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PARTE I LOS ELEMENTOS DE LAS EMOCIONES

1. TEORÍAS DE LAS EMOCIONES

3.1 Metáforas

Una posibilidad desarrollada en las últimas décadas de vincular el entorno y la mente a través de dinámicas corporales es la que propone también cierta rama de la cognición incorporada (Lakoff & Johnson, 1980; Kövecses, 2000), que fundamenta incluso las capacidades conceptuales más abstractas sobre nuestro conocimiento básico de la posición de nuestro cuerpo en el entorno. La tesis que defienden estos autores sostiene que gran parte de nuestra capacidad de abstracción se fundamenta metafóricamente a través de la relación de nuestro cuerpo con el entorno. Estos autores proponen una gran cantidad de ejemplos, básicamente centrados en el habla inglesa pero que son extrapolables a otros idiomas. Por ejemplo, diferencias que parecen inocentes como la de estar arriba o debajo, dentro o fuera, son utilizadas en nuestras expresiones cotidianas con un gran contenido valorativo. Si decimos que alguien ha ascendido, lo que queremos decir es que ha obtenido un puesto de mayor categoría al que tenía anteriormente o, cuando decimos que alguien está dentro, significa que ha sido incluido en un grupo y que participa activamente en él. Los ejemplos con respecto a las emociones también son amplios y variados, como la relación entre el fuego y la ira, o entre el hielo y el miedo, y ponen todavía más de manifiesto la comprensión que tenemos de nuestras emociones a través de la conexión metafórica entre elementos del entorno y nuestras respuestas corporales.

Las dimensiones del cuerpo

Independientemente de cómo entendamos el papel de las metáforas a la hora de dotar de significado a nuestras emociones, en todas las aproximaciones que hemos ido viendo hasta ahora el papel del cuerpo es el de intermediario. De tal modo que entramos en contacto con el mundo a través del cuerpo, y de la misma manera, sentimos a través de el. Hay dos modos de entender esta intermediación: la primera es, como hacían los defensores de la teoría de los humores o los teóricos de la mente incorporada, sosteniendo que el cuerpo es en algún sentido proveedor de contenido y, otra, mucho menos radical, en consonancia con las ideas de Descartes, que atribuyen al cuerpo un poder causal de excitación. En el caso de las emociones, este dilema se refleja en el conflicto entre las posiciones jamesianas y las cognitivas. La primera sostendrá que un estado corporal característico determinará un estado mental asociado. Por otra parte, la segunda defenderá que son una serie de eventos externos característicos lo que determinarán tanto el estado mental como el corporal. La diferencia entre estas dos posiciones no se encuentra en si existe una serie de circunstancias externas pues en ambas puede haberlas, sino en que, en el segundo caso, esas circunstancias externas tienen un sentido propio a la hora de ser capturadas por el individuo, jugando el cuerpo entonces un papel menos determinante. Ese papel será el de preparar una serie de respuestas y el de regular el funcionamiento del organismo en virtud de esas circunstancias, básicamente a través de la activación o la relajación del sistema. El problema está en si es necesario

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interpretar esas respuestas o si ellas mismas dotan ya de suficiente contenido como para constituir una emoción determinada.

Podemos entender las respuestas emocionales bajo dos perspectivas, como una serie de respuestas automáticas que van desde las expresiones faciales a cambios hormonales, o como una serie de acciones que van desde respuestas intencionales básicas hasta comportamientos complejos de larga duración. Sin embargo, el papel que se le atribuye al cuerpo en las emociones no es exclusivamente el de ofrecer una serie de respuestas, en el sentido en que responde a circunstancias del ambiente, sino que también se producen cambios corporales, independientemente de dichas circunstancias. El funcionamiento de nuestro organismo, por ejemplo, cambia con la edad, de tal manera que el modo en el que nos sentimos cambia también en función de las necesidades del sistema en virtud de su condición. Tenemos, por un lado, un amplio abanico de respuestas dirigidas al entorno y, por otro, una serie de cambios que se producen por la exigencia de regular el sistema a través de cambios que se dan con la edad y otros factores menos evidentes, como cambios en el metabolismo o en el ciclo del sueño. El tipo de relación que tenemos con el entorno se va a modificar a partir de estos cambios, así como nuestros procesos emocionales. La falta del descanso necesario nos va a volver mucho más agresivos con nuestro entorno, por ejemplo. El cuerpo no juega entonces un papel de mero intermediario en las emociones, sino que va a jugar un papel constitutivo en las mismas, independientemente de que consideremos o no que determina los estados mentales asociados a las emociones.

Cuerpo y entorno

Sin embargo, estas dos distinciones no satisfacen en conjunto la significación del cuerpo como elemento esencial de las emociones. Al apuntar a estas respuestas o cambios corporales asociados a las circunstancias del entorno o a las circunstancias propias del organismo, se ha dejado de lado otra concepción del cuerpo fundamental en las emociones. Cuando hablamos de cambios corporales o respuestas emocionales solemos hablar de una larga serie de procesos que se suelen entender como internos, en el sentido que tienen que ver con el movimiento y la tensión de los músculos, el ritmo cardíaco y de la respiración, la suspensión de la digestión, la proyección en nuestro rostro de expresiones, todo un conjunto de cambios hormonales, etc. Normalmente solemos dejar de lado una intuición fundamental que, sin embargo, ha sido bien recogida por los teóricos de la cognición incorporada al subrayar la importancia de la metáfora en estos procesos. Se trata del modo en el que entendemos nuestro cuerpo en su conexión con el entorno a través de la perspectiva que tenemos del mundo, es decir, del modo en el que nuestro cuerpo está ubicado en el entorno, pero también cómo está dispuesto en relación al mismo. Hasta ahora hemos destacado la vinculación del entorno con el cuerpo, a través de cómo las diferentes condiciones del entorno influían en nuestro cuerpo o viceversa, la idea es ahora ver como la significación de dicho entorno cambia significativamente en virtud de la posición que tengamos en él. Esta

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¿Por qué todo esto es relevante para el estudio de las emociones? Tradicionalmente se ha considerado que la disposición del cuerpo ante el entorno pertenecía más bien al elemento del entorno que al del cuerpo. En otras palabras, la disposición de nuestro cuerpo pertenecía más bien al modo en el que afrontábamos una determinada situación. Existe una diferencia importante entre el miedo que sentiremos hacia una amenaza dependiendo de nuestra situación ante dicha amenaza. No es lo mismo evidentemente ver al león desde fuera de su jaula que desde dentro. La jaula es efectivamente un elemento del entorno y podemos juzgarla como tal, pero en otros casos la situación no es tan clara. Por ejemplo, la ubicación en un escenario en el que se va a ser agredido puede cambiar de manera definitiva la emoción. Estar cerca de una vía de escape puede tener como consecuencia una respuesta de huida y por tanto una emoción de miedo. Si esa vía de escape está alejada, habrá más posibilidades de que la respuesta propicia sea agresiva y que combinemos la emoción de miedo con otras asociadas a la agresividad, como son la ira y el enfado. Lo único que cambia en estos dos escenarios es la ubicación del cuerpo. Del mismo modo, la sensación de vulnerabilidad aumenta con las posturas asociadas al descanso, como el estar sentado o tumbado que también hace que las condiciones cambien y por tanto también las emociones. Ante una situación de peligro, la respuesta instintiva es la de levantarse y alejarse lo más rápido posible del peligro. El papel del cuerpo en este escenario puede entenderse de la siguiente manera: una vez percibido un peligro las glándulas suprarrenales segregan adrenalina lo que conduce a la activación de todo el cuerpo, al aumentar la cantidad de glucosa en sangre, la tensión arterial y el ritmo cardíaco y respiratorio, lo que provoca a su vez un mejor rendimiento muscular con el objetivo de alejarse o neutralizar la amenaza. Todas las respuestas corporales deben entenderse desde su conexión con la ubicación del cuerpo en un entorno determinado; si no es así, no tienen sentido. Lo que hace a la amenaza amenazante, lo que nos hace tener miedo, es nuestra vulnerabilidad que depende exclusivamente de nuestra condición de entes corpóreos.

que proviene de Evans (1980), aunque también Gibson (1979) apunta a algo parecido en otro contexto, nos muestra cómo al ubicar la situación de un objeto en un entorno, no solamente obtenemos el lugar en el que se encuentran dichos objetos sino cómo estos también contribuyen a determinar la ubicación de nuestro cuerpo en dicho entorno. Por otro lado, también es importante considerar las diferentes posturas a las que puede amoldarse nuestro cuerpo: podemos estar de pie, podemos tener las piernas abiertas, podemos estar algo agachados, podemos levantar los brazos, podemos flexionar las rodillas, etc.

22 A idea le acompaña otra ya presente en la filosofía continental a través de la diferencia entre dos

nociones diferentes de cuerpo : “Estos autores trabajan con la diferencia fenomenológica –ignorada hasta el día de hoy en la filosofía analítica - entre el cuerpo físico (Körper), que hace referencia a nuestro cuerpo extenso en un espacio determinado, y el cuerpo vivo (Leib), que hace referencia a aquello que se puede sentir de nuestro cuerpo y sus proximidades sin uso de ninguno de los cinco sentidos. El cuerpo vivo es un lugar absoluto que posee su propia dinámica y que no puede reducirse a cuerpo físico. Se trata no de nuestro cuerpo físico ni de como este nos es dado en la percepción externa, sino de nuestro cuerpo tal y como lo sentimos en un momento determinado.” (Vendrell, 2008, extraído y traducido por la propia Ingrid Vendrell de su texto original en alemán)

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