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PARTE I LOS ELEMENTOS DE LAS EMOCIONES

1. TEORÍAS DE LAS EMOCIONES

4.1. Mente y emociones

A lo largo de las teorías que hemos revisado en el primer capítulo, hemos mostrado varias formas de entender cómo la mente puede haber llevado esta misión. Cada una de ellas suele venir condicionada por el modelo de lo mental que defienden cada uno de los autores. Básicamente, podemos describir el papel de lo mental en virtud de la diferente implicación que tiene éste en las emociones, en primer lugar, estarían aquellos que otorgan un corto papel o incluso ninguno a la mente dentro de las emociones, esta perspectiva es la que comparten los defensores de un disposicionalismo clásico cercano al conductismo y también aquellos que explican las emociones por medio de exclusivamente la neurofisiología de las mismas, y no me refiero exclusivamente a investigadores que se sienten tentados por el eliminativismo, sino también a Lange (1885/1912), que vincula las emociones exclusivamente a las alteraciones corporales, también a neodarvinistas que limitan el papel de la conciencia en los procesos emocionales (p. ej. Dimberg et al., 2000); en segundo lugar, situaría por una parte a jamesianos, que abogan por la necesidad de una conciencia mínima que se haga cargo de los cambios corporales para que la emoción quede definida y, por otro lado, a los primeros teóricos cognitivos, cuyo requisito indispensable era la verbalización del sentimiento para que tuviera lugar; en tercer lugar, colocaría a los teóricos de la evaluación, que establecen complejos mecanismos cognitivos que se utilizan para integrar distintos elementos característicos de una emoción, y así caracterizarla; por último, se encuentran los teóricos del sentir y a los defensores de las teorías narrativas de las emociones, para los que éstas son ante todo, por una parte, un aspecto intimo y subjetivo de los seres humanos, esto es, las emociones ante todo se describen como sentimientos, en virtud de su aspecto más cualitativo y, por otra parte, se hacen visibles a través del relato de las vivencias emocionales de cada individuo.

De estas distintas posiciones se extrapolan diversos elementos de lo mental de las que cada una de estas aproximaciones se sirve. En primer lugar, una concepción de lo mental

25 La aproximación disposicionalista al carácter incorporado de las emociones será acompañada por

una aproximación de orden dinámico y ecológico de los afectos que presentaremos en la última parte del trabajo.

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basada en lo observable, en la conducta de los individuos y en el análisis del funcionamiento de nuestro organismo y más en concreto del cerebro; en segundo lugar, una noción de lo mental basada en una conciencia básica de lo que acontece a nuestro alrededor y en nuestro cuerpo; en tercer lugar, una noción de lo mental basada en contenidos proposicionales; en cuarto lugar, una noción de lo mental que se apoya en contenidos representacionales más complejos; por último, una noción de lo mental que descansa sobre el aspecto fenoménico. Cada una de estas alternativas muestra numerosos retos y numerosas dificultades pero, en definitiva, cuanto más peso pongamos en lo mental más complicado es por lo general defender una posición contundente y armonizada con la complejidad que contiene el fenómeno de las emociones. Mi perspectiva al respecto es que no podemos obviar ninguno de estos elementos. Si la mente tiene un papel que jugar en las emociones es el de precisamente ser capaces de recoger todos los elementos de las emociones e integrarlos para tratar de hacerse cargo de la situación. Frente a las posiciones que abogan por limitar el protagonismo de la mente en las emociones, defiendo que éstas son ante todo un fenómeno mental, y no cerebral o conductual, esto es, que el conjunto de representaciones mentales y sus aspectos fenoménicos es lo que debe prevalecer en el estudio de las emociones. Esto implica una posición de principio: por el modo en que tenemos acceso a las emociones, éstas se nos presentan de manera muy íntima y personal, por lo que un tratamiento basado exclusivamente en sus elementos observables es excesivamente reduccionista. Por otro lado, basarnos exclusivamente en su aspecto fenoménico y narrativo, deja de lado gran parte de los aspectos funcionales que también deben ser estudiados y analizados. Las emociones juegan un papel estratégico fundamental no solamente en nuestras sociedades sino también en el modo en que nos enfrentamos a los retos de la vida diaria. De tal modo que el estudio de lo mental en las emociones debería privilegiar las relaciones que existen entre ese papel funcional y su aspecto fenoménico, o en otras palabras, en la relación que existe entre el contenido intencional y el aspecto más cualitativo y subjetivo de las emociones. Por este mismo motivo, considero también insuficientes los análisis basados en el contenido conceptual, que dejan de lado gran parte de las representaciones no conceptuales que juegan un papel muy importante en las emociones.

La gran dificultad de las aproximaciones jamesianas en relación a las evaluativas es que estas últimas tienen una mayor facilidad de integrar en las emociones otros procesos cognitivos que, por otra parte, contribuyen de manera decisiva a la adquisición de un repertorio emocional de mayor carácter social y cultural. Las respuestas tradicionales las han ofrecido más bien los defensores del “affect program”, en la dirección de aumentar el número de emociones básicas o considerar las emociones sociales como construcciones a partir de la integración de distintas emociones básicas. Éstas cuentan con varias dificultades (Griffiths, 1997, pg. 102), derivadas, en primer lugar, de la complejidad de las situaciones de las que provienen las emociones básicas que hacen imposible vincular necesariamente una serie de emociones con una serie de situaciones y, en segundo lugar, de la posibilidad de que las respuestas se extiendan en el tiempo lo que implica la mediación de capacidades cognitivas superiores y; por último, la posible independencia de ciertas emociones en relación

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a las expresiones faciales, organísticas y conductuales que proyectan. Estas críticas son igualmente extrapolables al caso de las aproximaciones jamesianas, que se traducen en la imposibilidad de conjugar el influjo de la sociedad en distintas emociones básicas para conformar emociones más complejas. La respuesta que se ha ofrecido en el anterior capítulo para mantener el cuerpo como elemento esencial de las emociones es la de rebajar substancialmente la relación de los cambios del cuerpo con emociones especificas. Esto no implica que no existan respuestas corporales específicas al miedo o a la alegría, por ejemplo, sino más bien que el papel de la mente a la hora de integrar estas respuestas es más relevante que el que defienden neodarvinistas y neojamesianos.

Tal y como defendimos en el capítulo anterior, el papel fundamental del cuerpo está caracterizado por la regulación de los niveles de activación de diferentes partes del organismo. El resto de dimensiones emocionales nacen del contacto interpersonal en edades tempranas. En este caso, la diferencia entre medio cultural y natural se difumina; debemos tener, por supuesto, la capacidad innata de reconocer una sonrisa26

Es ésta la mejor forma de conciliar, por una parte, el problema que representa para la posición jamesiana su integración con otros procesos mentales y, por otra, el problema que representa para los defensores de una aproximación evaluativa de las emociones el exceso de complejidad al que apuntan muchos de sus modelos. Todas las emociones son innatas y ninguna lo es, ya que incluso las emociones más básicas se basan necesariamente en el contacto interpersonal. He elegido el miedo, porque tradicionalmente se ha considerado , pero el modo en que estos afectos se presentan y se modulan viene determinado por el medio social. Por lo tanto, es necesario un papel mayor de la mente que una conciencia básica que reconozca ciertos cambios corporales. La relación entre ciertos cambios corporales a una determinada situación a la que se le adjudica una determinada valencia y un valor con respecto a la novedad y a la conducta a seguir, depende en gran medida de lo que ha adquirido el individuo en sus primeras relaciones interpersonales y, por lo tanto, depende a su vez del medio social y de los procesos cognitivos que se requieren para la integración del individuo en ellos. En los primeros meses de la existencia del individuo, la memoria y la atención jugarán un papel esencial. Para distinguir la simple activación corporal que se desprende del hambre o la fatiga de la que acompaña al miedo, por ejemplo, el individuo debe tener un conocimiento de su entorno y haber adquirido una serie de expectativas básicas sobre él. En el escenario que hemos perfilado un individuo tendrá miedo, en el caso de que un cambio en el entorno no coincida con las expectativas que se han formado. Las disposiciones de su organismo cambian hacia una mayor activación a causa de ese cambio y las reacciones que se desprenden a continuación, como son el lloro y la tendencia a la acción en busca de protección, que determinan el miedo en virtud del reconocimiento a través de procesos cognitivos de que algo inesperado e intenso ha tenido lugar. Esto no implica necesariamente que una evaluación haya tenido lugar, sino que es el desarrollo natural de la conexión entre el cambio de la disposición en tanto que activación corporal y un contenido mental basado en la violenta ruptura de las expectativas en relación al entorno.

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como el modelo de emoción básica por antonomasia (Ledoux, 1998), en gran medida debido a las ventajas adaptativas que éste posee. Los teóricos cognitivos están en lo cierto al defender que es necesaria la implicación de estructuras cognitivas incluso en las emociones básicas, el tipo de estructuras que se necesitan es lo que discutiremos a lo largo de este capítulo. Frente a ellos, sin embargo, pretendo argumentar que las emociones, una vez son adquiridas, se disparan de un modo mucho más parecido al que defienden los jamesianos. No necesitamos argumentar que todas las emociones son básicas o mezclas de éstas, como pretenden hacer los defensores del “affect program”, sino que se trata de no aceptar la distinción y defender por el contrario que todas las emociones son adquiridas, en tanto que su razón de ser se encuentra en las relaciones interpersonales.

Griffiths y Scarantino (2009) ya han mostrado ciertas evidencias de que las emociones encuentran su razón de ser en el contacto interpersonal, para apoyar un modelo externista de la emoción, basado en el que en su día defendió Hutchins (1995) con la cognición. Ya se ha destacado ese valor estratégico desde el punto de vista de las emociones (Frank, 1988) que está íntimamente relacionado con el valor estratégico individual de las mismas (Damasio, 1994). En este sentido, volvemos a defender que el valor intrapersonal de las emociones se desprende en gran medida de su valor interpersonal. Son los demás los que nos muestran cómo tener miedo, aunque dicha disposición a aprender el miedo tenga un origen natural. Nuestro sistema emocional se desarrolla en este sentido del mismo modo que el lenguaje. Adquirimos las emociones de una sociedad, del mismo modo que adquirimos su lengua. En muchas ocasiones habrá paralelismos en las emociones como los hay en todas las lenguas; tendremos palabras que designen nombres, adjetivos y verbos, del mismo modo que tendremos emociones que designen miedos, alegrías, celos y enfados. Cada uno de estos tendrá una significación característica de cada sociedad, que se completa con el conjunto del discurso y las narraciones que acompañan a cada una de estas emociones. Esto no significa que las emociones tengan asociados necesariamente conceptos, y que se consoliden sobre estos, sino más bien, que se desarrollan en paralelo.

A diferencia de Stern (1985), que establece que en los niños de hasta dos meses podemos describir sus capacidades afectivas en virtud de la activación y el tono hedónico, me es muy difícil aceptar el segundo hasta etapas más tardías. Activación y tono hedónico se funden en los dos primeros meses de vida. Cuando un recién nacido está bien, es porque está tranquilo. Si dejamos de lado nuestras influencias freudianas que asocian al recién nacido con un principio de placer frente al principio de realidad, veremos con claridad que el placer es falta de activación, y el dolor significa fuerte activación en el caso de un recién nacido. Sólo a partir de que es capaz de relacionarse de modo más complejo con el mundo es capaz de asociar placer a la activación y esto sólo es posible a su vez mediante la influencia de sus cuidadores y a través del juego. Esto no significa que los recién nacidos carezcan de preferencias; Stern ya nos muestra una amplia evidencia experimental de que esto no es así. También acertadamente muestra cómo los progenitores atribuyen intenciones a los recién nacidos ya que, a pesar de que no las tengan, no hay otra manera de relacionarse con los bebés y de entender sus deseos y preferencias. Lo cierto es que es precisamente ese trato

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afectivo, ese reconocimiento de las preferencias asociadas a intenciones lo que va a hacer que el recién nacido vaya poco a poco desarrollando genuinas intenciones. Como en el caso del lenguaje, en el que los adultos deben tratar de comunicarse con los niños aunque estos no los entiendan, es la única manera de que adquieran esas capacidades. En el caso de los afectos, a través del contacto, del juego, de la sonrisa, los bebés van adquiriendo una capacidad de asociar la activación al placer, y a distinguir la alegría, de otros tipos de activación como los que acompañan al miedo. Sin embargo, de esto no se deduce que el niño establezca una evaluación de la situación que haga que interprete de manera diferente la activación del miedo que la de la alegría, sino que éste es un proceso que adquiere y automatiza a partir del contacto interpersonal. Del mismo modo ocurre con los celos que, a pesar de ser una emoción que comienza en etapas muy tempranas del desarrollo se ha considerado tradicionalmente como una emoción social.

Los celos del niño surgen cuando se ve privado del contacto interpersonal en función de la atención que se presta a otro individuo. El modo clásico de verlo es a través del enfado. El niño se enfada cuando se ve privado de atención, en un sentimiento muy parecido al que sienten cuando tienen hambre o sueño, un estado de activación que desde su nacimiento se puede entender como negativa. Lo único que cambia entre los celos y el enfado, es el tipo de situación, en el que el origen o la causa de la privación es otro individuo que es el que le priva de esa atención. La diferencia esencial es que la causa de los celos no es la falta de la atención, sino que otro individuo la obtenga. Esto implica que no hay razones suficientes para considerar el enfado una emoción básica y no los celos. La única diferencia entre ambos es que hay otro individuo en escena, que tiene que ser reconocido como tal, lo que implica simplemente una mayor serie de capacidades cognitivas e interpersonales. El enfado que podríamos caracterizar como activación de valencia negativa por la privación de algún elemento, como la comida, el sueño o la atención, puede comprender también el caso de los celos que, sin embargo, en gran parte de las culturas tiene un tratamiento especial. Este tratamiento especial no deriva de lo que siente el niño, ni de la representación que tiene de su enfado sino que es otorgada por el medio social que conforman los adultos. Los celos, del mismo modo que el miedo y la alegría, se desprenden de una misma activación corporal que, sin embargo, en virtud de las distintas situaciones y el comportamiento de los individuos que copan el medio social será una emoción u otra. Las agitaciones, al contrario de lo que pensaba Ryle (1949), no se producen únicamente como consecuencia de una confrontación entre dos motivos, sino que pueden corresponderse a una simple necesidad de regulación corporal que pasa por desprenderse de energía. Esto le ocurre a los recién nacidos antes de que sean capaces de interaccionar en el juego y desprender energía en forma de alegría. Esta última tiene la función de regular el organismo del individuo, mediante el consumo de energía extra, mediante una forma más jovial y elemental que el enfado, es decir, el placer y la alegría del juego.

Para defender esta serie de hipótesis que toma de la aproximación social y evaluativa la interacción de otros procesos mentales y de la jamesiana el protagonismo de los cambios corporales, debemos defender una idea de mente más compleja que la conciencia básica de

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las emociones que defendía James, pero que sea más restringida que los modelos que se desprenden de las teorías evaluativas y también más completa que los que defienden una aproximación proposicionalista. En principio, el camino es adecuado si limitamos el papel del entorno a un papel causal que define determinadas situaciones y el efecto del cuerpo a distintos patrones de activación que se vuelven más complejos a medida que adquirimos nuevas emociones a partir de nuestras interacciones sociales. Sin embargo, para obtener un mejor análisis de la naturaleza de lo mental en las emociones considero que es mejor un estudio independiente y autónomo de los elementos que hemos venido tratando hasta este momento. De esta manera, debemos repasar cada uno de los estadios en los que participa la mente en las emociones, con el objeto de definir de manera más precisa cuál es su papel en éstas. Tal y como hemos descrito, éstas son las diferentes maneras de entender lo mental en emociones: en primer lugar, en tanto que información observable que se desprende de los procesos cerebrales y conductuales; en segundo lugar, en tanto que conciencia básica de los cambios corporales; en tercer lugar, en tanto que contenido representacional y, por último, en su aspecto fenoménico.