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PrIMera Parte

4. Contexto legal para la prensa

La irrupción de la imprenta en el mundo de las publicaciones periódicas no tuvo como consecuencia inmediata el desplazamien- to de las hojas manuscritas sino que, por el contrario coexistieron en Europa hasta el siglo XVIII. Esto que a simple vista parece para- dójico se debió a que las noticias manuscritas gozaron de una gran credibilidad, porque, como ya quedó dicho se confeccionaron casi exclusivamente por encargo y, por ello este tipo de papeles pudo de algún modo sortear la censura previa; mientras no ocurría lo mismo con los papeles salidos de la imprenta. En realidad, desde siempre las noticias tanto manuscritas como impresas despertaron los temores y las desconfianzas de las autoridades civiles y religiosas, quienes no escatimaron esfuerzos para intentar controlarlas. Estas imprentas se convirtieron en nuevas bases para el poder simbólico que mantenía una relación ambivalente entre las instituciones políticas de las emer- gentes naciones-Estado y aquellas instituciones religiosas que recla- maban cierta autoridad en relación al ejercicio del poder simbólico. El surgimiento de la industria de la impresión representó la aparición de nuevos centros y redes de poder simbólico que generalmente que- daban fuera del control de la Iglesia y del Estado, pero que ambos

trataban de utilizar en provecho propio y que, de vez en cuando, re- primían (J. Thompson, 1998).

Para la esfera religiosa bastaría recordar al pontífice Pío V, en- carnación de la Contra-Reforma, quien excomulgaría en un consis- torio (1569) a los redactores de las noticias manuscritas hostiles a las máximas magistraturas religiosas al tiempo que haría apresar a un noticiero llamado Niccolo Franco. Ya que los nuevos ejemplos de severidad no detuvieron el mal, en 1572, apareció la bula Romani Pontificis Providentia, o Constitución contra los menestrales del avi- so. Los castigos anteriores no han bastado, decía el Papa; los libelos se multiplican sin cesar, engendrando odios, pendencias, asesinatos, con ofensas para la majestad pública, peligro de las almas, mal ejem- plo y escándalo. Por lo tanto, estos escritos y, sobre todo, los avisos, se prohibieron. En efecto, los autores y todos cuanto copiaran y di- vulgaran estos avisos, o que no los entregaran inmediatamente a los agentes de la autoridad se exponían a las penas más graves, incluso la de muerte y la de confiscación de bienes.

Gregorio XIII no fue menos riguroso con los noticieros, los me- nantis. Desde septiembre de 1572, la bula Ea Est anatematizaba a los hombres ilícitamente curiosos que recogían y redactaban toda clase de noticias, falsas o verdaderas, sobre su país o sobre los otros. Se pro- hibía a todos reunir estas noticias, recibirlas, copiarlas y esparcirlas.

Estas determinaciones, mejor o peor aplicadas, no quedaron en le- tra muerta, Sixto V en particular desplegó su acostumbrado rigor. En noviembre de 1587 el jefe del grupo de menantis, Annibale Capello fue apresado y conducido a Roma; se le cortó la mano, se le arrancó la len- gua y fue colgado con un letrero que lo declaraba falsario y calumnia- dor (G. Weill, 1962). Por supuesto, la censura no fue privativa tan sólo del poder espiritual, ya que el poder temporal la ejerció de un modo no menos severo. Prueba de ello fue que, en ocasiones, tal como lo expresa Habermas (1994), los príncipes tuvieron una brutal reacción frente a los publicistas y sus órganos de difusión; como aconteció en el suroeste alemán cuando dos hombres de prensa: "Wekherlin, que apareció en es-

cena por vez primera en 1778 con el Felleisen, y Schubart, conocido ya en 1774 por su Deutschen Chronik, tuvieron que pagar un alto precio. Uno murió en presidio; al otro se le quebró el espinazo durante su reclusión de diez años en una fortaleza"25.

En realidad, los monarcas absolutistas procuraban contener a los “comunicadores” pues las críticas que difundían alimentaban un len- to, pero infalible proceso de deslegitimación del poder real. En tal sentido Robert Darnton (2008, 299) ha consignado un ejemplo por demás de ilustrativo en el cual se observa el intento de controlar ta- les “excesos”: “es difícil decir si tales pronunciamientos eran alarmas

genuinas o poses retóricas, pero las autoridades sí se toma ron en serio la difamación. El 28 de mayo de 1649, el Parla mento de París trató de restaurar el orden en la capital amenazando con la horca a quien publicara libelles. En ju nio, estuvo a punto de ahorcar a un abogado, Bernard de Bautru, por alterar la paz con un grosero panfleto. Y en ju lio, condenó a un impresor, Claude Morlot, a quien se des cubrió al imprimir los pliegos de La custode du lit de la reine, que empezaba con una aseveración sobre Mazarino y la reina madre, Ana de Austria; una aseveración tan cruda como todas las demás cosas que se decían en la década de 1770: "Paisanos, ni lo duden; la verdad es que Mazarino se la está cogiendo". Morlot salvó la vida gracias a un tumulto de impresores itinerantes, quienes se lo arrebataron al ver dugo; pero la advertencia había sido clara: los libelles condu cían hacia la sedición, y la primera etapa de la Fronda cul minó con un golpe a la prensa”.

Desde luego, el poder político censuraba a la prensa y a sus perio- distas cuando no los podía controlar. Corresponde anotar aquí que el control y la censura se extendían incluso a publicistas sospechosos 25 J. Thompson (1998). Afirma que “después del ‘affaire des placards’ en 1534 se

hicieron nuevos intentos para terminar con el comercio de libros prohibidos, y Francisco I ordenó una serie de ejecuciones espectaculares en las que se quemó en la estaca a impresores y libreros. A pesar de ello, el comercio continuó. Había, simplemente, demasiadas imprentas y demasiadas maneras de transportar libros a través de las fronteras comerciales para que fueran controladas de manera efectiva por los decretos papales o reales”.

de inculcar en la opinión pública ideas "raras", valiéndose para tal cometido de cualquier tipo de medio, incluso, los pasquines. Es muy interesante el caso que contamos para Francia de 1750. Nos referimos básicamente a un archivo confeccionado por un funcionario de la policía parisina Joseph D' Hemery, quien se encargó de anotar "pelos y señales" desde los más famosos filósofos hasta los más oscuros es- critorcillos que frecuentaban cafés, salones e, incluso la misma corte. Entre los datos relevados por D' Hémery se encuentra que "el grupo

más numeroso de escritores dependía de lo que podrían llamarse oficios intelectuales”. El estudioso Robert Darnton, sostiene que era asunto

de Estado cuando se calumniaba a los clanes y a los patrocinadores, porque en un sistema de política cortesana, las personas contaban tanto cómo los principios y la reputación personal podía ser minada con un libelo bien distribuido. El trabajo ideológico de la policía, a menudo, consistía en atrapar a los libelistas y en destruir sus produc- ciones, forma que adoptaba la calumnia cuando aparecía en letras impresas. Los libelos injuriosos contra Luis XIV y Mme. Pompadour, que un lector moderno sólo consideraría rumores, a él le parecían se- dición y reservaba su lenguaje más enérgico contra los libelistas como Nicolas Lenglet Du Fresnoy “un hombre peligroso que puede destruir

un reino”, y contra los autores y los frondeurs parlamentarios que

se reunían en los salones26 de Mme. Doublet y Mme. Vieuxmaison,

el grupo más peligroso de París. Estos grupos no sólo murmuraban acerca de las intrigas y la política de la corte, sino que escribían las noticias más perjudiciales en libelos y gacetas manuscritas que circu- laban “bajo las capas” en toda Francia a punto tal que media docena de estos periodistas primitivos figuran en los informes de D' Hemery. Los tomaba en serio porque tenían un fuerte impacto en la opinión pública, sus espías escuchaban ecos de sus nouvelles en los cafés y en los jardines públicos e incluso entre la gente común, donde las noticias se transmitían de boca en boca (R. Darnton, 1994). En otro 26 Para ampliar sobre las particularidades de los salones europeos puede consultarse a V. von der Heyden – Rynsch (1998).

trabajo del mismo autor se puede apreciar la enorme preferencia que tenía el público por las “crónicas escandalosas”: “…Compilé pedidos de

literatura prohibida realizados por libreros esparcidos por toda Francia e hice una lista retrospectiva de best sellers. La lista incluía libros de Voltaire, Russeau y otros filósofos famosos, así como numerosas obras pornográficas y libros sacrílegos. Pero una sorprendente proporción de los best sellers eran libelos, ya fueran biografías difamatorias de perso- najes públicos, recuentos incendiarios de historias contemporáneas o una variedad seductora del periodismo conocida como crónica escan- dalosa” (R. Darnton, 2014b).

Se ha observado que durante estos siglos se trató de controlar y en ocasiones acallar a las diferentes publicaciones. Sin embargo, debié- ramos efectuar otra interpretación de esa práctica censoria tal como con agudeza advierte R. Darnton (1996): "la censura forma parte de

las culturas políticas autoritarias y que varía según el sistema en que se inscribe (...) Tiene sus momentos dramáticos, sus héroes y sus mártires, pero generalmente ocurre en espacios grises, oscuros, donde la orto- doxia se confunde con la herejía". Por supuesto, si bien hay quienes

consideran que la libertad de expresión no debe ser irrestricta, no es menos cierto, que también se cuenta con pensadores que la defendie- ron desde muy tempranas épocas. Entre estos últimos se destaca el pensador inglés John Milton, quien en la “Areopagítica” (1644), pri- mer obra que habla de la libertad de pensamiento, y por extensión ha trascendido como la primera defensa de la libertad de expresión ma- nifestaba: "Los hombres, ejerciendo la razón, pueden distinguir entre lo

cierto y lo equivocado, lo bueno y lo malo, y para ejercer dicho talento el hombre debería tener acceso ilimitado a las ideas y pensamientos de los demás hombres" (F. Siebert, 1967)27. Thomas Jefferson fue un

pensador y estadista estadounidense que se destacó sosteniendo la misma causa.

27 "Diversas personalidades tales como Lord Camden, John Wilkes, 'Junius' y Thomas

Paine, contribuyeron tanto a la teoría como a la aplicación del concepto de 'Libertad de prensa'. El más claro del grupo del siglo XVIII en Inglaterra, fue John Erskine.".

A propósito de la aplicación de la censura, nos parece interesante mencionar que también ha sido objeto de reflexión en obras litera- rias. Presencia que no debería asombrarnos puesto que cuando se acentuaba el control sobre las publicaciones periódicas los hombres de prensa orientaban sus plumas hacia la literatura. De manera que ésta sirvió en ocasiones como una suerte de válvula de escape. Beau- marchais28, autor de “Las Bodas de Fígaro", nos ilustra con ironía so-

bre los alcances de esta arbitrariedad: "Con tal que en mis escritos yo

no hable ni de la autoridad, ni del culto, ni de la política, ni de la moral, ni de la gente bien situada, ni de los cuerpos que tienen crédito público, ni de la ópera, ni de otros espectáculos, ni de persona relacionada con algo, yo puedo imprimir libremente todo, bajo la inspección de dos o tres censores" (B. Mitre, 1990). Esta consideración guarda todavía más

relevancia porque fue escrita por un hombre muy cercano al poder durante el Antiguo Régimen, y sobre todo por ser una persona dedi- cada a la empresa tipográfica.

Otro modo más sutil del ejercicio de la censura era el practicado por los propios editores o mecenas, tal como da cuenta la esclare- cedora misiva enviada por el escritor y periodista Samuel Johnson a su ex-mecenas el duque de Chesterfield: "Señor, le extrañará que

publique un libro sin dedicárselo y completamente exento de alabanzas dirigidas a usted. Hasta ahora siempre lo había hecho, porque era usted quien pagaba la impresión y compraba los ejemplares. Por eso estaba obligado a escribir que usted era un gran hombre, generoso, etc. Eran todas mentiras. Se lo digo ahora, pues finalmente he logrado cambiar de patrón. No lo necesito más, porque mi nuevo patrón es el público, que, al comprar mis libros, me sustrae a la tiranía de personas como

28 Diccionario de autores de Bompiani (1963). Beaumarchais, seudónimo de Pierre de Caron. Nació en París el 24 de febrero de 1732 y murió en esta misma ciudad el 18 de mayo de 1799. Entre sus muchas actividades, podemos mencionar que fue Escudero y Consejero Real; escribió comedias como "Eugenia", "La madre culpable",

"El barbero de Sevilla", "Las bodas de Fígaro", entre otras. Además fue el inventor

del derecho de autor y hombre de gran fortuna que supo nuclear a su alrededor a escritores contemporáneos.

usted. Soy libre porque sirvo al público y es este el que me da de comer”

(B. Mitre, 1990).

5. algunas nociones acerca de la recepción del mensaje