Durante el año transcurrido desde que escribí al material precedente, he discutido esporádicamente este asunto con alumnos, colegas y amigos. Estoy muy agradecido a algunos de ellos por haberme sugerido ideas que luego se arraigaron en mí.* Poco a poco he llegado a creer que el error más importante del planteo original residía en la definición de ciencia. Quisiera corregir aquel error en esta sección e integrar los nuevos puntos de vista en la siguiente. Creo que el mayor inconveniente residía en considerar a la ciencia como algo que “está allí”, que se escribe con mayúscula y es un “cuerpo de conocimientos” que existe en el espacio y en el tiempo. Como muchos otros psicólogos, pensaba en la ciencia como en una colección sistematizada y organizada de datos verificados provisionalmente, y veía en su metodología un medio para acumular y comprobar conocimientos que contaba con la aprobación social. La consideraba algo así como un depósito del que todos podían sacar agua -con una garantía de pureza del 99 %-. Cuando se la encara de esta manera externa e impersonal parece razonable ver en la Ciencia no sólo un modo excelso de descubrir conocimientos, sino también algo que supone una tendencia a la despersonalización, a la manipulación, una negación de la libertad básica de elegir, cuya vigencia he comprobado en la psicoterapia. A continuación deseo definir el enfoque científico desde una perspectiva distinta y, así espero, más exacta.
La ciencia en las personas.
La ciencia sólo existe en las personas. Todas las etapas de un proyecto científico -su comienzo, su desarrollo y su conclusión provisional- es aquello que resulta aceptable para el sujeto y sólo puede comunicarse a aquellos que están en condiciones subjetivas de recibir comunicación. También la utilización de la ciencia queda en manos de personas que buscan los valores significativos para ellas. Estas afirmaciones resumen en pocas palabras el cambio que deseo introducir en mi descripción de la ciencia. Analicemos las diversas fases de la ciencia desde este punto de vista.
*Quiero agradecer especialmente los trabajos, publicados e inéditos, de Robert M. Lipgar, Ross L. Mooney, David A. Rodgers y Eugene Streich y las discusiones mantenidas con ellos. Mi propio pensamiento se ha enriquecido tanto por su contacto y se ha entretejido con el de estos autores hasta tal punto que no sabría cómo reconocer los aportes específicos. Sólo sé que el material que presento a continuación expresa muchas de sus ideas. También he aprendido mucho de la correspondencia que mantuve con Anne Roe y Walter Smet acerca de este trabajo).
La etapa creativa.
La ciencia se origina en una persona determinada que persigue metas, propósitos y valores de significado personal y subjetivo. Su “deseo de descubrir” forma parte de esta búsqueda en ciertos campos. Por consiguiente, si ha de ser un buen científico debe sumergirse en la experiencia, ya sea en el laboratorio de física, en el mundo de la vida vegetal o animal, en el hospital, la clínica o el laboratorio psicológico. Esta inmersión es total y subjetiva y se asemeja a la ya descripta del terapeuta en la terapia. El científico siente su campo de interés, lo vive; no se limita a pensar en el problema en cuestión: deja que su organismo asuma el mando y reaccione ante el medio, tanto en el nivel cognoscitivo como en el inconsciente. Así llega a sentir más cosas que las que podría verbalizar acerca de su campo de trabajo y reacciona organísmicamente en función de relaciones no presentes en su apercepción. De esta inmersión completa y subjetiva emerge una configuración creativa, un sentido de orientación, un planteo vago de relaciones hasta entonces ignoradas. Esta configuración creativa se talla, se precisa y se formula en términos más claros hasta constituir una hipótesis: una profesión de fe preliminar, personal y subjetiva. El científico recurre al sentimiento de que “existe tal o cual relación, y la existencia de este fenómeno reviste importancia desde el punto de vista de mis valores personales”.
Estoy describiendo la fase inicial de la ciencia, tal vez la más importante, que los científicos norteamericanos -en particular los psicólogos- suelen minimizar o ignorar. No se trata de que se la haya negado, sino de que, por lo general, se la ha olvidado. Kenneth Spence, refiriéndose a este aspecto de la ciencia, ha dicho que simplemente “se la da por sentada”.* Como ocurre con muchas otras experiencias que se dan por sentadas, también se lo suele olvidar. No cabe duda de que toda ciencia y toda investigación científica individual se han originado en la matriz de la experiencia inmediata, personal y subjetiva.
La confrontación con la realidad.
Mediante un proceso creativo, entonces, el científico ha alcanzado su hipótesis, su profesión de fe. Pero, ¿concuerda ésta con la realidad? La experiencia nos demuestra que es fácil engañarnos y confiar en cosas
* Tal vez sea oportuno mencionar el origen de esta frase: “. . . los datos de todas las ciencias tienen una misma fuente, a saber, la experiencia inmediata de un observador: el científico mismo. Es decir, la experiencia directa, matriz inicial a partir de la cual se desarrollan todas las ciencias, ya no es motivo de preocupación para el científico como tal. Simplemente la da por sentada y luego procede a la tarea de describir los acontecimientos que en ella ocurren, y a descubrir y plantear la naturaleza de las relaciones que existen entre ellos.” Spence, Kenneth W., en Marx, M. H. (comp.): Psychological Theory, Nueva York, Macmillan, 1951, pág. 173).
que luego ella misma la señala como falsas ¿Cómo saber si esta creencia inicial guarda alguna relación real con los hechos observados? Puedo responder a esto de varias maneras. Por ejemplo, puedo tomar una serie de precauciones al observar los hechos, para asegurarme de no estar engañándome a mí mismo; puedo consultar a otros que también hayan procurado evitar el autoengaño y aprender así nuevas maneras de detectar aquellas ideas que no ofrecen garantías por basarse en observaciones mal interpretadas; en síntesis, puedo comenzar a usar toda la compleja metodología que ha acumulado la ciencia. Descubro que la formulación de mi hipótesis en términos operacionales evitará muchos callejones sin salida y conclusiones falsas; que los grupos de control me permiten evitar inferencias erróneas; que las correlaciones, cocientes tau y razones críticas y todo el conjunto de procedimientos estadísticos me ayudarán a formular sólo referencias razonables.
Valoro pues la metodología científica por lo que realmente es: un modo de evitarme decepciones respecto de mis presentimientos subjetivos, desarrollados a partir de mi relación con el material de estudio. En este contexto, y tal vez solamente en éste, ocupan un lugar significativo la vasta estructura del operacionalismo, el positivismo lógico, la planificación de investigaciones, los tests de significación estadística, etcétera. Tales instrumentos no tienen validez en sí mismos; sólo sirven para verificar, mediante la confrontación con el hecho objetivo, la creación subjetiva que aparece como sentimiento, presentimiento o hipótesis.
Aun cuando el científico aplique estos métodos rigurosos e impersonales, las elecciones siguen siendo subjetivas y se hallan exclusivamente a su cargo. ¿A cuál de estas hipótesis dedicaré mi tiempo? ¿Qué tipo de grupo de control será el más adecuado para evitar el autoengaño en esta investigación? ¿Qué alcance deberá tener el análisis estadístico? ¿En qué medida he de creer en los hallazgos? Cada uno de éstos es un juicio necesariamente personal y subjetivo que destaca el hecho de que la espléndida estructura de la ciencia reposa sobre el empleo que las personas hagan de ella. La ciencia es, hasta ahora, el mejor instrumento que hayamos podido crear para verificar nuestra captación organísmica del universo.
Los hallazgos.
Si como científico estoy satisfecho de la manera en que he desarrollado mi investigación, si no he desechado ninguna prueba, si he seleccionado y usado con inteligencia todas las precauciones contra el autoengaño que tomé de otros o elaboré por mi cuenta, entonces podré dar crédito, provisionalmente, a los hallazgos que hayan surgido Y los emplearé como punto de partida para ulteriores, investigaciones y búsquedas.
Pienso que en lo mejor de la ciencia, el propósito primordial consiste en suministrar una hipótesis o creencia más satisfactoria y fidedigna para
el investigador mismo. En la medida en que el científico intenta demostrar algo a otra persona -error que yo mismo he cometido a menudo- está utilizando la ciencia para superar su propia inseguridad personal y le está impidiendo cumplir su función verdaderamente creativa al servicio de la persona.
Con respecto a los hallazgos de la ciencia, el fundamento subjetivo se manifiesta con claridad en el hecho de que a veces el científico puede rehusarse a creer en sus propios hallazgos. “El experimento demostró tal cosa y tal otra, pero no creo que sea cierto”; he aquí algo que todo científico ha experimentado alguna vez. Ciertos descubrimientos. muy fructíferos han surgido de una incredulidad persistente en los descubrimientos propios y ajenos, por parte de un científico. En última instancia, éste puede llegar a confiar más en sus reacciones organísmicas totales que en los métodos de la ciencia, No cabe duda de que esta actitud puede conducir a graves errores, así como también a verdaderos descubrimientos científicos, pero es una prueba más del papel preponderante de lo subjetivo.en el uso de la ciencia.
La comunicación de los hallazgos científicos.
Esta mañana, mientras vadeaba un arrecife de coral en el Caribe, creo haber visto un gran pez azul. Si supiera que el lector también lo vio, independientemente de mí, tendría más confianza en mi propia observación. Esto se conoce como verificación intersubjetiva y desempeña un importante papel en nuestra comprensión de la ciencia. Si guío al lector -en la realidad, en una conversación o mediante una publicación- llevándolo por el camino que he seguido en determinada investigación, y éste opina que no me he engañado, que he descubierto una nueva relación adecuada a mis valores y que tengo motivos para depositar provisionalmente mi confianza en esta relación recién descubierta, entonces nos hallaremos ante los comienzos de la Ciencia con mayúscula. Una vez llegados a este punto quizá pensemos que hemos creado un cuerpo de conocimientos científicos. En realidad no hay tal cuerpo de conocimientos: sólo hay creencias provisionales que existen subjetivamente en un número de personas diferentes. Si estas creencias no son provisionales nos encontramos ante un dogma, no una ciencia. Si, por otra parte, el investigador es el único que cree en el hallazgo, tal vez sea un asunto personal y extraviado, un caso de psicopatología, o bien una verdad poco común descubierta por un genio a quien nadie está aún en condiciones subjetivas de creer. Esto me lleva a formular algunos comentarios acerca del grupo capaz de depositar provisionalmente su confianza en cualquier hallazgo científico.
¿A quién comunicar los hallazgos?
Por supuesto, los descubrimientos científicos sólo pueden transmitirse entre quienes comparten las mismas reglas básicas de investigación. Los hallazgos de la ciencia acerca de la infección bacteriana no impresionarán al aborigen australiano; él sabe que en realidad la enfermedad se debe a los malos espíritus y* sólo estará en condiciones de aceptar los hallazgos científicos si antes ha admitido que el método científico es una manera adecuada de evitar el autoengaño.
No obstante, aun quienes han aceptado las reglas básicas de la ciencia sólo pueden dar crédito a un descubrimiento si existe una predisposición subjetiva a creer. Hay muchos ejemplos de esto; para mencionar sólo uno diremos que muchos psicólogos están dispuestos a creer en las pruebas que demuestran que el sistema de clases magistrales produce un incremento significativo en el aprendizaje, pero de ninguna manera creerán que la capacidad de reconocer naipes sin verlos pueda atribuirse a una habilidad denominada percepción extrasensorial. Sin embargo, las pruebas científicas de esto último son mucho más exactas que las que se refieren al punto anterior. De modo análogo, cuando se dieron a conocer por primera vez los llamados “estudios de lowa”, que señalaban que las condiciones ambientales pueden provocar considerables alteraciones en la inteligencia, se desató una ola de incredulidad entre los psicólogos y cundieron los ataques contra los métodos usados, que fueron tachados de deficientes. Las pruebas que hoy apoyan esos hallazgos no son superiores a las que existían en un comienzo, pero ahora los mismos psicólogos están mucho más dispuestos a creer en la veracidad de aquella afirmación. Un historiador de la ciencia ha señalado que si hubieran existido empiristas en la época de Copérnico, habrían sido los primeros en dudar de sus hallazgos.
En consecuencia, el hecho de que una persona crea o no en los hallazgos científicos propios o ajenos depende, al parecer, en cierta medida, de su predisposición a creer provisionalmente en ellos.* Una de las razones por las qe en general no advertimos este hecho subjetivo es que
* Bastará con un ejemplo tomado de mi propia experiencia. En 1941, un estudio realizado bajo mi supervisión demostró que era posible predecir la adaptación futura de los delincuentes juveniles mediante la evaluación de su autocomprensión y autoaceptación realista. El instrumento era burdo, pero permitía obtener predicciones más acertadas que las evaluaciones del medio familiar o social, las habilidades heredadas, etcétera. En ese momento, simplemente no estaba dispuesto a creer en ese hallazgo, puesto que pensaba, como la mayoría de los psicólogos, que los verdaderos factores determinantes de la delincuencia futura eran el clima emocional familiar y la influencia del grupo de pares. Sólo más tarde, cuando mi experiencia en la psicoterapia se desarrolló y profundizó, pude confiar provisionalmente en los hallazgos de este estudio y de otro posterior (1944) que los confirmó. (Véase C. R. Rogers, B. L. Keil y H. McNeil: “The role of self-understanding in the prediction of behavior”, en J. Consult. Psychol., 12, 1948. págs, 174-186.
en las ciencias físicas -en especial- la experiencia nos ha enseñado a creer cualquier hallazgo logrado mediante el uso apropiado de las reglas del juego científico.
El empleo de la ciencia.
No sólo el origen, desarrollo y conclusión de la ciencia residen en la experiencia subjetiva de las personas, sino que esta última determina también la utilización de los hallazgos científicos. La “ciencia” misma nunca podrá despersonalizar, manejar o controlar a los individuos; sólo las personas pueden hacerlo. Esta es, sin duda, una observación superflua y trivial, pero creo que es importante comprender su significado profundo. El empleo de los hallazgos científicos en el campo de la personalidad es y será un asunto librado a una elección personal subjetiva -el mismo tipo de elección que se hace en el transcurso de la psicoterapia-. En la medida en que, por razones de defensa, la persona haya impedido el acceso a la conciencia de determinados aspectos de su experiencia, aumenta su probabilidad de que adopte decisiones destructivas para la sociedad. En la medida en que permanezca abierta a todas las fases de su experiencia, podemos confiar en que usará los hallazgos y métodos de la ciencia (o cualquier otro instrumento o capacidad) de manera constructiva, tanto en el plano personal como en el social.* En realidad no existe una entidad amenazadora llamada “Ciencia”, capaz de afectar nuestro destino; sólo hay personas. Si bien muchas son amenazadoras y peligrosas por su necesidad de defenderse y aunque el conocimiento científico moderno multiplica la amenaza y el peligro social, esto no es todo. Existen otros dos aspectos significativos: 1) hay muchas personas relativamente abiertas a su experiencia y, en consecuencia, constructivas para la sociedad; 2) tanto la experiencia subjetiva de la psicoterapia como los hallazgos científicos al respecto señalan que los individuos se hallan motivados para el cambio y pueden ser ayudados en esta tarea; la dirección de este cambio es hacia una mayor apertura a la experiencia y, por consiguiente, hacia una conducta que tiende a mejorar al individuo y su sociedad, y no a destruirlos.
En síntesis, la Ciencia nunca puede amenazarnos, sólo las personas pueden hacerlo. Aunque los individuos puedan tornarse destructivos en su manejo de los instrumentos que el conocimiento científico pone en sus manos, éste es sólo un aspecto de la cuestión. Ya conocemos de manera subjetiva y objetiva los principios básicos mediante los cuales el individuo puede alcanzar una conducta social más constructiva, propia de su proceso organísmico de llegar a ser.
* He estudiado más profundamente el fundamento racional de este enfoque en otro trabajo: “Toward a theory of creativity”.