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PARTE I LOS ELEMENTOS DE LAS EMOCIONES

1. TEORÍAS DE LAS EMOCIONES

4.3 Conciencia emocional básica

En el anterior apartado hemos mostrado como la información emocional en humanos se traslada desde el interior del cerebro hasta un gran número de narraciones que forman parte de nuestro patrimonio cultural, y que nos trasladan hacia la necesidad de comprender el espacio privado que representa la mente. En este apartado, vamos a tratar de analizar el primer estadio de este acceso privado mediante el estudio de una serie de capacidades mentales básicas derivadas de un tipo especial de autoconocimiento. Este autoconocimiento está relacionado con un tipo de conciencia básica (“awareness”) sobre nuestro propio cuerpo. El conocimiento sobre nuestro cuerpo puede derivar de nuestros sentidos, así como de nuestra posición relativa a los objetos del mundo (Evans, 1982), pero al que yo me estoy refiriendo es a un tipo de conocimiento que no surge del exterior a través de nuestros sentidos sino más bien desde dentro (Martin, 1993). En el caso de las aproximaciones jamesianas de las emociones, esta conciencia básica lo sería de determinadas sensaciones corporales que están localizadas espacialmente. Del mismo modo que sentimos dolor en una pierna, sentimos cómo el corazón late más deprisa y los músculos se tensan cuando tenemos miedo. El hecho de que seamos capaces de tener ciertas sensaciones implica necesariamente que seamos capaces de reconocer que éstas pertenecen a un mismo cuerpo y que ese cuerpo es el nuestro, en el mismo sentido en que ya señalamos la inmunidad al error de identificación en Shoemaker (1994). No podemos equivocarnos a la hora de identificar en nuestro cuerpo esas sensaciones, del mismo modo que no podemos confundirnos a la hora de identificar ese cuerpo como el nuestro.

La integración de los afectos

El problema se presenta más bien a la hora de integrar todas esas sensaciones en una emoción completa y este problema está relacionado con otro que se denomina el de la unidad de la conciencia. Bayne (2007) ha establecido que el problema de la unidad de la conciencia se puede dividir en cuatro: en primer lugar, el problema en torno a la unidad del sujeto, esto es, o sobre es posible que tengamos los estados conscientes lo sean de un solo sujeto; en segundo lugar, en torno a la unidad representacional, o cómo somos capaces de integrar las distintas propiedades de un objeto que percibimos en una sola representación, lo que Bayne describe como una versión del “binding problem”; en tercer lugar, en torno a

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cómo diferentes sistemas pueden “consumir” (en el sentido de Millikan, 1984) las mismas representaciones; y, finalmente, el problema de la unidad “fenoménica”, o cómo diferentes experiencias pueden ser percibidas formando un mismo estado mental. Bayne pone el ejemplo del estado mental resultante de experimentar al mismo tiempo un dolor en la pierna y ver un perro. Pero esto se puede extrapolar fácilmente al problema de la unidad del estado mental de las emociones a partir de diferentes sensaciones independientes. James confiere mucha importancia a que el resultado conjunto de estas sensaciones es un sentimiento que tiene como característica ser cualitativamente especifico, esto es, ser un estado mental con un muy determinado aspecto fenoménico en la forma de miedo, alegría o enfado. Por otro lado, este estado emocional no sólo debe asociarse con las diferentes sensaciones que conforman una determinada experiencia emocional, sino que además, todas éstas deben a su vez estar relacionadas con experiencias que provienen normalmente del exterior, es decir, con los elementos del entorno que son también objeto de la experiencia emocional. Por ejemplo, si un ruido fuerte nos ha asustado, debemos ser capaces de relacionar la experiencia de ese ruido con todas las experiencias que conforman las sensaciones que provienen de nuestro cuerpo.

Esto no supone un problema para quien asocia exclusivamente las emociones a determinados cambios corporales como hizo Lange, sino a versiones incorporadas como la de James, que dan mayor importancia a la conciencia de esos cambios junto a la conciencia a su vez de los cambios en el entorno a la que el individuo atribuye sus alteraciones corporales. Estas aproximaciones dejan muy claro que existe una diferencia temporal entre la conciencia de los cambios corporales y la atribución de estos a una causa del entorno. Sin embargo, también reconocen que estos cambios tienen que ser bien precedidos a su vez por elementos del entono que los precipiten. Lo que ocurre con estas primeras experiencias es que no son realmente emocionales, sino que son simplemente sensaciones difusas que provienen de nuestro cuerpo. Nos encontramos por tanto ante un fenómeno complejo, en los que nos vemos obligados a requerir de un mayor protagonismo de lo mental, que el que nos augurábamos cuando defendíamos que una simple conjunción de sensaciones corporales son suficientes para tener una emoción. Una forma de solucionar este problema es la de postular dos niveles emocionales distintos (Barrett et al, 2007), uno caracterizado por los afectos y otro que correspondería a representaciones emocionales complejas:

“These findings are largely consistent with recent psychological treatments of emotion experience that hypothesize the psychological processes by which mental representations of emotion emerge. The central idea is that a mental representation of emotion on a particular occasion is a continuously changing stream of consciousness in which core affect continuously evolves, interacts with, and mutually constrains construals of the psychological situation” (Barrett el al., 2007, pg.. 385)

A pesar de que este modelo no pretende resolver los problemas que se derivan de la unidad de la conciencia, establece claramente la necesidad de involucrar contenidos mentales

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Emociones en contexto

complejos para hacerse cargo de la emoción. Este problema no está presente en las aproximaciones cognitivas porque ya postulan de antemano la vinculación de las emociones con estados mentales complejos que asocian la información que proviene de nuestro cuerpo y del entorno con elementos conceptuales y conductuales. Por otra parte, los “core affects” de Barrett y sus colegas son también entendidos como contenidos mentales que forman parte de contenidos emocionales más complejos. Esto implica que las sensaciones corporales, que asocian con el placer y el dolor, son entendidas o bien como representaciones o como percepciones. Ambas posibilidades han sido criticadas por Murat Aydede (2009), defendiendo la imposibilidad de entender sensaciones simples como el dolor en tanto que representaciones o percepciones. Su crítica se basa fundamentalmente en la defensa de que el dolor en una parte de nuestro cuerpo no implica una percepción o una representación extra-mental de esa parte. Aydede argumenta que la necesidad de utilizar conceptos experienciales asociados a sensaciones básicas muestra la independencia de éstas frente a percepciones o contenidos representacionales.

Diversidad afectiva y narración

Si tomamos en serio estas críticas, podemos defender que el tipo de sensaciones asociadas a las emociones no sólo no son representaciones ni percepciones sino que, por otra parte, no hay necesidad alguna de que sean integradas en una sola emoción. Ya hemos expuesto cómo los “core affects” no tienen por que estar asociados a una valencia, es decir, al dolor o al placer, en este momento pretendo defender que las experiencias emocionales básicas que son los “core affects” y que están a la base de todo procesamiento emocional, son respuestas básicas del organismo que forman una serie de qualia independientes. Las experiencias de los “core affects” carecen de contenido mental por sí mismas, esto es, pueden tener exclusivamente un aspecto fenoménico. Lo que sentimos es una serie de alteraciones en la activación de diversos sistemas de nuestro organismo. Muchos dirán que estas sensaciones no se corresponden a emociones propiamente dichas. Están en lo cierto, porque a lo que se corresponden es a una serie de afectos básicos que entendemos como disposiciones corporales. Estas disposiciones corporales que conforman los “core affects” pueden desarrollarse independientemente de las emociones o, por el contrario, pueden corresponderse a patrones de respuesta que relacionamos normalmente con las emociones. Estos patrones de respuesta suelen tener ciertos valores adaptativos y tienen como función la de preparar al organismo para desencadenar una determinada conducta:

“Compared with anger, fear appears to be associated with lower diastolic blood pressure and with cooler surface temperatures, greater vasoconstriction, and lesser blood flow in the periphery. This pattern of physiological changes is consistent with a functional view that fear is associated with a "fight" motor program in which blood flow is redirected away from the periphery and toward large muscles of locomotion.” (Levenson, 1992)

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El diferente grado de activación entre diferentes sistemas se corresponde entonces también con distintas emociones, pero nuestro organismo responde fisiológicamente en numerosas ocasiones a lo largo del día que no vincularíamos necesariamente a un contenido emocional. Mientras escribo estas palabras, en ocasiones me encuentro cómodo y siento cómo estas van directamente de mi cerebro a las manos de mi ordenador; sin embargo, en otras ocasiones, no encuentro tal facilidad y, aunque no presto atención a ello, me recorren sensaciones sin adquirir el rango de emociones, no dejan de tener ciertos aspectos afectivos. Estas sensaciones, que a menudo han sido ignoradas explícitamente por la literatura en torno a las emociones27

Damasio

, constituyen la mayor parte de nuestras vivencias afectivas. Tanto Russell como Barrett vinculan estas sensaciones no sólo con procesos de activación sino que les adjudican una determinada valencia. Ya se ha defendido la independencia de la valencia en relación a los “core affects”. Aunque el placer o el dolor se asocien fácilmente a la afectividad, esta asociación es adquirida. En el caso de la tarea que estoy realizando en estos momentos, bien es posible que haya gente que sienta placer a la hora de enfrentarse a intrincados retos filosóficos y que se sientan molestos cuando consigan que sus palabras fluyan con facilidad.

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