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LA ESENCIA DE LA PSICOTERAPIA EN FUNCIÓN DE SU EXPERIENCIA.

Ingreso en la relación sustentando la hipótesis -al menos cierta convicción- de que mi aprecio, mi confianza y mi comprensión del mundo interior de la otra persona conducirán a un proceso importante de llegar a ser. No la inicio como científico ni como médico que puede diagnosticar y curar con precisión, sino como persona: entro en una relación personal, porque en la medida en que vea al individuo como un objeto, aquél tenderá a convertirse realmente en un objeto.

Por consiguiente me arriesgo, pues sé que, si al profundizar en la relación se produce un fracaso, se desarrolla una regresión, o bien el cliente me rechaza y rechaza igualmente la relación que le ofrezco, me perderé a mí mismo o una parte de mí. En ciertas ocasiones este riesgo es muy real y se experimenta con gran intensidad.

Me abandono a la inmediatez de la relación, en la cual participa no sólo mi conciencia sino mi organismo total. No respondo conscientemente de manera planificada y analítica; por el contrario. reacciono frente al otro de modo irreflexivo, puesto que mi reacción se apoya en mi sensibilidad organísmica total ante él, y todo esto ocurre de manera inconsciente. Vivo la relación sobre esta base.

La esencia de algunos de los aspectos más profundos de la terapia parece consistir en una unidad de vivencia. El cliente es libre de experimentar su sentimiento con toda intensidad, como “cultura pura”, sin inhibiciones ni cuidados intelectuales, sin verlo limitado por su percepción de sentimientos contradictorios. Por mí parte, soy capaz de experimentar con igual libertad mi propia comprensión de este sentimiento, sin pensamientos conscientes al respecto, sin aprensión ni temor acerca de dónde me llevará, sin ningún tipo de especulaciones diagnósticas o analíticas y sin interponer barreras cognoscitivas o emocionales que impídan “abandonarme” por completo a la comprensión. Cuando en la relación se logra experimentar de esta manera integrada, original y completa, el vínculo adquiere esa cualidad “de otro mundo” que muchos terapeutas han señalado: un sentimiento de que la relación es una especie de trance del que tanto el cliente como yo emergemos al final de la hora como quien sale de un pozo o de un túnel profundo.

En estos momentos hay una relación “yo-tú”, según la frase de Buber, un vivir en la experiencia intemporal que se desarrolla entre el cliente y yo. Esto es precisamente lo contrario de la tendencia a ver al cliente o a mí mismo como objeto: es el punto máximo de la subjetividad personal.

Con frecuencia advierto que no sé, en términos cognoscitivos, cual es el destino de esta relación inmediata. Es como si ambos, el cliente y yo, nos deslizáramos, a menudo con temor, en el flujo del llegar a ser, un proceso que nos arrastra. Puesto que el terapeuta ya se ha permitido flotar, en ocasiones anteriores, en este río de la experiencia de la vida y lo ha hallado gratificante, cada vez siente menos temor a sumergirse en él. Mi propia confianza facilita las cosas para el cliente, que poco a poco comienza a dejarse flotar. A veces parece que esta corriente de experimentación conduce a un objetivo determinado. Tal vez en este sentido lo más acertado sería decir que su carácter gratificante reside en el proceso mismo y la principal recompensa consiste en permitirnos, tanto al cliente como yo, dejarnos llevar luego por el proceso del devenir, independientemente uno del otro.

A medida que la terapia avanza, el cliente descubre que se atreve a convertirse en sí mismo, a pesar de las duras consecuencias que sin duda deberá sobrellevar en cuanto lo haga. ¿Qué significa convertirse en uno mismo? Al parecer, significa que disminuye el temor a las propias reacciones organísmicas irreflexivas y aumenta la confianza y aun, el afecto que despierta la diversidad de sentimientos y tendencias complejos y ricos en el nivel orgánico u organísmico del individuo. En lugar de actuar como el guardián de un conjunto de impulsos peligrosos e impredecibles, de los cuales sólo unos pocos emergen a la superficie, la conciencia se convierte en cómodo albergue de una rica variedad de impulsos, sentimientos y pensamientos, que demuestran ser capaces de autogobernarse muy satisfactoriamente cuando no existe una vigilancia temerosa o autoritaria. Este proceso de llegar a ser uno mismo implica una profunda experiencia de elección personal. El individuo advierte que puede escoger entre seguir ocultándose bajo un disfraz o arriesgarse a ser él mismo; descubre que es un agente libre, dotado del poder de destruir a otro o a sí mismo, pero también de la capacidad de mejorarse y mejorar a los demás. Ante esta disyuntiva, que le presenta la realidad de manera descarnada y le exige adoptar una decisión, el individuo elige moverse en la dirección de ser él mismo.

Pero el hecho de ser él mismo no “resuelve problemas”. Simplemente inicia una nueva manera de vivir, donde los sentimientos se experimentan con mayor profundidad, y de manera más intensa. El individuo se siente más original, y por consiguiente más solo, pero gracias al mayor realismo que ha adquirido, elimina el elemento artificial de sus relaciones con los demás y, en consecuencia, éstas se tornan más profundas y satisfactorias, puesto que logra incluir en ellas los aspectos más reales de la otra persona.

Otro modo de ver este proceso -o esta relación- sería considerar que constituye un aprendizaje por parte del cliente (y también del terapeuta, aunque en menor grado); sin embargo, es un aprendizaje poco común. Casi nunca se destaca por su complejidad y, en los casos más profundos, resulta difícil verbalizarlo. A menudo se trata de aprendizajes muy sencillos, tales como “Yo soy diferente de los demás”; “Lo odio”, “Tengo miedo de sentirme dependiente”; “Me tengo lástima”; “Estoy centrado en mí mismo”; “Tengo sentimientos de ternura y amor”; “Podría llegar a ser lo que quiero ser”, etcétera. A pesar de su aparente simplicidad, estos aprendizajes tienen una significación nueva y difícil de definir. Podemos imaginarla de varias maneras: son aprendizajes referentes al sí mismo, puesto que se basan en la experiencia, y no en símbolos; se asemejan al aprendizaje del niño que sabe que “dos más dos son cuatro” pero un buen día, jugando con dos objetos y otros dos, realiza de pronto en su experiencia un aprendizaje totalmente nuevo: que “dos más dos sí son cuatro”.

También podemos decir que estos aprendizajes representan un intento tardío de hacer coincidir símbolos y significados en el mundo de los sentimientos, tarea ya lograda en el ámbito cognoscitivo. En el plano íntelectual, seleccionamos un símbolo y lo combinamos cuidadosamente con el significado que una experiencia tiene para nosotros. Por ejemplo, cuando digo que algo ocurrió “gradualmente”, antes de pronunciar esa palabra, he examinado con rapidez (sobre todo de manera inconsciente) otros términos tales como “lentamente”, “imperceptiblemente”, “paso a paso”, etcétera, que he rechazado por considerar que no describen la experiencia con precisión. Pero en el ámbito de los sentimientos, nunca hemos aprendido a simbolizar la experiencia con exactitud. ¿Qué es esto que siento surgir en mí mismo, en la seguridad que me da una relación de aceptación? ¿Será tristeza, furia, remordimiento, lástima de mí mismo, rabia por las oportunidades perdidas? Me muevo con torpeza alrededor de un amplio conjunto de símbolos, probándolos todos, hasta que uno “encaja”, “suena bien”, parece coincidir con la experiencia organísmica. Al desarrollar esta búsqueda, el cliente descubre que debe aprender el lenguaje del sentimiento y la emoción como si fuera una criatura que aprende a hablar, o bien, lo que es aun peor, reconoce que debe abandonar un lenguaje falso antes de aprender el verdadero.

Tratemos de definir esta clase de aprendizaje desde otro punto de vista; esta vez lo haremos describiendo lo que no es. Se trata de un tipo de aprendizaje que no puede enseñarse, puesto que su esencia reside en el autodescubrimiento. En lo que respecta al “conocimiento” estamos acostumbrados a pensar que una persona lo enseña a otra, siempre que ambas posean la motivación y capacidad adecuadas; pero en el aprendizaje significativo que se produce en la terapia, una persona no puede enseñar a otra, ya que esto destruiría la esencia misma del aprendizaje. Yo podría enseñar a un cliente que le conviene ser él mismo, que no es peligroso percibir libremente sus sentimientos, etcétera. Cuanto mejor

aprenda esto, menos lo habrá incorporado de manera significativa, basado en su propia experiencia y en el descubrimiento de su verdadero sí mismo. Kierkegaard considera a este último tipo de aprendizaje como verdadera subjetividad y señala con razón que no puede ser comunicado ni transmitido directamente. Si una persona desea inducir este aprendizaje en otra, todo lo que puede hacer es crear ciertas condiciones que lo hagan posible, de ningún modo imponerlo.

Por último, podemos decir en relación con este aprendizaje que el cliente adquiere la capacidad de simbolizar un estado total y unificado; es decir, de describir de manera integrada el estado del organismo en lo que respecta a la experiencia, al sentimiento y al conocimiento. Para complicar aun más las cosas, parece que no siempre es necesario expresar esta simbolización. Habitualmente se hace, porque el cliente desea transmitir al terapeuta al menos una parte de sí, pero tal vez esto no sea imprescindible. El único aspecto necesario es el reconocimiento interno del estado total, unificado e inmediato que yo soy “en este momento”. La esencia de la terapia es, por ejemplo, descubrir que en este instante mi unicidad consiste simplemente en que “estoy muy asustado ante la posibilidad de convertirme en alguien diferente”. El cliente capaz de sentir esto estará en condiciones de reconocer estados semejantes que aparezcan en el futuro. Con toda seguridad, también podrá advertir e identificar con mayor precisión otros sentimientos existenciales que surjan en él. Así se aproximará a un estado de máxima autenticidad, donde será, de manera más integrada, lo que es organísmicamente. Esta parece ser la esencia de la terapia.

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