segunDa Parte
4. las comunicaciones manuscritas/ampliadas, una particular manifestación colectiva de comunicación
Los pasquines en el transcurso de su vida rioplatense no experi- mentaron la evolución presentada por las manifestaciones periodís- ticas tratadas anteriormente (las Noticias Comunicadas y la Gazeta de Buenos Ayres), en cambio tuvieron variaciones temáticas. De- bemos anotar que algunos autores no los consideran predecesores del periodismo apoyándose en cuestiones bien diferentes a las co- municacionales como es el caso de Miguel De Marco (2006), quien esgrimiendo una mirada un tanto “reduccionista” afirma que: “Por
tratarse de papeles con un objeto definido como era desacreditar o bur- larse de determinadas figuras públicas y privadas, y que por lo tanto no buscaban transmitir informaciones sino difamar y ridiculizar, no pueden ser considerados remotos antecesores de la prensa escrita”. Pero
conforme nuestro entender poseen atributos suficientes para integrar la categoría de embriones periodísticos, porque invariablemente y con mucha agudeza recogían de la realidad circundante las inquietu- des que más sensibilizaban a los pobladores en esos momentos. Esa
actualidad inherente a los pasquines, a menudo, aludían a cuestiones marcadamente políticas; sin embargo, como veremos más adelante, existían otras problemáticas que eran también recogidas por estos anónimos. En efecto, los atributos de comunicar en forma directa, de tratar solamente lo actual y presente posibilitaba la gestación de manera inmediata de una sólida corriente de opinión.
Los pasquines también se diferenciaron de sus congéneres manus- critas por las distintas denominaciones que recibieron, seguramente dado el carácter de hoja subversiva. Los documentos de la época se referían a ellos como panfletos, carteles, anónimos, libelos101. Estos
eran conforme la definición de José Antonio Pillado (1943): "Manus-
critos anónimos empleados, para desahogar el rencor de los oprimidos o de los impotentes, contra la autoridad dominante (...) se mezclaban en hojas sueltas que se hacían circular por la ciudad de casa en casa o se fijaban en las esquinas, antes y después de la introducción de la imprenta". Efectivamente, durante la época colonial con frecuencia y
por diversos motivos se apelaba a este medio de comunicación que, en cierto modo, garantizaba la llegada del mensaje a receptores ávi- dos de noticias que involucraban a la totalidad de los habitantes del virreinato, ya que tenían como destinatarios tanto a españoles, crio- llos, extranjeros, negros, indios, etc. En conceptos de Boleslao Lewin (1960) no existe una producción escrita tan expresiva y tan autén- ticamente popular, por su carácter intrínseco y por la rapidez de su difusión, como los pasquines. Divulgación que, desde luego, no se circunscribía sólo a los alfabetizados, sino que, por el contrario, sus efectos trascendían ampliamente a este sector de la población.
En rigor, existían en principio dos alternativas, para que el mensaje anónimo llegara también a los habitantes iletrados: la lectura realiza- 101 Algunos estudiosos establecen diferencias entre estas “comunicaciones manuscritas
/ ampliadas”, las cuales, si bien son correctas, nos parecen insuficientes. Por caso, E.
Acevedo (1992) sostiene para la región altoperuana que “el anónimo es la simple
denuncia, el pasquín es denuncia y algo más (generalmente, anuncio de conmoción) pero en todo caso, fueron anónimos y pasquines la más común fórmula de divulgación de ideas y posiciones ante todos los sucesos que entonces preocupaban a esta comunidad”.
da en soledad y su posterior propagación por vía oral; o la posibilidad de que los libelos fijados en lugares públicos fueran leídos en alta voz, acción que estimulaba la natural curiosidad humana a escuchar. De este modo generaban un efecto multiplicador inconmensurable que, evidentemente, llegaba a todos los habitantes sin excepción, ya que las aldeas por aquel entonces, eran los suficientemente pequeñas para que estas olas de rumores102 siempre encontraran oídos bien dispues-
tos a escucharlos; sobre todo, a los cuchicheos de carácter social cu- yos alcances merecieron comentarios en los periódicos coloniales103.
La más de las veces servía para que el ingenio popular compusiera coplas "picantes" que rápidamente corrían de boca en boca, dado que muchos estaban escritos en rima para facilitar su memorización. Una de ellas decía:
"Quien quiera saber de vidas ajenas / que vaya a las toscas con las lavandera/que allí se murmura de la enamorada/ de la que es soltera, de la que es casada/ que si tiene mantas y tiene colchón/ o cuja labrada con su pabellón". Por lo visto, la inventiva popular no reparaba en
temas, pues iba de los más o menos picantes a los de implicancia política. Un ejemplo de lo antes dicho fue la copla que circuló luego de las invasiones inglesas con un título por demás de sugerente para la época: Ingredientes para sacar la quintaesencia del Marqués de So-
bremonte: “un quintal de hipocresía / treinta y dos de fanfarrón / con cincuenta de ladrón / y veinte de fantasía: dos mil de collonerías / mez- clarás bien y después / en un gran caldero inglés / con gallinas y capones / extraerás los blasones / de Sobremonte el marqués”.
Otro ejemplo de estas coplillas fue, la que se canturrió simultá- neamente con la asonada del 1° de enero de 1809 y que tuvo conse- cuencias inesperadas ya que sus “difusores” dos niños de 10 y 11 años respectivamente fueron presos, por cantar a los gritos por las calles: 102 Puede consultarse con respecto a este tema G. W. Allport y Leo Postman (1988). 103 Telégrafo Mercantil, 27 de junio de 1801: "Un falso popular rumor, que se levante
y difunda sin fundamento alguno, basta para infamar las familias más acreditadas, y para que los mal intencionados se juzguen autorizados a injuriarlas con los más viles sarcasmos".
“los catalanes, gallegos y vizcaínos defienden la religión y los Patricios y arribeños al señor Napoleón” (E. Corbellini, 1950). Resulta fácil de
conjeturar la rapidez con la cual se transmitían estas coplillas anóni- mas, particularidades que se veían incrementadas con la métrica de su composición que permite deducir que las más eran acompañadas con guitarra en los diversos sitios de reunión (pulperías, fogones, ter- tulias, etc.)104.
Resulta evidente que los rumores fueron propiciadores formida- bles para agudizar la chispa popular en la búsqueda del mote adecua- do a los habitantes de la pequeña comunidad. Entre otros han tras- cendido: "el sordo" al virrey Cisneros; "la perichona", a la señora de O' Gorman -amante del virrey Liniers-; "la Mariscala", a Doña Francisca Alzaibar de Viana; "siete pelos", al escribano Eufragio Boiso.
Con respecto a la difusión de los pasquines es interesante apuntar que no solo circulaban en una aldea determinada, sino que en oca- siones un mismo papel anónimo sobrepasaba las fronteras lugareñas y transportaba su “espinoso” mensaje a otras regiones. Uno origina- do en Buenos Aires: “Al iniciarse el año 1791 los recelos del diligente
virrey [Arredondo] aumentaron, pues lograron confiscar un papel que contenía una narración de los sucesos de Francia. Se trataba de una traducción hecha por el conde de Liniers que debió ser distribuida con cierta profusión pues en Charcas y Potosí se hallaron ejemplares de la misma” R. (Caillet- Bois, 1929). Acaso, el pasquín más viajero, y no
por eso más “inocente”, haya sido el traído por Gerónimo Matorras a estas latitudes desde la lejana España en 1763, libelo que, en algún punto asombra, pues al mofarse del Rey español se convertía en sub- versivo: “Carlos es gran socarrón/ muy amigo de la caza/ ni oye misa
ni sermón/ en Nápoles fue melón/ y en España calabaza” (J. Mariluz
Urquijo, 1988 a).
104 Existen dos coplas que llevan el título de “Bolero” y, una de ellas, está compuesta para ser cantada por una mujer. Véase INSTITUTO CULTURAL DE LA PCIA. DE BUENOS AIRES (2006).)
Los carteles anónimos disgustaron siempre a las autoridades tan- to civiles como religiosas105, en especial, cuando los aludidos eran
funcionarios de la corona. Por lo tanto, los gobernantes no dudaron en sancionar con mucha severidad a quienes los escribían, a quienes los leían y también a los circunstanciales colaboradores de la difu- sión. Obviamente, eran los autores materiales e intelectuales quienes soportaban las mayores penas, de allí que con frecuencia se escribie- ron con letra de imprenta deformada, impidiendo de esta manera su identificación a través de un eventual peritaje106. Afortunadamente,
contamos con un procedimiento de esta naturaleza enmarcado en el proceso iniciado por el temor de una sublevación de negros y france- ses en Buenos Aires. Los imputados más comprometidos eran Pablo Mayllos y Marcana, José Díaz y Antonini. El primero de los nombra- dos había sido reducido a prisión después de verificada sus relaciones con Antonini y Barbarín, pues cotejada su letra con la que aparecía en los pasquines se había notado que era muy parecida. “Y por lo mismo
estiman que la carta reconocida, y pasquines relacionados, son obra de sola una mano, disfrazada en los términos que de ella aparece”. Luego
se procedía a la designación de peritos en el reconocimiento de ras- gos caligráficos, cuyo fallo rezaba: “Que era suma la semejanza que se
halla en los pasquines número cinco, siete y ocho con la carta original, y más en los palos de las P y F como en el rasgo de las G, que así en los pasquines como en la dicha nota y carta se encuentra enteramente semejante”.
Pueden resultar útiles transcribir unas instrucciones para confec- cionar manuscritos y encubrir al responsable “si alguno temiere ser
descubierto por su letra, corte la pluma con un tajo diverso del que usa comúnmente, y tomándola al revés formará unos caracteres tan diver- sos, que será imposible conocer su autor. Si no tiene confianza para
105 Las autoridades religiosas llegaron a amenazar con la pena de excomunión a los autores de los pasquines. A pesar de ello contamos con un curioso caso apuntado por J. Probst (1946) en el cual afirma que el obispo de la Torre había sido acusado de ser el autor de unos pasquines durante la gobernación de Cevallos.
dar a copiar a un amigo, vote algunos ejemplares en las casas de algu- nos patriotas conocidos con sobre, y así circulará sin peligro personal”
(J. Chassin, 1998). Estas sugerencias, si bien fueron efectuadas en el virreinato del Perú, pueden perfectamente, ajustarse al caso riopla- tense.
En tanto, J. Torre Revello amplía detalles sobre lo que aquí se de- nominará comunicación manuscrita/ampliada: “Durante la época co-
lonial, menudearon los anónimos y pasquines manuscritos, cuya letra se disfrazaba hábilmente, para que el autor no pudiera ser hallado. Y en esa forma se molestaba al prójimo con alguna broma o sátira, que de ser grave, servía después de comidilla entre los vecinos, que comen- taban el contenido en diversos tonos. Los anónimos y pasquines circula- ban por igual en prosa tropezona o puestos en versos, forma esta última de más fácil adaptación al oído, y sin duda, más molesta para las vícti- mas, por cuanto su difusión se hacía fácilmente. Otras veces los libelos atacaban fuertemente los derechos regalistas, o en ellos se incitaba a los americanos a libertarse de la tutela peninsular. Delitos muy graves que la justicia perseguía implacablemente, castigando con severidad a las personas de quienes se sospechase que los hubieran escritos o simple- mente leído y hecho circular”.
Estas hojas móviles manuscritas y de autoría anónima se distin- guieron por poseer diversas características y originarse en sucesos diferentes. A raíz de esta variedad consideramos necesario efectuar una taxonomía, según su contenido: comunicaciones manuscritas/
ampliadas sociales, económicas y políticas. Estas últimas subdividi-
das en oficialistas y revolucionarias.