Quisiera que el lector me acompañe en un viaje de exploración. El objeto del viaje y el fin de la investigación es aprender algo acerca del proceso de la psicoterapia, es decir, del proceso por el cual se produce el cambio en la personalidad. Deseo informar al lector que tal objetivo aún no ha sido alcanzado y que, al parecer, la expedición sólo ha podido penetrar unas pocas millas en el interior de la jungla. No obstante, si el lector me acompaña, puede sentirse tentado a descubrir sendas nuevas y provechosas que permitan un avance ulterior.
La razón que me ha impulsado a emprender esa búsqueda es simple. Así como muchos psicólogos se interesan por los aspectos invariables de la personalidad: inteligencia, temperamento o estructura de la personalidad, durante largo tiempo me he interesado por los aspectos invariables del cambio en la personalidad. ¿Pueden modificarse la personalidad y la conducta? ¿Cuáles son los elementos comunes a tales cambios? ¿Cuáles son los elementos comunes a las distintas condiciones que preceden al cambio? Y lo más importante: ¿Cuál es el proceso por el que se realiza este cambio?
Hasta hace poco tiempo tratábamos generalmente de aprender algo acerca de este proceso por medio del estudio de sus necesidades. Conocemos muchos hechos, por ejemplo, en relación con los cambios que se producen en la autopercepción o en la percepción de los otros. No sólo hemos medido estos cambios al comenzar y terminar la terapia, sino también a intervalos regulares durante su desarrollo. Sin embargo, ni siquiera esto último puede proporcionarnos más información acerca del proceso implícito, puesto que los estudios de resultados parciales no son sino estudios de resultados y agregan poco a nuestro conocimiento acerca de la manera en que el cambio se lleva a cabo.
Los intentos de resolver este problema y llegar al proceso mismo me han demostrado que en cualquier campo son muy escasos los trabajos de investigación que se ocupan de procesos. La investigación objetiva corta en láminas, como un micrótomo, un momento congelado, para suministrarnos una descripción exacta de las interrelaciones existentes en ese momento. Nuestra comprensión del movimiento que está en curso -sea en el proceso de fermentación, la circulación sanguínea o la fisión atómica- es generalmente aportada por una formulación teórica,
complementada, cuando ello es posible, por una observación clínica del proceso. Por eso creo que quizás es demasiado exigente de mi parte esperar que los procedimientos de investigación puedan arrojar alguna luz directa sobre el proceso de cambio de la personalidad. Tal vez esa sea una tarea que corresponda a la teoría.
Un método rechazado.
Hace más de un año decidí hacer un nuevo intento de comprender el mecanismo de este cambio. Empecé por considerar los diversos modos posibles de describir la terapia en función de algún otro sistema teórico. Había elementos bastante atractivos en la teoría de la comunicación, particularmente con respecto a los conceptos de realimentación, señales de entrada y salida y otros aspectos. También existía la posibilidad de describir el proceso de la terapia desde el punto de vista de la teoría del aprendizaje o de la teoría de los sistemas generales. Al estudiar estos posibles modos de comprensión me convencí de que era posible traducir el proceso de la psicoterapia a cualquiera de estos lenguajes teóricos. Pienso que esto ofrecería algunas ventajas, pero también estoy seguro de que en un campo tan nuevo como el nuestro esto no es lo más urgente.
Finalmente llegué a la misma conclusión a la que otros habían llegado antes: en un campo nuevo lo primero que probablemente se necesita es informarse acerca de los acontecimientos, enfocar los fenómenos con una actitud tan exenta de prejuicios como sea posible, adoptar el enfoque del naturalista - observador y descriptivo-, y extraer las inferencias más elementales, que parecen más propias del material mismo.
El enfoque.
Por consiguiente, durante este último año he empleado el Método que muchos de nosotros utilizamos para generar hipótesis, un método que los psicólogos norteamericanos parecen reticentes a exponer o comentar. Yo mismo fui mi propio instrumento.
Como instrumento poseo cualidades buenas y malas. Durante muchos años he experimentado la psicoterapia como terapeuta; la he experimentado también desde el otro lado del escritorio, como cliente. He pensado acerca de ella, he realizado investigaciones y me he mantenido informado acerca de las investigaciones que otros llevaron a cabo en este terreno. Pero también he sido parcial, he llegado a desarrollar un punto de vista particular acerca de la terapla,y he tratado de formular abstracciones teóricas con respecto a ella. Estos enfoques y teorías pueden restarme sensibilidad frente a los hechos. ¿Podría abrirme a los fenómenos
de la terapia de un modo fresco e ingenuo? ¿Podría permitir que la totalidad de mi experiencia sea un instrumento tan efectivo como lo es en potencia? ¿O bien mis distorsiones me impedirían ver con claridad? La única manera de saberlo era intentarlo.
En el transcurso de este año he escuchado durante muchas horas entrevistas terapéuticas grabadas y he procurado hacerlo con toda la ingenuidad de que soy capaz. Me he esforzado por absorber todos los indicios reveladores del proceso que pude detectar, todos los elementos que inciden significativamente en el cambio. Luego he tratado de desglosar, a partir de esas sensaciones, las abstracciones más sencillas que permitieran describirlas. En esta tarea he recibido el estímulo y la colaboración del pensamiento de muchos colegas, entre los que quisiera mencionar especialmente a Eugene Gendlin, William Kirtner y Fred Zimring, cuya conocida capacidad de pensar de manera original acerca de estos asuntos me ha sido sumamente útil, y en quienes me he inspirado muy a menudo.
El paso siguiente consistió en deducir, a partir de estas observaciones y abstracciones elementales, hipótesis verificables mediante pruebas. He llegado a este punto. No me disculpo por no aportar investigaciones empíricas de tales formulaciones. Si la experiencia pasada es una guía fehaciente y si las hipótesis que presentaré coinciden en alguna medida con la experiencia subjetiva de otros terapeutas puedo estar seguro de que se iniciarán gran cantidad de investigaciones. Si ello es así, en pocos años habrá pruebas suficientes que permitan determinar el grado de verdad o falsedad de las afirmaciones que siguen.
Las dificultades y el entusiasmo de la búsqueda.
Quizás el lector se extrañe al ver que me refiero tan extensamente al proceso personal que llevé a cabo en busca de algunas hipótesis sencillas y tal vez inadecuadas. Esto se debe a que en toda investigación hay una parte, la mayor, que nunca sale a la luz y sólo se alcanza a ver su parte superior, que constituye una porción bastante equívoca del trabajo. Ocasionalmente alguien como Mooney describe en su totalidad el método de investigación tal como se cumple en el individuo. También yo quiero revelar algo de la totalidad de este estudio tal como se dio en mí, y no sólo su aspecto personal.
Insisto en que me gustaría compartir con el lector de manera mucho más plena el entusiasmo y la desazón que supone este esfuerzo por comprender el proceso. Quisiera explicarle de qué manera llegué a descubrir, en mi propia experiencia, cómo los sentimientos “golpean” al cliente -según la expresión que ellos mismos emplean a menudo-. El cliente se está refiriendo a algo importante cuando de pronto se siente sorprendido por un sentimiento, por algo que no puede describir con palabras sino que es la vivencia de una realidad desconocida
que debe explorar cautelosamente antes de darle un nombre. Como dijo un cliente: “Es un sentimiento que me toma de improviso. Ni siquiera sé con qué se relaciona.” La frecuencia con que esto sucede me resultó sorprendente. Otro aspecto interesante es la diversidad de maneras en que los clientes se aproximan a sus sentimientos. Los sentimientos “surgen a borbotones”, se “filtran”. El cliente también “se abandona” a sus sentimientos, a menudo con cautela y temor. “Quiero abandonarme a este sentimiento. Uno puede darse cuenta de lo difícil que es llegar hasta él.”
Otra de estas observaciones naturales se relaciona con la importancia que el cliente atribuye a la exactitud de la simbolización. Busca la palabra precisa para describir el sentimiento que ha experimentado. No le satisfacen las aproximaciones y evidentemente se esfuerza por lograr una comunicación más fiel consigo mismo, puesto que cualquiera de las palabras entre las cuales el cliente elige transmitiría con la misma exactitud el sentido de lo que quiere decir.
También he llegado a apreciar lo que yo llamo “momentos de movimiento”, momentos en los cuales el cambio parece estar produciéndose efectivamente. Más adelante trataré de describirlos y me referiré también a sus concomitantes fisiológicos, más o menos evidentes.
Otro aspecto que quiero señalar es la profunda desesperación que sentí en ocasiones mientras deambulaba ingenuamente por la increíble complejidad de la relación terapéutica. ¡No es extraño que prefiramos enfocar la psicoterapia protegidos por prejuicios rígidos! Sentimos que debemos introducir un orden en ella. Casi no nos atrevemos a esperar hallar en ella un orden preestablecido.
He enunciado algunos de los descubrimientos, desconciertos y desilusiones que enfrenté al trabajar en este problema. De ellos surgieron algunas ideas más formales que ahora deseo exponer.
Una condición básica.
Si estudiáramos el proceso de crecimiento de las plantas, al conceptualizarlo tomaríamos en cuenta ciertas condiciones constantes de temperatura, humedad y luz solar. De la misma manera, al intentar conceptualizar el proceso de cambio de la personalidad en la psicoterapia daré por supuestas un conjunto de condiciones óptimas que facilitan este cambio. Hace poco he tratado de explicitar estas condiciones. Para nuestro propósito actual, creo que puedo resumirlas en una palabra. Al desarrollar las consideraciones que siguen daré por sentado que el cliente experimenta la sensación de ser plenamente recibido. Quiero decir con esto que el cliente se siente recibido psicológicamente por ser el terapeuta tal como es, cualesquiera que sean sus sentimientos (miedo, desesperación, inseguridad, ira), su modo de expresión (silencio, gestos, lágrimas o palabras) o lo que descubra que él es en ese momento. Este término recibido
implica el concepto de ser comprendido empáticamente y ser aceptado. También corresponde señalar que lo que hace que la condición de ser recibido sea óptima es el hecho de que el cliente la experimente así y no su mera existencia en el terapeuta.
Por consiguiente, al referirme al proceso de cambio daré por supuesta en todo momento la existencia de una condición de recepción óptima.
El continuo emergente.
Al intentar aprehender y conceptualizar el proceso de cambio, busqué inicialmente elementos que señalaran o caracterizaran el cambio mismo. Consideré el cambio como una entidad y busqué sus atributos específicos. Lo que emergió gradualmente en mi comprensión al someterme a mí mismo a la materia prima de cambio fue un continuo de naturaleza diferente de lo que antes había conceptualizado.
Comencé a advertir que los individuos no pasan de un estado de consolidación u horneostasis a una nueva consolidación, aunque este proceso no deja de ser posible. El continuo más significativo se presenta en el pasaje de la consolidación a la mutabilidad, de una estructura rígida a un flujo, de la estasis al proceso. Concebí la hipótesis provisional de que tal vez las cualidades de la expresión del cliente en un punto determinado podrían señalar su posición en el continuo, su ubicación en el proceso del cambio. Poco a poco fui desarrollando este concepto de proceso y discriminé en él siete etapas; deseo destacar, sin embargo, que se trata de un continuo, y que aunque identifiquemos siete etapas o cincuenta, existirán infinitos puntos intermedios.
Pensé que cualquier cliente, considerado como totalidad, habitualmente exhibe conductas que se agrupan constituyendo una franja relativamente estrecha de este continuo. Es decir, parece poco probable que el cliente manifieste absoluta fijeza en una esfera de su vida y total movilidad en otra; considerado en su conjunto, tiende a situarse en alguna etapa de este proceso. Sin embargo, según creo, el proceso que deseo describir se ajusta con mayor exactitud a determinadas zonas del significado personal; mi hipótesis es que en ellas el cliente se encuentra decididamente en una cierta etapa y no exhibe al mismo tiempo características de otras.