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Cuidado con el espacio vacío

Los sistemas de recuperación nos permiten realizar un informe bastante específico y detallado de un hecho poco después de que hayamos estado expuestos a él, en un lapso que puede ir desde unos cuantos minutos a varias horas o días. Esto puede compararse con el modelo de la biblioteca. Pero a medida que pasa el tiempo, en­ tramos en un estado más parecido al modelo de Sherlock Holmes. Esto ocurre porque el paso del tiempo conduce inexorablemente a un debilitamiento de los hechos y acontecimientos que alguna vez fueron claros y detallados. En un intento por llenar los espacios fal- tantes, el cerebro se ve obligado a depender de fragmentos parcia­ les, inferencias o conjeturas, y (lo que es más inquietante) de otros recuerdos que no están relacionados con ese acontecimiento. Su naturaleza es verdaderamente reconstructiva, más o menos como

un detective con una imaginación tramposa. Todo esto con el pro­ pósito de crear una historia coherente» algo que le gusta hacer al cerebro a pesar de la realidad. Por tanto, con el tiempo, los diversos sistemas de recuperación parecen sufrir un cambio gradual, al pasar de reproducciones específicas y detalladas a estos recuerdos más ge­ nerales y abstractos.

Imagine que usted es un estudiante de primer año de secun­ daria y conoce a un psiquiatra llamado Daniel Offer. Él le entrega un cuestionario y le pide que responda algunas preguntas que a él en realidad no le incumben: ¿Le fue útil la religión mientras crecía? ¿Lo castigaban físicamente como forma de disciplina? ¿Lo anima­ ron sus padres a que practicara algún deporte?, etc. Ahora suponga que han pasado 34 años. El doctor Dan lo localiza, le entrega el mis­ mo cuestionario y le pide que lo responda. Sin que usted lo sepa, él ha guardado las respuestas que usted le dio en la secundaria, y se propone compararlas con las que usted le dará ahora. ¿Cómo cree que le irá? En dos palabras, terriblemente mal. En efecto, los recuer­ dos que usted codificó en su adolescencia se parecen muy poco a los que guarda como adulto, tal como descubrió el doctor Dan, quien efectivamente tuvo la paciencia para realizar este experimento. Tomemos, por ejemplo, la pregunta sobre el castigo físico. Aunque solo un tercio de los adultos recordaban haber sufrido algún tipo de castigo corporal, como las palmadas, Dan descubrió que casi el no­ venta por ciento de los adolescentes había respondido la pregunta afirmativamente. Estos son solo algunos ejemplos que demuestran la impactante imprecisión de la recuperación al estilo de Sherlock Holmes.

La idea de que el cerebro pueda insertar alegremente informa­ ción falsa para crear una historia congruente resalta el admirable deseo humano de establecer un orden a partir de un mundo descon­ certante y confuso. El cerebro recibe nuevas informaciones constan­ temente y necesita almacenar algunas de ellas en la misma cabeza

que ya está ocupada por experiencias previas. Por tanto, busca en­ contrarle sentido al mundo tratando de conectar las informaciones recientes con las que se le han presentado antes, lo que quiere decir que la nueva información remoldea continuamente las representa­ ciones preexistentes y las envía como un todo recreado para que vuelva a ser almacenado. ¿Qué significa esto? Sencillamente, que el conocimiento presente puede fundirse con recuerdos pasados y en­ trelazarse con ellos como si el cerebro los hubiera encontrado jun­ tos. ¿Significa esto que solo obtenemos una imagen aproximada de la realidad? Por supuesto, una tendencia que por cierto puede sacar de quicio al sistema de justicia criminal.

Repetición

Dada esta preferencia por la generalización, ¿existe alguna es­ peranza de crear recuerdos confiables a largo plazo? Como alegremente indica la regla de este capítulo, la respuesta es: sí. Pue­ de que el recuerdo no se fije en el momento del aprendizaje, pero la repetición, realizada a intervalos determinados, es el agente fijador. Teniendo en cuenta la relevancia que puede tener en los negocios y en la educación, ya era hora de que habláramos de ella.

El siguiente test está dirigido al lazo fonológico de la memoria operativa. Observe la lista de caracteres durante treinta segundos aproximadamente, luego cúbrala antes de leer el siguiente párrafo.

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¿Puede recordar los caracteres de la lista sin mirarlos? ¿Fue ca­ paz de hacerlo sin repetirlos mentalmente? No se preocupe si no puede hacerlo. Por lo general, el cerebro humano no puede retener más de siete unidades de información por más de treinta segundos.

Si durante ese intervalo no sucede nada especial, la información se pierde. Si quiere prolongar esos treinta segundos unos cuantos mi­ nutos más, o incluso a una hora o dos, tendrá que volver a exponerse constantemente a la misma información. A este tipo de repetición se lo conoce a veces como repetición de mantenimiento. Hoy en día sabemos que la repetición de mantenimiento es esencialmente útil para retener información en la memoria operativa; es decir, por un periodo corto. También sabemos que hay una mejor forma de hacer que la información pase a la memoria a largo plazo. Para describirlo, quisiera relatar la primera vez que vi morir a alguien.

En realidad, vi morir a ocho personas. Al ser hijo de un oficial de la fuerza aérea, estaba muy acostumbrado a ver aviones militares en el aire. Pero al mirar al cielo una tarde vi un avión de carga haciendo algo que nunca había visto antes y que nunca volví a ver desde en­ tonces. Estaba cayendo del cielo, preso en una espiral mortal. Luego chocó contra el suelo, a unos quinientos metros de donde yo estaba. Alcancé a sentir la onda de choque y el calor de la explosión.

Yo podía hacer dos cosas con esta información. Podía guardár­ mela y no decir nada, o podía contársela a todo el mundo. Elegí la segunda. Después de correr a casa enseguida para contarles a mis padres, llamé a algunos de mis amigos. Fuimos a tomar refrescos y empezamos a hablar de lo que acababa de suceder, de los sonidos que hada el motor mientras se apagaba, de nuestra sorpresa... A pesar de que el accidente había sido horrible, hablamos tanto acerca de él a lo largo de la siguiente semana que el tema se volvió tedioso. Es más, uno de mis profesores nos prohibió mencionarlo en clase y nos amenazó con mandar a hacer camisetas que dijeran: “Ya hemos hablado suficiente”.

¿Por qué recuerdo aún los detalles de esta historia? A pesar de la amenaza de la camiseta, mis ganas de seguir chismeando acerca de la experiencia proporcionaron el ingrediente clave. Las charlas tras el accidente me forzaron a estar expuesto una y otra vez a los

hechos básicos, así como a discusiones detalladas de nuestras im­ presiones. Este fenómeno se denomina repetición elaborativa y ha demostrado ser el tipo de repetición más eficaz para lograr recu­ peraciones más sólidas. Un extenso número de investigaciones ha concluido que pensar o hablar de un hecho inmediatamente después

de que haya ocurrido mejora la calidad del recuerdo del mismo, aun teniendo en cuenta las diferencias entre los tipos de recuerdo. Esta conclusión es sumamente importante para los agentes de policía y es una de las razones por las cuales es crucial tener un testigo que recuerde la información lo más rápido posible después de un crimen.

Ebbinghaus demostró el poder de la repetición de forma ex­ haustiva hace casi cien años. Creó incluso “curvas de olvido”, las cuales mostraban que buena parte de la pérdida ocurre entre una y dos horas después de la primera exposición. Ebbinghaus comprobó que esta pérdida podía disminuirse mediante repeticiones delibera­ das. La idea de dejar un espacio de tiempo entre una exposición y otra es tan importante que voy a explorarla por tres caminos.