5. WALSH Y EL GÉNERO DE NO-FICCIÓN
5.3. Las novelas no ficcionales de Rodolfo Walsh
En 1956, Rodolfo Walsh se dedicaba a la escritura de relatos policiales, tenía un proyecto de novela, escribía artículos en prensa y además traducía para Hachette a los maestros del género negro. Pero los acontecimientos derivados de la rebelión del 9 de junio de ese mismo año tuvieron una repercusión directa sobre la vida del escritor hasta el punto de cambiarla definitivamente.
Por una parte, el día del levantamiento de los generales Tanco y Valle, leales al peronismo, Walsh se encontraba en un café jugando al ajedrez. Vivió el impacto del caos que se produjo esa noche en la capital, oyó morir a un joven en un tiroteo, y consiguió llegar sano y salvo a su casa, por
lo que afirmó después: “Perón no me interesa, la revolución no me interesa. ¿Puedo volver al ajedrez? Puedo” (Operación: 18). En esas fechas, Walsh simpatizaba con el golpe militar que había expulsado a Perón del poder.
Por otra parte, unos meses más tarde, alguien le contó lo que había ocurrido aquel 9 de junio pasado, revelándole que uno de los fusilados dicha noche aún vivía. Esta noticia intrigó a Walsh sobremanera, hasta el punto de querer conocer al fusilado superviviente para escuchar su historia. Cuando conoció a Juan Carlos Livraga, el crudo relato de los hechos le conmocionó hasta el punto de iniciar una investigación con la finalidad de denunciar los crímenes del Gobierno que aún estaban impunes.
En ese momento, Walsh emprendió la aventura de reconstruir los acontecimientos de la noche del 9 de junio, aventura que significó su primer paso a la clandestinidad, el uso de un pseudónimo, la renuncia al domicilio fijo y la falsificación de su documentación. Partiendo de la declaración de Juan Carlos Livraga, Walsh fue comprobando todos y cada uno de los datos que en ella aparecían, recopiló los testimonios de la mayor parte de los participantes y tuvo acceso a los autos presentados ante el juez desde que el caso se abrió con la denuncia de Livraga en diciembre de ese mismo año.
Walsh publicó primero las notas sobre su investigación en los periódicos Propósitos,
Revolución Nacional y Mayoría, entre mayo y julio del año siguiente, pero ya en diciembre de 1957
salió a la luz la primera edición completa de Operación Masacre, libro al que iría añadiendo diversos epílogos en las ediciones sucesivas, hasta 1958. Walsh creyó que la publicación de esta obra tendría un efecto inmediato sobre la sociedad y que se pondrían en marcha los dispositivos del Estado para tratar de esclarecer el caso y castigar a los responsables. Pero la realidad fue otra, ya que no sólo no se pudo seguir adelante con el juicio (desestimado por el Tribunal, que aceptó el recurso de los policías que solicitaban un juicio militar y no civil) sino que los responsables fueron condecorados y ascendidos por parte del Gobierno.
Un año después de Operación Masacre, Walsh repitió la fórmula recogiendo en forma novelada su investigación titulada El caso Satanowski, que fue publicando periódicamente
Mayoría. Sin embargo, esta novela no fue publicada como tal hasta 1973. En ella se relata otro
asesinato cometido por uno de los altos cargos de la policía argentina, pero en este caso, el lector no conoce desde el comienzo la identidad del asesino. Ésta es la meta del investigador/narrador, Walsh, que conseguirá resolver brillantemente el misterio del asesinato del abogado Satanowski. El biógrafo de Walsh, Eduardo Jozami, califica El caso Satanowski como “el más policial de los relatos walshianos de no-ficción” (Jozami 2006: 100):
A diferencia de los fusilamientos de junio, en El caso Satanowski se trata de investigar un crimen cuyos autores no son, en principio, conocidos: cuando el autor analiza las pericias balísticas o señala las contradicciones de los declarantes creemos estar leyendo uno de sus
cuentos policiales. […] Walsh consideraba el asesinato del abogado “uno de los crímenes más literarios que se hayan cometido nunca”.
Cerca de diez años después de su primera investigación, en 1969, apareció ¿Quién mató a
Rosendo? En esta novela, cuyo proceso de publicación fue similar al de las anteriores (siendo
publicada primero en la revista CGT que él mismo dirigía), la acción se centra en el contexto de las divisiones internas de los sindicatos. Desde que publicara Operación Masacre, Walsh había ido definiéndose políticamente junto a la clase obrera peronista, con la cual se implicó especialmente a finales de los años sesenta. A esta época corresponde dicha novela en la que expresa sus posiciones de manera mucho más clara que en los trabajos anteriores y explicita aún más los propósitos de su investigación.
En las tres novelas, Walsh transforma los acontecimientos sociales investigados en una suerte de novela policíaca que refleja fielmente la crudeza de la realidad del momento. Consciente de su deuda con el género policial, afirmaba en el prólogo a ¿Quién mató a Rosendo?: “Si alguien quiere leer este libro como una simple novela policial, es cosa suya” (Rosendo: 25)57. En esta frase queda implícita la afirmación de que Rosendo es, también, un relato policíaco. Sin embargo, el tono, quizá algo desdeñoso, utilizado para referirse a un género que le había reportado premios y un cierto éxito editorial años atrás, no estaba específicamente dirigido al género policial, sino que podría entenderse como un rechazo hacia toda literatura de ficción que no tuviera una finalidad política o de denuncia. En la época tumultuosa, marcada por la dictadura de Onganía y de las grandes movilizaciones sociales, en que se publicaban las primeras notas de ¿Quién mató a Rosendo?, Walsh renegaba de cualquier uso lúdico del arte o del lenguaje en defensa de un arte socialmente útil como el que habían promulgado algunos años antes autores como los dramaturgos Bertolt Brecht y Peter Weiss o el filósofo francés Jean Paul Sartre, tocados por los desastres de la Segunda Guerra Mundial58. Así lo afirmaba en 1973, un año crucial en la evolución política de Walsh, pues finalmente se integraba en el movimiento peronista a través de Montoneros: “No concibo hoy el 57 En esta frase se aprecia el eco de las palabras iluminadoras de E. Hemingway en el prefacio a su París era una fiesta:
“Si el lector lo prefiere, puede considerar este libro como una obra de ficción. Siempre cabe la posibilidad de que un libro de ficción deje caer alguna luz sobre las cosas que antes fueron narradas como hechos” (Hemingway 1962: 7).
58 Tanto Brecht como Sartre, debido a su filiación marxista, veían en el teatro y en el arte en general un vehículo de transmisión de ideas y un instrumento de transformación social. Peter Weiss fue el teórico del teatro-documento: “Un teatro de información, renuncia a toda invención, se sirve de material auténtico (expedientes, actas, cartas, cuadros estadísticos, balances de empresas, declaraciones oficiales...) y lo da al escenario sin variar su contenido, elaborándolo en la forma” (Gómez 1997: 888).
La concepción del arte en Walsh tiene mucha relación con la del teatro-documento, ya que sus novelas siguen los presupuestos definidos por Weiss. Además, Walsh escribió dos obras de teatro en 1965, La batalla y La granada, siguiendo la línea brechtiana. Esto mismo expresa Piglia, al relacionar a Walsh con el dramaturgo alemán: “El trabajo con el lenguaje de Walsh, su conciencia del estilo, nos acerca, y lo acerca, a las reflexiones de Brecht. En Cinco
dificultades para escribir la verdad, Brecht define algunos de los problemas que yo he tratado de discutir con ustedes. Y
los resume en cinco tesis referidas a las posibilidades de transmitir la verdad. Hay que tener, decía Brecht, el valor de escribirla, la perspicacia de descubrirla, el arte de hacerla manejable, la inteligencia de saber elegir a los destinatarios. Y sobre todo la astucia de saber difundirla” (Piglia 2001a: 4).
arte si no está relacionado directamente con la política, con la situación del momento que se vive en un país dado, si no está eso para mí le falta algo para poder ser arte […] porque es imposible hoy en la Argentina hacer literatura desvinculada de la política” (Walsh 1996: 220).