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PERSONA QUE FUNCIONA INTEGRALMENTE

En 1952 o 1953, durante una de mis escapadas invernales hacia climas más cálidos, escribí un trabajo que titulé “El concepto de la persona que funciona de manera integral.” Mi propósito era estudiar a la persona que emerge al cabo de una psicoterapia altamente exitosa. La persona fluida, relativista e individualizada que parecía ser el resultado lógico de los procesos de la terapia me inspiraba cierto temor, y me formulé dos preguntas: ¿Es acertada mi lógica? En caso de serlo, ¿es éste el tipo de persona que yo valoro? Con el fin de darme tiempo para meditar acerca de estos problemas, encargué copias de este trabajo y durante los años siguientes distribuí cientos de ellas a los interesados que las solicitaban. En cuanto me afirmé en las ideas que en él sostenía, lo presenté a una de las principales revistas de psicología. El director dijo que lo publicaría, pero que, a su juicio, el artículo debería adaptarse a un esquema psicológico más convencional y sugirió muchas modificaciones fundamentales. Esto me hizo pensar que su forma original tal vez no sería aceptable para muchos psicólogos, y abandoné la idea de publicarlo. Desde entonces ha despertado el interés de personas muy distintas, y el doctor Hayakawa ha escrito un artículo al respecto en el ETC, revista de semántica. Por consiguiente, cuando contemplé la posibilidad de publicar el presente libro, éste fue uno de los primeros trabajos en que pensé. Sin embargo, al releerlo descubrí que durante los años que transcurrieron desde su elaboración, muchos de sus temas centrales habían sido incluidos, y tal vez mejor formulados, en otros trabajos que ahora publico. Por consiguiente, una vez más debí desecharlo, no sin cierto fastidio, y opté por presentar, en cambio, un trabajo sobre mi enfoque de una vida plena, basado en “La persona que funciona de manera integral”; pienso que este artículo expresa los aspectos esenciales de aquél, de modo más breve y accesible. Como concesión al pasado he convertido el antiguo título en subtítulo del presente capítulo.

Mis ideas acerca del significado de una vida plena se basan sobre todo en mi experiencia de trabajo con los clientes, en la relación íntima que se denomina psicoterapia. Estas ideas no se apoyan en un marco de

referencia escolástico o filosófico, sino que tienen un sustrato empírico, basado en la propia experiencia y adquirido por medio de la observación y participación en la lucha de personas conflictuadas y empeñadas en lograr la vida plena que anhelan.

Debo aclarar desde el comienzo que mi experiencia se debe a la posición de privilegio que me ofrece una orientación psicoterapéutica desarrollada a través de los años. Es posible que todas las psicoterapias sean básicamente similares. No obstante, puesto que ya no estoy tan seguro de ello como antes, deseo aclarar que mi experiencia terapéutica se ha desarrollado según los métodos que a mi juicio resultan más efectivos. Me refiero a la psicoterapia “centrada en el cliente”.

Pienso que las experiencias terapéuticas que más enseñanzas me han brindado acerca de la vida plena fueron aquellas en las que hubo mayor movimiento; por eso intentaré describir brevemente cómo sería una terapia de este tipo llevada a cabo de manera óptima en todos sus aspectos. Si la terapia fuera inmejorable, intensiva y totalizadora, ello significaría que el terapeuta ha sido capaz de iniciar una relación subjetiva e intensamente personal con su cliente y que se ha relacionado con él, no como un científico con su objeto de estudio, ni como un médico que espera diagnosticar y curar, sino como una persona con otra persona. Esto implica que el terapeuta considera a su cliente como una persona de valor propio e incondicional, cualesquiera que sean su condición, su conducta o sus sentimientos; significa que el terapeuta se comporta de manera auténtica y enfrenta al cliente con los sentimientos que vivencia orgánicamente, sin escudarse detrás de ninguna máscara defensiva. En ese caso, el terapeuta es capaz de permitirse comprender a su cliente, sin que barreras internas le impidan sentir de la misma manera que éste en cada momento de la relación, y puede transmitirle parte de su comprensión empática. Asimismo puede sentirse cómodo al iniciar una relación de este tipo, sin saber en términos cognoscitivos hacia dónde lo llevará, pero sintiéndose satisfecho de crear un clima en que el cliente pueda disfrutar de toda la libertad necesaria para llegar a ser él mismo.

Para él cliente, esta terapia óptima representa una posibilidad de indagarse y descubrir en sí mismo sentimientos extraños, desconocidos y peligrosos. Esta exploración sólo es posible si advierte que se lo acepta incondicionalmente. De esta manera el individuo se familiariza con los aspectos de su experiencia que en el pasado había excluido de su conciencia, por sentirlos demasiado amenazadores o perjudiciales para la estructura del sí mismo; descubre que puede vivenciarlos plenamente en la relación y ser, en cada momento, su miedo, su enojo, su ternura o su fuerza. A medida que vive estos sentimientos tan diversos en todos sus grados de intensidad, advierte que se ha experimentado a sí mismo y que él es todos esos sentimientos. Comprueba también que su conducta cambia en sentido constructivo, de acuerdo con su sí mismo recientemente experimentado. Por último, el individuo comprende que ya no debe temer a

la experiencia sino aceptarla como parte de su sí mismo cambiante y en desarrollo.

Este es un breve bosquejo de los logros de la psicoterapia centrada en el cliente, cuando su funcionamiento es óptimo. Lo presento como una descripción sintética del contexto en que se han originado mis ideas sobre la vida plena.

Una observación negativa.

Mis esfuerzos por vivir de manera comprensiva las experiencias de mis clientes me han llevado a extraer la siguiente conclusión negativa acerca de la vida plena: pienso que ésta no es un estado de inmovilidad. Según creo, tampoco es un estado de virtud, ni de resignación, éxtasis o felicidad, ni una condición en la que el individuo se encuentra adaptado, logrado o realizado. En términos psicológicos, no se trata de un estado de reducción de pulsiones ni tensiones ni implica tampoco la homeostasis.

Pienso que, tal como han sido empleados, todos estos términos sugieren que con sólo alcanzar uno o varios de estos estados, se habrá logrado el objetivo de la vida. Sin duda alguna, para muchas personas la felicidad o la adaptación son sinónimos de una vida plena, y los sociólogos a menudo se han referido a la reducción de la tensión o a la consecución de la homeostasis o el equilibrio como si estos estados constituyeran la meta del proceso de vivir.

Mi experiencia no convalida ninguno de estos puntos de vista, lo cual me causa cierta sorpresa y preocupación. Las descripciones anteriores suponen estados de fijeza e inmovilidad y no incluyen la experiencia de los individuos que se manifestaron en considerable movimiento durante la relación terapéutica y que, en los años subsiguientes, parecen haber logrado verdaderos progresos en su camino hacia una vida plena. Pienso que estas personas se considerarían insultadas si se las calificara de “adaptadas” y desmentirían cualquier descripción que las representara como “felices”, “resignadas” o aun “realizadas”. De acuerdo con lo que sé sobre ellos, me parece erróneo afirmar que todas sus tensiones han disminuido o que se encuentran en un estado de homeostasis. Por consiguiente, me veo en la obligación de preguntarme si existe alguna posibilidad de generalizar su situación, o bien alguna definición de la vida plena que corresponda a los hechos tal como los he observado. Esto no es fácil y las afirinaciones que siguen son sólo provisionales.

Una observación positiva.

Si intentara expresar en pocas palabras los hechos que he observado en relación con estas personas, podría formular la siguiente descripción:

Es una orientación, no un destino.

La orientación que constituye una vida plena es elegida por el organismo en su totalidad siempre que disfrute de una libertad psicológica que le permita moverse en cualquier dirección.

Esta orientación, seleccionada organísniícamente, parece tener ciertas cualidades generales discernibles, comunes a una amplia gama de individuos únicos.

Puedo integrar estas afirmaciones en una definición que al menos sirva como base para el análisis: Desde el punto de vista de mi experiencia, una vida plena es el proceso de movimiento en una dirección que el organismo humano elige cuando interiormente es libre de moverse en cualquier sentido; las cualidades generales de la orientación elegida parecen tener cierta universalidad.