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92 2.4 El corazón de la casa.

In document Ser mujer en mi familia (página 98-114)

Historias... historias... En tiempos de las hadas y de la hechicería... Cuando la reina cruel consultaba su espejo... El duende Trasgolisto su sábana extendía y los siete enanitos pasaban en cortejo... Cuando la cenicienta perdía su zapato... Cuando caperucita visitaba a la abuela... Cuando las botas mágicas calzábase el gato... Y, al par que Jack trepaba, crecía la habichuela… La niña, ya impaciente, con la historia termina, colgándose amorosa del cuello de la madre: «pero, caperucita, ¿no tuvo padre? ¿por qué la cenicienta se queda en la cocina? ¿y cómo a vivir sola no se va Blancanieves? ¡no cuentes, madre mía, historias para bebés!» Marilina Rébora (RÉBORA, 2011) La casa, el lugar dónde he vivido siempre, ha sido testiga de tanta vida, que si las paredes hablaran muchas situaciones serían comprendidas con la versión de un ser omnipresente.

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La casa de mi mami fue hecha con el sudor de su frente, con su trabajo, sus olvidos de sí y ese deseo de tener algo propio que la llevó a aguantar hambre, maltratos e incluso humillaciones. Aquí están gran parte de los ahorros de toda su vida, con el dinero que recibió al vender su herencia, la finquita que le habían dejado sus padres en Tibaná Boyacá pagó la primera parte del lote.

Aunque ya estaban peleando con mi abuelo porque mi abuelita se había enterado de su infidelidad y de su otra familia, ella seguía viviendo en la casa que junto a mi abuelo habían construido, juntos eligieron el lote, juntos cuidaron el material, juntos la edificaron, ella incluso aportó todo el dinero que consiguió en sus primeros trabajos en Bogotá, sin embargo, esa casa le fue arrebatada y nunca recibió lo que ella había invertido, no valió ni el esfuerzo, ni el trabajo, ni las largas caminatas para conseguir agua, finalmente esa casa acogió a otra familia, otro hogar, en esa casa que habían construido con tanto sacrificio e ilusión, mi mami pasó unos de los momentos más amargos de toda su vida, esa casa atestiguo golpes y maltratos de todo tipo, en esa casa se derrumbaron sus sueños de familia y en sus escombros se fueron fraguando sueños de un lugar propio, de un lugar que la acogiera y la resguardara, de un lugar dónde nadie osara en sacarla, ella solo pensaba en una habitación en la cual poder tener su cama, su armario, su dignidad, su independencia y sus sueños.

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Mami: …de todas maneras cómo le digo, yo a él le peleaba el ratico, pero siempre por la noche a veces me hablaba y una noche llegué pues sin pelear ni nada, ni él tampoco, entonces dijo, -Ay si sabe que están vendiendo lotes, acá apareció, aquí en El Tiempo, mire están en no sé qué. Entonces pues eso sí me ayudó, me dijo, -pues si quiere, yo le averiguo dónde están las oficinas y vamos y averiguamos. Y eso sí para qué, él me acompañó, era por ahí por la 17 con Caracas, algo así. Averiguamos, llamé a mi mamá y le avisé a Noé el hermano de Oliva, él era mi correo, era negociante, yo le escribí y le mandé a decir que pusiera en venta el lote porque necesitaba la plata. Lo vendí como por $60 pesos, barato, porque ese lote tiene nacimiento de agua, y de ahí no me compré ni un pan, solo guardé un billete de lo que vendí, por ahí lo tengo y entonces la supervisora de Kelinda como ella me ayudaba, me dijo: -Anita venga y yo le guardo esa plata, no la tenga en la casa ni en el bolso. Ella me la guardo como casi dos meses. Jenny se llamaba la supervisora, muy buena gente y ella me consentía como si fuera la hija.

…Entonces yo seguí así y siempre con la tentación de no irme a pagar un arriendo y yo, lloré y lloré y lloré…

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Ella, una mujer separada, una mujer sola, una madre, construyó su casa; mi mami fue fundadora del barrio, al llegar todo era un gran trigal, calles destapadas, apenas se estaban solicitando los servicios públicos, Bahía Solano prácticamente no existía, estaba hecho a punta de ilusiones de cada pobladora y poblador que iba llegando, fueron ellas y ellos quienes le dieron vida. Es importante resaltar el carácter comunitario y colaborativo con el que fueron naciendo los barrios en aquella Bogotá D.E., un Distrito Especial que acogía algunos municipios cundinamarqueses que se unían a la ciudad.

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Imagen 22. Solicitud de servicios públicos (1979)

Mi mami narra con nostalgia los encuentros barriales que se daban en torno al divertimento, la celebración de fechas especiales y el apoyo mutuo para el desarrollo del barrio, su barrio. Ellos y ellas aportaron para la construcción de su salón y espacios comunales y se ayudaban cuidando los materiales e incluso apoyando física y emocionalmente durante la adecuación de los terrenos.

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Imagen 23. Letra de cambio. Aporte Junta de Acción Comunal del Barrio Bahía Solano. (1983) (Leidi Tatiana Ramos A.)

Imagen 24. Letra de cambio. Aporte Junta de Acción Comunal del Barrio Bahía Solano. (1983) (Leidi Tatiana Ramos A.)

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Mi mami, desde la nada, pero con todo en su cabeza y en su corazón, sin planos, ingenieros o arquitectos, fue armando habitación por habitación, piso por piso, ventana por ventana, ahora es una casa muy particular, sus escalones son desiguales, la distribución no obedece a una lógica particular, pero es su casa, mi casa.

Imagen 25. Ilustración del libro-álbum Cuando lloví (2020) (Leidi Tatiana Ramos A.)

La casa pertenecía a eso que no se dice, junto con mi tutora empezamos a reconocer la casa como una oportunidad de vida, entre sus fisuras están alojadas las llaves que nos permitieron jugar y hacer de la vida fantasía; nos ha protegido y guardado de

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la intemperie, de la calle, del frío, de la inclemencia; sus paredes nos han sostenido cuando pareciera que se nos acaba la fuerza. Esta casa está hecha a pedazos, pero a la vez nos ha hecho al colmo de sus retazos, hizo de mi mami, una gran diseñadora, ingeniera, arquitecta, aún hoy a sus 86 años ella la sigue reparando, creando conexiones eléctricas, pintando, se sube a las tejas y me obliga a subir, yo también me he ido armando, armando de valor para ver a mi mami tan cerca a las nubes y tan lejos de la tierra y para seguir sus indicaciones desde lo más alto del tercer piso de la casa, también, me ha hecho diseñadora, pintora, electricista, he ido siguiendo el ejemplo de mi mami, sus pasos, sus vuelos, porque aquí no aplica eso de que “no hay como Dios y hombre”, mi mami ha podido con tanto, ha podido con todo, hemos podido con todo y cuando no, nos reparamos tal como a la casa.

La casa es el lugar en el que se desarrollan muchas de las historias relatadas por mi mami, lugar de gran importancia en el proceso de irnos haciendo mujeres, convirtiéndose no solo en refugio, sino también en lugar de encadenamiento a labores heredadas de mujeres para mujeres. En mi casa yo debía ayudar con el oficio mientras que mi hermano jugaba en el parque, él no tenía que ayudar a cocinar o a lavar la ropa, es más, a él no le regalaron cocinitas, ollitas, licuadoras, escobas o traperos de juguete, mientras yo jugaba con mi licuadora y Barbie embarazada,

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deseaba con todo mi corazón la imponente niñera de mi hermano, los carros, señales y agentes de tránsito.

A propósito de la casa, Rosalba González (2002), nos invita a repensarnos estos espacios como profundamente políticos, en tanto, lo que se produce al interior de la vivienda es fundamental para la participación pública de las personas, las desigualdades que se producen en lo privado son reproducidas en la esfera pública.

En conversaciones con Darlyn Guerrero y Bibiana Hernández, compañeras de la línea de investigación en la maestría, hablábamos de las dificultades al momento de adelantar nuestros procesos investigativos y aparecían las labores domésticas como uno de los factores que generaban mayores retrasos, era evidente como para nosotras el avanzar en las investigaciones se hacía más lento debido al tener que responder por labores del hogar a diario, labores desarrolladas principalmente en la cocina y en alguna medida en el cuarto de lavado, en comparación con nuestros compañeros hombres cercanos, Oscar Zambrano y Sebastián Piedrahíta, para quienes las labores del hogar no eran una prioridad diaria. Seguramente esta situación no sea generalizada, pero es evidente que esos espacios tienen una mayor presencia de mujeres; aún recuerdo a las abuelitas de Boyacá sacando a los hombres de la cocina mientras decían “los hombres en la cocina huelen a rila de gallina”.

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Históricamente las labores del hogar son atribuidas principalmente a las mujeres y somos entrenadas para ello desde temprana edad. Pero eso no garantiza e incluso no facilita el acceso que tienen las mujeres a la vivienda, especialmente si son madres y si no tienen pareja. La casa es una proeza de mi mami, pero vale la pena anotar que para conseguirla, tuvo que delegar las labores de crianza de mi madre y así poder trabajar por mucho tiempo, Rosalba González (2002), evidencia la dificultad para adquirir vivienda para las mujeres que quedan solas a cargo de sus hijos e hijas, debido a las negativas para acceder a créditos y programas de vivienda, situación que responde a que su tiempo es invertido total o parcialmente a las labores de cuidado haciendo que sus ingresos sean bajos. González (2002), refiere:

Las movilizaciones de derecho a la vivienda que, muchas veces son lideradas por mujeres, no solo convocan por el derecho a un lugar donde resguardarse de las inclemencias del clima, sino también por el derecho a habitar y desarrollarse en ambientes adecuados, esto conlleva visibilizar la precariedad en la que muchas y muchos habitan y cómo esto afecta en lo público. (2002). Es en el hogar dónde podemos mantener nuestros cuerpos sanos para que puedan estar activos en el espacio público participando en lo político de manera visible.

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Por otro lado, también evidencia la situación de las mujeres al acceder a trabajos asalariados de tiempo completo, quienes pese a ello siguen teniendo las mismas labores de cuidado al interior del hogar.

La vivienda entonces se convierte en sí en un acto político, no solo por las luchas de acceso a esta, sino por su capacidad de reproducir o no desigualdades desde su interior. La experiencia de ser mujer, es atravesada por la casa y por las lógicas que se presentan al interior de esta.

La mujer pareciera ser el corazón de la casa, la lleva a cuestas tal como aparece en la portada de “El Libro de los Cerdos” de Anthony Browne o en la creación colectiva de Nohra Gonzalez, Alexandra Escobar y Patricia Ariza, “Memoria”, donde se podían ver mujeres con la casa sobre su cabeza homenajeando a las mujeres que huyen en medio de la guerra.

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Imagen 26. El libro de los Cerdos. (Leidi Tatiana Ramos A.)

Imagen 27. Memoria. Tomada de: https://www.contagioradio.com/memoria- mujeres-desplazadas-teatro/

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En su afán por construir familia mientras llevan su casa a cuestas, algunas mujeres son las principales reproductoras de las cadenas de desigualdad, transmitiéndolas de generación en generación; en mi casa se valoraba sobremanera que hubiese aprendido a cocinar desde temprana edad, era más importante que el hecho de tener un buen rendimiento académico y aún en mi adultez he recibido por parte de mujeres mayores elogios como “le quedó delicioso, ya puede conseguir marido”.

En el asentamiento del imaginario del ser mujer en los hogares, además de la carga generacional, influyen de manera importante los medios de comunicación masivos, quienes construyen una identidad femenina artificial como pauta de comportamiento real para las mujeres en general, la sociedad impone maneras de ser mujer.

"Es necesario" Es necesario revertir el hechizo. Ese, que borra a las mujeres de los libros de historia, de las esferas de poder, de las antologías.

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Ese, que las encierra entre cuatro paredes, con solo colocarles un anillo. Guisela López (LÓPEZ, 2017)

Un ejemplo de ello son los contenidos que se reproducen en gran parte de la literatura de ese estereotipo de mujer ejemplar, cuyas características hastían en dulzura y sometimiento, hacendosas, cultas, delicadas, bellas y diligentes, que desde luego se desenvuelven muy bien en los oficios del hogar; a todas voces, se reconoce que esto les permitirá ser felices por siempre junto al hombre de sus sueños. En su hogar, dulce hogar.

En la literatura infantil, son recurrentes los lugares comunes de mujer estereotipada en cuentos clásicos como “Blanca nieves y los siete enanitos”, “Hansel y Gretel” y “Cenicienta” por nombrar algunos, en “Cenicienta” es posible leer “…Se levantaba de madrugada, iba por agua, encendía el fuego, preparaba la comida, lavaba la ropa. Y, por añadidura, sus hermanastras la sometían a todas las mortificaciones imaginables; se burlaban de ella, le esparcían, entre la ceniza, los guisantes y las lentejas, para que

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tuviera que pasarse horas recogiéndolas. A la noche, rendida como estaba de tanto trabajar, en vez de acostarse en una cama tenía que hacerlo en las cenizas del hogar…” de los hermanos Grimm (GRIMM). En libros más contemporáneos como “La cocinera de hechizos” escrito por Luisa Noguera e ilustrado por Helena Melo, encontramos una lista de correcciones para ser una mejor mujer “-Moldearemos su carácter con juicio y con disciplina. Se olvidará del espejo no vestirá popelinas. Le enseñaré cuanto sé de las artes culinarias; no habrá tiempo para juegos, ni fiestas estrafalarias.” (NOGUERA, L. MELO, H., 2013).

Así, el ser mujer contempla las labores domésticas como un imperativo en la mujer, no como acciones que constituyen actividades laborales, a menos que se trabaje como empleada doméstica, siendo así, labores sin reconocimiento, injustas y que nunca cesan.

Cuando era pequeña deseaba huir, irme de la casa, no quería tener que hacer oficio todo el día, cuidar a mis hermanas y hermanos, estar siempre en función de las demás personas, pero sabía que era muy pequeña, que no tendría a dónde ir; a mis 11 años contemplé la posibilidad de ser novicia, incluso hable varias veces con la madre superiora de la congregación de la Anunciación, estuve a punto de irme para Bucaramanga a culminar mis estudios con la comunidad religiosa, pero no conté con los permisos necesarios por ser menor de edad. La casa para la mujer,

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a veces tiene tintes de cadena perpetua. Quizá la casa sin querer también está llena de grisura, como diría Liliana Blum; en su libro “Tristeza de los cítricos” esa grisura enfermedad que mata a los árboles y envenena a las personas (BLUM, 2020).

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