Capítulo 2. Las drogas como hecho social
2.3 El cannabis como droga
2.3.3 Historia del uso del cannabis
2.3.3.4 Siglo XX
A principios de siglo parece existir un importante comercio de cannabis con destino a la India, pues como informa Escohotado (1998:473), en 1909, este país importaba de Afganistán y Tíbet, hachís y marihuana por valor de 120.000 libras esterlinas al año, cantidad superior al valor de todas las demás importaciones relacionadas con la medicina o el esparcimiento.
En España se ha señalado como principal vía de difusión del empleo lúdico de cannabis el protectorado que ejerció el gobierno español sobre Marruecos entre 1912 y 1956, siendo la principal vía de penetración “el ejército colonial, y más concretamente los tercios de la Legión, así como mehalas y tropas regulares, compuestas íntegramente por soldados indígenas, pero cuyos mandos eran básicamente españoles” (Usó, 2005:27-28). Este autor asegura que “el futuro Caudillo llegó a pagar parte de la soldada de sus tropas beréberes en especia, en este caso cannábica. Más aún, después de que las tropas africanas cruzaran el Estrecho, y a medida que fueron avanzando sobre territorio peninsular, llegaron a organizarse suministros regulares de kif y grifa desde los valles del Lukus y las serranías de Ketama hasta los frentes de batalla, con el conocimiento de la oficialidad”.
Por tanto, los inicios del régimen franquista van a suponer una extensión del consumo de derivados cannábicos “de forma considerabl e sin demasiados problemas en ciertos ambientes (…) en el protectorado, en las grandes capitales (Madrid, Barcelona, Valencia y Sevilla) y en las ciudades litorales más próximas a las costas norteafricanas (Huelva, Cádiz, Málaga, Almería, Cartagena, Santa Cruz de Tenerife, etc.) (…) el cannabismo está fuertemente extendido entre legionarios (…) estratos marginales (limpiabotas, prostitutas, golfos, chulos, rateros, carteristas y otros delincuentes de poca monta) pero durante las
cuatro décadas de protectorado también tomaron contacto (…) muchos ciudadanos integrados y socialmente normalizados: funcionarios, policías, marineros, periodistas, escritores, etc.” (Usó, 2005:28-29).
Entre finales del siglo X IX y la primera mitad del siglo X X, se redactaron tres grandes informes sobre el cannabis que han servido de referencia con posterioridad. De 1894 data el informe de la Indian Hemp Drugs Commission, de 1932-33 es la investigación del ejército norteamericano sobre el consumo de marihuana en el canal de Panamá, y en 1938 se inició un estudio de los efectos de esta sustancia por parte del alcalde de Nueva York.
El primero de ello, el informe de la Indian Hemp Drugs Commission, se trataba de un documento con más de tres mil páginas elaborado por médicos ingleses e indios tras entrevistar a muchos centenares de individuos, cuyas conclusiones aseveraban que el uso moderado de las drogas del cáñamo no producían prácticamente ningún resultado nocivo ni lesión moral alguna, mientras que un uso excesivo podía estimular la
inestabilidad mental, si bien “incluso el consumidor excesivo de cáñamo es ordinariamente inofensivo, siendo lo habitual un uso moderado, y excepcional el uso excesivo” (Escohotado, 1998:475-476).
El segundo informe fue elaborado entre 1932 y 1933 por el ejército norteamericano en la zona del canal de Panamá, concluyendo que el consumo de marihuana no suponía amenaza para la disciplina militar, y que “no hay ninguna prueba de que la marihuana tal y como es cultivada aquí, sea un droga que produzca adicción en el sentido en que se aplica el término al alcohol o el opio” (Escohotado, 1998:694-695).
Finalmente, en 1938 el alcalde de Nueva York, Fiorello LaGuardia, designó un comité de científicos para estudiar los aspectos médicos, sociológicos y psicológicos del uso de la marihuana en la ciudad de Nueva York, que comenzó sus investigaciones en 1940 y presentó un informe detallado de sus trabajos en 1944, La Guardia Committee Report on
Marijuana. “El comité no encontró pruebas de que la criminalidad estuviera asociada con
la marihuana o de que ésta fuera causa de conductas agresivas o antisociales; la marihuana no era sexualmente estimulante y no provocaba cambios en la personalidad; no había pruebas de tolerancia adquirida” (Grinspoon y Bakalar, 2001:35).
Sin embargo, estos informes no parecieron ser tomados demasiado en cuenta en la evolución de la legislación que afectaría a la marihuana a partir de entonces. En el Reino Unido se retira de la farmacopea británica en el año 1932, si bien numerosos autores citan
a la norteamericana Ley de Impuestos sobre la Marihuana de 1937, o Marihuana Tax Act, como la norma que marcaría un antes y un después en la regulación legal del cannabis. Apoyada en toda una serie de motivaciones económicas, sanitarias, morales y xenófobas, esta ley colocaba a la marihuana bajo control federal e imponía, de hecho, la prohibición de su uso médico o recreativo que se mantiene hasta nuestros días (Markez et al., 2002: 20). Según Grinspoon y Bakalar (2001:32), esta ley, que impediría cualquier experimentación científica en adelante, fue la culminación de una campaña organizada por la Oficina Federal de Narcóticos, mediante la que “el público fue inducido a pensar que la marihuana creaba adicción y era causa de crímenes violentos, psicosis y deterioro mental”. Para Alberdi (2005:73) su aprobación no estuvo precedida por informes médicos o estudios científicos sobre los perjuicios del consumo de cannabis, sino por campañas sensacionalistas en los periódicos del grupo Hearst, a las que Sallés et al (1998:34) definen como “una campaña de histeria y desinformación”. También Abanades (2005:32) se refiere a “una campaña donde se exageraron sus efectos perniciosos y en contra de la opinión médica de la época”. Entre los razonamientos que llevaron a aprobar esta normativa llama la atención el esgrimido por el impulsor de dicha ley: “Hay 100.000 fumadores de marihuana en EEUU, y la mayoría de ellos son negros, hispánicos, filipinos y artistas del espectáculo. Su música satánica, el jazz y el swing, es resultado del uso de la marihuana. La marihuana hace que las mujeres blancas busquen relaciones sexuales con negros, artistas y demás” (testimonio de Harry Anslinger ante el comité del Congreso estadounidense para la aprobación de la Marihuana Tax Act, 12 de agosto de 1937,
citado en Alberdi, 2005:74).
Esta normativa prohibía el uso recreativo del cannabis, si bien su uso terapéutico continúo hasta mediados del siglo X X. La Organización Mundial de la Salud clasificaba al cannabis en la lista I de sustancias prohibidas, en la que se incluyen sustancias con gran potencial de abuso y nulo interés terapéutico. De este modo, la investigación de los usos terapéuticos del cannabis “prácticamente se detiene, a la vez que curiosamente proliferan otro tipo de estudios: los que tratan de demostrar los riesgos y consecuencias del consumo de marihuana de forma recreativa” (Abanades, 2005:32).
El cannabis fue suprimido del Formulario Nacional de Farmacopea de los Estados Unidos en 1941 (Grinspoon y Bakalar, 2001:33), mientras que en Francia su uso quedaría expresamente prohibido desde 1953, “desde entonces y gracias al mimetismo occidental respecto a la política anglosajona en materia de estupefacientes y psicótropos, se ha pasado durante muchos años por una fase de oscurantismo con respecto al potencial
terapéutico de los cannabinoides” (Sallés et al, 1998:34).
A partir de los años 60 el interés por el cannabis va a resurgir por una doble vía. Por un lado, se retoma la atención científica hacia los usos terapéuticos del cannabis como consecuencia del aislamiento en 1964 de su principal principio activo, el delta-9- tetrahidrocannabinol o THC, por parte de Gaoni y Mechoulam. Según Ramos y Fernández (1998:81) el conocimiento de la estructura del THC “abrió una nueva etapa en el conocimiento de la actuación sobre el cerebro de diversas sustancias derivadas del cáñamo como la marihuana y el cannabis (…) fue básico para poder saber cómo actuaba sobre el cerebro y para el posterior desarrollo de derivados con capacidad terapéutica”. En esta misma línea, Barturen (1998:112) afirma que “a partir de aquí el progreso en el conocimiento de la farmacología del cannabis ha sido enorme” ya que ha permitido, tanto confirmar su elevadísimo margen de seguridad como generar expectativas en el
desarrollo de nuevos fármacos.
Por otro lado, los años sesenta suponen la popularización del uso recreativo del cannabis entre la población occidental, especialmente entre la juventud americana y europea. Hasta este momento el consumo recreativo en Occidente había estado limitado a pequeños grupos, como el citado Club des Haschischiens o a viajeros europeos a
países de consumo tradicional, como el Mediterráneo musulmán. En la segunda mitad de los sesenta el consumo de cannabis va a formar parte del movimiento de protesta y contracultural juvenil, convirtiéndose en la sustancia ilegal más consumida por los jóvenes (Usó, 2005:29). Según Escohotado (1998:1305), en los años setenta los principales productores de marihuana van a ser México, Colombia y algunas zonas del Caribe, especialmente Panamá y Jamaica, con pequeñas aportaciones de Tailandia y Laos, mientras que a partir de los años ochenta el primer productor mundial es Norteamérica, que “mediante técnicas avanzadas de cultivo (en campo abierto y en interiores) ha llegado a desarrollar las mejores variedades del mundo; fuentes oficiales calculan que en 1988 la cosecha norteamericana de marihuana valió unos 33 mil millones de dólares, con
beneficios muy superiores a los de toda la cosecha cerealera junta (…) los sondeos sugieren que puede haber allí unos quince millones de usuarios asiduos, y bastantes más de usuarios ocasionales”. En cuanto a la producción de hachís, los grandes productores clásicos son países asiáticos, como Afganistán, Pakistán, Nepal y el antiguo Tíbet, y mediterráneos como Turquía, Egipto, Líbano y Marruecos, según Escohotado (1998:1306), quien asegura que Marruecos abastece de hachís a toda Europa. “Resulta aventurado calcular cuántos europeos consumen regularmente haschisch, aunque no
deben bajar de los diez millones, con al menos otros tantos usuarios ocasionales; esa formidable demanda supera la capacidad productora marroquí, y explica una creciente degradación en la calidad del producto exportado”.
En 1972, la Organización Nacional para la Reforma de las Leyes sobre Marijuana en Estados Unidos solicitó la reclasificación de la marihuana pasando a etiquetarla como tipo II, con lo que podría ser prescrita legalmente. En 1986 se iniciaron las vistas públicas, y en 1988 el juez de las vistas públicas, Francis L. Young, declaró que la marihuana reunía todos los requisitos legales para su empleo en terapéutica. Pese a ello, en marzo de 1992 la DEA rechazó la reclasificación de forma definitiva (Grinspoon y Bakalar, 1995 citado en Barturen; 1998:113).
Desde mediados de los años setenta se van ir produciendo una serie de relativos avances en el sentido de la despenalización del consumo, y de la regulación legal del uso medicinal. Así, en 1976 la posesión de cáñamo deja de constituir delito en California, y el cultivo privado de marihuana pasa a ser una de las explotaciones agrícolas habituales de ese Estado y la nación en general (Escohotado, 1998:978). Además, diferentes estados norteamericanos aprueban el uso terapéutico como respuesta a la presión de pacientes y médicos. En 1978, Nuevo Méjico es el primer estado en aprobar una ley sobre el uso médico de la marihuana. A partir de este momento, hasta treinta y tres estados van a aprobar normativas similares a lo largo de los años ochenta, para permitir el uso de derivados del cannabis para tratar el glaucoma y las náuseas producidas por la quimioterapia para el cáncer. Sin embargo, estas leyes “tuvieron dificultades para hacerse efectivas (ya que) se enfrentaron a la pesadilla reguladora de las leyes federales (hasta el punto de que) han caído en el olvido debido a los numerosos problemas que implicaban” (Grinspoon y Bakalar, 2001:42).
Pese a las trabas, las reivindicaciones por parte de consumidores recreativos y de pacientes se van a mantener durante los años 90, de modo que “en algunos países comienza a permitirse la posesión de pequeñas cantidades para uso terapéutico en algunos pacientes”, a la vez que “se retoman las investigaciones clínicas (y) la industria farmacéutica se vuelve hacia el estudio del potencial terapéutico de la sustancia sacando al mercado algunos derivados del cannabis. Asistimos, pues, a un resurgimiento del uso terapéutico del cáñamo” (Abanades, 2005:33).