PrIMera Parte
3. Configuración de la esfera pública rioplatense
Al igual que en Europa en esta región surgió la esfera pública polí- tica, denominada por J. Habermas "esfera pública burguesa". Desde la perspectiva política, englobaba un espacio de discusión y de crítica, donde no llegaba la influencia del Estado, por lo cual se cuestionaba sus acciones y fundamentos.
En nuestra región este proceso fue certeramente captado por Vi- cente F. López, uno de los primeros historiadores argentinos que es- cribió en el siglo XIX, al referir que: "Los ilustrados son aquella clase
que, dotada de talentos naturales, se forma por sí sola en la oscuridad de los primeros estudios, y que obedeciendo después a las afinidades con que esos estudios ligan los intereses comunes en el movimiento social, constituyen un grupo que se distingue por su compañerismo, como cla- se de hombres de luces, y que paso a paso, logra hacer sentir su influjo en las altas esferas de la sociedad y del gobierno por su propio derecho, y con una evidente separación de los enriquecidos". Este historiador re-
pararía también en que en ocasión de asumir el virrey Vértiz (1778),
"no eran los enriquecidos los que debían gozar de más influjo político, sino los hombres de iniciativa intelectual a quienes, generalmente, se llaman hombres ilustrados. Lavardén y Basavilbaso eran los directores de este grupo que, aunque pequeño por el momento, estaba destinado a ir ensanchando sus filas hasta que los sucesos viniesen a darles, en la generación subsiguiente, el carácter de un verdadero partido político, con jefes más jóvenes y con adeptos mejor preparados para hacer la evolución definitiva de la sociedad colonial y poner en receso las cate- gorías de la aristocracia municipal, que aunque extensa ya, pertenecía a los enriquecidos y tenía poco peso en la opinión pública" (Vicente F.
López, 1975).
Ricardo Levene (1960), por su parte, también ha destacado la configuración de la incipiente esfera pública rioplatense cuando ex- presaba que a fines del siglo XVIII podría decirse que existía en el vi- rreinato un núcleo de hombres liberales por sus doctrinas económi- cas y políticas, constituido indistintamente por criollos y españoles, que libraría las primeras batallas en demanda de nuevas y cada vez mayores franquicias, y que si no ha conducido directamente hacia la revolución, sin duda alguna la precedió con su propaganda. Es el primer núcleo de hombres del Plata con unidad de miras y sosteni- dos propósitos que atacaron los baluartes del pasado. Figuraron en su seno hombres representativos por su talento, su posición política o fortuna, como Escalada, Marcó del Pont, Villava, Izquierdo, Romero, Fernández Castro, Belgrano, Castelli, Cerviño, Azara, Vieytes, Saave- dra, Azcuénaga, Las Heras, Juan J. Paso, Benito González Rivadavia, Juan Martín de Pueyrredón, Joaquín Campana, Agustín Donado, etc. Debemos sumar en esta nómina a una generación más joven que se fue involucrando en distintos momentos del proceso, tales como: Mariano Moreno, Bernardino Rivadavia, Ignacio Núñez, Vicente López y Planes, etc.
En tanto, Roger Chartier (1995 a), basándose en J. Habermas, per- cibió en Francia similar proceso, señalando que la sociabilidad inte-
lectual del siglo XVIII es considerada fundadora de un nuevo espacio público en el que el uso de la razón y del juicio se ejerce sin límites en el análisis crítico, sin sumisión obligada a la antigua autoridad. Las diferentes instancias de la crítica literaria y artística (los salones, los cafés, las academias, los periódicos) han formado ese público inédito, autónomo, libre y soberano. Comprender el surgimiento de la nueva cultura política es, por consiguiente, descubrir la politización progre- siva de la esfera pública literaria y el desplazamiento de la crítica ha- cia campos que tradicionalmente le estaban prohibidos: los misterios de la religión y los del Estado.
Debemos puntualizar que en esta categoría participaron de di- ferentes modos, con mayor o menor compromiso, los criollos que pugnaban por alcanzar un reconocimiento que les facilitara el acceso a sitiales de importancia política, ya fuera en la burocracia local -Ca- bildo, Real Audiencia, Aduana-, en la iglesia, en el ejército, etc. Esta realidad era evidenciada sin sutilezas por el periódico creado por los ingleses en Montevideo, La Estrella del Sud el 30 de mayo de 1807 al afirmar que: “La política de España ha sido estrecha, mezquina e inte-
resada. Los honores, empleos eclesiásticos y seculares se han conferido siempre a los hijos de España, posponiéndose el mérito de los del país. Los naturales de este suelo han sido despreciados y considerados como sospechosos…”.
Estos rioplatenses, disconformes con el inexorable destino que les deparaba el haber nacido en América, buscaron y encontraron los espacios en donde atemperar sus desasosiegos. Fue así que, cotidia- namente, se reunían en tertulias, cafés, cuarteles, en fin, cualquier sitio se convertía en un lugar propicio para discurrir acerca de las más heterogéneas problemáticas (C. Díaz, 1997b; 2003 a), las que a partir de la Revolución Francesa, tomaron un cariz decididamente político, hallando su rumbo definitivo luego de las invasiones ingle- sas (1806). Efectivamente, la vida social y política alcanzó niveles de tal intensidad, que podríamos decir que se vivía de reunión en reu- nión, de tertulia en tertulia, constituyendo incluso el almuerzo un
buen pretexto para continuar con el intercambio de ideas (políticas, económicas, culturales, etc), que encontraban una sólida plataforma en las vivencias que ciertos contertulios habían tenido en Europa u otras regiones del virreinato. Así como también por el intercambio epistolar tan extendido en la época y, en consecuencia, en las mani- festaciones periodísticas tanto vernáculas como internacionales que eran consumidas con avidez.