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Crímenes en Bolivia

In document La cia Contra Elche (página 162-164)

Los servicios secretos norteamericanos, alarmados por los acontecimientos en Bolivia y la radicalización de amplios sec- tores militares dentro del proceso nacionalista, pusieron en práctica su plan desestabilizador en estrecha coordinación con grupos de derecha del ejército y la policía. El Plan de Mayo, elaborado con el propósito de llevar a cabo el asesinato de las principales figuras políticas y militares nacionalistas, solo fue necesario actualizarlo y adecuarlo a las nuevas circunstancias.

A fines de 1969, el senador Jorge Soliz Román, enemigo de Ovando y dirigente de una asociación campesina organizada por Barrientos, resultó muerto al ser acribillado a balazos por personas desconocidas que interceptaron su vehículo a cuatro kilómetros de Cochabamba. Dieciocho tiros de ametralladora le perforaron todo el cuerpo. Muchas personas en Bolivia tie- nen la certeza de que este crimen obedeció a intereses de la CIA, con el propósito de aglutinar a todos los militares y diri- gentes campesinos barrientistas contra Ovando.

Efectivos de la Inteligencia militar ocuparon una casa en el barrio de Sopocachi, donde la CIA tenía instalada una nueva red de control telefónico, provocando un nuevo escándalo de la injerencia de los Estados Unidos en los asuntos internos de Bolivia. Ovando públicamente declaró que la Agencia y malos bolivianos actuaban contra Bolivia, y expulsó a cinco funciona- rios norteamericanos vinculados con esa agencia de espionaje. El 31 de diciembre miembros del Ministerio del Interior localizaron una casa donde residían, clandestinamente, algu- nos miembros del ELN, entre estos, David Adriazola Veizaga, el Darío de la guerrilla del Che.

La periodista e investigadora boliviana Lupe Cajías, testi- go de este hecho, escribió: “Era víspera del Año Nuevo y nos mandaron a comprar trago a la tienda de la esquina y de pronto empezó la baleadura y vimos los jeeps y la gente corriendo [...]. Nos sacaron de la tienda y cerraron la puerta y no sabíamos qué hacer y nos daban pena los guerrilleros y los policías y vimos cómo mataron a ese que trató de escapar por el ‘corte-ca- mino’. Quizá él era Darío, el último sobreviviente boliviano de la guerrilla del Che. Corrimos para dar la noticia a papá y que

Presencia tenga la primicia y fuimos heroínas por varias horas

contando y dando detalles de aquella matanza”.

El papá de Lupe es Huascar Cajías, importante periodista y diplomático boliviano, quien en aquella época y durante mu- chos años fue el director del periódico Presencia. En 1988 se en- contraba en Roma como embajador de Bolivia ante el Vaticano. En febrero de 1970, el periodista e intelectual boliviano Jaime Otero Calderón apareció estrangulado en el interior de la Editorial Artística de la cual era propietario. Los culpables del crimen no aparecieron, pero se vinculó a que Otero publicó, en

el último número de su boletín Servicio Informativo Confidencial (SIC), una denuncia de hechos graves de corrupción durante el gobierno de Barrientos y prometió ofrecer mayores revela- ciones en la próxima edición. La denuncia afectaba los planes de la CIA y de los militares que conspiraban con ellos. Unos sostienen que la Agencia fue la autora del crimen; otros, los militares barrientistas, aunque la diferencia no era mucha, ya que los intereses de ambos eran los mismos y estos se veían afectados con lo publicado.

Jaime Otero Calderón, junto a otros prestigiosos intelec- tuales bolivianos, sentía simpatías por el Che Guevara. Cola- boró con periodistas extranjeros que viajaron a Bolivia para reportar el juicio contra Regis Debray y los acontecimientos guerrilleros. Fue uno de los doce intelectuales que fundó la Coordinadora Nacional de la Resistencia, la que lanzó un ma- nifiesto a la nación llamando a luchar contra la ocupación nor- teamericana; dirigente nacional del Movimiento Nacionalista Revolucionario; ex diputado y ex ministro secretario de la pre- sidencia durante el gobierno del doctor Víctor Paz Estenssoro.

El 13 de marzo de 1970 arribó a La Paz el enviado norte- americano Charles Meyer. La periodista e investigadora boli- viana Lupe Cajías narró que las manifestaciones de protestas llegaron hasta la casa donde asesinaron a Inti Peredo y allí ha- bló el sacerdote Mauricio Lefebre. Los asistentes coreaban: “¡Te vengaremos! ¡Te vengaremos!” Los estudiantes de las barriadas pobres del Alto, donde se encuentra el aeropuerto internacio- nal de La Paz, formaron barricadas para que el enviado norte- americano no pudiera pasar. Por su parte, la revista Oiga, Nº. 366, de fecha 20 de marzo de 1970, reportó: “Sábado 14.-La Paz había amanecido tranquila después de un día bastante agitado

para los destacamentos de la fuerza aérea, policías y agentes civiles de seguridad que tuvieron que enfrentarse a nutridos grupos de manifestantes que exteriorizaban su protesta por la visita del subsecretario de Estado norteamericano para Asun- tos Latinoamericanos, Charles Meyer, cuando a las 8:50 de la mañana una violenta explosión ocurrida a pocas cuadras de la embajada norteamericana, donde se encontraba Meyer, sacó de su letargo a los paceños [...]”.

Otro crimen político estremeció a la ciudadanía: el perio- dista, ex embajador de Bolivia en España, Alfredo Alexander Jordán, y su esposa, Marta Dupleych, habían sido asesinados. Eran los propietarios de los importantes periódicos Última Hora y Hoy; vivían en la residencial y exclusiva avenida 6 de Agosto, donde un joven mensajero les entregó un paquete de regalo. Cuando el matrimonio procedió a abrirlo, una poderosa carga de explosivos estalló y destrozó sus cuerpos. Alfredo Alexander escribía en su periódico bajo el seudónimo de Erasmo, y soste- nía fuertes enfrentamientos contra Ovando. Las sospechas del crimen recaerían en este y sus seguidores. Se señala como un crimen netamente político dentro de la estrategia de la CIA.

Los crímenes continuaron. A principios de junio aparecie- ron en las cercanías de la ciudad de Cochabamba los cadáveres de dos jóvenes. Más tarde se determinó que eran los del chileno Elmo José Catalán Avilés y de la boliviana Jenny Koeller. Elmo trabajó en Santiago de Chile como periodista en Última Hora,

El Siglo y en el semanario Vistazo. Autor de dos libros sobre las

riquezas básicas de Chile; dirigente sindical y jefe de prensa de la primera campaña presidencial de Salvador Allende. En Chile dirigió la red de apoyo a la guerrilla del Che. Jenny era arquitecta, secretaria administrativa del Comité Ejecutivo de la

Federación Universitaria de Cochabamba y destacada dirigente con gran nivel de influencia dentro del movimiento estudiantil boliviano. Ambos pertenecían al Ejército de Liberación Nacio- nal de Bolivia. Ellos estaban investigando la participación de la CIA en el asesinato del Che, al igual que la injerencia de esa agencia de espionaje en los asuntos internos de Bolivia, y to- dos los aspectos denunciados por el ex Ministro del Interior Antonio Arguedas. La pareja estaba preparando un libro que publicaría la Editorial Feltrinelli en Italia.

La prensa publicó un comunicado que aparecía supuesta- mente firmado por el Ejército de Liberación Nacional de Boli- via, donde se decía que uno de sus miembros era el responsable del crimen por rivalidades y celos. Pero el ELN desmintió la información. El crimen provocó profunda consternación y una ola de protestas en todo el país. Durante el sepelio, los dirigen- tes universitarios acusaron abiertamente a la CIA y a las fuer- zas armadas bolivianas como las autoras de ambos asesinatos.

Para algunas fuentes bolivianas, el gobierno de Ovando estaba interesado en evitar la confrontación con los estudiantes y envió a cientos de policías y tropas del ejército para mantener el orden. Pero grupos fascistas se aprovecharon para disparar contra los manifestantes, estos respondieron a la agresión y se produjo un saldo indeterminado de muertos, aunque el gobier- no solo admitió dos y varios heridos; sin embargo, testigos pre- senciales aseguraron que fueron decenas.

La feroz represión desató una ola de manifestaciones en las principales ciudades del país. El ejército y la policía las reprimieron salvajemente. Los sindicatos y estudiantes con- virtieron las calles, plazas, parques y avenidas en verdaderos campos de batalla. Las calles de la ciudad de Cochabamba fue-

ron tomadas por los estudiantes durante seis horas, tiempo en que construyeron barricadas, incendiaron vehículos, lanzaron bombas y cocteles molotov.

La CIA utilizó el asesinato de los jóvenes para crearles graves problemas al gobierno de Ovando y a los militares na- cionalistas, en especial a Juan José Torres. La Agencia conside- raba que la unidad de las fuerzas de izquierda con los militares nacionalistas para luchar contra el imperialismo norteamerica- no quedaría rota para siempre.

Otro intento de un crimen político en la ciudad

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