iv Qué se debe esperar de esta tesis
5. La empresa y las nuevas formas de organización
5.11 Consideraciones finales
A diferencia de la dimensión económica, la estructura y la organización parecen tener un cierto rezago y no ser considerados con la misma atención que la productividad, o la competitividad, por ejemplo. Como si ambas no dependieran de aquella. Sin embargo, de la atención que se preste al tipo de organización y su relación con la estrategia competitiva que se adopte, dependerá en gran medida la supervivencia de la empresa. Como mostrara Chandler (1962), la relación estrategia–estructura es primordial y no debe ser desatendida.
Por otra parte, como lo sostiene Susanto Basu “…un tema recurrente de la literatura microeconómica sobre las TIC es la necesidad de cambio en la organización si el máximo provecho debe ser tomado de la nueva tecnología. Nos inspira el cambio
[email protected] Página 126 organizacional como la acumulación de capital complementario intangible, lo que significa que la empresa típica también está produciendo una corriente de salida intangible que constituye la inversión bruta en capital complementario. Parte de esta producción, tales como la producción de software por cuenta propia, ahora se mide de forma explícita en las cuentas nacionales, pero sin duda mucho no lo es” (Basu 2003: 57), lo cual la literatura utilizada no presenta tan explícitamente, si se considera que estas son una representación de una realidad compartida (Morgan 1998: 118). Se debe entender, desde esta perspectiva, que una organización está dentro de un proceso que produce un sistema de significados compartidos. De esta forma, no es trivial como se organicen los recursos al interior de la empresa y tampoco es trivial la forma en que se relacione con los trabajadores que en ella laboran. A fin de cuentas si ellos no estuvieran la empresa sería un conjunto de artefactos y su valor se remitiría a un asiento contable equivalente a su valor en libros; hablaríamos de una ordenación de objetos (máquinas, edificios, insumos, etc.) y no de una organización, en tanto son las personas que en ella laboran los sujetos de organización. Más que antes –y así será planteado en lo que sigue, es el conocimiento, la experiencia de las personas, la fuente de valor de una empresa. Como escribió Marx en El Capital, es el trabajo humano socialmente necesario el que es fuente de valor.
Finalmente, traer aquí la idea que evoca la complejidad del tema, en tanto que los “(…) cambios en la organización y gestión de la empresa no son impulsados, conducidos o implementados por élites centralizadas de individuos, sino que ocurren de modo difuso, capilar, [lo cual lleva a proveer nuevos conocimientos y] nuevas formas de describir las organizaciones y configuran nuevas realidades que permiten una gestión más compleja de las conductas de los integrantes de las empresas y de otros agentes conectados a ellas” (Ossandón 2013: 168).
Es posible concluir aquí que los atributos que harán fuerte a las empresas y su organización, serán la forma que combinen en manejo de la complejidad, flexibilidad de su estructura y relaciones, y el manejo de la incertidumbre.
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6.
El capital humano, el capital social y el rol del conocimiento
“Sin fortaleza en la base del sistema educativo, aumentar la productividad del conocimiento es casi imposible”119.
Peter F. Drucker “La aportación más importante –y, a la hora de la verdad, la única realmente singular – de la gestión en el siglo XX ha sido multiplicar por cincuenta la productividad del trabajador manual en la fabricación. La aportación más importante que tendrá que hacer la gestión en el siglo XXI será conseguir un aumento parecido de la productividad del trabajo del conocimiento y de los trabajadores del conocimiento”120.
Peter F. Drucker “We are being afflicted with a new disease of which some readers may not yet have heard the name, but of which they will hear a great deal in the years to come—namely,
technological unemployment. This means unemployment
due to our discovery of means of economizing the use of labour outrunning the pace at which we can find new uses for labour”121.
John Maynard Keynes 6.1 Capital Humano, concepto y desarrollo
Como nunca antes, las sociedades dependen del conocimiento y las destrezas de su población, de su capital humano. En la frontera del siglo XX se advierte frente al poderío tecnológico de las sociedades avanzadas, que “el poder de registro de las computadoras tiene poca importancia para el trabajo de conocimiento, pero las capacidades de comunicación y almacenamiento de las computadoras interconectadas las convierte en posibilitadoras del conocimiento” (Davenport, 1998; 21), valorando con ello la necesidad de habilitar las capacidades de los trabajadores para utilizar con eficacia el poder de estas nuevas máquinas en beneficio de una mayor generación de conocimiento, y por tanto, productividad. Este razonamiento se conecta con aquello que ya antes, en la cuna de la Revolución Industrial había observado Adam Smith –en el siglo XVIII, para quien el capital humano incluía “las facultades productivas, adquiridas y útiles, de todos los habitantes de un país” (Smith
119 Peter F. Drucker, “Apuntes al Cierre”. Trend Management, diciembre 1999. Edición especial, pág. 17. 120 Peter F. Drucker, “La Productividad del Trabajador del Conocimiento: Máximo desafío”. Harvard
Deusto Business Review, Nº 98, año 2000.
121 John Maynard Keynes (1930). “Economic Possibilities for our Grandchildren”. En: Keynes, J.M. (1963)
“Essays in Persuasion”. New York; W.W.Norton & Co., pp. 358-373. “Estamos siendo afectados por una nueva enfermedad de la que algunos lectores aún no han oído nombrar, pero de la que oiremos mucho en los próximos años, a saber, el desempleo tecnológico. Esto significa que el desempleo debido a nuestros descubrimientos de medios de economizar el uso del trabajo dejando atrás el ritmo al que podemos encontrar nuevos usos para el trabajo” [Trad. libre y negritas de RJI].
[email protected] Página 128 1776: 298)122. También Alfred Marshall en sus Principios afirma que “el más valioso de todos los capitales es aquel invertido en seres humanos” (Marshall 1890).
A pesar de la importancia e interés que despertó en los economistas clásicos el trabajo humano y sus cualidades, sólo en la mitad del siglo XX este interés comienza a estructurarse entre los economistas como una línea de estudio más clara y sistemática, pues “las diversas formas en que se comunique el conocimiento en el que las personas basan sus planes para ellos, es el problema crucial para cualquier teoría que explique el proceso económico” (Hayek 1945: 520). Sin embargo, es en la década de 1960, que Machlup observa que la cantidad de trabajadores dedicados al manejo y procesamiento de información es mayor que aquellos que son destinados a realizar tareas físicas (Machlup 1962), cuando comienzan a visualizarse diversos trabajos que marcan una línea en el concepto de capital humano (Becker 1962, 1964; Schultz 1960, 1961, 1962; Denison 1962, 1964). El interés estaba centrado en aquellas actividades que repercutían “sobre las rentas monetaria y psíquica futuras [por medio] del incremento de los recursos incorporados a los individuos” (Becker 1975: 21), a esto Becker lo denominó inversión en capital humano. A su vez declaró que este tipo de inversión podía adquirir diversas formas, entre las cuales incluyó el nivel de escolarización, la salud, las migraciones, entre otras, difiriendo por cierto en su influencia según cantidad de inversión y cuantía de los rendimientos. Estas investigaciones fueron concluyentes en tanto le permitieron sostener que el “resultado es que se ha acumulado una inmensa cantidad de evidencia circunstancial que muestra la importancia económica del capital humano, y muy especialmente de la educación” (Becker 1975: 22).
Emerge así lo que se conoce como la teoría del capital humano, la cual considera que los agentes económicos en el momento de tomar decisiones de inversión respecto de su educación, arbitran entre los beneficios que obtendrán en el futuro si siguen formándose y los costos de oportunidad de esta inversión (rentas que deja de percibir por ocupar su tiempo en estar estudiando) y los costos directos asociados a los gastos de estudio. De esta forma, el sujeto seguirá estudiando si el valor actualizado neto de
122 La referencia a Adam Smith es la siguiente: “The second of the three portions into which the general
stock of the society divides itself, is the fixed capital; of which the characteristics is, that it affords a revenue or profit without circulating or changing masters. It consists chiefly of the following articles: […] Fourthly, of the acquired and useful abilities of all the inhabitants or members of society. The acquisition of such talents, by the maintenance of the acquirer during his education, study, or apprenticeship, always costs a real expense, which is a capital fixed and realized, as it were, in his person. Those talents, as they make part of his fortune, so do they likewise of that of the society to which he belongs. The improved dexterity of a workman may be considered in the same light as a machine or instrument of trade which facilitates and abridges labour, and which, though it costs a certain expense, repays that expense with a profit”.
[email protected] Página 129 los beneficios menos sus costos es positivo. Como se puede apreciar, el supuesto a la base de esta teoría considera que los individuos tienen un comportamiento racional, invirtiendo para sí mismos y que dicha inversión se realiza en base a un cálculo. Pero como se verá más adelante operacionalizar este concepto es más complejo.
En la medida que el concepto toma fuerza, se hacen distinciones más finas, es una línea de investigación atractiva para investigadores y consultores, que distinguen entre lo que denominan capital intelectual diferenciándolo del capital humano, enfatizando que este último es un concepto aplicable a poblaciones completas, en tanto el primero –capital intelectual– estaría referido más bien al individuo (Galbraith 1965). Otros autores consideran que el capital intelectual de una empresa abarca también las relaciones con los clientes y los socios, los esfuerzos innovadores, su infraestructura, y el conocimiento y pericia de los miembros de esa organización. Recordando que “la compañía no puede ser propietaria del capital humano” (Edvinsson y Malone 1997: 13). Esto ha hecho recurrente la idea que cada día, al terminar las labores, las empresas se “descapitalizan”, pues su activo más importante abandona su lugar; misma idea que permite pensar en el concepto de “capital ubicuo”, en circunstancias de empresas que contratan conocimiento y experiencia que transciende no sólo los muros de la firma, sino también límites locales y continentales. Asimismo, en la búsqueda de mejores prácticas y una debida sistematización en la práctica empresarial se sostiene que el capital intelectual consiste en la habilidad para transformar el conocimiento y los activos intangibles en recursos que creen riqueza, tanto en empresas como en países (Bradley 1997). Por otra parte –en la misma dirección, se lo define como “la suma de todos los conocimientos que poseen los empleados y que otorgan a la empresa ventaja competitiva” (Stewart 1997: 9).
Esta teoría del capital humano se ve fortalecida con el advenimiento de un nuevo tipo de sociedad basada en un nuevo patrón de acumulación que se sustenta en las tecnologías de la información y cuya fuerza de trabajo predominante son los trabajadores simbólicos, para usar la conceptualización de Reich (1991: 176), el campo de investigación abierto por Becker (1962, 1975), Schultz (1961) y otros, cobra mayor vigor. Una definición inicial de este concepto, nos acerca a aquel conocimiento, tanto explícito como tácito, que resulta de utilidad para una organización determinada y que se encuentra en posesión de los trabajadores que para ella laboran. Siendo el stock de capital humano adquirido por esa organización aquel conjunto de “capacidades e información que tienen valor económico” (Schultz 1981: 31).
Se visualiza así una línea que apunta a instalar el concepto de balance de intangibles, donde se señala que el capital intelectual “es la combinación de activos inmateriales
[email protected] Página 130 que permiten hacer funcionar a la empresa, siendo ésta a su vez, el resultado de la combinación de los activos materiales más el capital intelectual” (Brooking 1996: 27). Y que –en esta línea, la competencia entre empresas estará menos basada en estrategias sobre recursos financieros y físicos, y más en estrategias de gestión del conocimiento, siendo uno de sus componentes el capital intelectual, formado por capital humano, capital estructural y capital cliente, existiendo una suerte de “relación de causalidad entre capital humano, capital relacional y organizacional” (Bontis 1998). Esta línea, que constituye la aplicación a la consultoría de empresas, el capital intelectual se presenta como la combinación de activos intangibles que generan crecimiento, renovación, eficiencia, y estabilidad a la organización (Sveiby 1997; Nevado 2002)
La operacionalización del capital humano se expresa en un conjunto amplio de variables que corresponden a indicadores tales como edad; sexo; etc. Sin embargo, las relaciones no siempre son tan directas y obvias (Giménez 2004, 2005). Es el caso de la capacitación, la cual se manifiesta como una variable importante pero no fácil de asociar como sostenía Schultz en 1981, pues “el entrenamiento en el curso del trabajo, lo mismo que otras formas útiles de experiencia, son muy difíciles de estimar. [Un argumento no muy alentador, más aun si se apoya esta afirmación en que] “lo que se puede decir al respecto de los incrementos de tal formación y experiencia se basa, en el mejor de los casos, en supuestos plausibles” (Schultz 1981: 31). Pero, independiente de zanjar esta problematización, cuando habían transcurrido dos décadas, se afirmaba que “las calificaciones necesarias para la economía de la información [aparte de los conocimientos en TIC, se sostienen también en] los conocimientos fundamentales para una nueva organización del trabajo, en la cual se basa la ventaja competitiva actualmente se hace hincapié en la adaptabilidad y las dotes de comunicación interpersonal, que son indispensables para aprovechar los conocimientos tácitos de los trabajadores y para aplicarlos de un modo innovador” (OIT 2001: 273). Y, a más de tres décadas ya de lo planteado por Schultz, opera un marco más complejo de variables de calificación del trabajador que lo constituyen en empleable, como parte del capital humano de la organización, en ese conjunto de conocimientos, habilidades y conductas, que constituyen sus competencias.
Si bien la literatura especializada rescata el largo camino de este concepto, desde la perspectiva de la economía resurge vital en los trabajos de Lucas (1988), en particular cuando examina lo que denomina la acumulación de capital humano en el puesto de trabajo (Lucas 1993) mediante el modelo de learning by doing que antes propusiera Arrow (1962) y Romer cuando caracteriza al capital humano como un bien no rival
[email protected] Página 131 (Romer 1990), tomando como referencia a los trabajos de Rebelo (1991) y otros (Young 1991; Acemoglu 1997; Stokey 1991), para los cuales –con diferentes aproximaciones– el capital humano permite aumentar la productividad del trabajo o actúa a través de la promoción–facilitación del cambio tecnológico. Se recoge aquí la noción de capital humano como habilitante tecnológico y éste a su vez como facilitador del crecimiento económico. Pasando a constituirse en una nueva fuente de ventaja competitiva sostenida de las empresas, la cual se centra en sus trabajadores, “en su creatividad y su talento, en sus aspiraciones y su motivación” (Gratton 2001: 3), porque “el conocimiento, a diferencia de la información, está compuesto por creencias y confianza” (Nonaka 1995: 58). Esto remite a los directivos a desarrollar nuevo estilo de liderazgo y gestión, que debe extraer valor económico a partir de las experiencias y conocimientos de los trabajadores que con ellos laboran, en un ambiente de colaboración que promueva la iniciativa y participación.
En 1935 un profesor de Harvard presenta los resultados de una investigación para tratar de determinar si el dinero gastado en la adquisición de una formación profesional es, en estricto sentido, una inversión de capital efectuada con fines de lucro, en condiciones de mercado, respondiendo a los mismos motivos que llevan a la creación de fábricas, maquinaria y otros destinos de inversión similar (Walsh 1935). No se trata de un investigador solitario, sino más bien parte de una tendencia creciente en Estados Unidos que, como lo recuerda Becker en la introducción a la segunda edición de su libro (Becker 1975), al comenzar su investigación en 1957 hubiese encontrado menos de 50 títulos que incluir, en tanto que en 1964 se refería a casi 450, y en 1970 mencionaba una cifra mayor a 1.300 títulos. Una producción incremental para un asunto que se tornaba relevante123. Walsh a mediados de los años 30 “(…) considera que sus resultados tienden a corroborar la doctrina de que las habilidades útiles adquiridas a través de la formación profesional están sujetas a las mismas influencias que otras formas de capital” (Walsh 1935: 284). Conclusiones que no son menores si se piensa en una economía deprimida por el paro que siguió a la Gran Depresión tras el colapso de 1929, por ello considera al finalizar que “en el cálculo de la riqueza nacional (…), es del todo legítimo incluir estas capacidades profesionales como capital. De hecho, sería ilegítimo no incluirlos” (Walsh 1935: 285).
123 Es oportuno recordar al lector la preclara hipótesis de los tres sectores y del cambio inevitable desde
la sociedad agraria a la sociedad de servicios o postindustrial, que formularan Jean Fourastié (Le grand espoir du XXème siècle, 1949), Colin Clark (The conditions of economic progress, 1940) y A. G. B. Fisher (Production, primary, secondary and tertiary, 1939). Véase G. Ambrosius y W. H. Hubbard (1992). “Historia social y económica de Europa en el siglo XX”, Alianza, Madrid, pp. 76 – 77.
[email protected] Página 132 Dada la importancia que reviste en la actualidad el capital humano en la sociedad informacional (para utilizar la conceptualización de Castells), es posible ahondar mucho más, pero sería distraer al lector del propósito principal de esta investigación. Más no por ello se debe dejar de mencionar que desde la inclusión del factor trabajo, la economía clásica recogió la preocupación de investigar el aporte de cada sujeto en función de sus calificaciones al resultado o producto. Más aun, en circunstancias críticas, entiéndase por ellas la Gran Depresión y Guerra Mundial, surge el interés en investigar el aporte de la educación como elemento diferenciador de cada individuo, tanto en sus ingresos personales como en el aporte a la productividad. Es así como se visualiza una proliferación de estos estudios y, en la medida que las tecnologías reducen el alcance del espacio mundo, las corporaciones se tornan más permeables y dispuestas a escuchar a universidades y consultores dando cuenta de la importancia que reporta para las firmas relevar sus activos intangibles, en particular del capital humano que disponen. Es así como va creciendo el interés que Becker lo señala a través del aumento de la cantidad de publicaciones y, sólo en virtud de la explosiva expansión de las comunicaciones dada principalmente por Internet, el conocimiento cobra especial valor como activo. Como recordaba Marx, los hombres hacen su historia pero no a su propio arbitrio124, deben existir las condiciones objetivas para ello. Si seguimos el razonamiento de Manuel Castells, las empresas se guían por la rentabilidad más que por la productividad y para ello, tanto ésta como las tecnologías serán medios importantes, siendo “la rentabilidad y la competitividad los determinantes reales de la innovación tecnológica y del crecimiento de la productividad” (Castells 1996: 108). En la medida que los activos intangibles, capital humano, intelectual, constituyeron palanca del incremento de la productividad y con ello empujaron los límites de la competitividad, las tecnologías les fueron favorables y requirieron de trabajadores cualificados para estos nuevos sistemas productivos, alinear el capital humano a las prácticas y usos tecnológicos de las empresas que avanzan a la frontera competitiva, existiendo un sesgo a favor de trabajadores con mayor experticia en procesos tecnológicos más complejos (v.gr. CAD, CAM, etc.). De esta forma, la inversión en tecnologías constituye una oportunidad para generar una mayor oferta de valor al cliente y, en la misma perspectiva, empresarios y gerentes apuestan por diseños que fortalezcan una estrategia competitiva sostenible. Por ello, cuatro décadas
124 En rigor, la cita es: “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo
circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado”. Marx, Karl, “El dieciocho Brumario de