De lo sucedido durante toda la noche del 8 de octubre en el ca- serío de La Higuera, fueron testigos los militares, el Che, Willy Cuba, el corregidor Aníbal Quiroga, los maestros, el telegra- fista, su esposa Ninfa Arteaga y los campesinos del humilde poblado.
Después que los militares dejaron a los guerrilleros en la escuelita, Andrés Sélich, Ayoroa y Gary Prado se dirigieron a la casa del corregidor para comer. Más tarde pasaron a la casa del telegrafista Humberto Hidalgo y se dispusieron a efectuar un inventario de todas las pertenencias de los combatientes.
Aproximadamente a las nueve de la noche, Andrés Sélich y Gary Prado regresaron a la escuela con el propósito de in- terrogar al Che, luego, se les incorporó Miguel Ayoroa. Que- rían obtener informaciones, datos precisos que les facilitara el aniquilamiento del resto de los guerrilleros y conocer cuál era el lugar previsto para el reagrupamiento. Como respuesta solo encontraron el silencio.
Sélich lo insultó nuevamente; le haló con ira la barba, con tal fuerza que le arrancó parte de esta. El Che tenía las manos atadas pero reaccionó indignado. Las alzó con fuerza para que cayeran en el rostro de Sélich, quien se abalanzó sobre él con la intención de golpearlo. El Che reaccionó de la única forma que podía responderle: escupiéndole el rostro. Sélich se abalanzó otra vez. Entonces las manos del Che fueron amarradas por detrás de la espalda.
Volvieron a la casa del telegrafista, donde Sélich se apoderó de las pertenencias de los guerrilleros. Las más valiosas desde el punto de vista material se distribuyeron entre los oficiales de acuerdo con la jerarquía: 4 relojes Rolex, 1 pistola alemana cali- bre 45, 1 daga solinger, 2 pipas, 1 altímetro y otros objetos. Entre los oficiales repartió los dólares estadounidenses, canadienses y pesos bolivianos, con el compromiso de no reportarlo a las ins- tancias superiores, pues si ese dinero llegaba a manos de Zente- no Anaya y Arnaldo Saucedo Parada, se quedaban con él.
En el momento de la distribución, apareció el soldado Franklin Gutiérrez Loza y exigió su parte. Sélich le entregó 2000 pesos bolivianos y 100 dólares para que mantuviera silen- cio. Sin embargo, tiempo después, disgustado por lo poco que recibió, los denunció ante Saucedo Parada, quien lo informó a las instancias superiores. Eso le costó al soldado Gutiérrez Loza que fuera acusado de desertor, de proporcionarle infor- maciones a los guerrilleros y vender objetos de estos a los pe- riodistas. Fue procesado, castigado y cumplió prisión.
Sélich se quedó, además, con el morral del Che, varios ro- llos fotográficos, y una libreta de color verde, en la cual el Gue- rrillero Heroico escribió con su letra varios poemas: “Canto Ge- neral”, de Pablo Neruda; “Aconcagua” y “Piedra de Hornos”,
de Nicolás Guillén. Posteriormente, la libreta se la entregaron al mayor Jaime Niño de Guzmán, quien al parecer la conserva.
Los oficiales procedieron a efectuar el inventario que en- tregarían al mando militar; anotaron entre otros objetos, los siguientes:
— una libreta con direcciones e instrucciones;
— dos libretas con copias de mensajes recibidos y enviados; — dos libros pequeños de claves;
— veinte mapas de diferentes zonas actualizadas por el Che; — varios libros con anotaciones en sus márgenes;
— una carabina M-1; — una pistola de 9 mm;
— 12 rollos de películas de 35 mm sin revelar; — un radio.
El resto de las pertenencias de menor valor material las repartieron entre algunos soldados. Ninfa Arteaga, esposa del telegrafista, guardó varias de ellas. Los militares le regalaron al corregidor Aníbal Quiroga una mula, la montura y una linterna.
Pasadas las diez de la noche de ese día 8 de octubre, en La Higuera se recibió un mensaje desde Vallegrande que ordena- ba mantener vivo al Che. El mensaje es como sigue:
“Mantengan vivo a Fernando hasta mi llegada mañana a primera hora en helicóptero. Coronel Zenteno Anaya.”
Nuevamente Gary Prado visitó al Che, quien le dijo que dos soldados le quitaron su reloj y el de Tuma. Según testimo- nio del propio Prado, él buscó a los dos militares e hizo que le entregaran a él los relojes, afirmando que el Che se los entregó para que los guardara, porque seguramente se lo quitarían otra vez. De esta manera, Prado se quedó con ellos. Luego, conservó el del Che para sí y le entregó el de Tuma a Miguel Ayoroa.
El 8 de octubre en la ciudad de La Paz
En la ciudad de La Paz, aproximadamente a las seis de la tarde, se efectuó una reunión entre Barrientos, Ovando y Juan José Torres, con el propósito de analizar los mensajes recibidos des- de La Higuera y Vallegrande.
Un testimoniante, con acceso a lo tratado en esa re- unión, dijo:
“Ellos no sabían qué hacer y no se tomó ninguna deci- sión. Sólo se evaluaron los acontecimientos y las informaciones obtenidas hasta ese momento y solicitaron que las mismas se ampliaran, así como conocer nuevos detalles de lo que estaba pasando. Después Barrientos se dirigió a la residencia del em- bajador norteamericano y desde allí se comunicaron con Was- hington.
“A las nueve de la noche el Presidente fue interrumpido para entregarle un mensaje desde Vallegrande, donde le solici- taron instrucciones de cómo proceder con los prisioneros.
“Él no tenía aún decidido qué hacer y la respuesta fue que debían mantenerlos vivos hasta esperar nuevas instrucciones.
“El comando superior trasmitió a Vallegrande las instruc- ciones y desde allí a La Higuera”.
El testimoniante añadió:
“Sería idiota negar que no se consultó a Estados Unidos y como yo no estoy dispuesto a aparecer como un idiota, afirmo que se consultó”.