El 19 de agosto de 1971 el periódico Jornada denunció que ele- mentos barrientistas, dirigidos por la embajada norteameri- cana, trataron de acallarlo junto a la Radio Altiplano, porque estaban difundiendo una importante reunión del grupo deno- minado Vanguardia Militar del Pueblo, donde declaraban que solo iban a obedecer las órdenes del pueblo.
El sábado 21 se inició el golpe de Estado organizado por la CIA y la embajada de los Estados Unidos. El pueblo presen- tó resistencia desde los primeros momentos, con un saldo de
forma urgente e insistente gasas, algodón, sangre de diferentes tipos y reportaban muchísimos muertos y heridos. Los aviones bombardearon los principales focos de resistencia.
El domingo 22 hubo una tregua para poder retirar a los muertos de las calles. Cálculos conservadores situaron las ci- fras en más de 100 muertos y 600 heridos, pero meses después se supo que fueron más de 1 500. Se anunció que un nuevo triunvirato se haría cargo de la dirección del país, el cual estaba formado por el general Jaime Mendieta y los coroneles Hugo Bánzer Suárez y Andrés Sélich Shop.
Los tanques rodearon la universidad e iniciaron el bom- bardeo contra esa institución. Testigos presenciales afirmaron que los militares, a golpes y patadas, sacaron a los estudiantes de sus aulas. Las universidades de Tarija, Sucre, Potosí, Oruro, Cochabamba, Trinidad y Santa Cruz fueron reprimidas violen- tamente; los campesinos y mineros masacrados; las emisoras mineras tomadas militarmente.
La resistencia, ubicada en varios puntos de la capital, la acallaron brutalmente. A muchos estudiantes y obreros los fu- silaron o simplemente muertos a tiros, como los casos de Vladi- mir, hijo de Modesto Reinaga, hermano del guerrillero Aniceto Reinaga, y de Rubén Sánchez, hijo del mayor Sánchez Valdivia, ex prisionero del Che en la emboscada del 10 de abril de 1967.
Grupos represivos especiales, formados y asesorados por los norteamericanos, salieron a las calles para liquidar toda la subversión. Andrés Sélich, Rafael Loayza y Guido Benavides dirigieron personalmente toda la represión.
El sacerdote canadiense Mauricio Lefebre, perteneciente a la Orden de los Oblatos y profesor de Sociología de la Uni- versidad Mayor de San Andrés, recibió un impacto de bala en
la cabeza que le produjo la muerte de inmediato. Lefebre se vinculó con los pobres y humildes de Bolivia, en lucha abierta por cambiar tantas injusticias. Junto a los estudiantes participó en las manifestaciones de protesta por la visita del subsecreta- rio de Estado norteamericano para asuntos latinoamericanos Charles Meyer; en otra ocasión, les habló a los reunidos que frente a la casa donde cayó Inti Peredo gritaban: “¡Te vengare- mos! ¡Te vengaremos!” El sacerdote Lefebre se adhirió a la huel- ga de hambre en reclamo de los cadáveres de los guerrilleros de Teoponte. Fue el orador principal en los actos de recordación y homenaje en el primer aniversario del asesinato del Che.
Una vez sometida a metralla la resistencia y tomado el Palacio de Gobierno, el triunvirato se distribuyó los cargos: presidente, Hugo Bánzer Suárez; ministro de Defensa, Jaime Mendieta, y Ministro del Interior, Andrés Sélich Shop.
A partir de ese momento, en Bolivia se inició la práctica de los desaparecidos y una de las más feroces represiones que ha vivido el país. Sélich declaró a la prensa que su objetivo era acabar primero con los rojos, para luego hacerlo con los pillos.
La universidad fue clausurada. Las radios y periódicos to- mados militarmente. El matutino Presencia, el más influyente de Bolivia, perdió prácticamente a sus reporteros, de 17 perio- distas antes del golpe solo quedaron tres. Las instituciones re- ligiosas, violadas, a tal punto que los sacerdotes y monjas que mantenían posiciones de defensa e identifica dos con el pueblo humilde fueron hostigados. Los dirigentes sindicales, profesio- nales, campesinos, intelectuales, políticos y estudiantiles los concentraron en prisiones especiales, lo que provocó la necesi- dad de trasladar a más de 200 prisioneros para un regimiento militar. Los miembros de las fuerzas armadas que estaban vin-
culados a las posiciones progresistas, nacionalistas y antinorte- americanas los eliminaron por diferentes vías: a unos los con- finaron; a otros les dieron baja de la institución o los obligaron a salir al exilio.
Las listas de presos y exiliados en todo el país sumaban centenares, más tarde miles. La cifra de los asesinados y des- aparecidos nunca se pudo determinar.
Se instalaron casas especiales de tortura, se abrieron nue- vos campos de concentración, como los de Achocalla, Choncho- coro, el DOP, Pari y la isla de Cuati.
La CIA empezó a trabajar en la reestructuración de los ser- vicios de Inteligencia bolivianos, con tal cinismo que el criminal nazi Klaus Barbie volvió a ocupar la jerarquía que poseía duran- te el gobierno de Barrientos. De inmediato Barbie se dio a la ta- rea relacionada con la formación de un grupo especial represivo conocido años después como “Los novios de la muerte”.
La paz y la tranquilidad siempre exigidas por los norte- americanos se estaban imponiendo.
El mismo día del golpe hizo su aparición pública el Mo- vimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) que, mediante comunicados de radio, llamó a sus dirigentes y militantes a en- frentar el golpe fascista y derro tarlo; desde luego, el movimien- to pasó a la clandestinidad. El 7 de septiembre quedó formal- mente constituida su primera dirección nacio nal clandestina, integrada por Jaime Paz Zamora, Antonio Aranibar, Oscar Eid Franco y otros.