ofrezco un ejemplo de mi experiencia que tal vez le sirva como modelo.
Va a observar que a veces hago cosas un poco raras: hablo con un punto en mi cabeza, le agradezco, le
pido “por favor”, dialogo con aspectos internos como si estos tuvieran una existencia real e independiente de mí mismo. En otro contexto, el relato que sigue a continuación podría parecer muy loco. A esta altura es
probable que lo considere de manera diferente.
Más allá del ejemplo que compartiré, lo invito a animarse y a probar con el reencuadre en usted mismo.
Saque sus conclusiones a partir de su propia experiencia.
Paso 1
Me propongo trabajar con un dolor de cabeza que aparece súbitamente dos o tres veces por día durante la última semana. En general lo noto cuando estoy en el consultorio trabajando, o en la mañana cuando estoy viajando a la universidad donde doy clases. La molestia —una fuerte presión, como si dos manos me apretaran la cabeza a la altura de las sienes— dura algunos
minutos, y luego desaparece.
Cuando me dispongo a hacer el reencuadre y pienso en el dolor de cabeza, surge una sensación atenuada, la misma molestia pero mucho más leve. Busco conectarme con la parte de mi ser que fabrica ese dolor de cabeza: veo la imagen de un punto rojo e incandescente en el centro de mi cabeza que titila o late. Con cada latido, el punto se expande un poco y luego se retrae.
Paso 2
Le pregunto si está dispuesto a comunicarse conmigo de manera tal que yo pueda comprenderlo un poco mejor. El punto rojo se hace más grande y la presión en mi cabeza se intensifica. Como no se qué quiere decir esa señal, me propongo establecer un código que me permita comunicarme con mi inconsciente: le pido a ese punto que, si su respuesta es que “sí” está dispuesto a comunicarse conmigo, intensifique la sensación de presión (no le pido al punto que agrande su imagen porque yo ya sé que puedo modificar imágenes a voluntad, pero no podría intensificar conscientemente la sensación). La sensación se intensifica, lo
interpreto como un “sí”.
Paso 3
Le agradezco su disposición a comunicarse conmigo y le pregunto cuál es la intención que tiene para estar ahí. —Para que te duela la cabeza —me contesta.
—Muy bien, pero ¿para que me duela la cabeza con qué intención? —Con la intención de que te duela mucho…
—¿Qué buscás haciendo que la cabeza me duela mucho? —insisto. —Busco que pares.
—¿Cómo que pare?
—Sí, que pares. Que no trabajes tanto. No te estás cuidando. Dormís poco, comés mal, estás poco tiempo con tu hija. ¡Quiero que pares!
—¿Querés que pare para qué?
—Así no sirve, correr tanto no sirve. Cuidate mejor.
Había descubierto la intención positiva de mi dolor de cabeza.
Por supuesto que no estoy de acuerdo con que me duela la cabeza, pero debo reconocer que estoy trabajando mucho, que como mal, que duermo poco y que no comparto con mi hija el tiempo que me gustaría. Pienso que en verdad podría cuidarme un poco mejor, y comprendo que una parte mía me lo esté reclamando de esa manera.
Me doy cuenta de que el dolor de cabeza es un medio por el cual una parte de mí me quiere obligar a parar. Y también comprendo que parar no es un fin en sí mismo sino que es un medio que me permitiría cuidarme mejor.
La verdadera intención positiva de mi dolor de cabeza es cuidarme a mí mismo.
Le agradezco a mi parte inconsciente por esa intención positiva, y me despido de ella por un rato.
Paso 4
Busco adentro mío a mi aspecto creativo.
Rápidamente aparece la imagen de una cascada, un manantial de agua que se vierte en un pequeño lago rodeado de una rica vegetación. Al mismo tiempo aparece un sonido, escucho una voz interna que susurra: “algo que fluye, que fluye, que fluye…”, el sonido repetido y circular de las tres consonantes recuerda al sonido del agua.
—Por favor, parte creativa, ¿podrías sugerirme al menos tres formas distintas en que yo pueda darme cuenta de que necesito cuidarme, y que no sean el dolor de cabeza?
Espero… sólo escucho el fluir del agua del manantial. De pronto una voz cantarina dice: —Podrías retomar el gimnasio.
Pausa.
—Podrías ordenar tu agenda para que te queden dos horas al mediodía para almorzar tranquilo. Pausa.
—Podrías llevar a tu hija a jugar a la plaza una vez por semana —y continúa—, podrías ser más consciente de tus valores y prioridades en la vida, ¿quién te dijo que tenías que trabajar tanto?
—¿Algo más? —le pregunto, ya tenía cuatro alternativas.
—Sí, algo más: podrías aprender a decir más veces que «no» cuando te piden determinadas cosas, sesiones, cursos.
En ese momento recuerdo algo que Lidia Muradep, mi maestra de PNL, había dicho años antes: “En la vida hay que decir tantas veces que ‘sí’ como que ‘no’. Hay que equilibrar. Muchas personas dicen más veces que sí. Otros dicen más veces que no”. Me doy cuenta de que yo estoy diciendo pocas veces “no” cuando me piden cosas. Este es un descubrimiento del que quiero tomar nota.
Le agradezco a mi parte creativa y regreso con la otra. Veo el punto rojo que titila.
Paso 5
—¿Escuchaste las propuestas de la parte creativa? —le pregunto. El punto rojo se agranda y vuelve a aparecer la leve presión en la cabeza.
—¿Alguna de esas cinco propuestas servirían para cumplir con tu intención positiva de cuidarme, al menos tan bien como el dolor de cabeza?
Otra vez se intensifica la presión. —¿El gimnasio?
Nada.
—¿Ordenar la agenda? Se intensifica la sensación.
—¿Llevar a mi hija a la plaza? Otra vez la sensación de presión. —¿Recordar mis prioridades? —Sí.
—¿Decir más veces que “no”? —Sí.
—Si me comprometo a llevar a la práctica todas estas cosas, ¿estarías dispuesto a dejar el dolor de cabeza? Esta vez no hay ninguna sensación, pero el punto rojo se infla, se expande, y poco a poco comienza a esfumarse hasta desaparecer. Le agradezco.
Me siento relajado y en paz.
Íntimamente sé que la última opción, la de aprender a decir más veces que “no”, es especialmente importante para mí en este momento.
Paso 6
Así, relajado y tranquilo, pregunto en mi interior si hay alguna parte que se oponga a lo acordado, si alguna otra parte tiene algo para objetar.
Espero un momento.
La sensación de paz se va intensificando. De hecho, me siento mejor que al comienzo del trabajo. Doy por terminado el ejercicio.