominante y los compor-tamientos discordantes generó desafíos a las familias de la modernidad y provocó crisis que condujeron a nuevos acuerdos o rupturas, las que –crecientemente– culminaron en separaciones y divorcios.
Algunos factores que incidieron en los cambios en las familias fueron: • al extenderse la esperanza de vida, las personas adultas comen-zaron a disponer de un tiempo en el que ya no estaban criando a sus hijos, lo que en muchos casos las enfrentó con la imposibili-dad de continuar manteniendo un vínculo que se apoyaba en la convivencia con ellos;
• las mujeres progresivamente ingresaron en el mundo del trabajo; • los empleos se desplazaron desde los industriales tradicionales a
nuevos sectores industriales y de servicios;
• los empleadores recurrieron a la mano de obra de mujeres, más barata y no sindicalizada;
• aparecieron las píldoras anticonceptivas, lo que permitió a las mu-jeres decidir cuándo, cómo y cuántos hijos tener;
• el amor romántico, que era la base de la familia moderna, no pu-do asegurar el amor para toda la vida. Aparecieron así cada vez más divorcios y nuevas uniones;
• el movimiento de mujeres impactó fuertemente en los modos de relación entre mujeres y hombres, en la sexualidad y la reproduc-ción, en el avance de la legislación (leyes de divorcio, de patria po-testad compartida, etc.).
Sobre el estereotipo de las familias modernas se están construyendo nuevos arreglos, que incluyen nuevas estrategias en las relaciones de género y de crianza que rehacen las familias desde otros enfoques y prácticas. Algunos autores comienzan a denominar a las nuevas fami-lias como famifami-lias posmodernas, para caracterizar la fluidez de los vín-culos y las diversas estrategias familiares que combinan viejas y nue-vas formas de relaciones.
Algunas características de las familias posmodernas son:
• se separan los ámbitos de la sexualidad, la gestación, el matrimo-nio, la crianza y las relaciones familiares;
• los adultos divorciados y vueltos a casar, así como la convivencia de hijos de diferentes matrimonios, se han transformado en un fenómeno cotidiano;
• muchos hijos viven con sus madres más que con ambos padres; • los conflictos familiares reciben nuevas y diversas respuestas;
• los hijos e hijas comienzan a ser considerados como ciudadanos, se revisan las concepciones acerca de la infancia y del poder de los adultos sobre ella.
En estas familias, las mujeres:
• tienen más acceso a la educación y al empleo;
• son menos dependientes de lo que ganan los maridos;
• tienen más cargas, ya que desarrollan una doble jornada laboral, sumando el trabajo doméstico y el extradoméstico. Además, a veces tienen algún grado de participación comunitaria, lo que las enfrenta a una triple jornada de trabajo;
• pueden alejarse de relaciones abusivas o violentas.
En amplios sectores de las sociedades occidentales, la familia moder-na no existe más, sin embargo, en el imagimoder-nario social y cultural aún persiste la idea de ésta como la familia.
Las familias ¿reproducen o recrean
las pautas sociales?
Para los enfoques más tradicionales, las familias se encargan de repro-ducir los procesos de la sociedad o de socialización. En este sentido, los grupos familiares son considerados como los ámbitos en los cuales las nuevas generaciones se socializan en las normas y los valores de la comunidad en la que están viviendo. La familia es vista como una ins-titución reguladora y transmisora de las prácticas valoradas por cada cultura, como agente social que contribuye a que una comunidad de-terminada normatice las conductas de sus miembros. Estos enfoques no tienen en cuenta la posibilidad de protagonismo, de agencia, de las familias y sus integrantes, como creadores de cultura. Si bien es cierto que las familias son las encargadas de reproducir los patrones cultura-les vigentes, como la jerarquía por sexo y edad, la desigualdad y el au-toritarismo, también es cierto que el grupo familiar puede ser el lugar desde donde se cuestionan y se cambian reglas, desde donde se ges-tan procesos de transformación.
Es en el grupo familiar donde a menudo se inician procesos que cuestionan el orden jerárquico, que plantean disconformidad con el au-toritarismo y que buscan nuevos modos de relación. Las formas liares emergentes presentan diferentes dinámicas de relaciones fami-liares, algunas producidas por elecciones; otras, por el imperio de las circunstancias (familiares de desaparecidos, por ejemplo); otras como respuestas innovadoras a situaciones conflictivas.
D E M O C R AT I Z AC I ÓN D E L AS FA M I L I AS
Las familias en la Argentina
Relaciones familiares durante los siglos XVIII y XIX en Buenos Aires
La familia en la Argentina se desarrolló (excluyendo para este abor-daje los patrones de conducta de los pueblos precolombinos) según las normas que el patriarcado impuso en occidente, es decir, reproducién-dose sobre las desigualdades de género. La familia nuclear se estable-ció bajo la autoridad del padre, encargado del bienestar económico a partir de su participación en el mundo público. La figura de la mujer se conservó en segundo plano como “reina del hogar”; como dijimos an-teriormente, se trató de un reinado ideológicamente peligroso ya que bajo esa denominación se ocultaba su falta de autoridad en el ámbito doméstico, su dependencia económica del marido, su obligado lugar de madre sacrificada y servicial, su renuncia sexual y pasional y, por si fuera poco, se invisibilizaba su actividad productiva.
En este apartado seguiremos las observaciones de Ricardo Cicer-chia (1998), basadas en sus investigaciones sobre las dinámicas fami-liares de los sectores populares urbanos en la Ciudad de Buenos Aires (estos sectores constituían el 85% de su población). En la historia ar-gentina, la familia fue una preocupación del Estado (léase de la monar-quía española y luego de los gobiernos independientes) desde la colo-nización de nuestro territorio. Desde el punto de vista legal es importante señalar la preexistencia del control de la Iglesia Católica so-bre el matrimonio y la vida familiar, un control que el Estado intentó li-mitar ya desde la época de la colonia –impulsado por las ideas del ilu-minismo– pretendiendo, entre otras cosas, restar poder al discurso eclesiástico, primero en Europa y luego en América. Al mismo tiempo, esta secularización de las relaciones familiares se apoyó en la figura del “pater” como autoridad absoluta dentro del ámbito doméstico. Un po-co más tarde, po-con la revolución de Mayo, las únicas transformaciones fueron la prohibición de matrimonios entre españoles-europeos y ame-ricanas en 1817 y un proyecto de ley no sancionado de 1824 sobre di-vorcio y separaciones voluntarias.
El mismo autor considera que si bien los valores oficiales y las repre-sentaciones culturales en torno a lo familiar penetraron todo el cuerpo social, existían conductas familiares como el amancebamiento, la en-trega de hijos y la presencia de mujeres como cabeza de familia, que representaban hábitos consagrados por la costumbre y que formaban parte de un”sentido común” popular.
Una vez alejado el control exclusivo de la Iglesia, los desórdenes fa-miliares comenzaron a convertirse en “cuestiones de Estado”. Cuando esto ocurrió, las mujeres empezaron a aparecer como protagonistas de
reclamos judiciales, lo que las ubicó como sujetos de derechos. Así se consolidaron sistemas institucionales de protección del orden social que redefinieron no sólo el espacio público sino también las relaciones intrafamiliares. Sobre las mujeres descansaba el edificio del sistema fa-miliar, pilar indispensable para el mantenimiento del orden social, por lo tanto, sus reclamos podían ser escuchados si éstos se apoyaban en la idea de cierta cohesión familiar, con o sin esposo de por medio. Los conflictos del ámbito familiar que hoy nos preocupamos por analizar ya existían en la época colonial y en el siglo XIX. Un riguroso análisis de las causas judiciales y de las denuncias policiales de las mujeres y de otros grupos subalternos permite señalar, en primer lugar, la marca di-fusa que existía en esa época entre lo público y lo privado y, en segun-do lugar, resaltar la importancia del análisis de las crisis familiares co-mo el mejor vehículo de comprensión de la “normalidad familiar” (Cicerchia, 1998: 67).
Ya en el siglo XIX, las mujeres se presentaban como demandantes en causas vinculadas con la tenencia de los hijos, el reclamo de alimen-tos y buenos modales por parte de los maridos. Las separaciones (di-vorcios eclesiásticos) incluían disputas sobre las propiedades o cuotas de alimentos. Asimismo, las demandas por maltratos implicaban una eventual sanción penal para el acusado hallado culpable. Los juicios de divorcio reconocían en los maltratos una de las figuras que habilitaba a las mujeres a solicitar la separación. Y aunque muchas preferían callar,
otras “hacían público” su malestar.4
El autor expresa esta reflexión:
“… a pesar de que el sistema judicial se constituía sobre los prejuicios y las desigualdades de las asimétricas relaciones de género, las mujeres sintieron que encontraban allí una posibilidad para resolver situ a c i o n e s de injusticia doméstica, presentando discursos pragmáticos sobre la fa-milia, negando la indiferencia afe c t i va, confesando actos fo rzados por su s i tuación y modelando así la rígida lógica del honor familiar” (Cicerch i a , 1994: 72).
Resulta interesante reflexionar acerca del rol del Estado y la justicia en la instauración y defensa de los derechos de las mujeres –esposas y
D E M O C R AT I Z AC I ÓN D E L AS FA M I L I A S
36
. . . .
4“En los juicios por desórdenes familiares registrados entre 1776 y 1850, la
pri-mera constatación es que las mujeres de diferente condición y estado constituye-ron sujetos de derecho. Sobre 365 demandantes individuales, el 60% fueconstituye-ron muje-res. De éstas, el 70% eran porteñas, 44% pertenecían a los grupos “no blancos” y cerca del 30% carecían de estado legítimo” (Cicerchia, 1994: 55).
madres– ya que, a pesar de los beneficios que las mujeres pudieron ob-tener cuando se presentaron ante las instituciones sociales, frecuente-mente lograron la clemencia de la justicia o el reconocimiento de sus reclamos sólo si se comportaban dentro de los modelos que la socie-dad y las relaciones desiguales de género establecían para ellas.
Maternidad en la Argentina
El pensamiento hegemónico que superpone “mujer” a familia, median-te el nexo representado por la mamedian-ternidad, también está presenmedian-te en las concepciones de la maternidad en la Argentina. Si bien esta noción de feminidad ligada casi exclusivamente a la capacidad femenina de en-gendrar y cuidar la vida humana es una construcción cultural que ha contribuido a la subordinación histórica de las mujeres, consideramos que la experiencia de la maternidad es central en la vida de muchas mu-jeres, como punto de anclaje de identidad y de reconocimiento y como ejercicio que tiene profundas implicaciones en las relaciones familiares y en la construcción de ciudadanía.
Carole Pateman denomina a la maternidad la diferencia par exc e l l e n c e:
“La maternidad y la crianza han simbolizado las capacidades naturales que apartan a las mujeres de la política y de la ciudadanía; maternidad y ciudadanía, en esta perspectiva, al igual que diferencia e igualdad, son mutuamente excluyentes. Pero si la maternidad representa todo aquello que excluye a las mujeres de la ciudadanía, la maternidad ha sido cons-truida también como un estatus político. La maternidad, como las femi-nistas la han entendido por mucho tiempo, existe como un mecanismo central a través del cual las mujeres han sido incorporadas al orden polí-tico moderno” (Pateman, 1992: 19,28).
La maternidad puede ser una experiencia “privada”, aislada en el hogar,
subordinada al varón en la esfera doméstica, a la que se le reconoce únicamente su poder afectivo sobre los hijos. O, por el contrario, pue-de ser consipue-derada una experiencia social y política (maternidad social) cuyas prácticas vinculan las preocupaciones por los propios hijos tam-bién con cuestiones colectivas, como ha sucedido, por ejemplo, con las madres de desaparecidos, en la defensa de los derechos de sus seres queridos y de otros en situaciones semejantes.
Esta redefinición de la maternidad presenta aspectos contradicto-rios con la imagen tradicional de la madre, ocupada solamente por el bienestar de su marido y de sus hijos, y genera las condiciones para la construcción de una ciudadanía femenina, en la medida en que se re-conoce a las mujeres –y ellas a sí mismas– como un colectivo que des-de la maternidad des-define intereses y necesidades-des y se convierte en