PALABRA DE DIOS
B) Al hablar de la constitución del canon estrictamente cristiano, es decir, del Nuevo Testamento, debemos tener presente que los autores no compusieron sus obras para un futuro lejano, sino para un
auditorio cercano, respondiendo a necesidades del momento, y no escribieron con el propósito de que sus obras fueran a formar parte de alguna colección.
Las cartas de San Pablo fueron preservadas por las comunidades que las recibieron, y eventualmente fueron copiadas y juntadas, porque su contenido se consideró valioso para el Cristianismo en general. Esto sucedió en el último tercio del primer siglo, pues de esa época datan las deuteropaulinas (Efesios, Colosenses, 1—2 Timoteo, Tito), y 2 Pedro 3,16 habla de “todas las cartas” de Pablo, y las equipara a “las otras escrituras”. Este fue el primer bloque de escritos que recibió reconocimiento canónico.
[Por razones que desconocemos, algunas cartas de Pablo se perdieron. Así, en 1 Cor 5,9 el apóstol se refiere a una carta anterior que escribió a los mismos corintios, y en 2 Cor 2,4 menciona una carta escrita “con lágrimas”, que tampoco conocemos (no es 1 Cor). Igualmente, en Col 4,16 el autor menciona una carta dirigida a los Laodicenses, que también entre tanto se ha perdido. Esto indica que las diversas cartas no tuvieron un valor canónico desde su inicio, sino que eran pertinentes sólo a las comunidades a las que se dirigieron. Por eso Lucas no hizo ninguna mención de las cartas de Pablo en Hechos de los Apóstoles.] Los evangelios escritos por Marcos, Mateo, Lucas y Juan, todos compuestos en el último tercio del primer siglo, no fueron los únicos ni gozaron de una autoridad exclusiva hasta el siglo tercero. En el siglo segundo se escribieron otros, como el de Tomás y el de Pedro, que fueron reconocidos en pie de igualdad como los otros cuatro durante algún tiempo —y la producción no cesó. La decisión en favor de los cuatro exclusivamente (lo que implica una selección) fine paulatina. A mediados de siglo segundo, Justino Mártir consideró en gran estima los tres evangelios sinópticos (Mc, Mt, 1 como “memorias de los apóstoles”, y menciona que se leían en las reuniones litúrgicas (ApoI. i,67), pero también hizo uso de otras tradiciones que no conocemos a través de los evangelios canónicos. Hacia el año 170, Taciano compuso su “Armonía de los cuatro evangelios” (Diatessaron), que es una vida de Jesús compuesta en base a los evangelios, para lo cual empleó los que conocemos, pero no literalmente (lo que indica que no les concedía sacralidad) ni exclusivamente (lo que indica que empleó otras fuentes: ¿evangelios?). La primera evidencia clara que tenemos en favor de un reconocimiento de una autoridad exclusiva de los cuatro evangelios se encuentra en los escritos de San Ireneo, en el último tercio del s. II, y se refiere a ellos apologéticamente, (lo que implica un rechazo de cualquier otro evangelio) existente (Adv. 1 Haer. iii, 11, 8s). El listado de escritos considerados canónicos conocido como “Canon de Muratori”, de inicios del siglo tercero, igualmente menciona en tono apologético a esos mismos cuatro evangelios, lo cual significa que a esas alturas esos cuatro todavía no habían recibido reconocimiento exclusivo en toda la Iglesia. En la misma época, Orígenes deja entrever que todavía se tenía en alta estima al evangelio según Pedro y al evangelio de los Hebreos. En el siglo cuarto la situación era clara: solamente los cuatro eran reconocidos como canónicos.
[El simple hecho de que Mateo y Lucas se hayan basado en el evangelio de Marcos para la composición de sus respectivos evangelios, además de usar otras tradiciones, indica que ninguno de ellos consideraba sus obras como sagradas y como normativas para toda la Iglesia. Y el hecho de que sufrieran retoques y añadiduras, apunta en la misma dirección. Además, si proseguía libremente la composición de evangelios y muchos de ellos eran venerados en pie de igualdad con los cuatro, era porque éstos no gozaban de ninguna exclusividad o autoridad especial.]
Hechos de los Apóstoles probablemente se preservó junto con el evangelio según Lucas, y más tarde se separaría, cuando se intercaló el evangelio según Juan.
Muchos otros escritos fueron apreciados y leídos durante el siglo segundo, pero no todos se incluirían luego en el canon oficial y definitivo, como la epístola de Bernabé, el Apocalipsis de Pedro, 1 Clemente, el Pastor de Hermas y la Didajé. Otros serían objeto de duda y discusión, entre ellos, el Apocalipsis de Juan y las epístolas de Santiago, de Judas, 2 Pedro, 2—3 Juan, y Hebreos. Un buen número de estos escritos todavía gozaban de aceptación popular en pleno siglo tercero, como lo dio a conocer Orígenes. En su “historia Eclesiástica”, escrita en el año 325, Eusebio de Cesarea distinguió entre los escritores
“reconocidos” y los “discutidos”. Entre los primeros cuenta los cuatro evangelios, Hechos, las cartas asociadas con San Pablo, 1 Juan y 1 Pedro, Entre los segundos menciona las cartas de Santiago, de Judas, 2 Pedro, 2 y 3 de Juan, y el Apocalipsis de Juan; menciona además la epístola de Bernabé, 1 Clemente, el Pastor de Hernias, la Didajé, Hechos de Pablo y el Apocalipsis de Pedro.
El canon del Nuevo Testamento quedó definitivamente fijado en la segunda mitad del siglo cuarto. En el Oriente lo fijó la carta del influyente obispo Atanasio a las iglesias, en la Pascua del año 367, que incluía como canónicos los 27 escritos que constituyen nuestro actual N. T. En el Occidente, el mismo canon fue fijado en los concilios de Laodicea (361), con excepción del Apocalipsis de Juan, —de Hipona (393) y de Cartago (397), y fue reafirmado por el Papa Inocencio I en el año 405.
[El “Canon de Muratori” (inicios del s. III) incluye todos los escritos que conocemos, excepto las cartas de Santiago, de Pedro, a los Hechos, y una carta (no especificada) de Juan. El llamado “canon de Cheltenham” (mediados del s. IV), menciona a todos menos las cartas de Judas, de Santiago y a los Hebreos. Los más lentos en ser aceptados como canónicos fueron la carta a los Hebreos y el Apocalipsis de Juan — si se leen, se se comprende fácilmente por qué fue así, — ¡son de un fuerte sabor judío ..!]
¿Por qué se preocupó el cristianismo por oficializar un canon?. La razón principal surgió de la necesidad que se sintió de asegurar la unidad del Cristianismo en torno a una misma confesión de fe, testimoniada por escritos de confiable raíz apostólica, es decir, era una razón de identidad. Esta necesidad de unidad se fue acentuando conforme crecían las tendencias heréticas, incluso sectarias, por ejemplo la tendencia a judaizar radicalmente el Cristianismo (ebionitas) o a interpretar el mensaje de Jesús en términos filosófico—míticos (gnósticos). En éstas y otras corrientes, se compusieron escritos que pretendían ser apostólicos, pero eran demasiado diferentes de los que tradicionalmente se admitían como auténticos escritos apostólicos para ser reconocidos como tales. La cuestión de un canon se planteó abiertamente cuando, a mediados del siglo segundo, Marción afirmó que los únicos escritos canónicos para los cristianos los conformaban el evangelio según Lucas (pero editado, eliminando las referencias al AT) y las cartas de Pablo. Por cierto, también preocupaba la frecuente aparición de nuevos escritos con pretensiones de apostolicidad. Como hemos visto, el proceso de selección y canonización fue lento. Recién a fines del siglo cuarto se llegó a un consenso, que reconocía como canónicos los 27 escritos que definen la identidad cristiana. Tanto católicos como protestantes reconocen como canónicos esos mismos 27 escritos.
El orden en el que se agruparon los escritos del NT no es el orden de su composición (las cartas de Pablo son todas anteriores a Marcos, el más antiguo de los evangelios), sino el orden de importancia, como sucedió con el AT. Están en una secuencia histórico—salvífica: los evangelios testimonian al acontecimiento—Jesucristo, Hechos es la continuación de esa “historia”, y las cartas son vistas como orientaciones para la vida cristiana. El Apocalipsis contempla el fin de los tiempos. Obviamente, los evangelios recibieron el honor de preeminencia, como lo recibió el Pentateuco en el canon judío. De los evangelios, el de Mateo fue considerado como el más completo y fue el más apreciado; por eso está al inicio. Las cartas están aproximadamente en el orden de su aceptación canónica; las de Pablo están ordenadas según su extensión —Romanos es la más larga (no más antigua).
[Los criterios que, explícita o implícitamente, se tomaron en cuenta para determinar la canonicidad de los escritos en cuestión fueron:
— Su origen apostólico, es decir, debían haber sido compuestos por un apóstol o por alguien cercano a los apóstoles, que garantice la fidelidad a la tradición apostólica. Con esto se subraya la importancia del testimonio apostólico y la cercanía al acontecimiento—Jesucristo. Mediante este criterio se establecía un límite cronológico debían ser obras suficientemente cercanas al tiempo de Jesús— y se descartaban las falsificaciones posteriores.
— Complementariamente, debían ser conformes con la fe apostólica, es decir, los escritos en cuestión deberían testimoniar la fe transmitida al unísono por los apóstoles, y ser coherentes con ella. Por su origen apostólico, las comunidades deberían poder reconocer su fe en esos escritos. Con este criterio se descartaban las obras que hablaban de “otro Jesús”, de tendencia herética.
— Su aceptación y uso universal en las comunidades, es decir, los escritos en cuestión, para ser reconocidos como canónicos, deberían haber sido aceptados y reconocidos como normativos en una mayoría de comunidades, donde incluso se leían en las reuniones litúrgicas. Con este criterio se descartaban
las obras compuestas en pequeños grupos, pero no aceptadas como apostólicas por la mayoría de las comunidades cristianas.
En síntesis, los escritos reconocidos como canónicos expresan coherentemente la fe apostólica que el Cristianismo había estado viviendo (y de donde surgieron esos escritos).
— “Xoherencia” no significa que no hubiese un cierto pluralismo teológico. La Iglesia se reconocía en esos escritos y hallaba expresada su identidad en el canon neotestamentario. Se podría decir que el canon del NT se constituía como “documento de identidad” del Cristianismo, donde se hallaban concretamente expresados su origen y su razón de ser — lo que no significa que la comprensión del acontecimiento— Jesucristo hubiese alcanzado la plenitud de su madurez (como de hecho no fue así). Es cristiano todo aquel que cree en el Jesús testimoniado en esos escritos y que sigue el camino (conducta, esperanzas, objetivos) allí expresados.]
El término “Nuevo Testamento” no se refería originalmente a escritos, sino a una nueva era, en contraste con a “Antigua Alianza”, anticipada en Isaías 55, 3; 61, 8; Jeremías 31, 31; 32, 40; Ezequiel 16, 60; Éfesos y Lucas 22, 20; 2 Corintios 3, 6. los términos “antigua” y “nueva alianza”, fueron usados por los cristianos a fines del s. II (Clemente de Alejandría, Melitón de Sardis, Terturiano; pero vea ya 2 Corintios 3, 14) para referirse al conjunto de escritos canónicos judíos y cristianos respectivamente. Desafortunadamente, “alianza” se tradujo por “testamento”, dando la equívoca idea jurídica de un legado.
[Fue en virtud del testimonio apostólico que los escritos del NT contienen, que éstos adquirieron suprema importancia en la Iglesia. El testimonio en esos escritos es el único puente entre los creyentes (nosotros) y el Maestro. Es por eso que el NT tiene un valor normativo insustituible. No se puede conocer a Jesucristo si no es pasando por el testimonio que presenta el NT —,dónde, si no, vamos a encontrar testimonios acerca de quién fue Jesús, de lo que significaba su vida y su misión? Esto explica por qué el canon fijó un límite temporal: cercanía al tiempo de Jesús. Esos escritos nos remiten a los orígenes de la fe cristiana, y sólo remitiéndonos a esos escritos podemos mantener una continuidad con la misma fe, la fe apostólica engendrada por el acontecimiento—Jesucristo.]
Como ya describimos antes, en un momento dado, la iglesia —el Cristianismo en sus líderes— se preguntó qué escritos habían estado sirviendo a lo largo de su vida como norma objetiva y vivida en cuestiones de fe y de costumbres, es decir, centró la atención en la tradición. Dado que la tradición no comenzó con los primeros escritos, sino que es anterior a ellos, ella conduce hasta sus propios orígenes, es decir, hasta Jesucristo mismo. En consecuencia, la tradición es la norma viva que establece la continuidad entre la Iglesia y Jesucristo. Así, puesto que los escritos neotestamentarios son productos y testimonios de esa tradición vivida, la Iglesia debería poder reconocerse siglos más tarde en sus escritos, si (condicional) ella se ha mantenido fiel a sus orígenes en el transcurso del tiempo (continuidad).