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LA COMUNICACIÓN COMO ARTE

La comunicación es el puente que permite el encuentro entre las personas, la maravillosa trama que todo lo conecta. Es tan imprescindible para vivir como lo es el oxígeno que respiramos: no podemos imaginar lo

humano por fuera del entretejido comunicacional.

Watzlawick, Beavin y Jackson, en su revolucionaria obra Teoría de la comunicación humana, plantean

que es imposible no comunicar: todo comportamiento de un ser humano en presencia de otro —aun cuando ese comportamiento consista en el intento de evitar toda comunicación—, es leído por ese otro como pleno de significado. Ellos equiparan comunicación con conducta. Así como no podemos evitar comportarnos de

alguna manera, no podemos evitar comunicarnos. Aun el autista, encerrado en su mundo resguardado por un muro de silencio, no deja de comunicarnos algo con su quietud o sus movimientos repetitivos. En el entramado

de la comunicación sucede la vida, allí satisfacemos nuestras necesidades más primarias y encontramos

significado y valor a nuestra existencia.

El fenómeno de la comunicación es tan universal, lo hemos desarrollado desde una edad tan temprana y es

una experiencia tan inmediata que pocas veces reparamos en su complejidad y sus misterios. Como a veces

nos pasa con nuestro cuerpo —no le prestamos atención a un órgano hasta que nos duele—, lo mismo sucede con la capacidad de comunicarnos: recién se hace figura en nuestra conciencia cuando nos topamos con un obstáculo, cuando queremos hablar en otro idioma, cuando participamos de un malentendido, cuando la misma comunicación se resiente.

Su trama es tan delicada, tan infinitamente compleja, los hilos invisibles que nos conectan son a veces tan

sutiles, que a veces nos maravilla el sólo hecho de que la comunicación suceda.

Una de las primeras enseñanzas que me ofreció la PNL consistió en definir a la comunicación como un acto de amor. Me tomó pocos segundos entender racionalmente el significado de esa frase y diez años encarnar su

profundo sentido. Comunicarse es verdaderamente tender un puente en el que el encuentro con el otro pueda

ser posible, implica una profunda aceptación del otro como otro legítimo, honrando su derecho a ser diferente y aceptándolo en su alteridad tal como es.

Ese amor no es solamente un sentimiento, no es una cualidad escurridiza que surge y se desvanece

siguiendo el ritmo de nuestra vida afectiva. El amor al que nos referimos es una práctica de aceptación y respeto que se manifiesta en nuestros comportamientos, en la manera en que nos relacionamos con los demás.

Como en el saludo hindú del Namasté —que consiste en juntar las manos a la altura del pecho, inclinar levemente la cabeza, y con ese gesto reconocer y reverenciar la dimensión sagrada que se encuentra presente en el otro—, reconocemos a nuestro interlocutor como un ser humano y no como mero instrumento para

satisfacer nuestras necesidades.

Para la PNL, esto va más allá de una declaración de principios: nos enseña cómo hacerlo, nos muestra paso a paso las actitudes y los comportamientos necesarios para transformar ese respeto en acción.

LA COMUNICACIÓN COMO ARTE

La comunicación también es un arte. Como en todo arte, tal vez haya algunos más dotados que otros, pero

siempre hay habilidades que se pueden aprender, desarrollar y entrenar.

es el instrumento que le da vida, pero necesita de él para brotar. Los músicos lo saben y por eso se dedican

con esmero al cuidado y al aprendizaje de los secretos de su instrumento. Los deportistas entrenan y cuidan su

alimentación y su cuerpo. Los artesanos adquieren destreza en el uso y el buen mantenimiento de sus

herramientas de trabajo.

¿Cuáles son los instrumentos que requiere el arte de la comunicación?

Son varios, y los iremos viendo en detalle, pero en esencia podemos resumir diciendo que somos nosotros mismos: nuestras palabras, nuestros gestos, nuestros pensamientos. Surgen en nuestra experiencia de una

manera tan inmediata, tan automática, tan inconsciente, que los tomamos como algo dado y, en general, no los

vemos como herramientas que debamos atender y cuidar. Y mucho menos desarrollar y entrenar.

Los trabajadores manuales tienen una conciencia muy desarrollada acerca del cuidado de sus instrumentos.

Herederos de una tradición de milenios, saben de la vital importancia que tiene para su trabajo y su

subsistencia el mantenimiento en buen estado de sus instrumentos de trabajo. Tiempo atrás, tal vez la principal lección que un aprendiz recibía de su maestro artesano consistía en el cuidado y buen mantenimiento de las

herramientas. Sin duda, la subsistencia y la propia vida iban en ello. Las herramientas eran onerosas y muy

difíciles de obtener. Muchas veces los hijos las recibían en herencia de sus padres y las legaban, a su vez, a

sus propios hijos.

Hoy en día muchos cuidan sus computadoras, sus automóviles y sus teléfonos celulares con más esmero que con el que se cuidan a sí mismos. Invierten más tiempo y dedicación en aprender cómo funcionan sus máquinas y sus nuevos programas de software, que en aprender cómo funcionan ellos mismos.

Es un fenómeno comprensible: nadie nació sabiendo operar una computadora, pero casi todos nacimos

dotados con un cuerpo y una mente que funcionan, al parecer, solos. Mal o bien, todos nos comunicamos.

Llegamos a la vida adulta con palabras, gestos y pensamientos que nos acompañan y funcionan en piloto automático desde hace años.

Pero ese modo de funcionar está muy lejos de constituir un arte. Por el contrario, nuestra manera de comunicarnos está marcada por lo que los psicólogos llaman «neurosis», y ese puente que permite el encuentro entre las personas tiene muchos más pozos y escollos que los que nos gustaría que tuviese.

Si queremos que la comunicación sea como una danza, un acompasarse con los demás —en nuestros vínculos íntimos, en el trabajo, con nuestros amigos o clientes— en una coreografía que facilite el

entendimiento, el respeto y la consecución de nuestros objetivos, podemos proponernos trabajar con nosotros mismos, entrenarnos y afinarnos tal como el músico lo hace con su instrumento.

De alguna manera, adentrarnos en el mundo de la PNL es adentrarnos en el mundo de la comunicación. Los seres humanos vivimos en una dimensión relacional: nada está aislado dentro de la trama de la que formamos parte. Nos relacionamos con los demás, con nosotros mismos, con nuestro cuerpo y con lo trascendente. La comunicación es el escenario en el que ello sucede, el puente que todo lo conecta.

De la forma en que nos comuniquemos con los demás, dependerá la riqueza de nuestros vínculos. De la manera en que nos comuniquemos con nosotros mismos, dependerá nuestro bienestar psicológico. De la manera en que nos comuniquemos con nuestro cuerpo, dependerá el goce y la salud física. De la manera en que nos comuniquemos con lo trascendente, dependerá el sentido que encontremos para nuestra existencia.

Si la comunicación es el vehículo en el que fluye la vida, la PNL propone los mapas para el viaje. En los capítulos siguientes, exploraremos esos mapas.

CAPÍTULO 14

LOS SISTEMAS DE REPRESENTACIÓN

CADA UNO CONSTRUYE SU PROPIO MAPA

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