• No se han encontrado resultados

Dos pausas al día

En vista de la elevada importancia que se les concede a los resultados de los exámenes para la supervivencia escolar» muchos colegios están suprimiendo la educación física y los descansos. No obstante, dados los poderosos efectos cognitivos de la activi­ dad física, esto no tiene sentido. Yancey, la modelo ahora médica/ científica/jugadora de básquetbol, describe una prueba de la vida real:

HTomaron un tiempo de las materias académicas para dedicarlo a la actividad física (...) y descubrieron que, en general, [Id educación física] no afectaba negativamente el desempeño de los niños en las pruebas académicas [...] Cuando profesores calificados proporcio­ naban la educación física, a los niños les iba mejor en lenguaje, lec­ tura y el conjunto básico de exámenes”.

Suprimir el ejercicio físico — precisamente la actividad con más probabilidades de promover el rendimiento cognitivo— para obte­ ner mejores resultados en un examen es como dejar de comer para ganar peso. ¿Y si se integrara el ejercicio dentro del programa de estudios, incluso dos veces al día? Tras una evaluación médica, los niños dedicarían de veinte a treinta minutos a un ejercido aeróbico formal en la mañana y de veinte a treinta minutos en ejercicios de fortaledmiento en la tarde. La mayoría de los sujetos estudiados han visto beneficios con sólo hacer ejerddo dos o tres veces por semana. Si esto funcionara, tendría muchas repercusiones. Induso podría revivir la idea del uniforme escolar, ¿y en qué consistiría? Sencillamente, en ropa de gimnasia, que los alumnos usarían du­ rante todo el día.

C am in ad oras en e l salón d e cla se y en e l cubículo

¿Recuerda el experimento que mostraba que cuando los niños hacían ejercicios aeróbicos, su cerebro funcionaba mejor, y cuando dejaban de hacerlo, la ganancia cognitiva se desplomaba rápida­ mente? Estos resultados sugirieron a los investigadores que el nivel de estado físico no es tan importante como un aumento constante en el suministro de oxígeno al cerebro; de lo contrario, la agudeza mental alcanzada no habría disminuido tan rápidamente. Entonces hicieron otro experimento. Y descubrieron que al administrar oxí­ geno suplementario a adultos jóvenes y saludables, sin hacer ejerci­ cio, se producía una mejora cognitiva similar.

Esto sugiere una idea interesante para ensayar en el salón de clase (no se preocupe, no implica doparse con oxígeno para mejorar las notas). ¿Qué tal si, durante una clase, los niños no estuvieran sentados ante sus pupitres sino caminando en máquinas caminado­ ras? Los alumnos podrían oír una lección de matemáticas mientras caminan a dos o tres kilómetros por hora, o aprender inglés en má­ quinas acondicionadas para apoyar el cuaderno y el libro. Las cami­ nadoras en el salón de clase podrían cultivar las ventajas valiosas de un aumento natural del suministro de oxígeno y, al mismo tiempo, cultivar todas las demás ventajas del ejercicio habitual. ¿Algo así, utilizado durante todo el año escolar, cambiaría el rendimiento aca­ démico? Hasta que los científicos del cerebro y los científicos de la educación no se unan para demostrar los beneficios alcanzados en la vida real, la respuesta será: no se sabe.

La misma idea podría aplicarse al trabajo. Las empresas po­ drían instalar máquinas caminadoras y estimular pausas matutinas y vespertinas para hacer ejercicio. Podrían hacerse reuniones en las que la gente caminara a unos tres kilómetros por hora. ¿Mejoraría la resolución de conflictos? ¿Cambiaría la capacidad retentiva o la creatividad, como sucede en el laboratorio?

La idea de integrar el ejercicio dentro de la jornada laboral pue­ de parecer extraña, pero no es difícil. Yo puse una máquina camina­ dora en mi propia oficina y ahora hago pausas constantes dedicadas no a tomar café, sino a hacer ejercicio. Desarrollé incluso una pe­ queña estructura donde poner mi portátil para escribir y responder correos electrónicos mientras camino. Al principio me costó adap­ tarme a una actividad híbrida tan rara. Pero no necesité sino un cuarto de hora para aprender a escribir en mi computador mientras camino a tres kilómetros por hora.

Y no soy el único con estas ideas. Boeing, por ejemplo, está em­ pezando a tomarse el ejercicio seriamente en sus programas de en­ trenamiento en liderazgo. Los equipos de resolución de problemas solían trabajar hasta altas horas de la noche; ahora, todo el traba­ jo debe hacerse durante el día, de modo que haya tiempo para el ejercicio y el sueño. Y ahora, más equipos están logrando cumplir sus objetivos. La vicepresidenta de liderazgo de Boeing también ha instalado una máquina caminadora en su oficina, y señala que el ejercicio le despeja la mente y le ayuda a concentrarse. Los líderes empresariales están empezando a pensar en cómo integrar el ejerci­ cio dentro de la jomada laboral.

En el mundo de los negocios, hay dos razones convincentes que respaldan estas ideas radicales. Los líderes empresariales son cons­ cientes de que si sus empleados hicieran ejercicio con regularidad, se reducirían los costos en salud. Y no hay duda de que reducir a la mitad el riesgo de que alguien sufra un derrame cerebral o la enfer­ medad de Alzheimer es algo maravillosamente humanitario. Pero el ejercicio también podría estimular la potencia del cerebro colectivo de una organización. Los empleados físicamente activos son capa­ ces de sacarle más jugo a su coeficiente intelectual que los emplea­ dos sedentarios. Para las empresas cuya competitividad depende de la fuerza intelectual creativa, esto podría significar una ventaja estratégica. En el laboratorio, el ejercicio habitual mejora — a veces

de manera espectacular— la capacidad para resolver problemas, la inteligencia fluida e incluso la memoria. ¿Sucedería lo mismo en escenarios empresariales? ¿Qué tipo de ejercicio debe hacerse? ¿Y con cuánta frecuencia? Vale la pena investigarlo.

R esum en

P rincipio # 1