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Contexto político: la Revolución Libertadora

5. WALSH Y EL GÉNERO DE NO-FICCIÓN

5.4. Operación Masacre

5.4.1. Contexto político: la Revolución Libertadora

tándem con Evita, para Argentina no sólo durante su mandato sino después del golpe de 1955. El programa político de Perón introdujo, por una parte, las primeras reformas laborales que aseguraban derechos a los trabajadores, ya ensayadas desde su puesto en el gobierno precedente, favoreciendo la sindicalización. Favoreció el acceso a la educación y estableció un sistema sanitario universal.

Por otra parte, todos los esfuerzos realizados en materia social se difundían a través de los libros escolares y los medios de comunicación, comprados paulatinamente por el gobierno, hasta el punto de que en 1955 sólo quedaban dos periódicos independientes. La labor propagandística del matrimonio Perón y el desplazamiento de la clase burguesa que llevaron a cabo mediante su política económica nacionalista fueron el motor que movilizó a la heterogénea oposición antiperonista. A esto cabe añadir que la posición dudosa que mantuvo el gobierno peronista al final de la II Guerra Mundial, proponiéndose como una tercera vía entre nazis y aliados, generó mucha desconfianza en sus relaciones exteriores.

El proceso de peronización vivido en el país entre 1946 y 1955 entró en quiebra a partir del segundo mandato del General. La muerte de Evita en 1952 supuso, por una parte, la entrada del matrimonio presidencial a la categoría de ídolos, pero, por otra, supuso el inicio del debilitamiento del gobierno. Sin duda, el enfrentamiento del Partido Justicialista con la Iglesia tuvo un papel muy relevante. Dicho partido, en principio abiertamente católico, puso en marcha en 1954 un proceso anticlerical que enfureció a la oposición. La aprobación de la Ley del Divorcio, la dotación de derechos a los hijos ilegítimos y la abolición de la exención de pagos de que disfrutaba la Iglesia, entre otras acciones, constituyeron la base de las reivindicaciones de la oposición antiperonista. Las movilizaciones se extendieron en todo el país y los círculos intelectuales y burgueses, desplazados de la escena política en favor de los “descamisados”, se alinearon a favor del clero en su encarnizada lucha por acabar con la “barbarie peronista” (Poderti 2005: 110-113).

En esa época, Walsh se encontraba en la Universidad de La Plata, centro en el que era patente la propaganda y el control gubernamental de las ideas. Además, ya había comenzado a publicar sus primeras obras y, si bien había compartido el anticlericalismo del gobierno y sus medidas para la nacionalización de la industria, se movía en un ambiente marcadamente antiperonista que veía en el líder los excesos de un bárbaro, frente a los esfuerzos culturalizantes de la derecha moderada. Él mismo explica en uno de los epílogos añadidos posteriormente a Operación Masacre: “Abrigué la certeza de que iba a derrocarse un sistema que burlaba las libertades civiles, que negaba el derecho de expresión, que fomentaba la obsecuencia por un lado y el desborde por el otro” (Operación: 215).

Bajo la invocación a la restauración de la democracia, en junio de 1956, la Marina llevó a cabo la primera intentona del golpe con el bombardeo de la Plaza de Mayo.

La Marina de Guerra se había lanzado al ataque con la promesa de que se sumarían unidades del Ejército que decidieron finalmente no salir de sus cuarteles. Disponía de armas y municiones suministradas por Gran Bretaña y Estados Unidos y, alentada por los terratenientes, la jerarquía católica y los partidos políticos de la clase media, había decidido ponerse al frente de la santa cruzada contra la segunda tiranía. (Bonasso 1998: 36)

La segunda intentona no fracasó. Tres meses después, Perón cedía el poder y se refugiaba en Paraguay, mientras en Buenos Aires se constituía un gobierno provisional liderado por Lonardi, Rojas y Aramburu. El propósito principal de la autodenominada Revolución Libertadora era la total

desperonización del país, la desarticulación del movimiento obrero y el desplazamiento de los

sindicatos de la escena política. El peronismo, en su discurso nacionalista, había situado a los trabajadores en una posición de interlocutores directos con el gobierno a través de la Confederación General del Trabajo, lo cual había fomentado el rechazo de la clase burguesa, vista por Perón como la “oligarquía vendepatrias” (Poderti 2005: 118). Además, Perón había previsto cualquier tentativa de sumisión al capital extranjero con la Constitución de 1949 y la nacionalización de la industria. Todo esto suponía un impedimento para desarrollar el plan económico de los militares golpistas, que iniciaban en el año 1955 su proyecto de liberar la industria nacional beneficiando a las empresas argentinas que contaban con apoyo extranjero. Para llevar a cabo esa desactivación del elemento sindical, la Revolución Libertadora inició la ola de represión contra todo elemento peronista. Desde el bombardeo de la Plaza de Mayo, hasta el secuestro del cadáver de Evita, pasando por la Ley de Delito de Opinión y asesinatos en masa como el narrado en Operación

Masacre, los militares daban por finalizada una época sin sospechar entonces que la persecución y

el hostigamiento que estaban ejerciendo sobre la masa trabajadora iba a conseguir que se gestara la epopeya del pueblo peronista. A partir de entonces, el ansia por el retorno de Perón no hizo sino aumentar, y el peronismo se afianzó movilizando a millones de trabajadores que le dieron la victoria en las urnas en repetidas ocasiones, aunque fuera a través del voto en blanco, en su esperanza casi mesiánica de que el líder regresara de su exilio.

Si bien los militares golpistas habían sido apoyados por amplios sectores que rechazaban el populismo y la falta de libertad de expresión en el gobierno depuesto, resultó más tarde que muchos de los simpatizantes golpistas se sintieron traicionados por la censura y la alarmante falta de libertad individual que sostenía la dictadura del General Aramburu59. Sirva de ejemplo el hecho de que

Operación Masacre se publicara en periódicos de ideología nacionalista moderada, como Mayoría,

y no en periódicos de izquierda radical o comunistas, asediados por la caza de brujas del Gobierno.

Propósitos, el diario dirigido por Leónidas Barletta que comenzó a publicar las notas de Walsh,

59 Como explica Ferro (2000: 139): “La coherencia que le daba entidad y solidez al conjunto de la oposición que apoyaba el golpe contra Perón se diluyó una vez triunfante e instalado en el gobierno, exhibiendo las contradicciones propias de su heterogeneidad ideológica, cuyo principal motivo de convergencia había sido el antiperonismo”.

pronto fue acusado de “tendencia comunista” (Ferro 2000: 146).

Un año después del golpe, el 9 de junio de 1956, los generales nacionalistas Tanco y Valle lideraron una tentativa de insurrección militar secundados por amplios sectores del Ejército que habían sido desplazados por los golpistas y por la población civil peronista. La mala coordinación del levantamiento y el rechazo del propio Perón, quien desde el exilio, desaprobaba cualquier acción no dirigida por él mismo, hicieron posible que el gobierno provisional de Aramburu conociera de antemano los propósitos de los rebeldes y preparara “una represión desmedida y premeditada que sirviera de ejemplo ante cualquier remezón futuro” (Ferro 2000: 140). La masacre de doce (o trece) civiles en el basural de José León Suárez fue sólo uno de los crímenes que se cometieron esa noche y los meses siguientes, marcados por el silencio total de los medios de comunicación y de las instituciones, ambos cómplices en la negación de lo ocurrido. Con esto se inicia una nueva forma de la política en Argentina, por la cual el Ejército controla el Estado, sin estar necesariamente en el poder visible, ya que desde la sombra, y desde la apariencia de normalidad de los procesos electorales venideros, puede dirigir el futuro de la nación.

Como él mismo explica en el prólogo de Operación Masacre, Walsh no estaba interesado por todas estas cuestiones el 9 de junio de 1956 (Operación: 18-19). Él se encontraba en un café de La Plata (uno de los focos de la insurrección) y regresar a su casa fue complicado: “Mi casa era peor que el café, había soldados en las azoteas y en la cocina y en los dormitorios”. Sin embargo, prefirió olvidar todo lo que vio esa noche. Seis meses después, el relato de un conocido suyo acerca de “un fusilado que vive” le basta para que “la larga noche del 9 de junio vuelva sobre mí”. Así se inicia su investigación de los acontecimientos.

Y así se inicia también la travesía vital del propio Walsh. Escribe las notas de Operación

Masacre con el convencimiento de que tendrán alguna repercusión social, con la confianza de que

las instituciones pondrán en marcha sus dispositivos para castigar a los responsables. El absoluto silencio que envuelve los crímenes y el escaso apoyo recibido por Walsh en su intento de llevar su denuncia más allá consiguen que el escritor inicie un rápido giro a la izquierda, si bien aún no toma partido por el peronismo, sí lo hace por los trabajadores y contra la dictadura velada que se oculta tras el gobierno presuntamente democrático de Frondizi (1958-1962), un líder al que Walsh había apoyado a finales de los cuarenta. Fue precisamente bajo el gobierno de éste que se condecoró a Aramburu, presidente del gobierno bajo el que se sucedieron los fusilamientos del 9 de junio.

[…] fracasé. Aramburu ascendió a Fernández Suárez; no rehabilitó a sus víctimas. Frondizi tuvo en sus manos un ejemplar dedicado de este libro: ascendió a Aramburu. Creo que después ya no me interesó. En 1957 dije con grandilocuencia: “Este caso está en pie y seguirá en pie todo el tiempo que sea necesario, meses, años”. De esa frase culpable pido retractarme. Este caso ya no está en pie, es apenas un fragmento de historia, este caso está muerto. (Operación: 221)

En esta declaración formulada en 1964, Walsh se siente vencido en su lucha contra un aparato corrupto y recuerda a la cita de Raymond Chandler en la que define al escritor de novela negra como a un portavoz de la crítica feroz que merece “un mundo en que los pistoleros pueden gobernar naciones” (Chandler 1980: 326).

Sin embargo, su investigación sobre el fusilamiento de José León Suárez, igual que El caso

Satanowski, tuvo una gran repercusión en los ambientes izquierdistas de toda Latinoamérica. Su

fama le llevó a la Agencia de Prensa Latina de la Cuba revolucionaria y a relacionarse con los intelectuales comprometidos de la época como Masetti, García Márquez, Onetti, Gelman... No menos importante es la repercusión de la vida y la obra de Walsh para los autores que reconocieron su influencia, como Miguel Bonasso o Tomás Eloy Martínez, quien llevó hasta el final, en su novela

Santa Evita, la investigación acerca del paradero del cuerpo de Eva Perón iniciado por Walsh en su

cuento «Esa mujer».