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El mapa del cerebro

No obstante, las categorías de la inteligencia pueden ascender a más de siete mil millones; más o menos la cantidad de habitantes del planeta. Uno puede hacerse una idea de esto al observar cómo el

experto neurocirujano George Ojemann examina el cerebro de una niña de cuatro años. Con su melena blanca, unos ojos penetrantes y la autoridad sosegada de quien ha visto gente vivir y morir durante décadas en el quirófano, Ojemann es uno de los mejores neuroci- rujanos de nuestro tiempo y un experto en la técnica que se conoce como "mapeo con estimulación eléctrica".

Ojemann se inclina sobre una niña con una epilepsia grave. La niña está plenamente consciente; su cerebro, expuesto al aire. Él tiene que extirpar algunas de sus células cerebrales que no se por* tan bien. Pero, primero que todo, tiene que hacer un mapa. Y para ello empuña una delgada varita blanca, unida a un cable — un es* timulador cortical— que lanza unos choques eléctricos pequeños y discretos a todo lo que toca. Si nos rozara la mano, sentiríamos apenas un ligero cosquilleo.

Ojemann toca suavemente, con el extremo de la varita, una re­ gión del cerebro de la niña, luego le pregunta: "¿Sentiste algo?”. Ella responde en tono soñador: "Alguien acaba de tocarme la mano”. Él pone un trocito de papel para señalar esa región. Luego toca otro punto, ella exclama: "¡Alguien acaba de tocarme la mejilla!". Otro pe- dacito de papel. Esta dinámica de pregunta y respuesta se prolonga durante horas. Como un cartógrafo neural, Ojemann traza el mapa de las diversas funciones del cerebro de su pequeña paciente, po­ niendo especial atención en las áreas cercanas al tejido epiléptico.

El cirujano está examinando las capacidades motoras de la niña. Sin embargo, por razones que no comprendemos bien, los te­ jidos epilépticos suelen estar inquietamente cerca de las áreas cri­ ticas del lenguaje. Por tanto, Ojemann presta especial atención a las regiones relacionadas con el procesamiento del lenguaje, donde se almacenan las palabras, las frases y los conceptos gramaticales. Esta niña, por ejemplo, es bilingüe, por lo que el cirujano tendrá que mapear las áreas esenciales tanto para el español como para el in­ glés. Un papelito marcado con la letra "E" identifica las regiones del

español, y un papelito marcado con la letra “I” identifica las del in­ glés. Ojemann realiza este trabajo minucioso con todos los pacien­ tes que se someten a este tipo de cirugía. ¿Por qué? La respuesta es contundente: tiene que mapear las áreas criticas del funcionamien­ to de cada individuo porque no sabe dónde están.

Ojemann no puede predecir la función de áreas muy precisas antes de la cirugía porque no hay dos cerebros con el mismo ca­ bleado, ni en términos de estructura ni en términos de función. Por ejemplo, desde los sustantivos hasta los verbos y los aspectos gramaticales, cada uno de nosotros almacena el lenguaje en áreas diferentes, para lo que reclutamos distintas regiones y distintos componentes. Ni siquiera las personas bilingües almacenan sus dos idiomas en lugares similares.

Esta individualidad ha fascinado a Ojemann durante años. En una ocasión, combinó los mapas cerebrales de 117 pacientes a los que había operado a lo largo de los años. Sólo en una región en­ contró un lugar donde la mayoría de la gente tenía un área críti­ ca del lenguaje, y la “mayoría" quiere decir el 79 por ciento de los pacientes.

Los datos de los mapas por estimulación eléctrica nos propor­ cionan, probablemente, la ilustración más espectacular de la indi­ vidualidad del cerebro. Pero Ojemann también quería saber cuán estables eran estas diferencias durante la vida, y si alguna de esas diferencias podía predecir la capacidad intelectual. Y encontró in­ teresantes respuestas a ambas preguntas. Primero, los mapas se establecen en una etapa temprana y permanecen estables. Incluso cuando había pasado toda una década entre dos cirugías, las regio­ nes reclutadas para un área crítica del lenguaje específicamente, se conservaban. Ojemann descubrió también que ciertos patrones del área crítica del lenguaje podían predecir capacidades lingüísticas, al menos según las mediciones de un test de CI verbal pre-operativo. Si usted quiere ser bueno para los idiomas (o al menos obtener una

buena puntuación en la prueba), no permita que su circunvolución temporal superior aloje su área crítica del lenguaje. Su desempeño verbal será, según las estadísticas, bastante deficiente. Asegúrese también de que su patrón general del área crítica del lenguaje tenga un perfil más bien pequeño y ceñido. Si, por el contrarío, el patrón tiene una distribución amplia, obtendrá una puntuación notable­ mente baja. Estas conclusiones son sólidas y no dependen de la edad, pues se han demostrado en personas que van desde la edad preescolar hasta la de Alan Greenspan.

El cableado del cerebro no sólo es individual, sino que además esas diferencias neurológicas pueden predecir el desempeño, al me­ nos en el caso del lenguaje.

Ideas

Conociendo estos datos, ¿tiene algún sentido contar con sistemas educativos que pretenden que todos los cerebros aprendan del mis­ mo modo? ¿Y tiene sentido tratar igual a todas las personas en el mundo de los negocios, especialmente dentro de una economía glo­ bal, repleta de toda clase de experiencias culturales? Los datos en­ cierran poderosas implicaciones acerca de cómo deberíamos educar a los niños, y cuando crezcan y trabajen, cómo deberíamos tratarlos en tanto que empleados. En lo referente al sistema escolar, hay un par de cosas que me preocupan:

1) El sistema actual está fundado sobre una serie de expectati­ vas de que ciertos objetivos educativos deberían alcanzarse a unas ciertas edades. Sin embargo, no hay nada que indique que el cerebro presta atención a esas expectativas. Los estudiantes de una misma

2) Se ha comprobado científicamente que estas diferencias pueden influir profundamente en el desempeño de un curso es­ colar. Por ejemplo, cerca del diez por ciento de los niños no tiene el cableado cerebral necesario para leer a la edad en que se espera que lean. Está comprobado que los modelos rígidos, basados sim­ plemente en la edad, crean un desequilibro contraproducente en la biología cerebral.

¿Qué podemos hacer al respecto?