PrIMera Parte
5. algunas nociones acerca de la recepción del mensaje escrito
Antes de involucrarnos en esta apasionante problemática desea- mos aclarar dos aspectos fundamentales para una mejor compren- sión del tema. Se trata en primer lugar de establecer con justeza que esta cultura eminentemente oral fue influida en forma paulatina por una cultura escrita. En segundo lugar, resulta indispensable no per- der de vista la variación acaecida en la forma de leer los textos, la cual pasó de ser una lectura intensiva a una extensiva.
Con respecto a la problemática de la oralidad imperante en las culturas populares existe un minucioso estudio de C. Ginzburg (1998), quien analizó a un humilde molinero italiano (Menocchio) del siglo XVI proporcionando útiles nociones para comprender más acabadamente las “culturas subalternas”, llegando a la conclusión que: “la cultura primordialmente oral de aquellos lectores interfería con el
disfrute del texto, modificándolo, reconfigurándolo hasta casi desnatu- ralizarlo”.
En efecto, el caso de este campesino friulano, Domenico Scande- lla, conocido como Menocchio, quien fue condenado a perecer en la hoguera por orden del Santo Oficio, también permitió establecer ciertas aproximaciones a las modalidades de apropiación de los im- presos leídos “ya hemos visto cómo leía Menocchio sus libros: cómo
aislaba, a veces deformándolas, palabras, frases, comparando pasajes distintos, haciendo brotar fulminantes analogías. La contrastación en- tre los textos y las reacciones de Menocchio nos ha inducido en cada caso a postular una clave de lectura que él poseía soterrada, y que su relación con uno u otro grupo de herejes no basta para explicar. Menoc- chio trituraba y reelaboraba sus lecturas al margen de cualquier mode-
lo preestablecido. Sus afirmaciones más desenfadadas tienen origen en textos inocuos como los Viajes de Mandeville o la Historia del Giudicio. No es el libro como tal, sino el choque entre página impresa y cultura oral lo que formaba en la cabeza de Menocchio una mezcla explosiva”
(C. Ginzburg, 1998). En otras palabras, tal vez podríamos plantear- nos una circularidad entre la cultura popular y la dominante y no una supremacía de la segunda sobre la primera, porque por lo visto en el caso arriba citado, hoy no podríamos aseverar que la cultura popular es subalterna de la cultura predominante.
Con relación al alcance aún vigente de la cultura oral a media- dos del siglo XVIII, resulta conveniente reconstruir el circuito que transitaba la comunicación en la capital francesa. Robert Darnton ha confeccionado dicho recorrido: ¿cómo se sabía qué había de nuevo en Francia hacia 1750? No era leyendo un periódico, pues las publicaciones con noticias en sus páginas (noticias como hoy las entendemos, sobre asunto de orden público y personalidades) no existían. El gobierno no lo permitía. Para saber lo que sucedía en realidad se acudía al árbol de Cracovia. Era un gran nogal frondoso, ubicado en el corazón de París en los jardines del Palais Royal. El nombre sugería rumorar (craquer: contar historias dudosas) como un fuerte magneto, el árbol atraía a los traficantes de noticias, quie- nes difundían de boca en boca las nuevas sobre los acontecimientos del ahora. Ellos aseguraban que sabían, a partir de fuentes priva- das (una carta, un sirviente indiscreto, un comentario escuchado en una antecámara de Versalles), lo que realmente sucedía en los pasillos del poder y la gente en el poder los tomaba en serio, pues al gobierno le preocupaba lo que decían los parisinos. Se decía que los diplomáticos extranjeros enviaban gente a recoger noticias o bien a sembrarlas al pie del árbol de Cracovia. Había varios centros ner- viosos más para la transmisión de los “ruidos públicos” como se co- nocía a esta variedad de noticias. Para estar al día con las novedades bastaba con pararse en la calle y parar la oreja (R. Darnton, 2003 a). Este “parar la oreja” demostraría la nítida implicancia de la oralidad
en una cultura que atravesaba una época de esplendor literario sin par. Es decir se trataba de un proceso de ida y vuelta y concomitan- cia más que de un goteo y una causalidad lineal.
Mientras que, el otro aspecto fundamental a tener en cuenta en una indagación como la propuesta aquí, sobre las modalidades de lectura imperantes se debe contemplar que en el Antiguo Régimen se dieron muchos otros géneros y muy diversos tipos de lectores. Pero comparado con la estricta dieta de épocas anteriores, el mate- rial de lectura que se consumió en el siglo XVIII parece tan grande que algunos lo han asociado con una "revolución de la lectura". Se- gún esta tesis, la experiencia de la lectura fue básicamente "inten-
siva" hasta mediados del siglo XVIII y "extensiva" en adelante. La "intensidad" se derivaba de la práctica de leer unas cuantas obras,
la Biblia en particular, una y otra vez, con frecuencia en voz alta y en grupos. Cuando los lectores optaron por lo "extensivo", se vol- caron hacia una gran cantidad de materiales impresos, en especial publicaciones periódicas y narraciones ligeras, sin considerar más de una sola vez el mismo texto (R. Darnton, 2008). Esta particu- laridad también caracterizó la lectura en el Río de la Plata como veremos más adelante.
Resulta evidente que se produjo una profunda mutación en las ideas y los imaginarios, en la cual juegan un importante papel dos fenómenos concomitantes: la proliferación de los impresos, sobre todo, periodísticos y la expansión de las nuevas formas de sociabili- dad. Con ello nace verdaderamente “la opinión pública” moderna y lo que se puede designar, con J. Habermas como “el espacio público polí-
tico”. Es verdad que ya existía antes lo que el autor alemán denominó “espacio público literario”, o Cochin “la república de las letras”, es de-
cir, un medio social, una red de hombres agrupados en sociedades y tertulias tanto literarias, económicas, y científicas, en las que la libre discusión sobre toda clase de temas, entre ellos los políticos empeza- ría a erigirse en una instancia moral independiente del Estado que juzga, en nombre de la “razón”, la validez no solo de las medidas del
gobierno, sino también de los principios generales que deben regir a la sociedad (F. X. Guerra, 2000).
Otra característica que no se debe omitir es la práctica de lectu- ra en alta voz29 extendida en la época, presente también en Améri-
ca. Asimismo, hay que agregar a esta forma de consumo de textos escritos los ámbitos en los cuales se desarrollaban, pues al ser una práctica colectiva el auditorio variaba conforme el sitio. J. Thompson (1998) ha sostenido que: “Gracias a la práctica de leer en voz alta, la
audiencia de los materiales impresos fue considerablemente mayor que el relativo menor número de individuos que estaban en condiciones de leer. Los libros y otros textos se incorporaron a las tradiciones populares que tenían carácter esencialmente oral, y sólo de manera gradual el mundo de la imprenta transformó las tradiciones y su modo de trans- misión”. Se podría afirmar por lo tanto que el complejo proceso de
comunicación se realizaba de diversos modos y en muchos escena- rios. Al mismo tiempo, siempre estuvo relacionado con la discusión y la sociabilidad, por lo que no se trató nada más que de una serie de mensajes que se transmitían por una línea de difusión hasta llegar a los pasivos receptores, sino más bien de un proceso de asimilación y reelaboración de la información en grupos, esto es la creación de una conciencia colectiva u opinión pública (R. Darnton, 2003 a).
Por supuesto, en esta construcción de sentido se destaca el hecho de que la recepción de las formas simbólicas, incluyendo los produc- tos mediáticos, siempre implica un proceso de interpretación creativa y contextualizada en el cual los individuos hacen uso de los recursos disponibles para dar sentido a los mensajes que reciben. También llama nuestra atención el hecho de que la actividad de apropiación forma parte de un extendido proceso de autoaprendizaje a través del cuál los individuos desarrollan un sentido del ellos mismos y de los otros, de su historia, de su lugar en el mundo y de los grupos so- 29 Un ágil recorrido por distintas facetas de este tipo de lectura puede hallarse en A. Manguel (1999). En tanto para una minuciosa recorrida de la historia de la lectura véase G. Cavallo y R. Chartier (1998).
ciales a los que pertenecen (J. Thompson, 1998). Una sugerente in- terpretación acerca de esta práctica es la proporcionada por Michel de Certeau, quien entendía “a la lectura como la apropiación de los
textos o como él prefería decirlo: hurtar. Sostenía que la gente común y corriente, sobre todo aquella en los estratos más bajos de la sociedad, no es una víctima inerme, pasiva, de los medios de comunicación. La gente toma lo que quiere de los tabloides y de las telenovelas. Lo hace en sus propios términos, y no en los términos de los patrocinadores. Y en su vida diaria emplea la misma táctica, aprovechando cualquier ventaja que se pueda sacar de un medio hostil (…) por tanto pese a sus dificultades, una historia de la lectura podría destrabar el problema general de entender como es que la gente va construyendo los sistemas simbólicos que su cultura le vuelve factibles”.
Evidentemente, estas herramientas conceptuales vinculadas a la cultura y la comunicación contribuyen a la formación de una idea más acabada del intenso y contradictorio proceso que atravesó el vie- jo continente, sobre todo, en la segunda mitad del siglo XVIII, en la cual sobresalió la Revolución Francesa. Este trascendente aconteci- miento en cierto modo estuvo impregnado por elementos cercanos a nuestro interés. En tal sentido nos parece útil citar la opinión de Ro- bert Darnton (2003 a), quien sostiene que la Revolución Francesa no es un fenómeno político que se derive del “discurso” de teóricos como Rousseau y Sieyés. Fue una revolución total, en sus programas y con frecuencia en sus prácticas: una revolución en el tiempo, en el espacio y en las relaciones personales, así como en la política y en la sociedad; una revolución tan enorme que no la pudo entender la misma gen- te que la llevó a cabo. En efecto, a estas personas que estuvieron en medio de este proceso; la Revolución Francesa les abotagó los senti- dos y les confundió la cabeza. El hecho derribó sus mundos. Y al de- rrumbarse las cosas, experimentaron una sobrecogedora necesidad de conferirles sentido, de encontrar ciertos órdenes en el nuevo ré- gimen que confusamente empezaba a existir. Esa tarea correspondió a los intelectuales, esto es, a los hombres que manejaban las palabras
y que habían estado jugando con ellas durante años entre las filas de los 3000 escritores que había en el Antiguo Régimen. Este estudioso del período, en otra reveladora indagación, ha sugerido que “enten-
deremos mejor los orígenes intelectuales de la revolución y sus reglas si abandonamos la Enciclopedia y descendemos a Grub Street, donde hombres como Brissot producían los periódicos y panfletos, los carteles y dibujos, las canciones, los rumores y los libelos que transformaron rencillas personales y rivalidades entre distintas facciones en una lucha ideológica sobre el destino de Francia” (R. Darnton, 2003 b).
Resulta innegable que en este proceso fue muy importante el papel de la esfera pública y también la conformación paulatina de la opinión pública que de a poco fue erosionando la representación que el con- junto de la sociedad tenía del monarca. En efecto, “tras la consolidación
del absolutismo con Luis XIV, el público general se quedó en un estado pre político, muy lejos de las fronteras de la participación en el proceso político. En la práctica, sin embargo, muchos conflictos de po der ocurrían fuera de los confines de la corte, y el público, como observador participan- te, se politizó cada vez más. La política de esta naturaleza asumió una forma contestataria: peticiones, protestas, grafitis, canciones, impresos y charlas, en buena medida ingeniosos (bons mots), mal intencionados (mauvais propos) y sediciosos (bruits publics: ‘ruidos públicos’ o rumores) que condujeron a la violencia colectiva (émotions populaires: ‘emociones populares’ o tumultos)” (R. Darnton, 2008).
Evidentemente, este conjunto de elementos comunicacionales confluyeron en una poderosa acción desacralizadora por parte de la población respecto de la otrora figura emblemática del rey. De este modo, la representación monárquica elaborada bajo el reinado de Luis XIV entraría en crisis por varias razones. El modelo eucarístico que daba una dimensión sacramental a las imágenes del soberano, fue desplazado para hacer pensable el poder real perdiendo su efi- cacia frente a la indiferencia religiosa. La menor presencia del rey en medio de sus súbditos, al igual que el enrarecimiento de los ritua- les del Estado (por el simple hecho, además, de la longevidad de los
reyes), debilitaría el sentimiento de la participación en una historia común. Los progresos de una mentalidad crítica, en las formas in- telectualizadas de la "opinión pública" que sometía a debate asuntos antes prohibidos o en la inmediatez de las reacciones espontáneas del hombre de la calle, que no se quería dejar embaucar, socavaron la autoridad absoluta durante mucho tiempo asociada a los miste- rios impenetrables e intimidatorios del Estado. "El hombre es natu-
ralmente crédulo, incrédulo, tímido, temerario". En la relación con las
representaciones de la persona del rey, en algún momento del siglo XVIII, la incredulidad de los franceses pudo más que la credulidad, la temeridad más que la timidez (R. Chartier 1995 a).
Un influyente escritor del período, Louis Sebastián Mercier, pre- dijo de algún modo lo que en rigor ocurría y lo más importante, lo que acaecería: “la Ilustración se extiende por todas partes; los escritores
son los legisladores no reconocidos del mundo; la imprenta es la maqui- naria más poderosa del progreso; y la opinión pública es la fuerza que ha de barrer con el despotismo” (R. Darnton, 2008).
Luego de habernos referido sucintamente al nacimiento y al transcurrir de los primeros siglos del periodismo europeo en general, entendemos que es indispensable referirnos al periodismo español, especialmente el del siglo XVIII, debido a su inobjetable influencia en los inicios periodísticos rioplatenses durante la dominación hispana.