• No se han encontrado resultados

3 4 Un momento decisivo en la configuración del espacio público

A mediados de 1807, la ciudad capital del virreinato fue invadi- da nuevamente por los ingleses y otra vez pudo desembarazarse de los intrusos. Con esto el liderazgo de Liniers llegaría a su máximo esplendor, a pesar de que su desempeño tanto militar como políti- co, dejaba bastante que desear. Una impresión interesada, pero muy influyente al respecto, la suministraría su tenaz oponente Martín de Álzaga, quien sostenía: “Que su popularidad podrá quizá proporcio-

narle el virreinato de esta capital. Por su mérito es acreedor a él; pero

64 Acaso, uno de los primeros en subrayar la importancia que adquirieron las milicias urbanas fue Ángel Carranza (1866) “El 5 de julio nos dio la conciencia de

nuestro poder y fue por lo tanto el alba precursora de nuestra libertad. Sin las invasiones inglesas de 1806 y 7 nuestro país no hubiera llegado jamás a su virilidad ni la América Latina habría despertado de su profundo letargo”.

sus cualidades lo inhabilitan para el desempeño de este grave cargo: no sirve para mandar” (R. Levene, 1960). En tanto, el héroe de la Recon-

quista recién sería reconocido por las autoridades españolas como virrey interino en diciembre de 1807.

En el Río de la Plata, el pueblo que continuaba tenso tuvo un con- tundente sacudón al enterarse de la invasión napoleónica a la penín- sula Ibérica65. El desconcierto se incrementaría con la denominada

“farsa de Bayona” calificación que remite a la dimisión de Carlos IV a favor de su hijo Fernando VII y, en definitiva, el acceso al trono de José Bonaparte. Ante semejantes cambios no podía sino imperar la confusión y, claro está, la especulación política por parte de diferen- tes grupos de interés que disputaban el liderazgo de la opinión en la región. En efecto, Noemí Goldman (1998) ha escrito que tanto crio- llos como peninsulares permanecieron abiertos a las posibles salidas alternativas a la crisis política iniciada en 1808 en la metrópoli, sin limitarse en sus búsquedas ni por una estricta fidelidad al rey cautivo, ni por una identificación plena con ideas independentistas. Ejemplo de ello fueron el carlotismo y el levantamiento del 1° de enero de 1809.

Evidentemente, en la región existía una noble necesidad de in- formar lo que aquí pasaba y a su vez saber lo que acontecía en la metrópoli. A tal objeto el ayuntamiento de Buenos Aires comisionó a Martín de Pueyrredón, quien presenció el desastre de la Corte y los abusos del favorito Godoy, pudiendo observar de cerca la increíble sucesión de acontecimientos ocurridos en la península: el motín de Aranjuez, la cesión de las coronas, el congreso de Bayona, las Jun- tas Provinciales que pretendían ser soberanas y, sobre todo, el poco aprecio que el gobierno de la metrópoli demostraba por la sangre vertida por los españoles americanos para defender los dominios del 65 Para muchos estudiosos, el año 1808, constituye un punto de inflexión decisivo en los acontecimientos que condujeron a la Revolución de Mayo, sin embargo, a través de las indagaciones efectuadas en este estudio, consideramos que dicho proceso se inicia con la propia fundación del virreinato en 1776 y con la paulatina configuración de la esfera pública rioplatense.

rey. Pidió auxilio y se lo negaron. Todo eso lo comunicó al Cabildo en innumerables cartas, que luego Álzaga trasladaría a Javier de Elío, hombre fuerte de Montevideo, quien lo encarcelaría para evitar que difundiera sus ideas “revolucionarias”.

La cuenta regresiva para el virrey interino comenzaría en agosto de 1808 cuando llegó el enviado de Napoleón, el marqués de Sasse- nay, con pliegos y proclamas del emperador de los franceses y de fun- cionarios españoles a su servicio. Las autoridades virreinales leyeron los papeles traídos por Sassenay, conviniéndose “después de dilatadas

sesiones en que el asunto era de la mayor gravedad y que debía hacerse entender al público por los deseos que manifestaba de saber cuál era el objeto, y con qué fin hubiese venido ese enviado, habían acordado se le hiciese entender, pero de un modo que lo dejase en dudas, por no ser conveniente penetrarse el todo de la misión, que para ello se formasen una proclama por el excelentísimo señor virrey y señores fiscales que después de revisada debería darse a la prensa a nombre del primero”

(C. Pueyrredón, 1953). Resulta interesante resaltar este caso, porque ofrece una particularidad muy significativa en el aspecto comunica- cional. Debe repararse en que dicha proclama del 15 de agosto de 1808 fue elaborada conjuntamente por la Audiencia, el Cabildo y el virrey, aunque firmada sólo por este último, acaso, por hallarse au- sentes sus “asesores” de la esfera pública rioplatense. El firme propósi- to era manipular la opinión pública, para evitar se supiese lo sucedido en Bayona y, sobre todo, que se conociera la violencia que imperó en el traspaso del poder. Con posterioridad, al enterarse el público de ese engaño, no tardó demasiado en endilgárselo a Liniers, cuya persona además generaba desconfianza no solo por su nacionalidad francesa sino por la impericia demostrada en el manejo de los asuntos públi- cos. Un dato que se anotará ahora y, que recobrará mayor vigor más adelante, apareció en un archivo francés. Allí se leía: “Liniers le había

dicho muy confidencialmente a Sassenay que le excusara por la forma en que le había recibido, pues su posición así lo exigía por no tener tro- pas regulares; su autoridad no se fundaba sino sobre la opinión pública,

todo el apoyo con que contaba se vendría al suelo desde el momento en que se apartara de la opinión general” (C. Pueyrredón, 1953).

Sin duda alguna, ese liderazgo había sido construido por la es-

fera pública que lo rodeaba y apuntalaba en cada ocasión (que no

fueron pocas) en las que el militar francés flaqueaba en sus acciones. Ciertamente, esta elite cavilaba sobre la manera de contrarrestar el avance del sector peninsular encabezado por Álzaga y, sobre el mo- mento oportuno para pasar a la ofensiva, para lo cual no ignoraba que debían apelar al “nuevo” poder que confería el pueblo movili- zado. En suma, podría afirmarse sin temor de incurrir en un error que el Cabildo Abierto del 14 de agosto de 1806 no se había atrevido a declarar la cesantía de Sobremonte. Fue en la Junta de Guerra del 10 de febrero de 1807, reunida con la adhesión del cabildo y alentada por su alcalde de primer voto donde se impulsó la medida revolucio- naria que representó la destitución y arresto del virrey; disposición resistida por la Audiencia que terminó provocando un serio conflicto con el ayuntamiento. Desde aquel día, el gobierno estuvo en manos de Álzaga, quien al decir del regente, se había atraído la gratitud y confianza de todo este pueblo (R. Levene, 1960).

Empero, ya en septiembre de 1808 el cabildo había elevado a la Junta de Sevilla un oficio en el cual peticionaba que fuera Liniers re- emplazado por un “jefe idóneo y de carácter”, mientras que en octubre insistiría con otro que expresaba: “la situación es inaguantable y pide

remedio pronto y eficaz contra tanta ruina”. La autoridad máxima del

virreinato, el 25 de diciembre de 1808, había consentido el casamien- to de su hija con Juan Perichon, natural de la isla Mauricio. Entonces, el escándalo estalló por ser contrario a las leyes vigentes66 y el 31 de

diciembre, a las 10 de la noche, el cabildo dirigió una nota a la Au- diencia, considerando que el virrey debía cesar en sus funciones, a raíz de la errónea medida y que por lo tanto no podía aprobar las 66 Véase la carta enviada por Antonio J. de Escalada a Fernando VII en la cual remarca en esta inobservancia “el desplome de la monarquía”. Mayo Documental (1962).

elecciones concejiles del día siguiente. El tribunal no accedió a la so- licitud, disponiendo que no obstante la falta cometida, las elecciones debían someterse a la aprobación del virrey y no a las del cuerpo con- sultado. Cornelio Saavedra comentaría en sus memorias que tenía acceso a personas que le comunicaban cuanto se decía y acordaba en las reuniones de trasnoche celebradas en el ayuntamiento y en el palacio episcopal por Álzaga, Ruiz Huidobro, el brigadier Molina y los cabildantes. Y que “con el prudente fin de ver si desistían de tan

temeraria empresa, nosotros con publicidad y sin embozo propalamos oponernos a su ejecución”.

De este modo, en el espacio público rioplatense se fueron diri- miendo cuestiones atinentes al universo político. En un comienzo la iniciativa estuvo de parte del partido de los españoles, quienes se apoderaron de la Plaza Mayor, pero con posterioridad la esfera pú-

blica rioplatense capitalizaría el escenario público; construyendo de

esa manera el suceso histórico que constituye un antes y un después en este proceso revolucionario. Debemos anotar el conflicto suscita- do a partir del nombramiento de Bernardino Rivadavia como Alfé- rez Real, por parte del virrey. Este cargo era un “oficio vendible” y el hombre elegido, conforme la opinión de los peninsulares, no reunía los requisitos pues, “no ha salido todavía del estado de hijo de fami-

lia, no tiene carrera es notoriamente de ningunas facultades, joven sin ejercicio, sin el menor mérito y de otras cualidades que son públicas en esta ciudad” (E. Corbellini, 1950). El airado rechazo predispuso

a los partidarios de Álzaga a concurrir en busca de ayuda armada, con tal fin se presentaron en el cuartel de los Catalanes. Esa noche fue muy intensa, por lo cual también se dispusieron a buscar al obis- po, quien con el brigadier Molina concurrieron al fuerte a conversar con Liniers, logrando que se retirara la controvertida candidatura de Rivadavia. Cuando a eso de las 11 de la mañana Saavedra entró en el fuerte, las campanas del cabildo sonaron para convocar a la gente a la plaza. En el interior del ayuntamiento mientras se realizaba la elección de los nuevos integrantes, el gentío llegaba a los frentes de la

corporación. Una vez finalizada la votación, el encargado de trasladar el acta para ser refrendada por Liniers, quien se hallaba en la fortale- za, se cruzó con gente que gritaba: “Viva España, viva Fernando VII,

no queremos ser mandados por franceses”. Poco después una comitiva

que también desandaría las dos cuadras que separaban el cabildo de la Fortaleza Real, debió apelar a un carruaje y a escolta para que la muchedumbre enardecida no le impidiera el paso.

En esta instancia, la ocupación del espacio público se iba comple- jizando, pues los amotinados habían apostado algunas tropas en las bocacalles impidiendo la salida a todos los que habían concurrido a la plaza; maniobra que fue contrarrestada por los adictos a Liniers que, a las órdenes de Esteve y Llach y a tres cuadras de la plaza, in- terceptaban el acceso a la misma. Las fuerzas sublevadas llegaron a reunir unas trescientas a cuatrocientas personas armadas a las órde- nes del coronel José Fornaguera. El partido realista redobló la apuesta y pidió junta de gobierno. El obispo fue el encargado de comunicar al gentío reunido en la plaza que Liniers había aceptado el estableci- miento de la junta. A las 5 de la tarde la comitiva española ingresó a la fortaleza. Proponiendo la creación del cuerpo colegiado presidido por Ruiz Huidobro y cuyos secretarios eran Mariano Moreno y Julián de Leiva. En este punto el escenario callejero sufriría significativas modificaciones, dado que las fuerzas leales que, hasta este momento se habían mantenido a la defensiva, creyeron oportuno intervenir, pues de lo contrario, el movimiento político insurreccional triunfa- ría. Siempre siguiendo las crónicas proporcionadas por R. Levene, E. Corbellini, C. Pueyrredón, entre otros, se intentará describir cómo actuó el sector que apoyaba al virrey. A eso de las 6 de la tarde cuando empezaron a entrar en la Plaza Mayor por la calle de San Francis- co, los batallones de Patricios y el de Montañeses, precedidos de una avanzada de la infantería ligera al mando de Benito de Rivadavia, quien había ocupado “las alturas de la Recova y azoteas de las casas

de Escalada; al mismo tiempo, un piquete de Patricios había practicado en desfilada lo mismo con la del finado Agustín de Aguirre (situada al

sur de las Casas Capitulares y calle Real por medio)”. A medida que

los citados batallones de Patricios y Montañeses entraban en la plaza, iban formándose en batalla sobre la calzada de la Recova con frente a las Casas Capitulares y colocando en el flanco que resultaba entre compañías un cañón volante que conducían, servido por el batallón de patriotas de la Unión y sus respectivos oficiales, bajo el mando del comandante del mismo, el segundo Gerardo Esteve y Llach. Inme- diatamente los batallones tomaron esa posición, entraron por la calle San Francisco, el de Castas, compuesto de indios, negros y pardos; y el de infantería ligera, de Carlos IV; y formando ángulo con la iz- quierda de aquellos se situaron sobre la calzada exterior de la vereda Ancha y con frente al norte; con igual celeridad salieron de la forta- leza y ocuparon en similar formación toda la calzada del frente de la Catedral con vistas al sur los Granaderos de Liniers y parte del bata- llón de Arribeños; sumándose, además, todo el cuartel de Andaluces. Esta extensa reconstrucción de los movimientos castrenses obedece a la necesidad de detallar los cambios sufridos en el escenario público. Si bien no se llegó al enfrentamiento armado, sí tuvo lugar uno sim- bólico67 que vendría a refrendar el triunfo de las autoridades cons-

tituidas. Efectivamente, viendo los amotinados el despliegue de las tropas patrias hicieron tremolar el Pendón Real exclamando en voz alta “viva Fernando VII” dejándose escuchar la respuesta a viva voz de los batallones formados en los tres frentes de la Plaza Mayor: “Viva

el virrey, viva don Santiago de Liniers”. Mientras tanto, en la fortaleza

penetraron los comandantes de los cuerpos leales con Saavedra a la cabeza, hablaron con Liniers y este rompió el acta que estaba confec- cionando con los sediciosos enviados a discutir la creación de una Junta de Gobierno.

67 Otra acción de similar significado fue la apuntada por R. Levene (1960) cuando afirmaba: “El cabildo quedó supeditado a la voluntad del virrey. Para inferirle una

afrenta y hacer ostensible públicamente la descalificación en que había caído, Liniers mandó bajar el badajo de la campana y llevarlo a la fortaleza, como cuerpo del delito, y quitar al cabildo el privilegio que tenía de convocar a los ciudadanos. Era un símbolo de los tiempos”.

A esta altura del relato es útil subrayar la importancia que había adquirido la movilización callejera, modalidad incorporada por la

esfera pública rioplatense para consolidar sus acciones políticas. Da

cuenta de tal trascendencia la rememoración efectuada por el jefe de los Patricios. En ocasión de que algunos españoles y cabildantes so- licitaban la renuncia de Liniers, Saavedra (1960) le manifestaría: “Es

una de las muchas falsedades que se hacen jugar en esta comedia; en prueba de ello, venga el señor Liniers con nosotros, preséntese al pueblo y si este lo rechazase…. Yo y mis compañeros suscribiremos el acta de su destitución. Y tomando del brazo a dicho señor le dije: vamos señor preséntese V. E. al público y oiga de su boca cuál es su voluntad… y como mis compañeros apoyaron…. Salió en efecto a la plaza, cuando las tropas y el inmenso pueblo, que a la novedad había concurrido, lo vio empezó a gritar ¡viva don Santiago Liniers, no queremos ni consen- timos en que deje de mandar; viva y viva! No resonaba otra voz en la plaza”.

Ante semejante prueba de apoyo y aconsejado por sus colabora- dores, Liniers salió al espacio público y “acompañado de sus edecanes y

como de treinta a cuarenta personas entre niños y adultos de la ínfima plebe, los más con poncho y descalzos, recorrió todas las filas de aque- llas formaciones y estos reiteraron sus vivas a su nombre, expresando lo mismo la comparsa que lo seguía”. La crónica recogida por E. Cor-

bellini (1950) proseguía con una impecable descripción del apoyo popular que la esfera pública rioplatense había afianzado a lo largo de estos agitados años: “Don Salvador Cornet, escandalizado vio salir a

su excelencia y recorriendo las filas de sus soldados en la plaza, ‘recibió hasta besos de los muchachos y esclavos que en su tránsito le tendían sus bonetes para que los pisase’”. Podemos agregar que este singular

enfrentamiento tuvo como corolario que los vencedores siguieran acampados en la plaza durante ocho días, actitud que simbolizaba su poderío. Finalmente, digamos que varios estudios en la actualidad han señalado un dato muy relevante: las milicias urbanas estuvieron en manos de los criollos y jugaron un papel decisivo, sin embargo, es

aún más trascendente que la esfera pública rioplatense fue quien con- dujo estratégicamente los movimientos, dado que Liniers, en primera instancia, y luego Saavedra, tuvieran infinitos reparos al momento de accionar militar y políticamente.

La esfera pública rioplatense también tuvo como objetivo central el estudio de la cuestión económica. Manuel Belgrano, uno de sus más preclaros miembros, escribió varias memorias que sirvieron como base para introducir modificaciones en la mentalidad de los rioplatenses. En junio de 1809, aprovechando el momento en que Li- niers era proclive a la idea “de franquear el comercio a los ingleses en la

costa del Río de la Plata, tanto para debilitar a Montevideo como para proporcionar fondos para el sostén de tropas”. Fue en esa ocasión que

Belgrano conferenciaría con el virrey, convenciéndolo de que debía llevar su plan a la práctica. Para disuadirlo de cualquier duda, escri- bió una memoria sobre comercio libre que leyó en el Consulado el 16 de junio, elevándola enseguida al virrey. Al decir de R. Levene (1960, T. 1) “se trataba como se advierte de un hecho trascendental que anun-

ciaba la revolución”.