iv Qué se debe esperar de esta tesis
5. La empresa y las nuevas formas de organización
6.5 Capital Humano en América Latina
6.6.2 El informe Brunner
Cabe señalar que en Chile la preocupación por el capital humano tiene larga data (por ejemplo la formación del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología – CONICYT en 1967), además que en el caso particular del sociólogo José Joaquín Brunner se trata de una extensa y dilatada trayectoria en torno a lo que en un momento fue la sociología de la educación y luego el capital humano. Sin embargo, el informe suscrito junto a Gregory Elacqua en 2003 sobre capital humano en Chile, marca un hito de referencia obligada. A los resultados de dicho informe está dedicado esta sección.
Según los autores (Brunner y Elacqua) los niveles de productividad de una economía obedecen tanto al nivel de destrezas —cuya fuente principal es la educación— como a la tecnología. Entre ambos elementos existe un vínculo de complementariedad. Plantean, por ejemplo, que un mayor capital humano atrae la inversión extranjera y hace posible el uso de nuevas tecnologías y de mayor innovación. A su vez, la modernización de la estructura productiva demanda nuevas destrezas y calificaciones, estimulando la formación de capital humano (Brunner y Elacqua 2003; INE 2011: 17). De esta forma Brunner y Elacqua (2003) plantean que la educación formal no determina de forma exacta el capital humano, sino que cada vez más las personas deben continuar desarrollando sus conocimientos y destrezas a lo largo de la vida. Diversos estudios citados por los autores muestran que la capacitación y la educación continua son especialmente importantes en situaciones de rápido cambio tecnológico, como ocurre con la introducción de las TIC, lo cual ayuda a mejorar la empleabilidad de los trabajadores, más aun en momentos de elevado desempleo (Brunner y Elacqua 2003; INE 2011: 23). En consecuencia, “en el caso de Chile, a pesar del déficit observado en el volumen y la calidad del capital humano, el porcentaje de personas que participa en cursos de educación continua y en programas de capacitación laboral es claramente inferior al de la mayoría de los países de la muestra, [muestra que considera a Finlandia, Nueva Zelanda, Holanda, República Checa, Irlanda, Hungría,
[email protected] Página 157 Chile, Portugal, en base a fuente de OECD (2000). En base a ello, los autores concluyen que] en suma, Chile cuenta con un moderado stock de capital humano cuya acumulación ha sido lenta, cuya distribución es altamente desigual, cuya renovación es escasa y cuya calidad y desempeño resultan inadecuados para enfrentar los requerimientos de la globalización” (Brunner 2003: 27).
En función de lo expuesto, la pregunta que Brunner y Elacqua enuncian es ¿de qué depende el crecimiento de la productividad?, y la respuesta que proponen es que depende básicamente, del cambio tecnológico y la innovación como lo plantea Richard Nelson (Nelson 2000). Vale decir, que a partir de la generación, o adaptación y difusión del conocimiento y de las destrezas asociadas a la educación como lo proponen Francisco Gallego y Norman Loaiza, en un modelo tipo Cobb-Douglas donde adicionan la dimensión capital humano (Gallego 2002: 10-21). Junto con ello, una serie de otros factores como el régimen de incentivos de la economía como lo señala Easterly (2002), un adecuado funcionamiento de las instituciones (North 1990) y las políticas económicas enunciadas por Rodrik (1997, 1998, 1999) y de la existencia a nivel de sociedad pero sobre todo, a nivel de empresas, de una cultura articulada en torno a lo que Porter (Porter 2000) ha llamado el “paradigma de la productividad” (Brunner y Elacqua 2003: 28).
En cada una de las dimensiones antes señaladas, la productividad resulta ser inseparable del capital humano. En estas circunstancias “aumentar la productividad es esencial para mejorar las posibilidades del crecimiento. Y la habilidad para dominar las destrezas y la tecnología es fundamental para incrementar la productividad” (De Ferranti 2002). Asimismo, las destrezas adquiridas son productivas solamente “si van de la mano con equipos de alta tecnología, con la adaptación de tecnologías avanzadas y con otras inversiones que tienen lugar en una economía con incentivos para crecer” (De Ferranti 2002). De ello concluyen Brunner y Elacqua, que nada se obtiene con elevar la acumulación de capital humano, si no están concurrentes las demás condiciones; del mismo modo acumular capital físico, ampliar la fuerza de trabajo e incorporar nuevas tecnologías no se traducirá en mayor crecimiento si no mejora el capital humano y se lo distribuye con eficiencia y equidad. (Brunner 2003: 28).
Para el caso de Chile –señalan Brunner y Elacqua, el crecimiento alcanzado durante las décadas de 1980 y 1990 puede ser explicado básicamente por el movimiento ascendente de la productividad. Significa esto que el país fue capaz de crear un “círculo virtuoso” entre modernización tecnológica, régimen de incentivos, políticas e instituciones adecuadas, actitudes y valores de emprendimiento y un uso eficiente del
[email protected] Página 158 capital humano disponible, a pesar de las insuficiencias de éste. Aquí hay un énfasis interesante en cuanto a que lo relevante no es la cantidad de capital humano, sino la adecuada articulación de éstos para lograr un propósito definido. Se puede afirmar entonces, que para cada nivel de desarrollo del capital humano, debe existir una adecuada coordinación de esfuerzos que faciliten la optimización de los recursos existentes. Contrario a ello, y como resultado, existe un óptimo y el rol de una política de capital humano, de una estrategia de dirección de este, tiene que ver con el adecuado balance de capacidades y objetivos por lograr. En la práctica, como lo constatan Brunner y Elacqua (2003: 28), diversos estudios atribuyen al capital humano un aporte significativo al crecimiento de Chile: de entre 1,3 y 1,4 por ciento al año durante la década de 1990 (De Gregorio 1999; De Gregorio 1997) y de 1,2 por ciento al año durante el período 1986-1998 (Gallego 2002).
Las conclusiones derivadas del estudio de Brunner y Elacqua, que se ha referido in extenso, constituyen la base para un estudio posterior –de la misma época– realizado por el Ministerio de Planificación. (MIDEPLAN 2004: 5), cuyo principal énfasis es destacar el rol decisivo que, según diversas teorías del crecimiento económico, juega el capital humano en las diferencias territoriales (MIDEPLAN 2004: 3). Afirmación que resulta decisiva en un país como Chile que “cuenta con un moderado stock de capital humano cuya acumulación ha sido lenta, cuya distribución es altamente desigual, cuya renovación es escasa y cuya calidad y desempeño resultan inadecuados para enfrentar los requerimientos de la globalización” (MIDEPLAN 2004: 5).