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LAS CONDICIONES DE LA BUENA FORMA A veces nos formulamos objetivos que no son tales Otras nos planteamos metas que de por sí son imposibles

de lograr. Hay objetivos tan amplios que necesitaríamos más de una vida para lograrlos, y otros tan pequeños

que apenas alcanzados ya nos resultan insatisfactorios.

La PNL plantea que un objetivo bien formulado es aquel que cumple con las siguientes cinco condiciones:

1. El objetivo debe ser expresado de manera positiva.

Un objetivo necesita plantear qué es lo que quiero; no lo que no quiero.

Si me propongo objetivos tales como “quiero dejar de estar triste”, o “no quiero comer compulsivamente”,

puede suceder que, aunque los logre, no me sienta satisfecho. Puedo dejar de estar triste, y empezar a sentirme profundamente angustiado, o puedo lograr no comer compulsivamente, pero seguir comiendo de una forma que no es la que realmente deseo.

Abandonar un comportamiento no deseado no garantiza necesariamente lograr el comportamiento deseado.

Un objetivo bien formulado plantea lo que sí quiero más que lo que ya no quiero.

Esta condición se fundamenta, además, en una particularidad adicional: nuestra mente no procesa de

manera directa las proposiciones negativas.

Si le pido “no piense en un cigarrillo”, su mente no tendrá más remedio que pensar en un cigarrillo para luego intentar negarlo, es decir, seguirá pensando en el cigarrillo aun cuando su deseo sea no pensar en él. En cambio, si le pido por la afirmativa “piense en salir a caminar por las mañanas tres veces por semana”, su mente rápidamente podrá representarse dicho comportamiento.

Es mejor ocupar nuestra mente pensando e imaginando lo que sí queremos, que llenarla de toda clase de pensamientos e imágenes desagradables de todo aquello que ya no queremos más.

2. El objetivo debe ser demostrable en forma sensorial.

permitan identificar cuál es específicamente el estado deseado.

Una precisa descripción del estado deseado implicado en el objetivo, me posibilitará evaluar luego su grado de concreción.

Si mi meta es “tener éxito”, pero no especifico qué es el “éxito” para mí, ni logro imaginarme a mí mismo habiéndolo alcanzado, ¿cómo sabré cuando lo alcance?, ¿cómo sabré si los pasos que voy dando por la vida

me acercan o me alejan de dicha meta?

En cambio, si me propongo “comprar una casa”, o conseguir “un trabajo que me guste y me deje tiempo libre para pintar”, puedo representarme imágenes sensoriales que me permitan evaluar si lo he logrado o no.

Hay personas que, habiendo concretado realizaciones maravillosas, no tienen manera alguna de evaluar si han alcanzado o no su objetivo.

Imaginar con lujo de detalles el estado deseado —cómo me vería, cómo me escucharía, cómo me sentiría habiéndolo logrado— facilita la consecución del objetivo.

3. El objetivo debe estar ubicado en un contexto adecuado.

Hay objetivos que son deseables en un contexto, pero no en otros. Hay metas que tienen sentido en un marco temporal, pero no en otro.

Si me propongo vender mi casa, este objetivo puede ser deseable si lo logro en los próximos dos años, pero deja de tener sentido si sucede dentro de veinte años. Puede ser que me interese superar mis miedos y actuar con valentía en algunas situaciones de mi vida personal, pero no en otras: de hecho no me interesa superar el miedo a lanzarme en paracaídas. Puedo proponerme el objetivo de ser más comprensivo y

amoroso con mi familia y mis amigos, pero no me interesa ser más comprensivo y amoroso con los empleados

ineficientes de mi empresa.

Cuando me planteo un objetivo, necesito explicitar cuándo, con quién, dónde y en qué contextos lo quiero.

No cualquier objetivo puede ser deseable en toda circunstancia.

4. Las acciones que lleven a la consecución del objetivo deben depender de mí.

Lograr la paz en el mundo, terminar con el hambre en África, que mi vecino sea más simpático o que el

dentista concluya los arreglos de mi boca en una sola consulta, pueden ser situaciones deseables, pero no

tienen sentido como objetivos: ninguna de esas situaciones depende de mí. Muchas personas se fijan objetivos

de esa clase y luego se frustran por no poder lograrlos. Un objetivo bien formulado es aquel en el que

depende de mí realizar las acciones necesarias para alcanzarlo.

Cuando fijo objetivos para mí mismo, su realización depende exclusivamente de mí —hacer una dieta, organizar mi agenda de trabajo, ir al gimnasio—, pero cuando planteo objetivos que involucran a otras personas o necesitan de otros factores, dependen de mí de manera parcial: puedo planear una fiesta al aire libre, pero no está a mi alcance hacer que llueva o que salga el sol. Puedo preparar una excelente presentación para potenciales clientes, pero no hacer que ellos compren mi producto. La acción de vender depende de mí, la acción de comprar depende del cliente. En estos casos, siempre es conveniente diferenciar qué aspectos dependen de mí y cuáles no. Cuantas más variables estén a mi alcance, más poder tiene el objetivo y más me

compromete a realizarlo.

5. El objetivo debe ser ecológico.

Si para lograr una meta necesito dañar de alguna manera a mis seres queridos, ir en contra de mis valores o pagar un precio excesivamente alto, es probable que tal objetivo no sea adecuado para mí.

Las personas vivimos en un sistema que tiene una ecología particular que necesita ser respetada. Esa ecología puede ser externa (por ejemplo las personas que me rodean) o interna (como mis valores o creencias). Un objetivo bien planteado necesita tener en cuenta dicha ecología.

Muchas veces este aspecto no es considerado a la hora de plantearnos un objetivo y esto puede generar

obstáculos para el logro del mismo.

Una joven me consultó una vez porque había fallado en tres oportunidades al rendir el examen final de su carrera universitaria. No entendía qué le pasaba ya que siempre había sido una estudiante excelente.

Cuando le pregunté qué consecuencias tendría aprobar dicho examen, me dijo: “Me recibiría, me casaría y me iría a vivir al extranjero; hace más de un año que mi novio me espera para realizar ese plan”.

Pensé que el escenario resultante de lograr su objetivo (aprobar el examen final), implicaba alguna dificultad con su ecología personal. Aprobar un examen no consistía por sí mismo una dificultad, de hecho ya había aprobado muchos exámenes

previamente, pero ¿qué pasaba con recibirse, casarse o emigrar? Cualquier duda, temor o inseguridad con respecto a esas tres cuestiones podía funcionar como un obstáculo a la hora de rendir ese examen.

Por una circunstancia particular, yo disponía de una sola entrevista para trabajar con esta mujer, así que no tenía tiempo para abrir y desarrollar cada uno de esos temas vitales. Decidí ir al grano y le comenté mi observación, le dije: “Estoy seguro de que aprobar un examen más, después de todos los que ya pasaste con éxito, no debe ser una dificultad para vos, pero me pregunto qué te pasa con el hecho de recibirte, de casarte y de irte a vivir a otro país. Observá que encadenás todas esas situaciones como si una te llevara directamente a la otra y eso le agrega un peso enorme al simple hecho de rendir un examen. Te propongo que separes esas situaciones como si desengancharas los vagones de un tren. Primero, aprobá el examen; después, tomate un tiempo para pensar si te querés casar, y recién después decidí si deseás ir a vivir a otro país. No necesariamente aprobar tu examen tiene que obligarte a dar todos los pasos siguientes en los plazos que te habías propuesto”.

Unos meses más tarde, me llamó por teléfono para agradecer mi consejo: finalmente había aprobado su examen y se había recibido. Poco después comenzó a convivir con su novio y planeaban la boda para el año siguiente. El proyecto de emigrar había quedado postergado porque los dos habían recibido propuestas de trabajo muy atractivas en su ciudad.

LAS PREGUNTAS

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