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132 2.6 Dolor de miedo

In document Ser mujer en mi familia (página 138-152)

Entre las cosas más difíciles de decir para mi mami, fue un posible abuso sexual al que estuvo expuesta siendo muy pequeña. Para que mi mami accediera a plasmar aquí esa situación, tuvimos que conversar, ver testimonios, reconocer lo importante del decir y sanar esa culpa y esa vergüenza que queda arraigada en las entrañas por tantos años.

Cuánto dolor se lleva a cuesta cuando las palabras pesan y son imposibles de descargarlas, mi mami nunca le contó a nadie, es más no recuerda muy bien y no sabe qué pasó, olvidó rostros y se llenó de miedo.

El decir, el hablar de estas situaciones que petrifican y duelen, es como se ha dicho antes, una apuesta política y la posibilidad de extender un abrazo fraterno para quienes también se han llenado de miedo y de palabras pesadas.

Grabación 16 de enero de 2019

Mami: Yo pensando, de pronto de lo que me enfermé esa vez fue porque trataron de abusarme, pero entonces yo me acuerdo que mi mamá decía, -mija, pero por qué llora, qué le pasa y yo decía que no, que era que el perro se estaba comiendo una gallina en la mata de carrizo. Pero no era por eso, porque yo sentía algo que me dolía el estómago y

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me dolía el estómago, y yo llegaba y me acurrucaba al pie de mi mamá y llore, pero siempre dure harto rato así, harto tiempo, hasta que Ascensión dijo, -por qué no llevamos a la china al médico a ver qué es lo que le pasa.

Yo: Mami por ahí cuántos años tenías.

Mami: Tendría por ahí unos 10 o 11 años, todavía estaba pipiola, yo me iba al pie de mi mamá y me acuclillaba mientras ella ordeñaba las vacas y yo chille y chille hasta que me llevaron al pueblo.

Mi mami recuerda que después de ir al médico, la llevaron dónde una sobandera quién aseguro que estaba descuajada, mi mami nunca dijo nada, ella solita se refugió en sus lágrimas.

Los intentos de abuso sexual en algunas de las niñas de mi familia han sido recurrentes, la situación se dio por lo menos en cuatro generaciones continuas e incluso una familiar lejana fue obligada a casarse con la persona que abusó de ella, por haber quedado en embarazo, de esto no se dice nada, porque produce vergüenza e irrumpe con la trama familiar montada, la objetivación de los cuerpos se ha silenciado, mientras el miedo a todo aquello relacionado con lo sexual ha sido transmitido con tal empeño que llega incluso a mis hermanas. Las situaciones presentadas se dieron al interior de las casas, inquilinos, personas cercanas

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lograban acercarse utilizando estrategias de confianza y manipulación.

Fragmentos conversación 22 de enero de 2019 Yo: Mami, como fue la infancia de mi mamá.

Mami: […]Ya cuando tenía como 6 años entonces ya venían los hermanos de la Nidia15, creo que uno intentó abusar de

Aída16 porque mi suegra dijo Benilda le voy a contar algo,

yo encontré hoy a la niña sin calzones […]. Entonces ahí fue cuando ella me dijo, no, tiene que mirar como hace porque aquí está pasando algo, porque ya vi a la niña sin calzones y no puede estar así.

Tenía como seis añitos estaba pequeñita y nunca se supo si la había abusado o no, porque yo le preguntaba, pero ella dijo que no y que no y que no. Entonces pues estaba pequeñita, ella negó, yo no sé si para que no le pegaran, en todo caso eso pasó así y ya mi suegra tenía más cuidado y no la dejaba sola, siempre estaba con ella y la llevaba con ella para todo lado.

15Nidia, medio hermana de mi mamá.

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Cómo saber de esos silencios que mi madre se llevó consigo, cómo saber de sus dolores, de sus cargas. Cómo ayudarla a la distancia, a esta distancia infinita que tan solo ahonda en vacíos.

Relato auto-etnográfico17

Mi mami siempre ha tenido inquilinos e inquilinas en la casa y en ese momento vivía una señora con su sobrino de 13 o 14 años, yo tenía 5 o 6 años y él era mi amigo. Mi mami nos tenía prohibido ingresar a las habitaciones, solo podíamos jugar en el patio de ropas dado que era un lugar que ella podía ver. Recuerdo que estábamos en el patio jugando piquis, cuándo él me mostró su súper colección, eran tantas que las tenía guardadas en una botella de dos litros y llegaban a la mitad. Me dijo que me las regalaría si íbamos a su habitación, le recordé que mi mami no nos dejaba, pero el insistió y dijo que sería un momentito no más. Al abrir los ojos, estaba amarrada con unas corbatas, al tratar de recordar aún siento molestia en la boca como si hubiese introducido una tela muy grande o unas medias, ese día tenía puesto un enterizo y debajo tenía medias veladas, sus manos pasaron por mi cuerpo, sus labios por

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mi rostro, mi mami grito muy fuerte mi nombre y mi amigo tuvo que soltarme.

No recuerdo mucho, pero tengo imágenes del haber estado en un lugar blanco, mi mami me contó que fuimos a medicina legal a hacer todo el proceso y que por fortuna no había alcanzado a acceder a mí carnalmente, mi amigo, se fue, pero me dejó llena de miedo. No se habló de eso por años, simplemente no había pasado, es más mis hermanos y hermanas nunca supieron de la situación.

La primera vez que hablé de ello fue cuando tuve novio y me di cuenta que me incomodaba que me tocara o que me diera besos, ni siquiera era en un contexto sexual, pero no soportaba su piel junto a la mía. El miedo se hace tan fuerte, tan doloroso, que más pareciera una jaula estrecha de púas, que encierra desde dentro y desde fuera, haciendo sangrar al sentimiento.

El amor y la comprensión me han permitido sanar, para ello tuve que decir y recordar, decir y perdonar, decir y soltar. Reencontrarme con mi cuerpo y permitirme sentir bonito. Los intentos o presuntos abusos sexuales en las niñas de mi familia, han sido recurrentes, es una situación presentada en al menos cuatro generaciones continuas, un no dicho que ha silenciado la objetivación de los cuerpos, mientras el miedo a todo

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aquello relacionado con lo sexual se transmite de generación en generación en mi familia, expropiándonos del derecho al placer y el deseo, llenando de miedos nuestras entrañas y dotándonos de unas tactilidades llenas de prevención y barreras corporales.

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2.7. Vocación de intemperie. Del campo a la ciudad.

Imagen 29. Eloisa y los bichos de Jairo Buitrago y Rafael Yockteng. “Es verdad que no nací aquí… pero en este lugar aprendí a vivir” (BUITRAGO, J. y YOCKTENG, R., 2009)

Considero que todas y todos somos migrantes, quizá no hemos tenido que atravesar grandes territorios o fronteras, pero seguramente en nuestra familia alguien lo ha hecho. Migramos, nos desplazamos de un lugar a otro tal como lo hacen los animales que se desplazan buscando mejores condiciones para la existencia. Mudamos de casa, mudamos de trabajo, nos desplazamos casi que, a diario de un barrio a otro, de una localidad a otra y aunque desde luego las condiciones son totalmente distintas, el sabernos migrantes, creo yo, nos permite a la larga ser empáticas y empáticos con quienes han tenido que hacer viajes y cambios más drásticos. Migrar hace parte de nuestra realidad diaria.

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El libro-álbum Eloisa y los bichos, logra transmitir algunas de las emociones por las que atraviesan las personas que migran, el sentirse un bicho raro, la dificultad de adaptarnos a nuevas costumbres, el recuerdo permanente de lo que dejamos atrás, las personas que ya no están. (BUITRAGO, J. y YOCKTENG, R., 2009) Con la abuela Martina es posible reconocer uno de los primeros procesos de migración que se dan del campo a la ciudad, ella nació en Supatá, fue recibida por sus tías en San Francisco, de allí parte a Zipaquirá y finalmente llega a Bogotá. Con tan solo 10 años, en medio de la orfandad y la soledad emprendió camino con los pies descansos y el alma desnuda y fue haciendo su vida palmo a palmo, cuántos dolores cargaría envueltos en sus corotos, cuánta valentía agitaría sus cabellos mientras sus pies creaban rutas hacia la libertad.

Cartografía18 del campo a la ciudad. Martina Ramos.

La maestra María Teresa evidencia la importancia de la cartografía para reconocer los lugares y el movimiento de la vida, de las prácticas, de la experiencia humana y cómo los relatos van asociándose a ese movimiento relatando la existencia.

18 Fragmentos de la entrevista realizada a la PhD. María Teresa García el día 22 de

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La cartografía, además condensa la mayor cantidad de información de la ruta vivida, roles, oficios, edades, lugares. Permite también rastrear particularidades que se dan en unos lugares y otros, los contextos atañen condiciones particulares de la existencia, por ejemplo, para la abuela Martina, una niña que es acogida en la calidad de apoyo en el hogar, o esclavitud doméstica, esa casa no solo contempla los oficios a los que debemos responder en una casa de ciudad, sino que tal como lo comenta María Teresa, la casa campesina, integra en sí actividades adjuntas que hacen parte de los oficios domésticos, el ordeño de las vacas, la alimentación de los animales, el trabajo de la tierra, actividades que tienen que ver con la sobrevivencia en la vida campesina.

La abuela Martina entonces, se labra su camino y a la vez el de mi abuelo a partir del oficio de la cocina que aprende en casa de sus tías a muy temprana edad, es el cocinar lo que le permite huir y tener una manera de sobrevivir a partir de su propio trabajo, para luego llegar a Zipaquirá, comprometerse, tener su hijo y darse cuenta que ahí no era su lugar, el cocinar le permite huir nuevamente, llegar a la ciudad, trabajar como cocinera en un importante hotel de la ciudad, dónde debido a sus destrezas es ascendida a chef, permitiéndole darle educación a su hijo e incluso junto a su hijo y en ese entonces su nuera (mi mami), llegar a tener una casa familiar, en la cual continuaba sus prácticas de

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preparación de alimentos ya no en calidad de empleada, sino de ama de casa.

Imagen 30. Cartografía del campo a la ciudad, abuela Martina. Dibujo del posible trayecto realizado por la abuela Martina a partir de las narraciones de mi mami. 1. Supatá. 2. San Francisco. 3. Zipaquirá. 4. Bogotá. Imagen realizada con google maps. Senderito de Supatá, (https://www.tripadvisor.com/LocationPhotoDirectLink- g294074-d2195465-i307798687-Sal_Si_Puedes-Bogota.html) San Francisco,

(https://mapio.net/pic/p-43635650/) Zipaquirá

(http://memoriahistoricadezipaquira.blogspot.com/2016/09/mirada-hacia-el-

pasado-salinero-una_90.html) Bogotá años 30.

(https://www.pinterest.de/pin/817825613552559214/) (2020) (Leidi Tatiana Ramos A.)

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Mientras la abuelita Martina, daba saltos al vacío en cada una de sus huidas, para mi mami, la ruta del campo a la ciudad había sido trazada por su hermana Primitiva. Mi mami recuerda que cuándo su hermana iba a visitarlos a Boyacá, ella se colocaba su ropa, medias y tacones, quería ir a ese lugar lleno de ropa tan bonita. De tal manera, para mi mami el camino de Tibaná-Boyacá a Bogotá, era guiado por la escópica y tenía marcas de tacón, en línea recta.

Conversaciones 19 de julio y 4 de octubre 2018

Fragmentos de una historia de amor entre el campo y la ciudad. (Ver Anexo B.)

Yo: ¿Cómo te viniste para Bogotá?

Mami: Un día le dije a mi mamá que yo quería venir a acompañar a los chicos y que los traía, que le ayudaba a traérselos a mi hermana y fue cuando ya me quedé y ya me enamoré.

Y yo me quedé ahí en la pieza con mi hermana, pero eso le cobraban más arriendo, le cobraban más luz. Eso era por la primera, cerca de la media torta, todo eso me conozco. La Candelaria, todo eso me lo ande con el abuelo casualmente, porque allá fue donde nos conocimos.

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El primer trabajo de mi mami al llegar a la ciudad, no siguió la ruta laboral que por lo general se trazaba al llegar a la ciudad, a diferencia de algunas de sus hermanas y familiares cercanas, ella no llegó a desempeñar oficios domésticos, sino que, gracias a su hermana y a los contactos generados previamente, logró ingresar como operaria en una fábrica de accesorios, aretes, sombreros de pluma, guantes y esmaltes.

Debido a que su sobrina Elvira, hija de Primitiva, se escapó de Boyacá a los 8 años y llegó a la casa donde vivían, mi mami tuvo que regresar al campo, a cuidar y acompañar a sus padres.

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Imagen 31. Cartografía del campo a la ciudad, mami Ana. Dibujo del posible trayecto realizado por la abuelita Ana. 1. Tibaná 2. Bogotá. Imagen realizada con google

maps. Bogotá-Troli

(http://elbicentenarioisabelsegunda.blogspot.com/2010/05/troli.html) (2020) (Leidi Tatiana Ramos A.)

En la casa donde vivían conoció a mi abuelo, un hombre blanco, con ojos claros, alto y, además, citadino. Si bien, él es cundinamarqués llegó a los tres meses de edad a Bogotá. Las formas de cortejo distaban de manera significativa a las que había experimentado con los hombres de campo, quienes, en palabras de mi mami, buscaban generar contacto físico, por ejemplo, al compartirles una totuma de guarapo o, establecían conversaciones con los padres, un vecino de apellido Chavarro, le ofrecía cerveza a la abuelita Nieves (mamá de mi mami) los días martes, días de mercado en el pueblo y le decía “cuídeme la china”, como si se tratara de una mercancía que se reserva.

Fragmentos conversación 4 de octubre 2018. Cortejo abuelo. Mami: Siempre en la semana bajaba a la agencia en Bogotá y me mandaba una caja de chocolates en forma de corazón, pero grande, en forma de corazón y una carta. Me mandaba -bueno mi chinita, me decía mi chinita, -yo estuve tal día en tal parte, todo me lo contaba, lo del diario. Los caminos avanzados por las abuelas, son trayectos que ellas nos obsequian para a partir de allí seguir adelante, sus esfuerzos, su valentía, su fuerza, su cuidado, nos permiten ahora tener unas

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condiciones de vida dignas, tener un techo seguro en el cual resguardarnos, tener un alimento en caso de no poder responder debido a las difíciles condiciones laborales a las que a veces estamos expuestas y expuestos, tener empatía, porque desde siempre hemos crecido sabiendo las dificultades que ellas han atravesado y siendo conscientes que pese a todo, pese a todas las dificultades, adentro hay una fortaleza enorme empujando de vuelta y además, en el camino, nos encontraremos manos sosteniendo e impulsando.

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