Paralelamente a la configuración de la esfera pública rioplatense, sus miembros fueron madurando la idea de la imperiosa necesidad de apoyar sus acciones con movilizaciones callejeras, de las que par- ticiparan la mayor cantidad posible de habitantes. Las invasiones in- glesas vinieron a constituir la más formidable oportunidad de poner en práctica tales convicciones y, más precisamente, luego de la Re- conquista cuando el poder del virrey Sobremonte erosionado por las múltiples equivocaciones había perdido consenso. Si exceptuamos a la Audiencia y alguna otra autoridad Real, el resto de los habitantes de Buenos Aires, se pronunciaron abiertamente contra el inepto de- legado del monarca que pretendía reasumir el alto mando con todos los honores. Por eso, el cabildo abierto propuesto por la corporación ciudadana para reafirmar la Reconquista, el 14 de agosto de 1806, fue recibido por todos con grandes muestras de simpatía. Esta convo- catoria vehiculizada por el ayuntamiento, y pergeñada por la esfera
pública rioplatense61, era ilegal dentro de las normas fijadas por el ré-
gimen imperante, dado que era a la Audiencia a quien correspondía asumir el poder en ausencia del virrey. Este acontecimiento resultaría inédito pues por primera vez la población movilizada podía efectuar una elección “democrática” de su máxima autoridad. A pesar de que los miembros de la Audiencia consideraban que el episodio tenía “un
carácter revolucionario”, igualmente se dispusieron a asistir, segura-
mente porque sospechaban que esa reunión decidiría el curso de los 61 Repárese que hay autores que subrayan la trascendencia de este acontecimiento, sin embargo, no le confieren a la elite (para esta tesis componentes la mayoría de la esfera pública rioplatense) ser ideólogos del importante suceso político. Véase P. González Bernaldo (1990).
acontecimientos y no querían permanecer ajenos a sus resoluciones. Innumerables registros de contemporáneos afirman que “una inmen-
sa muchedumbre llenaba los ámbitos de la plaza mayor, tomando po- sesión parte de ella de los pasillos de la Casa e incluso de la Sala de los Acuerdos. Este entusiasmo del pueblo por la causa pública fue tildado de bastante impolítico por el fiscal Caspe y Rodríguez, diciendo que estuvo en riesgo el poder de las autoridades, por el cariz que tomaron los acontecimientos que allí se desarrollaron y que no se refleja en la ingenua acta de tal Cabildo Abierto”. Además señalaba que esta cor-
poración “se compone de hombres de recta intención, a quien arrastran
otros que no lo son, reparando también en que lo asesoran algunos abogados de que hay mayor número que el que conviene en este pueblo, infundiéndoles máximas corruptoras” (J. Torre Revello; 1946). Con-
forme la versión de Ignacio Núñez ese día se llegaron hasta la plaza unas cuatro mil personas que invadían la Sala de Acuerdo y los altos y bajos del cabildo. El funcionario virreinal Caspe y Rodríguez ha detallado diferentes acciones que se suscitaron en el ayuntamiento: “El alcalde de primer voto Lezica preguntó por estar llegando el virrey
si podía asumir el mando, le siguió en el uso de la palabra Gorbea y Vadillo, quien afirmó que si, pero que se le confiriera a Liniers el mando de las tropas…“no se volvió a entender más palabra, pues inmediata- mente se estableció el ruido y la confusión, tanto de los que ocupaban la Sala como del bajo pueblo que en todo el corredor, escalera y plaza estaba aglomerado, gritando que de ningún modo viniese el virrey”.
La muchedumbre estaba dirigida, tanto en sus cánticos como en sus intervenciones, por miembros de la esfera pública, entre los que se destacaron Martín de Pueyrredón, Juan José Paso, Manuel de Lavar- dén; José Joaquín Campana, según lo afirman distintos testimonios62.
62 J. Torre Revello (1948) expresa que: “Sobremonte el 27 de octubre de 1806 en carta
al Príncipe de la Paz remarca que: ‘públicamente se dice que Pueyrredón fue quien salió a la galería de las casas capitulares en el Cabildo Abierto llamado Congreso general el 14 de agosto, y procuró sacar con sus preguntas las respuestas del pueblo, de a quién preferían para el mando, si a Liniers, o al virrey (…) en esta misma ocasión menciona a Lavardén, quien dice, que había sido castigado por su antecesor el marqués de Avilés
Resulta evidente entonces que hubo una disputa política que se dirimió en dos escenarios, uno en el interior del Cabildo y, otro en el exterior, que se desarrolló en sus inmediaciones: calles, cafés, cuarte- les, plaza, etc. En esta disputa del espacio público mediaron diferen- tes herramientas comunicativas que no sólo fueron ideadas por los miembros de la esfera pública, sino que fueron muy bien utilizadas a juzgar por los resultados obtenidos, sobresaliendo la delegación de las facultades militares del virrey en Santiago de Liniers. Sin embar- go, no todo funcionaba correctamente, pues el éxito castrense había envanecido a los habitantes de Buenos Aires y, en especial a Liniers, quien a poco de la Reconquista cometería ostensibles desatinos, de los cuales se deberán tener en consideración por lo menos dos por sus implicancias comunicacionales. Uno de ellos fue el desliz come- tido al firmar un papel que mitigaba la derrota infringida al general enemigo. Este acuerdo no tardó demasiado en tomar estado público, a pesar de no convenir a ninguno de los dos jefes. De allí podemos presumir que no hayan sido ellos quienes lo hicieron circular profu- samente por la región, sino alguien cercano a la esfera pública “y/o partido realista que buscaba poner en caja” al líder de la Reconquista. De modo que no resulta extraño que: “El 25 de agosto de 1806, se hizo
presente por el Sr. Alcalde de primer voto y demás señores la sorpresa que había causado en el pueblo un papel que corría de capitulacio- nes hechas con fecha 12 de agosto y firmada por los dos generales; que el pueblo se hallaba aturdido por este hecho, cuando fue demasiado notorio y público que el enemigo se rindió a discreción; que este Ilus- tre Cabildo no podía menos de extrañar semejante papel, y se había negado a prestar ascenso a la voz pública hasta que vio el papel” (G.
‘por díscolo y de genio revolucionario probado en una junta que con pretexto del bien común había formado en aquel tiempo en la misma Colonia’ allí vivía retirado en su hacienda en 1806 y Liniers lo incorporó a su paso como asesor militar de la expedición que a su mando reconquistó a Buenos Aires; al referirse a Joaquín Campana, refiere que con otros ‘dos o tres de la misma facultad [abogados] mozuelos despreciables que le siguieron fueron los que tomaron la voz en el tal Congreso y con una furia escandalosa intentaron probar que el Pueblo tenía autoridad para elegir quien le mandase a pretexto de asegurar su defensa’”.
Furlong, 1955). En consecuencia, el oficial francés al servicio de la corona española debió rectificarse en un oficio posterior, dado a la luz pública por la imprenta de Niños Expósitos, ya que la opinión pública63 manejaba esta comprometedora información. Cabe agregar
que S. Liniers con el propósito de reforzar el oficio mencionado y probar que “no hubo capitulación” recurrió a su “gran amigo Benito
González Rivadavia” quien escribió en forma anónima un folleto bajo
el título de “El Publicista de Buenos Aires al señor general Beresford” impreso en los talleres de los Niños Expósitos el 31 de agosto de 1806 (C. Roberts 2006).
El otro yerro tuvo también gran repercusión pública y se basó en el rapto de soberbia que invadió al “reconquistador”, quien al noti- ficar oficialmente a España sobre la gesta porteña centró el asunto en su persona y nada dijo de la participación popular. El modo de subsanar la inadmisible omisión encontraría la solución a fines de 1806, con la confección de otro oficio en el cual “se pondría a clara
luz el relevante mérito del vecindario y habitantes de esta capital”. De
esta rectificación se imprimieron 100 ejemplares con la finalidad de aquietar los ánimos populares.
El desafío por el cual atravesaba la esfera pública rioplatense era significativo pues los sectores desplazados no se quedarían tranquilos hasta recuperar el poder perdido. Esta situación se agravó considera- blemente ante la invasión que los ingleses concretaron contra Mon- tevideo (3/2/1807) y la fuga del general Beresford de Buenos Aires el 21 de febrero de ese mismo año. La coyuntura histórica plagada de contradicciones, tales como la negativa del virrey Sobremonte a con- validar a los nuevos integrantes del Cabildo que se renovaban cada 1° de enero, propiciaría que el español peninsular Martín de Álzaga aprovechara el desconcierto para presionar. Pero, la maniobra no sa- 63 Deseamos advertir que la utilización de este concepto genera discrepancias. Por caso N. Goldman y A. Pasino (2008) sostienen: “La aparición del concepto de opinión
pública fue el resultado de la crisis de legitimidad abierta por los acontecimientos peninsulares de 1808, que se acompaña de la difusión del concepto de soberanía del pueblo”.
lió tal como fue planeada porque, si bien hubo una movilización ca- llejera, esta no fue completamente adicta al cabildante español según se desprende de un informe de un funcionario colonial girado a la metrópoli. El 6 de febrero de 1807 a la mañana se formaron diversos corrillos en la plaza mayor, que declamaban contra el virrey, los oi- dores y demás autoridades del citado tribunal llegando algunas per- sonas a apoderarse de la campana del Cabildo con la que tocaron “a
rebato”, congregándose al momento un gentío numeroso en la plaza.
En el cabildo reunido en el Salón de los Acuerdos hizo uso de la pala- bra Martín de Álzaga, quien dijo que así lo hacía en nombre del pue- blo, a imitación de lo que ejecutó su antecesor don Francisco Lezica el día 14 de agosto, exigiendo que fuera depuesto el virrey Sobremon- te y que asimismo se asegurase su persona. Los representantes de la Audiencia intentaron resistirse, pero por las calles el pueblo había voceado momentos antes: “Muera el virrey y los oidores, fuera la Au-
diencia, viva la libertad, y vamos a fijar la bandera republicana”, por
lo que en vista de los acontecimientos y de que la gritería era mayor que la del día 14 de agosto, los delegados de la Audiencia accedieron a la petición hecha en aquella circunstancia por Álzaga a nombre del pueblo, que al ser conocida por este vivó entonces largamente a los miembros del tribunal convalidando la decisión.
En este punto es interesante anotar que la esfera pública no sólo capitalizaría lo acaecido en el espacio público, sino que tuvo un elo- cuente portavoz. El funcionario real Caspe y Rodríguez describiría las circunstancias que rodearon la alocución de Benito González de Rivadavia, quien: “Sirvió de fiscal contra el marqués haciendo una pro-
lija narración de los hechos de aquel, fundó en ellos y en la autoridad de infinitos textos con mucha violencia y que el virrey debía ser privado del mando, preso y ocupados sus papeles con arreglo a la petición del Cabildo y del pueblo, y que por consecuencia no era bastante el medio adoptado por el Acuerdo del día 7, que ya se había publicado en la mis- ma Junta”. También refería que el fiscal Gorbea había procurado in-
pido por la multitud que gritaba ‘nos gusta, nos gusta, oír al doctor
[Rivadavia] de donde el que lo duda se advertiría que no deseaba oír ni entender razón’” (J. Torre Revello, 1946). Esta participación popu-
lar respondía, de alguna manera, a iniciativas originadas en distintos sectores que pugnaban por dominar el espacio público rioplatense.
En rigor, el escenario público estaba cruzado claramente por dis- pares dispositivos comunicacionales que operaban en forma ince- sante sobre todos los sectores susceptibles de ser movilizados. Los medios utilizados atiborraban a las poblaciones buscando moldear voluntades, enderezar la actividad de los partidarios o en su defecto invalidar posibles acciones gestadas por los oponentes. En tal sentido resultan reveladoras las palabras vertidas por Sobremonte en una co- rrespondencia oficial el 30 de marzo de 1807: “Y porque conocí que era
conmoción popular, procedente de noticia equivocada, y de falsedades inventadas de mis contrarios que se prevalecieron de esta ocasión por su malignidad, a que no podían resistir las autoridades de la capital, en sí misma increíbles, inverosímiles, propaladas en términos tan ridículos, y extraños, que aunque despreciadas por los sensatos las dejaron correr maliciosamente por el pueblo para que surtiesen su efecto contra mí; y sin embargo de que ya tenía algunas noticias de lo que se tramaba por preocupación y puro odio de ciertas personas que por particulares fines irritaban a la plebe, no quise usar de ellas para evadirme” (J. Torre Re-
vello, 1946). Esta batalla comunicativa no se restringía al hinterland del Río de la Plata. El mismo virrey reconocería el alcance de la “cam- paña de prensa”, porque en fecha cercana al Cabildo del 7 de febrero de 1807 comentaba al favorito de la reina, M. Godoy, que constan- temente recibía anónimos y pasquines “amenazándole inicuamente,
teniendo noticias de que a Maldonado, Córdoba, Salta, y Perú han enviado sus papeles promoviendo la insubordinación, al paso que todo esto se hace con los enemigos a la vista, y alabándose de fieles al rey, porque se han propuesto que el tirar contra las autoridades constituidas por el soberano, no es incompatible con la fidelidad, y así desahogan sus venganzas, y sus pasiones, aborrecen a todo oficial veterano, se creen
unos futuros héroes en la defensa del país y no hay más voluntad que la del pueblo armado” (30/12/1806). Innegablemente, ampararse de-
trás de la figura del monarca constituía una estrategia que perduraría en el tiempo más allá de la Revolución de 1810, empero como se ha podido observar, su representante en el virreinato quedó expuesto a severos cuestionamientos, a humillaciones públicas e, incluso, a la reclusión. Esta última acción presentaría ciertas irregularidades que, los adversarios del virrey, no dejarían de denunciar, pues lo llamativo del caso fue que se concretó a través de un pasquín. En efecto, uno de los aspirantes a sucederlo, M. de Álzaga, acercó una comunicación
manuscrita /ampliada llegada a sus manos, al regente de la Audien-
cia (9/4/1807), en la cual se podía percibir el descontento provocado por la fuga del general británico y las “comodidades” que gozaba So- bremonte en su encierro en una quinta de los padres betlemitas. Las referencias al confinamiento eran irónicas con el evidente propósito de ridiculizar la insólita situación: “El virrey se va mañana según el
abandono en que está, pues la guardia ninguna orden lleva; ni se dice otra cosa a los soldados, que el que vayan a hacer la guardia al virrey que es buen modo de asegurar un preso de esta clase: entra y sale el que quiere, hace lo que le da la gana, y dice ‘que la guardia está bajo de sus órdenes, que el no está preso’ y desde luego será así ‘porque hasta ahora al público no se le ha dado a saber su deposición como era regular por un bando que nos hiciese conocer que el mando reside en la audiencia’ y no en ese tirano bárbaro e indómito’ si esto no se remedia y sucede la huida, será otro daño que nos vendrá por las contemplaciones y que- daremos con el dolor de no haberlo muerto, y acabado con la mayor parte de los oidores de esta bendita Audiencia, que es la causa del ma- yor número de nuestros perjuicios …”. La denuncia realizada en esta comunicación manuscrita/ampliada es muy reveladora pues señala la
omisión de la Audiencia de publicitar la grave medida adoptada. Debemos apuntar aquí que, las agitadas jornadas de principios del mes de febrero habían llevado a asumir el poder alternativamente al Cabildo y a la Audiencia, corporación en la cual se había delega-
do el poder político administrativo ante el desplazamiento del virrey Sobremonte. Sin embargo, el día 10 de febrero de 1807 ambas corpo- raciones recibieron una trascendente notificación que convocaba a una Junta de Guerra rubricada por Liniers. Situación que motivó a R. Levene (1960) a señalar con agudeza que: “A este grado del conflicto
y estallido de fuerzas encontradas, se ve surgir con toda claridad un poder nuevo: la institución militar. El Cabildo que incitaba a destruir la autoridad del virrey y no temía la rivalidad de la Audiencia, presin- tió que esta nueva entidad le arrebataría con el tiempo su primacía”.
Repárese en que esto fue escrito en la primera edición de 1920, de forma que la importancia de las milicias urbanas no es un “hallazgo” conceptual atribuible a investigadores contemporáneos64. Si en cam-
bio, debemos anotar como una omisión importante la ausencia de un claro señalamiento del papel jugado por la esfera pública rioplatense en esa estratégica decisión. Así como también, sumamos la comu- nicación, como un elemento significativo de este proceso, dado que hasta la actualidad no ha sido considerada.