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PARTE I LOS ELEMENTOS DE LAS EMOCIONES

1. TEORÍAS DE LAS EMOCIONES

2.4 Valores y situaciones

Hay formas de entender las disposiciones que parecen poder confrontarse de un modo distinto a las posiciones que he defendido hasta este momento. Mulligan defiende que las emociones son reacciones a valores (Mulligan, 2007), éstas son apropiadas o inapropiadas en virtud de las percepciones, recuerdos y creencias no axiológicas que los acompañan (Mulligan, 1998). Por otra parte, considera las disposiciones o los estados emocionales como complementarios de los episodios emocionales, sosteniendo que entre los objetos intencionales que tienen las disposiciones se encuentran entidades espacio-temporales y no sólo formales, siguiendo las posiciones de Meinong (Mulligan, 2003). A pesar de que el propio Mulligan considera más acertado estudiar las emociones desde su dimensión episódica, acepta de buen grado el carácter disposicional de las mismas. Sin embargo, esto supone defender un disposicionalismo de corte menos radical con respecto al que hemos ido presentando hasta ahora, en el que la tensión no se encuentra entre disposiciones y estados mentales, tal y como pretendía Wollheim, sino más bien entre disposiciones y estados por un lado, y episodios emocionales por otro. Los objetos materiales con los que hemos tenido un contacto emocional dejan rastros en forma de disposiciones que posibilitan y facilitan la

18 La propia idea de raza es discutida por amplios sectores de la sociedad, que la entienden como un

objeto inventado, construido como base a un sistema de dominación de unos individuos sobre otros. La idea de raza, por este motivo, es considerada como un objeto formal.

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presentación de dichos objetos (Mulligan, 2003), que no serán por tanto objetos formales sino efectivamente materiales. No obstante, este hecho no excluye tampoco la idea de que esos objetos queden presentados acompañados de una serie de propiedades asociadas a valores. Por ejemplo, en el caso en el que nos perdamos por un barrio conflictivo de una gran ciudad y sintamos miedo, esta experiencia favorecerá el hecho de que seamos más cautelosos a la hora de movernos por las grandes ciudades y dejará en nuestra memoria una idea muy clara de cómo es un barrio conflictivo. La peligrosidad del barrio es un valor objetivo, ya que forma parte de las disposiciones que generan experiencias valorativas y fundamenta dichas disposiciones. Sin embargo, dicha propiedad valorativa no puede ser naturalizada y pasa a formar parte de un orden superior, con lo que a pesar de que podamos tener disposiciones emocionales en relación a ciertos objetos materiales, su vinculación a valores será siempre en virtud de propiedades formales del objeto material. En otras palabras, las disposiciones pasan a formar parte de las propiedades de los objetos, es decir, pasan a tener propiedades disposicionales a hacer disparar en nosotros determinadas emociones en respuesta a estas propiedades. Estas propiedades disposicionales se entenderán como valores.

Emociones apropiadas

Lo que entendemos como emociones inapropiadas son aquellas que no se corresponden a sus valores: tener miedo de cosas que no son peligrosas, estar alegres ante acontecimientos desafortunados, etc. En el esquema de de Sousa, esto se interpreta en virtud de que las emociones tienen una lógica propia, una motivación, que son objetivas y por tanto racionales. Mulligan (1998) las vincula más bien con propiedades naturales del entorno19

19Las emociones carecen en sí mismas de criterios de corrección, pero pueden encontrar justificación

en su relación con los valores que acompañan cada emoción. Una emoción será inapropiada si no podemos justificar que el elemento que nos atemoriza es efectivamente peligroso. Mulligan no defiende un “realismo ingenuo” en relación a los valores, sino que más bien realiza un paralelismo entre el modo en el que justificamos nuestras creencias en base a las percepciones y como lo hacemos con los valores.

, a diferencia de de Sousa, que sostiene la existencia de objetos formales. Ambas perspectivas presentan determinados problemas. Las emociones inapropiadas responden a causas no próximas sino dístales que se refieren, en la mayoría de los casos, a nuestra historia personal y cultural. Nigel Barley (1983) el famoso antropólogo inocente, cuenta como un día saltó aterrorizado ante la presencia de un escorpión en la aldea de los Dowayo. Entonces apareció un niño, y mató al escorpión con su pie desnudo. Los Dowayo consideraban inapropiado el miedo sentido ante un escorpión, y tampoco comprendían como Barley no sentía miedo de los espíritus que por la noche rodeaban su aldea en Camerún, y salía a pasear fuera de ella. Según una lectura ingenua de los planteamientos de Mulligan, un elemento natural como un escorpión debería aterrorizarnos a todos, y sentir cierta indiferencia seria inadecuado. Para de Sousa, sin embargo, el miedo responde a las propiedades de los objetos que consideramos como peligrosos. Las emociones están entonces vinculadas a valores, pero no se deben

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confundir. El hecho de que creamos que algo es peligroso no implica que le tengamos miedo, y el hecho de que seamos afortunados no implica necesariamente que seamos felices. Más bien la relación se da al contrario, el sentir miedo de algo implica que lo consideremos peligroso, y el sentirnos alegres o tristes implica que juzguemos los eventos a nuestro alrededor como afortunados o desgraciados.

En el caso de Barley, la causa que él esgrime para que el niño no tenga miedo del escorpión es que, obviamente, está acostumbrado por un lado a ellos, y por otro lado, que con alrededor de dos centímetros de dura piel en la planta del pie puede obviamente fácilmente eliminarlo. El miedo de los Dowayo a salir al exterior de noche, lo atribuye a sus creencias en relación a la existencia de espíritus de la noche que creen peligrosos. Por tanto, los valores no dependen de los objetos en sí mismos sino de la relación que guarden los individuos con esos objetos. De este modo, no hay objetos que guarden la propiedad de ser peligrosos en sí mismos sino que su peligro es en función de los individuos que atribuyen ese valor. La idea de Mulligan de emociones apropiadas e inapropiadas se entiende mejor desde esta perspectiva, sobre la que si poseemos una capa de dos centímetros de dura piel en las plantas de nuestros pies y estamos habituados a enfrentarnos con escorpiones, estos animales no representan una amenaza y, por lo tanto, el sentir miedo será inapropiado. En el caso de de Sousa, el valor está enraizado en el propio contenido de la emoción de tal manera que el objeto del miedo es el peligro, lo que nos debería conducir a un análisis de cómo atribuimos valores a nuestro entorno. Esta atribución depende también entonces de nuestra situación o de nuestras circunstancias. Los Dowayo creen en espíritus y por tanto tienen miedo a salir de noche fuera de la aldea porque lo consideran peligroso. El objeto del miedo, suponiendo que los espíritus efectivamente no existan, es no existente y, por tanto, un objeto formal cuya causa podría no correspondérsele, ya que es posible que la propia apelación a la existencia de espíritus para no salir fuera de la aldea se corresponda a que es efectivamente peligroso por otras causas, pero que la apelación a los espíritus sea más efectiva y que haya quedado inserta en virtud de ese rol funcional en la aldea.

¿A qué tienen miedo los Dowayo? ¿Es su miedo inapropiado? Los Dowayo no tienen miedo de los espíritus porque pueden no existir, tienen miedo a salir de la aldea de noche, pero la atribución al miedo es incorrecta, y podemos establecer la hipótesis de que la causa real es que una atribución a los espíritus es más efectiva que las razones que se puedan dar para mantener a todos los individuos en la aldea. En todo caso, su miedo es apropiado porque la razón de ser es el peligro, lo que es inadecuado es el tipo de creencia que vincula el peligro a los espíritus. ¿Qué factor juega entonces el miedo? Tal y como mostramos con Frank (1988), el miedo juega una función estratégica en el comportamiento social de la aldea. Las emociones, por decirlo en otras palabras, son más efectivas que la simple adscripción de valores. El hecho de sentir miedo va a ser motivo más importante en nuestro comportamiento que, simplemente, atribuir a algo la propiedad de peligroso. La diferencia está entre las causas que nos hacen sentir miedo de la noche. Estas causas siempre existen, aunque no concuerden con objetos existentes. En el ejemplo del miedo de los Dowayo a salir de la aldea por la noche, el objeto del miedo es el exterior de la aldea de noche y si

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preguntamos a los Dowayo sobre el por qué de ese miedo, nos dirán que por la noche el exterior de la aldea esta poblado de espíritus. Los espíritus constituyen los motivos del miedo de la misma forma que el miedo constituye el motivo por el que los habitantes de la aldea no salen por la noche, esto es el motivo de su comportamiento.

Sin embargo, las causas de este comportamiento son más complejas. Tenemos, por un lado, las causas en tanto que motivos basados en las creencias de los Dowayo en que existen espíritus peligrosos que pueblan la noche; ésta es la causa que atribuyen a su miedo, que es el motivo de su comportamiento de no salir de la aldea. Por otro lado, existen causas de la emoción que no están asociadas a las creencias de los Dowayo y que están más bien en relación con los beneficios que un determinado conjunto de comportamientos tienen para el conjunto del grupo. El hecho de que todos los individuos permanezcan en la aldea durante la noche tiene al menos dos importantes ventajas estratégicas para el grupo: en primer lugar, ante una posible amenaza exterior siempre es mejor que todos y cada uno de los individuos se encuentren en la aldea; en segundo lugar, existen efectivamente peligros durante la noche en el exterior de la aldea, con lo que la seguridad de los individuos que la componen está siempre mejor salvaguardada en su interior. No obstante, como hemos venido diciendo, el peligro no implica necesariamente tener miedo, con lo que se hace necesario algo más para que se garantice el comportamiento de no salir de la aldea. El miedo es más fuerte motivador que la atribución de un valor. Tal y como destacamos en Frank (1988), las emociones contribuyen a arraigar el comportamiento de los individuos con el fin de cohesionar determinadas instituciones. El hecho de atribuir valores al entorno es una estrategia menos efectiva que conseguir que ese entorno provoque ciertas emociones. En el caso que venimos analizando, un Dowayo puede comprender las ventajas ante el peligro que puede tener permanecer en la aldea durante la noche pero sostener y reproducir la creencia de la existencia de espíritus durante la noche, da algo más, da una emoción que hace que efectivamente nadie se mueva de la aldea. La causa principal por tanto del miedo es de otro carácter, más vinculado al fortalecimiento de la cohesión de los individuos que componen la aldea. Esta causa es de orden social, pero como todas las causas tienen su razón de ser en el orden natural. La creencia en espíritus tiene una enorme ventaja adaptativa, porque cohesiona al grupo en los momentos en los que es más vulnerable. Esta serie de creencias se apoyan en una serie de narrativas sobre las que se conforman determinados valores. Por lo tanto, las emociones serán respuestas a valores; serán apropiadas o inapropiadas, en tanto que éstas forman parte de un contenido narrativo que las configura.

Situaciones

Esto nos lleva a la última caracterización del entorno emocional: las situaciones. El tipo de explicaciones causales dependen de determinadas situaciones. Existen causas próximas, vinculadas con la presencia de diversos objetos, y causas distales y que dependen de un orden natural y de un orden social. En la definición de este último, he tratado de explicar cómo las emociones, a diferencia de la atribución de valores, tienen un papel esencial

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Emociones en contexto

en la cohesión de las instituciones, en este caso, a la seguridad de la aldea Dowayo. La causa última del miedo a salir al exterior durante la noche es el mantenimiento de la seguridad de la aldea y, por lo tanto, la supervivencia de sus individuos. El entorno emocional debe entenderse en virtud entonces de diferentes escalas, que definen la situación del individuo en un entorno. Esta idea es deudora a su vez de los trabajos de Barwise y Perry (1981, 1983) en torno a la semántica situacional. Barwise y Perry defienden que la información sobre las que se fundamentan nuestras actitudes reside en situaciones. Esta perspectiva no sólo implica un realismo filosófico en relación a dichas situaciones sino también en tanto a los objetos, las propiedades, relaciones y lugares que conforman dichas situaciones y también en torno en prácticas y estados cognitivos.

Posteriormente, los estudios de “cognición situada” comienzan en el seno de las ciencias de la educación (Brown, Collins & Duguid, 1989) y muy pronto comienzan a asociarse a otras ciencias cognitivas que reclamaban la importancia del contexto en nuestros procesos mentales, en concreto con los modelos “ecológicos” de la percepción (Gibson, 1979) y posteriormente con otras corrientes que reivindicaban una apertura del estudio de los procesos cognitivos al entorno (Robins & Aidede, (Eds.), 2008; Mesquita, Barrett & Smith, (Eds.) 2010). La idea fundamental que aún no ha sido explorada convenientemente en el estudio de las emociones salvo con alguna excepción (p. ej. Griffiths & Scarantino, 2009; Mesquita, 2010), es que los procesos mentales deben ser mejor entendidos en virtud del contexto, es decir, que debe trascender las barreras del individuo para asentarse en el medio natural y social. De este modo, nuestros procesos mentales serán mejor comprendidos a la luz de su relación directa con el elementos del entorno y en concreto, en virtud de nuestras acciones sobre estos. Desde esta perspectiva, las emociones se definen únicamente en función de las acciones que desarrollan los individuos en el medio social (Griffiths & Scarantino, 2009), y su razón de ser deriva de su contexto social (Mesquita, 2010). Estas últimas aproximaciones dotan de excesiva importancia al medio social y se apoyan excesivamente en una explicación del carácter estratégico de las emociones ya expuesto por Frank.

Lo que se puede rescatar es efectivamente un modelo de análisis emergente que explique las emociones a diversos niveles, esto es, considerando el poder causal emotivo del entorno en diversas escalas: en un primer lugar, contamos con un entorno próximo, que está formado por los objetos materiales y otros individuos que nos hacen reaccionar emotivamente; en segundo lugar, contamos con un entorno intermedio, que define un historial de relaciones con objetos e individuos en un determinado contexto; por último, un entorno global, que presupone una larga lista de patrones emocionales derivados de nuestra historia natural, personal y social. Cualquier situación emocional podría definirse en virtud de estos tres niveles, los defensores de “emoción situada” niegan directamente la existencia de los dos primeros niveles, que es el conformado por las respuestas individuales al entorno, y sostienen que dichas respuestas solamente pueden comprenderse en función del contexto, esto es, apelando al tipo de significación que dicha emoción tiene en el conjunto del grupo. El aprendizaje emocional correspondería por tanto a un modo de inserción en el grupo

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social, a través del que podemos alcanzar nuestros objetivos individuales. Este esquema es en efecto muy parecido al ya propuesto por Averill hace más de tres décadas. Ya en el capítulo anterior mostramos cómo, a pesar de que estas aproximaciones son muy interesantes desde el punto que son capaces de explicar la gran diversidad de emociones en virtud de las distintas culturas y sociedades, también convinimos en que no son capaces de explicar cómo las emociones responden también a funciones más simples e individuales.

Esta aproximación parece centrarse excesivamente en el carácter expresivo de estas emociones consideradas en ocasiones como básicas, porque se basan precisamente en que las emociones son esencialmente interacciones entre individuos. No sólo mi sonrisa al estar contento sino la propia emoción de estar contento tendría su razón de ser en la expresión de mi felicidad. Los experimentos que citan Griffiths y Scarantino (2009) se basan en la hipótesis de que la sonrisa del ganador no lo es para si mismo, sino para los demás. Una vez vinculada la expresión corporal de las emociones con su contenido mental a través de la tradición jamesiana, se deduce que si la expresión se da en el medio social y no en soledad, la emoción, del mismo modo, sólo tiene su razón de ser una vez estamos expuestos a los demás. Independientemente de todos los contraejemplos que podamos encontrar de emociones que afloran en la soledad, no podemos más que discutir que el papel principal de que todas nuestras emociones esté ubicado en un contexto social, aunque tampoco es posible negar que cumplen un papel fundamental en la cohesión de la comunidad. Tal y como veremos más adelante, es una aproximación a las emociones en tanto que “affordances”, la que mejor compagina esta doble caracterización de las emociones en tanto que elementos individuales pero a la vez sociales y dependientes del medio que representan las emociones.

Por el momento, destacaremos que las emociones deben ser entendidas a la luz de las cadenas causales que conforman su entorno, y que éste se puede enfocar desde los tres niveles que he expuesto anteriormente. El miedo que sentimos ante un ruido muy fuerte, es el mejor exponente del primer nivel que es más básico. En este esquema, las causas, los objetos y las motivaciones convergen sin dificultad. La causa, el objeto y la motivación para la acción, derivan todas y están conformadas por el fuerte ruido. En el segundo nivel, hay elementos diferentes, por ejemplo, en el caso de Anscombe, el miedo que siente el niño ante la cosa roja que su madre identifica con el diablo contiene causas próximas vinculadas a la aparición objeto que el niño desconoce y a la creencia en el testimonio de la cuidadora que afirma que esa cosa roja es el diablo. Esto también implica ciertas causas más lejanas vinculadas a nuevas creencias en relación al crédito en el testimonio de la cuidadora y al respeto que debe infundir el “príncipe de las tinieblas”. El miedo a esa cosa roja sería interpretado por ciertos autores como inapropiado en virtud de que no es peligroso o porque su respuesta no resulta naturalmente apropiada (Mulligan, 1998). Este análisis se presenta como insuficiente ya que sólo se puede distinguir entre emociones apropiadas o inapropiadas si se consideran sólo las causas directas provenientes de la presencia de diferentes objetos y de nuestras respuestas naturales a los mismos, sin tener en cuenta también causas anteriores derivadas a la historia personal de cada individuo. Un tercer nivel correspondería a las emociones que juegan un rol estratégico en nuestra sociedad, por ejemplo, el miedo de los

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Dowayo a los espíritus de la noche o la seguridad con la que confiamos a los bancos nuestro dinero, responden más bien a causas que no derivan exclusivamente de nuestro propio interés, sino que tienen más bien su razón de ser en la pervivencia de una serie de prácticas