Ahora cederé la palabra al segundo protagonista: yo mismo como científico. El objetivo que se persigue al analizar los complejos fenómenos de la psicoterapia desde el punto de vista de la lógica científica y con los métodos de la ciencia consiste en alcanzar una comprensión de los fenómenos. En términos científicos, esta última representa un conocimiento objetivo de los acontecimientos y las relaciones funcionales existentes entre ellos. La ciencia también brinda la posibilidad de predecir y controlar estos acontecimientos con mayor precisión, pero ésta no es una consecuencia necesaria de sus esfuerzos. Si la ciencia lograra todos sus objetivos en el terreno de la psicoterapia, tal vez sabríamos que cierto elementos se asocian con determinados resultados. En ese caso, sería posible también predecir el resultado de un caso particular de relación terapéutica según los elementos que incluya (esto siempre dentro de ciertos límites de probabilidad).
resultados de la terapia mediante el simple manejo de los elementos que forman parte de la relación terapéutica.
Debe quedar claro que, independientemente de la profundidad que nuestra investigación científica pueda alcanzar, ésta jamás nos serviría para descubrir ninguna verdad absoluta; sólo puede describir relaciones dotadas de un alto grado de probabilidad. Tampoco podríamos llegar a extraer conclusiones de carácter general acerca de las personas, las relaciones o el universo; sólo podremos describir relaciones entre acontecimientos observables. Si la ciencia, siguiera, en el campo de la psicoterapia, los mismos pasos que ha dado en otros ámbitos, los modelos de trabajo que se obtendrían (durante la elaboración de la teoría) se alejarían cada vez más de la realidad tal como la perciben los sentidos. La descripción científica de la terapia y de la relación terapéutica se parecería cada vez menos a la experiencia de estos fenómenos. Desde el comienzo, resulta evidente que, por ser la terapia un fenómeno complejo, las mediciones serán difíciles. A pesar de ello, “todo lo que existe merece ser medido”, y puesto que se considera a la terapia una relación significativa con implicaciones de vasto alcance, vale la pena superar las dificultades con el objeto de descubrir las leyes que gobiernan la personalidad y las relaciones interpersonales.
En la psicoterapia centrada en el cliente, ya existe una teoría de carácter provisional (aunque no es una teoría en el sentido estrictamente científico) que nos proporciona un punto de partida para la selección de hipótesis. Para los fines del presente análisis, tomemos algunas de las hipótesis preliminares que pueden extraerse de esa teoría y observemos las características que presentan desde el punto de vista científico. Por ahora omitiremos enunciar la teoría en términos de lógica formal, más aceptables, y consideraremos sólo unas pocas hipótesis.
Comencemos por enunciar tres de ellas en su forma primitiva:
1. La aceptación del cliente por parte del terapeuta determina en el cliente una mayor aceptación de sí mismo.
2. Cuanto más perciba el terapeuta al cliente como persona y no como objeto, tanto más llegará el cliente mismo a percibirse como persona y no como objeto.
3. En el transcurso de la psicoterapia se verifica en el cliente un tipo de aprendizaje de sí mismo exitoso y vivencial.
¿Cómo haríamos para expresar y verificar cada una de estas hipótesis* en términos operacionales? ¿Cuáles serían los resultados generales de estas verificaciones?
* Algunos se sorprenderán al ver que hipótesis relacionadas con experiencias tan subjetivas son tratadas como temas de una ciencia objetiva. Sin embargo, el pensamiento psicológico más acabado ha superado ampliamente el conductismo primitivo y ha reconocido que la objetividad de la psicología como ciencia reside en su método, no
El presente trabajo no se propone contestar estas preguntas en detalle, ya que la investigación realizada hasta ahora suministra algunas respuestas generales. En el caso de la primera hipótesis, se podrían seleccionar o elaborar ciertos instrumentos para medir la aceptación; éstos serían tests de actitudes, objetivos o proyectivos, la técnica Q, o algo semejante. Tal vez estos mismos instrumentos, con instrucciones o actitudes mentales ligeramente distintos, podrían utilizarse para medir la aceptación del cliente por parte del terapeuta y la autoaceptación de aquél. Se asignaría entonces un cierto puntaje operacional al grado de aceptación del terapeuta, mientras las mediciones previas y posteriores al tratamiento indicarían el cambio en la autoaceptación del cliente. La relación entre el cambio y la terapia podría determinarse comparando los cambios operados durante el tratamiento con los ocurridos durante un período de control o en un grupo de control. Finalmente podríamos descubrir si hubo alguna relación entre la aceptación por parte del terapeuta y la autoaceptación del cliente, definidas en términos operacionales, y determinar la correlación entre ambas.
La segunda y tercera hipótesis suponen una verdadera dificultad en lo que respecta a la medición, pero no hay motivo para pensar que se trata de un obstáculo insuperable, puesto que el grado de precisión de las mediciones psicológicas aumenta constantemente. El instrumento que desearíamos emplear para verificar la segunda hipótesis sería algún test de actitudes o del tipo Q, que nos permitiría evaluar la actitud del terapeuta hacia el cliente y la de éste hacia sí mismo. En este caso el continuo se extenderá desde la consideración objetiva de un objeto externo hasta una vivencia personal y subjetiva. Los parámetros de la tercera hipótesis serían fisiológicos, ya que parece posible suponer que el aprendizaje basado en la propia experiencia tiene concomitantes fisiológicos mensurables. Otra posibilidad consistiría en inferir el alcance del aprendizaje basado en la propia experiencia a partir de su eficacia, y evaluar así la eficiencia del aprendizaje en diferentes terrenos. Esto último excede las posibilidades de nuestra metodología actual, pero tal vez en un futuro no muy lejano se pueda definir y verificar con criterio operacional. Daremos algunos ejemplos para ilustrar nuestro análisis en términos más concretos. Imaginemos que la aceptación por parte del terapeuta conduce a la autoaceptación del paciente, y que la correlación entre estas dos variables es aproximadamente 0,70. Podría suceder que no fuera posible verificar la segunda hipótesis según su enunciado original, pero que, en cambio, descubriéramos que la autoaceptación del paciente aumenta en la misma medida en que su terapeuta lo percibe como persona. Esto
en su contenido. Por consiguiente, los sentimientos y las aprensiones, tensiones, satisfacciones o reacciones más subjetivas pueden encararse desde un punto de vista científico, siempre que sea posible definirlos con precisión en términos operacionales Stephenson, entre otros, defendió con energía este punto de vista (en sus Postulados del Conductismo) y, mediante su técnica Q ha contribuido a objetivar material muy subjetivo con fines de estudio científico.
nos indicaría que el hecho de que la terapia se centre en el cliente es efectivamente un elemento de aceptación, pero que guarda escasa relación con la posibilidad de que éste se convierta en persona. Supongamos también que logramos confirmar la tercera hipótesis, al comprobar que en la terapia se produce un cierto tipo de aprendizaje descriptible, basado en la propia experiencia, que no se observa en los grupos de control.
Si pasamos por alto los prerrequisitos y ramificaciones de los hallazgos y obviamos las derivaciones inesperadas que podrían surgir en la dinámica de la personalidad (puesto que es difícil imaginarlas de antemano), el párrafo precedente nos da cierta idea de lo que la ciencia puede ofrecer en este terreno. Puede suministrarnos una descripción más exacta de los acontecimientos y cambios que se producen en la terapia; iniciar la formulación de algunas leyes provisionales acerca de la dinámica de las relaciones humanas y, por último, enunciar en términos claros y empíricamente verificables la probable correlación existente entre las condiciones del terapeuta -o de la relación- y las conductas del cliente. Ya que la ciencia ha alcanzado estos logros en campos tales como la percepción y el aprendizaje, tal vez pueda hacer lo mismo en el terreno de la psicoterapia y del cambio de la personalidad. Las eventuales formulacíones teóricas deberían unificar todas estas esferas y enunciar las leyes que parecen gobernar las alteraciones de la conducta humana, sea en las situaciones que clasificamos como percepción y aprendizaje o en los cambios más globales y molares que ocurren durante la psicoterapia y que incluyen tanto la percepción como el aprendizaje.