• No se han encontrado resultados

Capítulo 3. La información sobre drogas en la prensa

3.4 Conclusiones

El consumo de una amplia gama de drogas (alcohol, tabaco, fármacos, sustancias ilegales) es un fenómeno generalizado en la sociedad española actual, sobre el que existe una preocupación en ámbitos oficiales, académicos, sanitarios y sociales. Sin embargo existe coincidencia en los más diversos estudios en que la prensa no está aplicando los criterios profesionales que se le exige a las informaciones sobre drogas que transmite, creando una imagen distorsionada del fenómeno, que podría estar fomentando situaciones contrapreventivas e inductoras del abuso de sustancias. A la vez, la imagen de las drogas en la prensa podría dificultar la toma de decisiones adecuadas a los problemas.

Podríamos resumir la representación periodística actual de las drogas con las siguientes características:

1. No se contrastan las informaciones sobre drogas , sino que se tiende a publicar las notas de prensa de procedencia institucional, mayoritariamente de los Cuerpos de Seguridad del Estado, conforme se reciben, lo que ha hecho que se llegue a hablar de “fuente única policial” (Rekalde y Romaní, 2002:32; García et al, 1987:25).

- Curiosamente, esta transcripción literal de la postura informativa de una única fuente otorga a estas informaciones una apariencia de objetivismo a lo que en realidad es una noticia sesgada, cuya veracidad no se ha contrastado. De este modo, la prensa estaría contribuyendo con ciertos intereses corporativos, principalmente los policiales y judiciales, y en menor medida los sanitarios (Rekalde y Romaní, 2002:16) lo que limitaría la comprensión de un fenómeno tan complejo como éste (VVAA, 2000:20). Destaca la ausencia de la información relevante que podrían aportar farmacólogos, sociólogos, psicólogos, trabajadores sociales o pedagogos.

- La predominancia de las fuentes policiales ha definido el fenómeno de las drogas como algo esencialmente negativo, “el problema de la droga”, en tan exitosa como desafortunda expresión. La prensa presenta un conflicto caracterizado por la delincuencia, la violencia, la marginación, la enfermedad y la muerte (Rekalde, 2002:24). Las informaciones sobre drogas se relatan con un léxico agresivo y negativo (Froján: 1993:160), se busca el aspecto más espectacular y alarmista de la información y se la procura acompañar de una ilustración negativa, aun contradiciendo a veces el tono positivo o preventivo de la información (Froján, 1993:118). Se olvida por el contrario la realidad, problemática o no, de una amplia mayoría social de

personas consumidoras de drogas legales e ilegales, junto con sus consecuencias sociales, familiares, económicas, etc. Apenas aparecen los programas de prevención y rehabilitación, ni se exponen los aspectos psicosociales, sanitarios, culturales o económicos del fenómeno (García, et al, 1987:19).

- Se ha generalizado así un estereotipo negativo según el cual la drogodependencia se trataría de un grave problema personal y social, delictivo en sí mismo, que convierte al drogodependiente en delincuente y enfermo, abocado a la muerte, bien por la violencia que generaría su adicción, bien por el deterioro de la salud que se presupone (Rekalde y Romaní, 2002:24). La dificultad para encontrar testimonios de consumidores entre las clases media y alta, frente a la inercia de aceptar la fuente única policial, ha hecho olvidar que la mayor parte de los consumidores de drogas están perfectamente integrados en la sociedad, la familia y el trabajo (VVAA, 2000:19).

- Esta falta de contrastación, y utilización de una fuente única, hace que las noticias sobre drogas aparezcan como hechos aislados, fuera de un contexto que señales causas y consecuencias (García etal, 1987:15; Martínez, 2000:356).

2. Se realiza una confusa descripción de la naturaleza de las drogas y del fenómeno social que las rodea.

- No se distingue entre los diferentes tipos de drogas, llegándose a emplear frecuentemente el genérico en singular “la droga”, identificándola con la heroína, y transmitiendo toda la carga simbólica de esta droga a las demás sustancias (VVAA, 2000:23). Complementariamente, sólo se consideran drogas a las sustancias de comercio ilegal, mientras que no se consideran tales a las drogas legales (PND, 2001:19; Megías et al.,2000), de las que incluso se permite realizar publicidad y promoción, con ciertas limitaciones, que a veces son burladas por las empresas.

- La difícil distinción entre uso y abuso de drogas, se ve oscurecida por la imagen transmitida por la prensa de que sólo existe el abuso de drogas ilegales, olvidando que las drogas legales son causantes de muy superiores perjuicios para la economía y la salud.

Se tiende a calificar al consumidor de cualquier droga ilegal como “drogadicto” (Martínez, 2000:348), identificándole como heroinómano y con la imagen fabricada de

éste: enfermo, delincuente, etc. La identificación instantánea entre consumidor y drogadicto se produce por la habitual descripción errónea de la naturaleza de las drogas:

- Se da por supuesto que las drogas producen una adicción y dependencia inmediata en quienes las consumen (Froján, 1993; Usó, 1995:347).

- Existe una incorrecta comprensión de la sobredosis, a la que se atribuyen la mayoría de muertes, que en realidad se deben a adulteración y enfermedades oportunistas (VVAA, 2000:23). Esta desviación no se produciría tanto en el tratamiento periodístico de la información, sino que provendría en origen de las fuentes oficiales (Usó,1995:347). La tendencia al sensacionalismo que suscitan estos casos impide un análisis periodístico más certero.

3. Aunque este aspecto no está suficientemente probado, las informaciones sobre drogas podrían desempeñar en ocasiones una función contrapreventiva , esto es, inductora del consumo, el delito y la alarma social, lo que impidiría la correcta toma de soluciones.

- Se insiste en las ganancias que reporta el tráfico de drogas, lo que puede inducir en ciertos sectores sociales marginados a buscar aquí una salida económica (VVAA, 2000:22; Usó, 1995:347).

- Campañas preventivas mal diseñadas pueden tener el efecto contrario,

suscitando la curiosidad, induciendo al consumo e incluso descubriendo nuevas vías de administración (VVAA: 1991:144; Usó, 1995:327).

- Existe una tendencia a crear miedo a través de informaciones y campañas (Vega, 1996; Usó, 1995:346; Martínez, 2000:265), lo que no sólo impide la comprensión del fenómeno (VVAA, 2000:28), sino que hace las drogas más atractivas a los jóvenes (Usó, 1995:347). Algunos especialistas, en cambio, señalan cómo ha de utilizarse la creación de miedo por su eficacia (Becoña, 2002:418), ya que ayuda a condicionar la acción subsiguiente de individuos, colectividades y gobiernos (MacBride, 1988:275)

significado de consumo, que les otorga un valor de pertenencia a grupo (García, 1987:66), que relaciona el consumo de drogas con estilos de vida, identidad, etc (Gobierno Vasco, 1994:46).

Frente al dudoso tratamiento informativo de las drogas que la prensa española realiza en la práctica, cabe señalar que la responsabilidad informativa teórica de los medios periodísticos –impresos, audiovisuales y digitales- ante las drogas está claramente demandada por instituciones y audiencias y es comúnmente aceptada –en términos normativos de la profesionalidad- por los periodistas y sus empresas. Sin embargo, no se puede ignorar, como ha quedado apuntado, que la institución periodística, a diferencia de las grandes instituciones sociales, presenta por sus peculiaridades una capacidad limitada y frágil para aportar la exhaustiva, plural y rigurosa información que –en el campo de las drogas como en cualquier otro ámbito informativa de relevancia sociopolítica-, el buen funcionamiento social requeriría. Por consiguiente, si bien es loable la presión interna y externa por una información periodística sobre drogas más rigurosa y contextualizada, las instituciones y expertos comprometidos con las políticas de prevención y construcción social positiva deben también ser conscientes de que el papel de la prensa y de los medios en su conjunto no puede llegar más lejos de sus propias limitaciones estructurales. Así mismo, esas instituciones tiene que ser conscientes de que no pueden exigir a los medios la sustitución de sus propias obligaciones informativas y formativas, ya sea mediante campañas bien coordinadas con la acción legislativa y la intervención social, la adecuada evaluación sobre la eficacia de sus resultados, etc. Sin duda la formación informal e inconsciente que la información mediática genera sobre la percepción de las drogas y sus diversas circunstancias obliga a las instituciones y agentes sociales especializados a vigilar y demandar el máximo rigor periodístico profesional y el fomento de formas de periodismo más comprometidas con la construcción social positiva. Pero sin por ello llegar a pensar que en este tema, como en cualquier otro, “la prensa” pueda alterar su naturaleza intrínseca de mero ‘vigilante de emergencia’, episódico, asistemático y más capacitado para la denuncia de los aspectos más llamativos de los conflictos que para la pedagogía sistemática y orientada a largo plazo.

Por otra parte, aunque no numerosa, sí podemos calificar de significativa la bibliografía existente sobre la relación entre drogas y prensa, en la que se señalan una serie de errores comunes y de críticas, que pueden servir al profesional del periodismo

para valorar el ejercicio de su profesión en esta materia. Aunque la accesibilidad de algunos de estos materiales es reducida, en el caso de materiales agotados o de tesis inéditas, en otros casos, hay publicaciones disponibles vía Internet, en páginas tan populares como la sección del Plan Nacional de Drogas en la web del Ministerio de Interior. Sí hay que señalar, en cambio, la escasa actualización de este tipo de

trabajos, fechados muchos de ellos en la década de los ochenta. Algo que contrasta con el dinamismo de la evolución social y de los consumos de drogas, que requeriría un observatorio constante.

Por otro lado es de resaltar que una de las críticas más extendidas es que los periodistas no contrastan las fuentes, uno de los principios más conocidos de la profesión, presente en todos los códigos deontológicos y libros de estilo. Precisamente un mínimo seguimiento de estos documentos básicos de referencia para todo profesional aportaría las líneas esenciales para evitar gran parte de las deficiencias detectadas.

Gran parte de los estudios analizados coinciden en que la transmisión de información desvirtuada, en conjunción con otras causas (políticas, educativas, culturales, etc.), puede incidir negativamente en la eficacia de las políticas sobre drogas (prevención de drogodependencias, reducción del daño, políticas de

reinserción social, etc.). Así, en el análisis realizado por un equipo de la Universidad Autónoma de Madrid para el PND (Froján et al, 1993:17) se afirma que la representación periodística de las drogas es un factor fundamental para generar un clima social que “facilitará o dificultará el enfrentamiento al problema por parte de las instituciones y la implantación de potenciales soluciones futuras”. De la misma opinión es Martínez (2000:19) quien asegura que “uno de los puntos de apoyo de la intervención en drogas en España ha sido más la alarma social generada por los medios de comunicación que un estudio sistemático del complejo fenómeno de las drogas”. También Rekalde y Romaní (2002:25) aseguran que la imagen de las drogas “influye en las tareas de conformación, aceptación y aplicación de las políticas de reducción de daños”. Todo lo cual debiera conducir, como se ha apuntado párrafos atrás, no sólo a incidir sobre las rectificaciones y ampliaciones de perspectiva que los medios debieran introducir en la medida de sus posibilidades y del rigor profesional que cabe exigirles, sino a redoblar la intensidad y extensión de las intervenciones institucionales mediante sus propios recursos informativos, de interacción social y formativos.

Finalmente, y en relación con la distinción teórica realizada entre opinión pública

agregada y opinión pública discursiva, es evidente que si en nuestra sociedad

queremos superar los meros recuentos de estereotipadas opiniones agregadas, habrá que procurar, sobre el tema que nos ocupa, una formación de una opinión discursiva, más acorde con los ideales de una sociedad democrática de intensa participación pluralista. Habría entonces que facilitar a través de los medios de comunicación, pero también a través de las propias instancias de las instituciones sociales y políticas, un debate mucho más rico que el actual, con mayor presencia de los diferentes sectores implicados y procurando evitar las visiones estereotipadas reduccionistas: tanto las que uniformizan el complejo ámbito de las sustancias psicoactivas y sus usos individuales y sociales a un genérico estereotipo de "droga", -asociado a marginalidad y delincuencia-, como las que, en sentido contrario, podrían estar construyendo un universo simbólico alrededor de las drogas, a veces basándose en un discurso pseudocientífico de una supuesta mayor clarividencia social y cultural.

Capítulo 4: