27 Desde James a Goldie, pasando por Ryle
4.6 La construcción narrativa de las emociones
A lo largo de este trabajo, se defenderá que el aspecto fenoménico de las experiencias emocionales es esencialmente representacional36
36 Para una presentación más extensa de este argumento en relación al conjunto del contenido mental
y de su aspecto fenoménico vid. Kriegel (2002). En este trabajo, sin embargo, se defenderá a su vez la existencia de cualidades afectivas independientes a cualquier tipo de contenido intencional.
. Dicha emocionalidad no está presente en todos nuestros contenidos mentales, sino de manera más relevante en procesos excepcionales en los que existe una divergencia entre el entorno y la corporeidad afectiva, y es necesaria una reconstrucción narrativa para determinar el estado emocional. Estos no son
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los únicos casos en los que aparecen las emociones en cuanto tales. Sucesos excepcionales que definen muy claramente todos los elementos emocionales serán los procesos que sirvan de base para estructurar narrativamente las emociones para futuras reconstrucciones, en los que esos elementos o bien no estén claros, o bien sean contradictorios.
Russell (2003) ya distingue entre emociones prototípicas y otros procesos afectivos, o más concretamente, entre episodios emocionales prototípicos, sus elementos y otros tipos de afectos. Dichos episodios se identifican con lo que popularmente entendemos como emociones básicas, como son el miedo, la tristeza, la alegría, etc. Y son menos frecuentes de lo que parecen como el propio Russell mostró junto a Beverly Fehr en el caso del miedo (Russell & Fehr, 1994). Anteriormente, estos mismos autores habían defendido una aproximación prototípica frente a otra que denominaban clásica de las emociones (Fehr & Russell, 1984). La idea general que trataron de corroborar a través de una serie de estudios experimentales es que los individuos no categorizan las emociones a partir de una serie de elementos que perciben, sino que más bien, ante la gran diversidad de episodios afectivos existentes tratan de categorizarlos mediante su aproximación a una serie de prototipos. La “aproximación prototípica” de las emociones que ya hemos comentado anteriormente de Shaver y sus colaboradores (1987) ofrece sin embargo una visión menos revolucionaria: “We believe that the prototypes are compatible with an implicit model of emotion processes, according to which emotions begin with appraisals of events in relation to motives or preferences. The various patterns of appraisal, then, elicit one or more sets of basic-level emotional responses, each including expressions, action tendencies, subjective feelings, and associated physiological states” (Shaver et al., 1987, pg.. 1081). Hace más hincapié al hecho de cómo organizamos conceptualmente nuestros conocimientos emocionales en contraste con la defensa de una amplia diversidad afectiva por parte de Fehr y Russell.
Prototipos, conceptos y narraciones
Lo más interesante de la “aproximación prototípica” es que precisamente defiende la diversidad de los procesos afectivos frente al resto de aproximaciones que tratan de defender y articular estos procesos en estructuras rígidas y estables. Al final de su trabajo, Shaver y sus colaboradores (1987) citan diversos estudios en los que sugieren cómo se adquiere el conocimiento de los prototipos emocionales, y cómo se adquieren primero las emociones que se consideran popularmente como básicas y luego las más complejas. Por el contrario, la tesis de este trabajo es que la adquisición de este conocimiento se da mediante el acceso narrativo y discursivo a las emociones. Literalmente, al niño se le explica lo que él mismo, o aquellos que le rodean están sintiendo y mediante este proceso son capaces de categorizar sus propios episodios emocionales en relación a prototipos. Esto es perfectamente compatible con la idea de que los niños van reconociendo emociones más complejas a medida que se desarrollan, no sólo desde el plano físico sino también desde el intelectual. Son estudios ya clásicos los que sitúan la participación de los niños en el discurso emocional
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Emociones en contextoa partir de los 24 meses (Dunn et al, 1987), esto no implica necesariamente que el niño carezca de procesos afectivos hasta entonces, porque antes de poder comunicar verbalmente sus emociones tiene que haber sido capaz de reconocer diferentes modalidades afectivas en uno mismo y en los demás, tal y como defiende Saarni (1999). Esta autora defiende encarecidamente que la adquisición de competencias emocionales es inseparable de la adquisición de habilidades sociales básicas. Lo que no queda tan claro es si esas competencias emocionales antes de la edad de 24 meses describen procesos emocionales en cuanto tales o simplemente procesos afectivos básicos. Las primeras etapas del desarrollo emocional están caracterizadas ante todo por su carácter expresivo. A través del contacto social, los individuos comienzan a reconocer en ellos mismos distintos procesos que posteriormente serán categorizados a través de su incursión en el dominio discursivo y narrativo. Los progenitores emplean un gran esfuerzo en nombrar, describir y explicar las situaciones que disparan estados emocionales. Es a través de este esfuerzo como los niños son capaces de adquirir un conocimiento en torno a los distintos prototipos emocionales. Sólo a partir de este momento son capaces de tener un contenido mental emocional caracterizado por criterios de corrección. Estos criterios se apoyan en episodios emocionales prototípicos para determinar si las respuestas corporales ante determinadas situaciones, acompañadas de sus correspondientes aspectos fenoménicos pueden categorizarse bajo un concepto emocional. Es en este punto donde el influjo de la sociedad modula las respuestas emocionales, ya que a los niños se les explica valorativamente la naturaleza de los estados que padecen: se les dice explícitamente si sus respuestas son apropiadas, su carácter positivo o negativo e incluso se predice lo que va a suceder a continuación. En ausencia de los adultos, los niños no sólo van a tener que discriminar que ese episodio se corresponde con una determinada categoría emocional sino que esto implica a su vez, una determinada forma de capturar la significación de la situación, que viene determinada por los valores sociales que atañen a cada grupo en particular. Por ejemplo, en el caso del enfado, un niño no sólo tiene que discriminar si lo que siente es enfado, sino también si ese estado es apropiado a la situación y si es reprobable o está justificado. A pesar de que las emociones se disparan normalmente de manera automática y no hay espacio para la reflexión, estas reacciones se han visto de hecho ya moduladas en el ámbito discursivo. El contenido de las emociones de individuos que pertenezcan a un grupo en el que los comportamientos agresivos sean tolerados y estimulados será muy diferente que los de aquellos que pertenezcan a un grupo cuyos comportamientos agresivos sean reprobados. Por lo tanto, debemos distinguir entre las cualidades afectivas junto a las disposiciones corporales y expresivas por un lado, frente a contenidos emocionales complejos caracterizados por su modelización discursiva en relación a episodios emocionales prototípicos.
Las emociones por tanto deben distinguirse en dos de sus grandes dimensiones que no parecen reducibles, como ya defendió Griffiths (1997). Por un lado, tenemos las emociones de los adultos que están caracterizadas por su contenido representacional y por el otro, una serie de respuestas proto-emocionales que se disparan en las primeras etapas de desarrollo que están caracterizadas por el factor causal del entorno, por disposiciones
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corporales y por cualidades afectivas que recogen las sensaciones que conectan el entorno con las respuestas del organismo. En estas últimas no existe contenido mental propiamente dicho porque no existen criterios de corrección sobre el que podamos representar fehacientemente un episodio emocional en cuanto tal. No sólo no hay posibilidad de discriminar efectivamente entre un gran conjunto de emociones que se consideran básicas, sino que carecen en gran medida de las dimensiones que las definen. No son por tanto los aspectos fenoménicos los que nos permiten distinguir una emoción de otra, tampoco el acceso privilegiado de la primera persona a un contenido emocional, porque bien podríamos estar equivocados en el tipo de emoción que estamos experienciando. Las distinciones entre emociones se resuelven en el ámbito discursivo y narrativo. De la misma manera que los progenitores dialogan con sus hijos en torno a sus emociones, los adultos también discuten sobre sus sentimientos en primera, segunda o tercera persona, de modo que es muy posible que como resultado de estos intercambios no sólo se resuelvan confusiones en torno a si, por ejemplo, una persona sintió realmente miedo o enfado, sino que las emociones se refinan y se discrimina por ejemplo el enfado de la indignación, o la culpa del remordimiento.
¿Qué es lo que sentimos entonces realmente? ¿Dónde está el espacio privado, el aspecto cualitativo de las emociones? Simplemente no existe. Las cualidades afectivas no son emocionales, aunque pueden darse de manera independiente como veremos posteriormente en situaciones muy específicas, son normalmente la conciencia de las disposiciones del organismo ante diversas situaciones caracterizadas por el entorno. Esta posición es similar al del antropólogo Richard Shweder (Shweder, 1994; Shweder & Haidt, 2000) que defiende una aproximación a las emociones en tanto que entidades simbólicas que se apoyan en narraciones con una serie de elementos: determinantes ambientales, fenomenología somática y afectiva, auto-evaluaciones, evaluaciones sociales, estrategias de autogestión y códigos de comunicación. Las experiencias afectivas son enormemente difusas, de tal manera que los seres humanos compartimos guiones que nos ayudan a estructurar por medios narrativos esas experiencias. El tipo de aproximación a las emociones que estoy defendiendo se ha denominado como discursivo, frente a las aproximaciones de la emoción en tanto que entidades o procesos como lo hacen Fernández-Dols y Russell (2003). Estos autores apuestan por una integración de estas diferentes líneas de investigación en emociones y abogan por sustituir el término en la literatura científica por otros que ya he expuesto anteriormente al introducir el trabajo de Russell. Sustituir el término emoción es problemático porque ha demostrado ser muy valioso, como lo fue en su día el propio término pasión. Lo que hay que hacer más bien es sumar a las emociones nuevos procesos que no pueden ser categorizados como estrictamente emocionales. Fernández-Dols y Russell vinculan las aproximaciones discursivas con posiciones nominalistas, lo que conlleva caracterizar cada experiencia emocional como única y considerar las emociones como algo parecido a entidades formales y abstractas que pueden ser fácilmente sustituibles. En este trabajo se defiende más bien que las emociones son procesos reales que se distinguen de otros procesos en su carácter excepcional y al estar constituidos narrativamente. Esto implica que las emociones son universales del mismo modo que lo son las narraciones. Sus
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Emociones en contextocontenidos pueden ser divergentes a lo largo de la historia y de las diferentes sociedades, pero lo que aquí expongo es un mecanismo que ofrece enormes ventajas evolutivas a los grupos que lo poseen. Las emociones estructuran narrativamente experiencias diversas, fomentan la cohesión social de los individuos y tienen un rol estratégico fundamental en la supervivencia de gran parte de las instituciones de las que se componen las sociedades. El problema es que se ha intentado albergar bajo el dominio de las emociones procesos que no son emocionales aunque estén a la base de éstas. Son estos procesos los que vamos a describir a lo largo de los próximos capítulos.
Afectos básicos y cualidades afectivas
Pero antes, es necesario decir algo más de la caracterización que he dado del elemento mental de las emociones. En principio, este elemento mental está caracterizado por un contenido representacional. Podemos concebir las representaciones mentales de muchas maneras, algunas de ellas vinculan una concepción representacionalista de la mente a una concepción computacionalista. Por representaciones entendemos todo el conjunto de impresiones, percepciones, pensamientos e ideas que pueblan nuestra mente. Se ha tratado por tanto de ofrecer una perspectiva amplia del concepto de representación que se aleje de las posiciones tradicionales de la inteligencia artificial simbólica. Se ha partido del supuesto de que todos aceptamos que tenemos un acceso a esas impresiones, percepciones, ideas, etc. que nos ofrecen una perspectiva del mundo lo suficientemente fiable como para sobrevivir en él. Por otro lado, también se ha descrito otro aspecto de lo mental caracterizado por su naturaleza fenoménica.
A pesar de que en las emociones el aspecto fenoménico depende del contenido representacional, es posible describir una serie de afectos denominados cualidades afectivas. No vinculo las cualidades afectivas a los diferentes modos en los que se nos presentan los objetos desde el punto de vista fenoménico, en una posición similar a la de Russell. Sino que a pesar de que las cualidades afectivas puedan tener como consecuencia que se nos presente el mundo de una determinada manera esto no implica que esas cualidades sean causadas o dirigidas hacia el entorno sino, por el contrario, tal y como hemos visto, el modo de presentación de éstas provienen de las propias disposiciones corporales del individuo. Ya he expuesto que los “core affects” están vinculados con el grado de activación del organismo y los estados de ánimo en general. A diferencia de Russell no creo que tengan valencia, sino que los “core affects” son positivos o negativos como consecuencia de las relaciones interpersonales y por el influjo de la sociedad. Las cualidades afectivas a diferencia de las cualidades perceptivas, que definen experiencias centradas en el entorno como ver rojo, oír un ruido grave, saborear un buen vino, etc., se centran más bien en experiencias que se presentan incluso de forma más íntima y subjetiva. Hay aspectos cualitativos que, a diferencia de lo expuesto por Crane, no se caracterizan por el modo en que se nos presenta el mundo o nuestro cuerpo sino que tienen la particularidad de presentarse como un abandono del cuerpo y del mundo, en una sensación de vacío que a menudo se vincula al vértigo, por la
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sensación frente a Heidegger (1927/2003) de precisamente “no estar en el mundo”. Lo curioso es que estas sensaciones de abandono se pueden vincular indistintamente a episodios prototípicos de elevación mística o de angustia, como en los ejemplos de Searle. En tanto que episodios prototípicos no se puede defender que los episodios místicos o de angustia carezcan de contenido, en tanto que se entroncan con una fuerte tradición narrativa, con lo que me sumo a las críticas frente a la naturaleza independiente de estas experiencias (Katz, 1978). Con lo que la diferencia esencial entre los “core affects” y las “cualidades afectivas” es que incluso en los casos en los que estos últimos se presentan como independientes del mundo y del cuerpo lo cierto es que están integradas en contenidos narrativos. Esto no implica que los aspectos fenoménicos sean independientes de los contenidos mentales sino más bien que este tipo de experiencias se presentan como las más íntimas y subjetivas son exclusivamente posibles a través de su relación con diversos conceptos y relatos. Los “core affects”, por el contrario, se apoyan en disposiciones corporales que están mucho menos constreñidos por los contenidos mentales. Las “cualidades afectivas”, en su relación con contenidos narrativos, se presentan como vinculadas al placer o al dolor, y como resultado de la evolución histórica de experiencias prototípicas. Dichas experiencias van desde las que hemos descrito de abandono místico y de angustia hasta otras de naturaleza más cotidiana y que están más vinculadas con las relaciones intencionales que guardamos en nuestro contacto directo con diferentes elementos del entorno. Esto es lo que subraya Goldie (2000) en su aproximación a las emociones en tanto que “feeling towards” o lo que considera Crane como parte de la intencionalidad fina. En conclusión, podemos decir que la relación entre los aspectos fenoménicos de las emociones y su contenido intencional depende de un problema de mayor envergadura relacionado con el modo en que los qualia se relacionan con la intencionalidad. Sin embargo, si nos centramos en los procesos afectivos podemos advertir que estos aspectos cualitativos tienen una gran importancia y que, aunque es posible, resulta muy difícil concebir estas experiencias emocionales como aisladas de todo contenido intencional porque o bien están relacionadas con elementos del entorno o con una larga serie de conceptos y narraciones que pueblan nuestra historia cultural.