• No se han encontrado resultados

El autor inspirado.

In document Arens Eduardo - La Biblia Sin Mitos.pdf (página 76-78)

PALABRA DE DIOS

D) Significado del Canon.

1. El autor inspirado.

En la mayoría de las explicaciones de la inspiración, se supone que cada uno de los escritos de la Biblia fue compuesto por un solo autor literario, a quien Dios habría guiado en su tarea de escritor. Esta concentración en el escritor, como único beneficiario de la inspiración divina, sale a relucir en el empleo frecuente del término griego “hagiógrafo” que, traducido al castellano, significa “escritor sagrado”. Para explicar cómo Dios inspiró a ese autor, se suele tomar como modelo la relación entre Dios y el profeta clásico del AT.

En los escritos de los profetas clásicos, se observa que Dios era quien dictaba al profeta (p. ej. Jer 36,1s) o ponía palabras en su boca (p. ej. Jer 1 ,9), o el profeta era poseído por el espíritu de Dios (p.ej .Ezeq 1, lss). El profeta pasaba a ser el portavoz de Dios, hablaba la “palabra de Yavé” —la voz era del profeta, pero las palabras de Dios. La manera en que se ha explicado la inspiración bíblica, generalmente ha sido en base a la manera en que en el AT se habla de la “inspiración” profética, la cual se ha proyectado y extendido a toda la Biblia.

Una de las explicaciones predominantes de la inspiración ha sido la instrumentalista: el autor humano actuó como medium o instrumento de Dios. El verdadero autor de la Biblia ha sido Dios. Esta concepción acerca del autor de la Biblia la han compartido judíos y cristianos —y es la más natural cuando se quiere subrayar la autoría (o paternidad) divina de la Biblia—. Su origen se encuentra en la Biblia misma, donde se hallan textos que presentan a Dios como el que hablaba o dictaba; lo que se ha entendido en un sentido literal, no figurado.

[Los rabinos, y el Judaísmo en general, estaban convencidos de que las palabras que en los textos bíblicos aparecen como provenientes de Dios, habían sido literalmente pronunciadas por El y habían sido transmitidas tal cuales por sus portavoces o secretarios. Por cierto, aunque no se afirmaba lo mismo acerca de las partes narrativas, los relatos eran considerados también como reportajes precisos de lo que había ocurrido. El Cristianismo —cuyas raíces son judías— heredó esta concepción literalista de la inspiración. Así, p. ej. el influyente doctor de la Iglesia en el s. VI, san Gregorio Magno, escribió que “Creemos por la fe que el autor del libro [la Biblia] es el Espíritu Santo... Por tanto, El mismo ha sido quien lo ha escrito, quien lo ha dictado; el que es el inspirador de la obra, la escribe él mismo” (Moralia, 1.2). La misma concepción fue reafirmada por el Concilio de Trento: “Dios es el único autor del uno y del otro [Testamento]... viniendo de la boca de Cristo o dictadas por el Espíritu Santo...” Y fue retomada en 1920 por Benedicto XV, en su encíclica conmemorativa de San Jerónimo: “Los libros de la Sagrada Escritura fueron compuestos bajo la inspiración, la sugestión, la comunicación, o incluso el dictado del Espíritu Santo; más aún, fueron redactados y publicados por Él”. El término constantemente usado era el de “dictado” —es lo que se conoce como inspiración verbal, sobre la que retornaremos al hablar del texto. Lo sorprendente es que, a pesar de que desde la Edad Media se había ampliado entre teólogos el concepto instrumentalista y secretarial de la inspiración, hubo que esperar hasta Pío XII para que se expresase oficialmente una concepción más amplia de la inspiración.]

La observación de diferencias en estilo y en ideas en los diferentes escritos de la Biblia, condujo a la conclusión

de que el escritor humano no podía ser considerado como un instrumento ciego y puramente mecánico de Dios. Esa explicación de la inspiración resultaba, pues, ser incorrecta. Es así que, en la Edad Media, especialmente influenciados por la filosofía de Aristóteles, los teólogos escolásticos (cuyo máximo representante fue Sto. Tomás de Aquino) explicaron la inspiración en términos filosófico—sicológicos: Dios habría influenciado la mente del escritor, preservando sus libertades y sus condicionamientos humanos, pero moviendo sus facultades intelectuales de tal modo que escribiese precisamente lo que Dios quería. Se empezó a hablar de dos autores, uno divino y el otro humano. Esta concepción de la inspiración es la que ha predominado entre los católicos hasta nuestros días. Sin negar sus valores, nuevas consideraciones han puesto de manifiesto sus limitaciones.

[En la importante encíclica dedicada a la Biblia, la “Divino Aflante Spiritu”, finalmente Pío XII afirmaba en 1943 que el escritor es instrumento! Vivo y dotado de razón”, y por eso “el exégeta tiene que esforzarse ... En discernir cuál fue el carácter particular del escritor sagrado y sus condiciones de vida, la época en que vivió, las fuentes orales o escritas que utilizó, y finalmente su manera de escribir. Así podrá conocer mejor quién fue el escritor sagrado y lo que quiso expresar al escribir”.]

A la luz de todo lo que hemos estado estudiando acerca de la Biblia, especialmente en lo tocante a su formación, es fácil comprender que una serie de objeciones e interrogantes hayan surgido entre tanto, en relación a las concepciones de la inspiración que hemos destacado. Por lo pronto, el autor literario había sido considerado de tal manera que daba la impresión de que vivió en una isla, sin un contexto vital, una comunidad de la que era parte y como si no hubiese tenido ideas propias. Se hablaba del autor en sí mismo, solo, desconectado del mundo y de una historia concreta. Faltaba la dimensión Social. Más aún como hemos visto en nuestro estudio, muchos escritos de la Biblia son el resultado de un largo proceso de tradición oral (e incluso algunos pasaron por más de una única redacción), además de la intervención de varios “autores” en la composición de ciertos escritos. Génesis, por ejemplo,

es el resultado de la colección de muchas y diversas tradiciones, de una composición por etapas, que se extiende a lo largo de varios siglos, y no la obra de una sola mano. No se puede ni debe partir del supuesto de que cada escrito es obra de un solo y único autor literario. Si aquel que compuso un determinado escrito recopiló ciertas tradiciones, ¿hasta qué punto puede ser considerado como autor e inspirado por Dios? ¿no estuvo también inspirado el que por primera vez relató oralmente tal o cual tradición? ¿no estaban inspiradas las profecías y la predicación de los apóstoles, transmitidas oralmente y en las que se basaron ciertos escritos? Y en las obras que fueron compuestas por varios autores, así como las que fueron retocadas o retrabajadas, ¿quién de todos fue el inspirado por Dios (sí

supuestamente se trata de una sola persona)? Además, ¿cómo podría explicarse que habría sido Dios quien supuestamente inspiró la idea de que la tierra, por ejemplo, es el centro del universo (y toda la idea semita del mundo), cuando sabemos que la tierra es sólo un planeta que gira alrededor del sol y no al revés (caso de Galileo)? Las concepciones de la inspiración antes mencionadas ignoraban la tradición oral —en realidad, ignoraban todo el proceso que va desde el acontecimiento ocurrido hasta su narración escrita— y no tomaba seriamente en cuenta los acontecimientos culturales y circunstanciales del escritor, el cual había sido aislado (según las mencionadas concepciones de inspiración) de su momento histórico. Incluso el concepto mismo de autor era diferente.

Tal como vimos en la pág 29 considerar como autor a la persona responsable de la redacción final de un escrito bíblico es insuficiente. Bajo el término “autor” es necesario incluir a todos los que contribuyeron en la formación de la Biblia: el que formuló la tradición por primera vez, los que la transmitieron, reformulándola, el que la puso por escrito más tarde, e incluso en algunos casos, el que le dio el toque final. El autor del libro de Isaías, por ejemplo, es tanto el profeta mismo como sus discípulos, que preservaron y transmitieron sus profecías (orales) y los que eventualmente las pusieron por escrito. Sin la voz del profeta Isaías no se hubiera empezado, y sin la tradición y los escritores posteriores a él no tendríamos aquello que se incluye en el libro de Isaías. En consecuencia, la inspiración no se puede reducir al privilegio de una sola persona. Y el modelo profético es deficiente para explicar la inspiración bíblica.

[Es fácil hablar de la inspiración utilizando como modelo al profeta clásico, siempre que se trate de la inspiración de palabras. Pero cuando se habla de la inspiración bíblica, es necesario e indispensable incluir los escritos donde se trata de relatos, de narraciones, de acontecimientos, no de discursos, y aquí no sirve el modelo profético para explicar la inspiración de los relatos. ¿Es que Dios inspiró de la misma manera los discursos del profeta que al narrador de los acontecimientos relatados en la Biblia, es decir, cada palabra del relato? Existe otro problema adicional con el modelo profético: se ha tomado literalmente la expresión “Dios dijo a ...”, interpretándola como si Dios literalmente habría pronunciado (sea su voz o sus palabras) las palabras en cuestión —como se afirma cuando se habla de un “dictado” por parte de Dios. De haber sido así, como veremos, Dios se habría equivocado muchas veces. Pero, la expresión “Dios dijo a....” (o cualquiera de sus variantes) debe entenderse en sentido figurado, no literal , para subrayar la autoridad de Dios en lo que su portavoz dice; Dios no habló como hablamos los humanos. Y podemos añadir que ¡Dios también “habló” a través de los diversos acontecimientos y vivencias, y muchas veces más claramente!.]

Una descripción de la inspiración, desde el punto de vista del autor, debe considerar su contexto histórico, cultural y social, y su lugar dentro de su comunidad, tanto humana como religiosa. Recordemos que los escritos de la Biblia son productos de vivencias en comunidad en determinados momentos históricos. El fundamentalista ignora o

descarta todo esto. ”Autor” incluye a la comunidad, en la cual Dios está o ha estado activamente presente. Las diversas tradiciones fueron vividas, transmitidas y retransmitidas dentro de una comunidad, por miembros que la constituían, a lo largo de un tiempo mas o menos prolongado. No debe extrañarnos, entonces, que un cierto número de escritos de la Biblia sean anónimos: no había un único autor, sino que eran productos de la transmisión oral en la comunidad, de sus vivencias, acontecimientos y experiencias, como por ejemplo, los escritos que constituyen el Pentateuco y los históricos. La identidad del redactor principal de esos escritos anónimos era irrelevante, pues él simplemente era portavoz de la comunidad, que había preservado las tradiciones en cuestión. La

inspiración, la comunicación de Dios al hombre, se sitúa en la comunidad, no sólo en un individuo. Esto no excluye una inspiración “más intensa” a ciertos individuos.

In document Arens Eduardo - La Biblia Sin Mitos.pdf (página 76-78)