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NIVELES DE SIGNIFICACIÓN EN LA BIBLIA

In document Arens Eduardo - La Biblia Sin Mitos.pdf (página 123-132)

PALABRA DE DIOS

D) Significado del Canon.

17. NIVELES DE SIGNIFICACIÓN EN LA BIBLIA

Desde el punto de vista lingüístico, todo texto puede ser comprendido e interpretado de diversas maneras: literalmente, figuradamente, simbólicamente, etc. En el primer milenio del Cristianismo, tuvo gran auge la interpretación alegórica de la Biblia. En la Iglesia Católica se ha dado gran importancia al llamado “sentido pleno” y al “sentido tipológico” de ciertos textos, especialmente en la teología. La Reforma Protestante dio prioridad “al sentido literal” de la Biblia. En las corrientes fundamentalistas se recurre a menudo al “sentido figurado”, especialmente cuando se trata de defender la total inerrancia de la Biblia. Últimamente se viene llamando la atención sobre el “sentido canónico”. Indudablemente, los textos bíblicos pueden ser leídos desde distintos ángulos y comprendidos a diferentes niveles de significación. Detengámonos a considerar brevemente los diferentes sentidos en que se han leído los textos bíblicos.

a) Sentido Literal.

Es el sentido en que el autor humano quiso comunicar; aquel que quería que su receptor captase. Por tanto, es inseparable de la intención del autor humano; no es un sentido diferente, que nosotros podamos ver en dicho texto. El sentido literal está dado en el género literario usado por el autor.

[No debe pensarse que el sentido literal es solamente el de la denotación inmediata de los términos y las frases usadas (“al pie de la letra”). Literal aquí no se limita a “denotación” (sentido primero de un término o una frase). ¡Por tanto, el sentido literal de un texto puede ser figurado! El sentido literal no contrasta con un posible sentido figurado, sino con un sentido diferente de aquel que el autor humano tenía en mente y que quiso comunicar —el más— que—literal, que veremos a continuación (sentidos pleno, alegórico, tipológico).]

El sentido literal, por ejemplo, del famoso oráculo de Isaías 7, 14 era el de una señal que confirmaría al rey Acaz lo que el profeta le había dicho antes, una señal que él mismo vería: que una doncella daría a luz a un niño al que llamaría Emanuel. En su sentido literal no se refería a María y Jesús, que ya es un sentido más —que— literal, ya que eso no fue lo que Isaías quiso comunicar.

El sentido literal es aquel que el exegeta se propone descubrir mediante el estudio histórico—crítico del texto. Entre aquellos que le dan importancia casi exclusiva a lo que el texto pueda decir HOY, sin tomar en cuenta lo que decía originalmente, se critica el estudio exegético como si fuera irrelevante, incluso irreverente, arguyendo ya sea que “la Biblia no fue escrita para unos pocos privilegiados” o que “no se toma en serio su calidad de Palabra de Dios”, al darle tanta importancia al autor humano y su intencionalidad. Sin embargo, el descubrimiento del sentido literal (que no siempre es tarea fácil) previene caer en afirmaciones gratuitas sobre lo que el autor (o Dios) supuestamente quiso o no quiso decir. El sentido literal es inseparable de la situación histórica y cultural en la que originó el texto. Después de todo, Dios se reveló en contextos histórico—culturales concretos e inspiró a personas humanas situadas en esos mismos contextos. Lo que transmitió el autor humano es producto de inspiración divina: comunicó lo que Dios le inspiró en las circunstancias en que se hallaba, y se dirigió a destinatarios concretos en esas circunstancias. No darle importancia al sentido literal es equivalente a ignorar que la intervención de Dios (revelador e inspirador) se dio en la historia, en esa historia pasada.

El sentido literal del texto bíblico no siempre es obvio, ya que el autor empleó su propio lenguaje (expresiones, géneros, imágenes, etc.), diferente del nuestro, y escribió a partir de circunstancias que no siempre nos son conocidas. Por eso es necesario estar bíblicamente educado e informado. No basta con saber leer, sino que hay que comprender lo que el autor quiso decir cuando fue inspirado, en su tiempo (eso supone conocer su historia y cultura), y el género literario en el cual se expresó y le entendieron sus destinatarios, para quienes Dios le inspiró dirigirse directamente. Ignorar el sentido literal del texto bíblico es ignorar el sentido de la inspiración bíblica divina. Antes de preguntarse por lo que el texto pueda decirnos hoy hay que conocer lo que decía originalmente, es decir, su sentido literal. (Vea al respecto la declaración de Vaticano II, Dei Verdum, u. 1 2 citada en el Apéndice).

No hay que confundir el sentido literal con literalismo. El literalismo consiste en leer un texto sin tomar en cuenta el género literario empleado —leyendo, por ejemplo un mito o una leyenda como si fuese historia. El literalista toma el texto al pie de la letra, y cree, además que fue escrito para él (hoy) sin tomar en cuenta las circunstancias (histórica, cultural, etc.) en que se escribió. El literalista entenderá la creación del mundo en seis días al pie de la letra, tanto de “seis” (ni más ni menos) como de “días” (no eras o periódos), y en el orden relatado.

b) Sentido Pleno.

El interés por relacionar adecuadamente el Antiguo Testamento con el Nuevo, especialmente respecto a las profecías, condujo a la consideración de un sentido “oculto”, no obvio, más que literal, un sentido o significación no previsto por el autor humano. Es un sentido que el autor divino, Dios, habría inspirado al autor humano, pero que éste no vio, y se descubre posteriormente. El sentido pleno se refiere a los textos bíblicos; es el sentido más—que—literal del texto. La referencia a personas, instituciones y acontecimientos (no textos como tales), se da en lo que se denomina “el sentido tipológico”, sobre el que nos detendremos luego. Como se puede observar, el sentido pleno se refiere mayormente a las partes discursivas (oráculos, salmos, profecías, etc.) de la Biblia, no a las narrativas. Cuando se habla de un sentido pleno de los textos bíblicos, se parte de la convicción de que Dios habla aun hoy a través de esos textos. Corresponde a lo que el texto dice (o se cree que dice) ahora; no lo que decía (sentido literal). Ese “ahora” podía ser el presente de un determinado autor bíblico; por ejemplo, un evangelista frente a un texto del Antiguo Testamento; o nuestro presente, al descubrir un significado no visto antes. Así, por ejemplo, Mateo vio un sentido pleno (más—que—literal) en el mencionado texto de Isaías 7,14, como referencia al nacimiento de Jesús. Otro tanto se puede decir de la manera en que cristianos vieron referencias (cual oráculos) a la Pasión de Jesús en Isaías 53 y el Salmo 22. Posteriormente se entendieron en un sentido pleno como referencias a María los famosos pasajes de Gén 3,15 (enemistad entre la serpiente y la mujer y su descendencia) y del Apocalipsis 12 (la mujer con las doce estrellas). La exégesis rabínica y de los esenios de Qumran en buena medida era en un sentido pleno de los textos. En otras palabras, textos antiguos eran vistos como referencias a situaciones nuevas, no previstas por el autor humano en un sentido literal. El sentido pleno traspasa los límites del sentido literal (histórico, circunstancial) del texto.

Evidentemente, se puede hablar de un sentido pleno sólo después que se ha “descubierto” ese sentido, que no era obvio desde el inicio. Mateo podía interpretar la profecía de Isaías como una referencia al nacimiento de Jesús sólo después que ya había nacido y ya había sido reconocido (por los cristianos) como mesías. Igual sucede con ciertas interpretaciones teológicas que se han hecho más tarde de determinados textos, por ejemplo, en relación a María.

El concepto de un sentido pleno de ciertos pasajes de la Biblia, cuadraba con la concepción escolástica (instrumental) de la inspiración: Dios habría movido el intelecto del autor humano de tal modo que escribiese lo que Él quería, aun si el escritor no estaba consciente de ello. El sentido pleno siempre habría estado allí, pero el redactor no lo habría descubierto. Supuestamente, Dios inspiraría a determinadas personas a descubrir más tarde un sentido más profundo en el texto inspirado, que el redactor no conoció debido a sus limitaciones humanas en su capacidad comprensiva.

Apelar a un sentido pleno para interpretar de un modo no literal determinados textos no está libre de problemas y riesgos. Puesto que el sentido pleno se refiere a una presunta intención de Dios, surge la pregunta, ¿cómo saber si Dios quiso comunicar la significación que se supone, en un sentido más—que— literal’?, ¿cómo saber si Dios quiso comunicarla, presuntamente sin que el escritor inspirado tuviese conciencia de ello?. Indudablemente, cabe el peligro de apelar a un sentido pleno para extraerle al texto algún sentido de conveniencia, o para acomodarlo a tesis dogmáticas, como por ejemplo, ver la Trinidad ya presente en el relato de la creación (Dios—espíritu—palabra). El recurso al sentido pleno, si bien no suele ser mencionado explícitamente como tal, es el que se halla a menudo en el empleo de la Escritura en la teología y la espiritualidad, más que en la exégesis y la teología bíblica.

Si bien la apelación a un sentido pleno plantea problemas sobre su realidad y su validez, encierra un núcleo de verdad. La hermenéutica, al centrar la atención en el texto mismo, independiente de la intención de su autor, sostiene correctamente que todo texto tiene un sentido en sí mismo. Al margen de lo que su autor haya querido decir, todo texto le dice algo a cualquier persona que lo lea, aunque no sea precisamente lo que su autor pretendió comunicar. Además, lo que un determinado texto comunicaba en un tiempo y contexto determinados puede cambiar al variar esas circunstancias; el lenguaje mismo puede adquirir significaciones nuevas, no previstas originalmente, al transcurrir el tiempo y/o al cambiar el contexto

(cultural, histórico, etc.). Dicho de otra manera, todo texto tiene vida y significación propias una vez salido de las manos de su autor, independiente de él y de su propósito. Es eso lo que el creyente inconscientemente plantea al texto bíblico cuando pregunta “¿qué me dice a mí este texto?”. Esto conduce a la importante pregunta si, después de todo, es necesario tomar en cuenta la intención del autor humano para comprender lo que a través de él Dios nos pueda decir. A esto ya hemos respondido parcialmente cuando hablamos del sentido literal.

Indudablemente Dios nos puede hablar a través del texto bíblico sin que conozcamos el propósito que tuvo el escritor. Pero para evitar el subjetivismo —que me diga lo que yo quisiera que me dijese, o que yo oiga el eco de mis deseos o de mi imaginación— es necesario empezar por conocer lo que el autor inspirado quiso decir en su momento. Por un lado, si afirmamos que el autor ha sido inspirado —y el texto es inspirado porque lo fue su autor, no a pesar de él— entonces sí es necesario tener presente la intención de ese autor inspirado, el mensaje que (a través de él Dios) quiso comunicar. Por otro lado, ignorar aquello que los autores quisieron comunicar en sus tiempos lleva consigo el serio riesgo de separarse de los orígenes de la fe, de establecer una discontinuidad (con los orígenes cristianos testimoniados en el NT, por ejemplo), de modo que se podría llegar a una interpretación que no esté en concordancia con los orígenes a los que debemos estar unidos. Nos situaría fuera de la Tradición que nos mantiene en continuidad con los orígenes, con la Revelación fundante y normativa, y que justifica nuestra identidad de fe. En otras palabras, aquello que los autores quisieron comunicar mediante sus textos, y lo que nosotros afirmemos como mensaje de esos textos, deben estar en consonancia. Para eso es necesario conocer lo que ellos quisieron comunicar. Lo que Dios quería dar a conocer lo hacía mediante los autores bíblicos, a quienes inspiraba, de modo que NO se puede prescindir del mundo y de la intención de precisamente esos autores. Cuando no se toma en serio el mensaje querido por el autor inspirado (su sentido literal), se termina creando una iglesia diferente, como ha sucedido tantas veces.

Por todo lo dicho, el auténtico sentido pleno de un texto bíblico, que es un sentido más que literal, debe ser un desarrollo o una profundización del sentido literal. No puede ser una contradicción o una anulación total del sentido literal, sino una extensión del mismo.

[Lo que diferencia a las iglesias (incluidas sectas) cristianas que se remiten a la Biblia, es precisamente el sentido literal o más que literal en que la interpretan. En realidad, lo es en torno a lo que significaban originalmente. Lo que significaba no lo podemos cambiar; sí lo que venga a significar hoy. Es decir, la diferencia entre iglesias se sitúa en la interpretación de la Biblia en un sentido más que literal (aunque lo llamen “literal”).]

Innegablemente, ciertos textos de la Biblia encierran un sentido más que literal, entre ellos el sentido pleno, que acabamos de exponer. Pero la determinación de dicho sentido debe estar sólidamente respaldada por criterios objetivos propios de la exégesis bíblica y de la tradición, que es un desarrollo y una profundización paulatina del mensaje inspirado. De lo contrario se arriesga caer en la trampa del subjetivismo o de la proyección sobre el texto de significados que le son ajenos. No extraña, pues, que los estudios de exégesis bíblica sean ignorados por unos y satanizados por otros, ya que impiden el empleo acomodaticio de la Biblia, especialmente en los sectores más conservadores del Cristianismo.

c) Exégesis Alegórica.

Un corolario del sentido pleno es la exégesis alegórica, que durante muchos siglos ha tenido auge en la Iglesia y que no ha perdido actualidad en ciertos círculos. La interpretación alegórica ve en cada elemento de un relato un símbolo, como representación de un sentido oculto. Es típica de cierta interpretación de los escritos apocalípticos . En la Biblia también encontramos interpretaciones alegóricas. El cántico de la viña, en Isaías 5, 1—6, es una alegoría expuesta en el v. 7: “la viña de Y avé Sabaot es la casa de Israel, su plantío amado son los hombres de Judá”. En Gálatas 4,2 1—31, Pablo ve un sentido alegórico en las figuras de Agar y de Sara y de sus respectivos hijos, explicitado en el v. 24: “Esto tiene un sentido alegórico. Estas mujeres son dos una, procedente del monte Sinaí, engendra para un estado de esclavitud: es Agar. Etc. “. En Marcos 4, 14—20 encontramos una interpretación alegórica de la parábola del sembrador: la semilla sembrada es la palabra, los tipos de tierra son tipos de actitudes frente a la palabra, etc. La alegorización es, pues, la presentación de un concepto por medio de imágenes concretas: el elemento alegorizado (o entendido alegóricamente) no tiene un sentido literal, sino figurado. que remite a una “verdad oculta”; dice algo distinto de lo que aparenta decir. La alegorización ocasionalmente empleada en los escritos bíblicos, así como la interpretación alegórica de ciertos pasajes, era popular en el Judaísmo y luego lo fue entre los Padres de la Iglesia, influenciados por el pensamiento griego. Este tipo de interpretación ha caído en desuso, pues es evidente que muchas veces no es, ni más ni menos, que producto de la imaginación piadosa que se proyecta sobre el texto, viendo imágenes y símbolos ajenos al texto.

[La interpretación alegórica de la Biblia parte de los supuestos: (1) el texto alegorizado debe tener un sentido más profundo que aquel inmediatamente observable, y (2) puesto que la Biblia debe hablarle al hombre de hoy, los acontecimientos, personajes y cosas del pasado deben tener un sentido figurado o simbólico si no le hablan directamente hoy.]

Las mismas observaciones críticas que indicamos a propósito del sentido pleno, son aplicables a la interpretación alegórica. De hecho, la interpretación alegórica ha quedado desterrada del campo de la exégesis moderna, por ser más una proyección de la imaginación que producto del estudio objetivo y crítico. Sin embargo, sigue siendo popular en círculos fundamentalistas, especialmente aplicada a los textos apocalípticos, como ya indicamos.

d) Sentido Tipológico.

Además del sentido pleno de ciertos textos, la tradición judía, así como la cristiana, ha visto en ciertos acontecimientos, instituciones y personajes del pasado, prefiguraciones de otros posteriores. Estas prefiguraciones se llaman tipos. Igual que el sentido pleno, es un sentido más que literal que no había sido visto en ese tiempo. Pero, se diferencia del sentido pleno porque no se trata ya de textos, especialmente profecías, sino de acontecimientos, instituciones y personajes, que tendrían un sentido “tipológico” que habría sido previsto por Dios. En 1 Corintios 10,1—10, por ejemplo, Pablo considera una serie de tipologías: el paso del Mar Rojo sería tipo (o prefiguración) del bautismo, el agua de la roca y el maná lo serían de la Eucaristía, etc., que según el Apóstol son “acontecimientos [que] sucedieron para ser tipos para nosotros” (v.6; cf. v.11). El sacerdocio de Melquisedec es visto en Hebreos 7 como prefiguración de aquel de Cristo.

[El esquema de base es el de anuncio—cumplimiento o, más precisamente, prefiguración—materialización. Lo supuestamente anunciado es el tipo o prefiguración; el cumplimiento es el antitipo o su materialización. La tipología es una comparación (analogía) en base a las semejanzas que se observan entre el tipo y el antitipo, pero se destacan las diferencias entre los dos, de tal manera que salga a relucir hasta qué punto es superior el antitipo, por ejemplo:

Tipo: Maná, cordero pascual, Melquisedec. Antitipo: Eucaristía, el Crucificado, Jesucristo. Semejanza: Alimento, víctima, sacerdocio.

Diferencia: Para el cuerpo—para la eternidad, Imperfecta—perfecta, temporal—eterno.]

La tipología ve una semejanza y diferencia entre dos acontecimientos, instituciones o personajes de tiempos históricos distintos, en la cual el tipo es la prefiguración del antitipo que apareció después. Por supuesto, el tipo es reconocido como una prefiguración sólo cuando el antitipo ha aparecido en la escena. Moisés fue considerado como tipo de Jesús legislador después de la venida de éste, no antes ; la serpiente de bronce levantada por Moisés no fue vista como tipo de Jesús en la cruz antes de su crucifixión, sino después.

[Se puede decir que la tipología es una analogía en la cual el acento esta puesto en las diferencias y no en las semejanzas entre las dos realidades comparadas, si bien ambas tienen un denominador común La analogía, en cambio, enfoca las semejanzas por ejemplo entre Moisés y Jesús.]

En la actualidad hay un creciente interés por descubrir la relación entre los acontecimientos bíblicos y nuestras realidades. Inconscientemente recurrimos a comparaciones, a analogías y tipologías. La “Teología de la Liberación” ha puesto de relieve el Éxodo como tipo de la liberación a la que el nuevo pueblo de Dios marcha.

Así como el supuesto sentido pleno de un texto puede ser el resultado de la proyección de la imaginación piadosa, la interpretación tipológica también puede ser ficticia. La tendencia a ver tipo en el AT se observa especialmente en la eclesiología y en la mariología. ¡Cuántas realidades del AT no se han comparado con la Iglesia y con María! La nueva Eva, el arca de la alianza, Sión, Ester, han sido invocados en la teología como tipos de María. Algunas tipologías son válidas, otras no. Será válida si es evidente que Dios la manifestó, como es el caso en la mayoría de las tipologías que hallamos en el NT en base al esquema anuncio—cumplimiento. Una tipología será inválida si se proyecta sobre el texto bíblico un sentido que el texto mismo o el sentido canónico (sobre el que hablaremos a continuación) no garantiza.

Si bien es necesario tener presente que la Revelación se fue comprendiendo poco a poco en sus significaciones

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