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Capítulo 2. Las drogas como hecho social

2.3 El cannabis como droga

2.3.2 Efectos del cannabis

2.3.2.1 Efectos físicos u orgánicos

Diferentes fuentes coinciden en señalar que ni histórica ni recientemente se ha producido ningún caso de muerte por intoxicación de cannabis (Caudevilla, 2005:46; Escohotado, 1998:1308; Grinspoon y Bakalar, 2001:156; Lundquist, 1998:151; Ministerio de Salud holandés citado en Markez et al., 2002:34). “Después de cinco mil años de utilización del cannabis por cientos de millones de personas en todo el mundo, no hay ninguna evidencia de que esta droga haya provocado una sola muerte” (Grinspoon y Bakalar, 2001:156). Este hecho lleva a diversos autores a hablar de una toxicidad “mínima” (Escohotado, 1998:474), “reducida” (Ministerio de Salud holandés citado en Markez et al., 2002: 34) o “extraordinariamente baja” (Caudevilla, 2005:46), o bien a calificar el cannabis de droga altamente segura (Barturen, 1998:118). Grinspoon y Bakalar (2001:19) afirman que el cannabis es menos perjudicial que el tabaco y el alcohol, ya que la marihuana, “en su forma natural”, sería, según estos autores, “posiblemente la sustancia activa más segura desde el punto de vista terapéutico de todas las conocidas por la humanidad” (Grinspoon y Bakalar (2001:157). Esta precisión sirve para diferenciar a “la marihuana en su forma natural”, de los derivados de esta planta que pueden hallarse en el mercado ilegal. “La marginalidad en la que se desarrolla el mercado y consumo, hacen que las sustancias de “corte”, las adulteraciones, representen un importante peligro real. Si la mezcla se ha realizado con leche condensada, clara de huevo, estiércol, henna u otras arcillas, posiblemente no ocurra nada. Pero si la adulteración se realiza con pesticidas, alquitranes, PCP, pegamentos, etc. el peligro puede ser importante” (Markez et al., 2002:33).

Sin embargo esta extendida consideración del cannabis como una sustancia de reducida toxicidad, no implica la inexistencia de efectos secundarios de mayor o menor intensidad, ni de efectos nocivos a medio y largo plazo. Entre los efectos secundarios más comúnmente citados encontramos la sequedad de boca, enrojecimiento de los ojos, bajadas en la tensión arterial y un incremento moderado del ritmo cardíaco (Grinspoon y

Bakalar, 2001:156, Escohotado, 1998:1309, Caudevilla, 2005:47). Este mayor trabajo del corazón bajo la influencia del cannabis parece ser inocuo para personas sanas pero “podría tener consecuencias en personas con enfermedades cardiovasculares graves” (Caudevilla, 2005:47). En este sentido, Quiroga (2000:124) asegura que “fumar “porros” puede resultar peligroso para quienes padezcan hipertensión, enfermedades cerebrovasculares o ateroescelorosis coronaria, por el aumento de frecuencia y gasto cardíaco producido por el THC”. Además el consumo prolongado e intenso de cannabis “puede originar daños poco aparentes en el sistema cardiovascular, muy parecidos a la cardiotoxicidad del tabaquismo, pues THC y nicotina son similares en sus efectos cardiovasculares” (Quiroga, 2000:123).

Según afirman Grinspoon y Bakalar (2001:171) el único deterioro físico confirmado que ocasiona la marihuana es el daño al sistema pulmonar, si bien afirman que “hasta ahora, no se ha registrado en este país un solo caso de cáncer de pulmón, enfisema o cualquier otra patología importante que fuera atribuible al uso del cannabis”. Sobre las diferencias entre la composición y modo de dosificación del tabaco y la marihuana estos autores mantienen que el humo de la marihuana “carga los pulmones con una cantidad de alquitrán y monóxido de carbono entre tres y cinco veces superior al humo del tabaco”, y que el sistema respiratorio retiene más alquitranes, porque el humo de la marihuana se inhala más profundamente y se mantiene en los pulmones por más tiempo, lo que se vería constrarrestado por el hecho de que “normalmente ni siquiera los grandes fumadores de marihuana utilizan una cantidad de hierba semejante a la cantidad de tabaco utilizada por un fumador medio”. Barturen (1998:121) cuantifica que mientras un consumo moderado-severo diario de tabaco podría cifrarse en 20-50 cigarrillos, para el cannabis un consumo equivalente puede ser de 3-5 unidades, lo que explicaría que “frente a la importante literatura sobre la patología derivada del consumo de tabaco, las referencias clínicas sobre complicaciones pulmonares por consumo de cannabis son escasas”. Pese a ello este autor asegura que el consumo de dosis elevadas de cannabis fumado se relaciona con el desarrollo de tos crónica, bronquitis crónica e incluso

metaplasia escamosa (Tennat et al. 1980 citado en Barturen, 1998:121), además de provocar broncoconstricción cuando se emplea de forma crónica.

Por su parte, Caudevilla (2005:48) añade que la combustión del cannabis da lugar a productos irritantes y cancerígenos, por lo “es razonable suponer que la inhalación crónica de este tipo de compuestos pueda tener consecuencias a largo plazo similares a las del tabaco (bronquitis crónica y cáncer de pulmón)”. Sin embargo, puntualiza que el estudio

de esta cuestión es difícil, ya que existen pocos fumadores que sólo utilicen derivados del cannabis sin mezclar, coincidiendo en que, por lo general, las cantidades totales fumadas suelen ser inferiores a las de los fumadores de tabaco.

Finalmente, podemos diferenciar las consecuencias para el sistema respiratorio según se produzca un consumo reducido o habitual. Así, una investigación de Tashikin (1976, citado en Markez, 2002:37) concluyó que fumadores jóvenes, de 20 a 30 años, que fumaron al menos cuatro cigarrillos de marihuana por semana, tenían un funcionamiento normal de mecanismos de ventilación e intercambio de gases, pero si se fumaba todos los días dosis considerables la acción de los productos irritantes podía ocasionar enfermedad obstructiva crónica (EPOC).

Sobre los efectos a largo plazo sobre el organismo, algunos autores como Grinspoon y Bakalar (2001:169) aseguran un escaso índice de enfermedades o patologías orgánicas asociadas a la droga, mientras otros, como Quiroga (2000:127) afirman que el consumo de cannabis causa efectos nocivos crónicos, entre los que destaca lesiones en el sistema respiratorio y alteración en la respuesta de algunas células inmunitarias.

Algunos estudios han mantenido que el consumo habitual de cannabis a dosis altas estaba relacionado con la aparición de anomalías morfológicas en los espermatozoides y con una menor actividad sexual (Lindgren et al., 1980). Junto a ello, en la actualidad parece demostrado que el consumo de cannabis reduce la producción de testosterona, que se traduciría en una disminución ligera en la producción de espermatozoides sin interferencia en la fertilidad (Abel, 1981 citado en Barturen, 1998:123). Grinspoon y Bakalar (2001:170) también aseguran que el THC reduce la cantidad de esperma y el nivel de testosterona y otras hormonas, si bien se desarrollaría una tolerancia a estos efectos, por lo que no existiría ninguna prueba de que las modificaciones en la cantidad de esperma y testosterona producidos por la marihuana afectasen al funcionamiento sexual o a la fertilidad. Caudevilla (2005:47) previene de que a la hora de valorar los riesgos físicos del cannabis “es importante ser cuidadoso al diferenciar efectos observados en animales de experimentación, en los que, en general, se administran en condiciones de laboratorio dosis muy elevadas, y efectos demostrados en seres humanos”. Según este autor, al menos dos estudios en humanos no han encontrado diferencias entre los niveles de hormonas sexuales de consumidores y no consumidores de cannabis, ni tampoco habría estudios epidemiológicos que relacionasen el consumo de cannabis con infertilidad, daño cromosómico o daño genético en humanos.

En cuanto a la afectación del cannabis sobre el sistema inmunitario, mientras Quiroga (2000:128) asevera que el uso crónico de cannabis reduce su actividad, Barturen (1998:122) concluye que la incidencia práctica sobre el sistema inmune es “mínima, si no inexistente”.

Igualmente mientras el primer autor afirma que los hijos de mujeres fumadoras crónicas de cannabis alcanzan un menor grado de desarrollo intrauterino y un menor desarrollo cognitivo en la etapa postnatal, el segundo autor asegura que “la capacidad del cannabis para interferir en el normal desarrollo del feto y en el normal curso del embarazo parece escasa”.