Si usted llega a tener la oportunidad de oír a un cerebro vivo mien tras duerme apaciblemente, no podrá creérselo. El cerebro no parece
estar dormido en absoluto. Es más, el cerebro está increíblemente activo durante el “descanso", con legiones de neuronas transmitién dose órdenes eléctricas entre sí y en unos patrones en constante cambio, desplegando una actividad rítmica que es, en realidad, ma yor durante el sueño que durante la vigilia. El único momento en el que puede observarse un verdadero periodo de descanso del cerebro (en el que la cantidad de energía consumida es menor que durante un periodo similar de vigilia) es en las partes más profundas de lo que se conoce como sueño no-REM. Pero esto corresponde solo al veinte por ciento del ciclo total de sueño, y por eso los investiga dores empezaron a desengañarse prontamente de la idea de que la razón por la que descansamos es para poder descansar. Cuando está dormido, el cerebro no descansa en absoluto.
Aun así, la mayoría de la gente dice que el sueño es un recons tituyente poderoso y señala el hecho de que si no duerme lo sufi ciente, no puede pensar bien. Esto es sensiblemente cierto, como veremos más adelante. Y, así, nos encontramos ante un dilema: dada la cantidad de energía que usa el cerebro, parece imposible que podamos obtener nada parecido al descanso y la recuperación men tal mientras dormimos.
Incluso si el cerebro no se comporta bioenergéticamente, hay otras partes del cuerpo que sí descansan durante el sueño, en una especie de micro-hibernación humana. Y esto nos trae un segundo enigma: el sueño nos vuelve sumamente vulnerables a los depre dadores. Entregarse al mundo del sueño sin la menor protección y en medio de un montón de cazadores hostiles (como los leopardos, nuestros compañeros evolutivos en las sabanas africanas), parece una conducta inventada por nuestros peores enemigos. Tiene que haber algo tremendamente importante que necesitamos alcanzar durante el sueño si estamos dispuestos a tomar semejantes riesgos con tal de dormir. ¿Y qué es eso tan importante?
El científico que estudió a Randy Gardner durante su experi mento insomne hizo una contribución temprana y sustancial para responder a estas preguntas. Dement, a quien suele llamársele el padre de la investigación sobre el sueño, es un hombre de pelo cano, sonrisa amplia y setenta y pico de años, que se refiere a nuestros há bitos de sueño con frases como: MSoñar nos permite a todos y cada uno de nosotros tener nuestro momento de locura discreta y segura todas las noches de nuestra vida".
Dement estudió muchos aspectos del ciclo de sueño humano, y lo que empezó a descubrir fue lo siguiente: los cerebros "dormi dos", cual soldados en el campo de batalla, libran un combate bioló gico despiadado. Se trata de una batalla campal entre dos impulsos opuestos y poderosos, cada uno compuesto de legiones de células y agentes bioquímicos cerebrales con planes muy distintos. Y aun que está en la cabeza, el teatro de las operaciones de estos ejércitos compromete hasta el último rincón de nuestro cuerpo. Esta batalla suele conocerse como el modelo del “proceso oponente”.
Cuando Dement empezó a definir estos dos impulsos opuestos, advirtió cosas extrañas acerca de su batalla. Primero, estas fuerzas no se enfrentan únicamente por la noche, mientras dormimos, sino también durante el día, mientras estamos despiertos. Segundo, están condenadas a un esquema en el que cada ejército gana una batalla para luego perder la siguiente y luego ganar la que viene a continuación y así sucesivamente, trabados en este ciclo de victoria y derrota durante todos los días y todas las noches. Y tercero, nin gún ejército celebra la victoria definitiva en esta guerra. Este com bate incesante se traduce en la experiencia cíclica de sueño y vigilia que todo los humanos vivimos todos los días (y noches) de nuestra vida.
Dement no trabajaba solo. Su mentor, un talentoso investiga dor llamado Nathaniel Kleitman, le dio muchas de las ideas iniciales. Si a Dement puede considerársele como el padre de la investigación
sobre el sueño, Kleitman bien podría clasificar como el abuelo. Este ruso apasionado y de cejas pobladas se destaca principalmente por su disposición para experimentar no solo con su propio cuerpo, sino además con sus hijos. Cuando parecía que un colega suyo había descubierto el sueño REM, Kleitman no tardó en ofrecer a su hija para los experimentos que tampoco tardaron en confirmar las con clusiones. Pero uno de los experimentos más interesantes de la lar ga carrera de Kleitman tuvo lugar en 1938, cuando convenció a un colega de acompañarlo durante un mes entero en las profundidades de la cueva Mammoth, en Kentucky, a 45 metros bajo tierra.
Privado de la luz solar y de los horarios diarios, Kleitman pre tendía investigar si las rutinas de la vigilia y el sueño se alternaban automáticamente en el cuerpo humano. Y aunque sus observacio nes son un tanto desiguales, el experimento proporcionó el primer indicio real de que nuestro cuerpo sí cuenta con una especie de dis positivo automático. Es más, hoy en día sabemos que el cuerpo tie ne una serie de relojes internos que están controlados por ciertas regiones del cerebro y que proveen un horario rítmico y uniforme a nuestras experiencias de vigilia y sueño; algo sorprendentemente parecido al trajín del cristal de cuarzo de un reloj de pulso. Una re gión del cerebro llamada núcleo supraquiasmático, que forma parte del hipotálamo del que hablamos anteriormente, parece contener un dispositivo de este estilo. Claro que no venimos hablando de es tos ritmos pulsantes como un reloj benigno sino como una guerra violenta. Y una de las contribuciones más importantes de Dement y Kleitman fue demostrar que este ritmo casi automático se da como resultado del conflicto continuo entre dos fuerzas opuestas.
Ahora que sabemos que estas fuerzas están bajo un control in terno, podemos explorarlas más detalladamente, empezando por una descripción de sus nombres. Uno de los ejércitos está compues to por neuronas, hormonas y otros químicos que hacen todo lo po sible por mantenernos despiertos. Se trata del sistema circadiano
de alertamiento (más conocido como “proceso C”). Si este ejército se saliera con la suya, estaríamos despiertos todo el día. Pero por fortuna, tiene que luchar con un ejército que es igualmente pode roso y también está compuesto por células cerebrales, hormonas y diversos químicos. A estos combatientes, que hacen todo lo po sible por dormirnos, se les conoce como el impulso homeostático del sueño (o “proceso S”). Si este ejército se saliera con la suya, nos dormiríamos y no volveríamos a despertamos.
Es una guerra extraña, incluso paradójica. Cuanto más controla el campo uno de los ejércitos, por ejemplo, más probabilidades tiene de perder la batalla. Es como si cada ejército quedara agotado de sa lirse con la suya y terminara sacando una banderita blanca tempo ralmente. En efecto, cuanto más tiempo permanecemos despiertos (con el proceso C celebrando la victoria en nuestra cabeza), mayor es la probabilidad de que el sistema circadiano de alertamiento ter mine cediéndole el campo a su rival. Y entonces nos dormimos. Para la mayoría de la gente, este acto de capitulación se da después de unas dieciséis horas de conciencia activa. Y sucede incluso si vivi mos en una cueva.
Por otra parte, cuanto más tiempo dormimos (con el proceso S celebrando la victoria en este caso), mayor es la probabilidad de que el impulso homeostático del sueño termine cediendo el campo a su oponente, que es, por supuesto, el impulso a mantenernos des piertos. Y el resultado de esta capitulación es que nos despertamos. Para la mayoría de la gente, la duración del tiempo previo a esta capitulación es aproximadamente la mitad de la de su oponente, es decir, cerca de ocho horas de sueño reparador. Y esto también suce de si vivimos en una cueva.
Excepto para los desafortunados miembros de las cerca de vein te familias que padecen insomnio fatal familiar, Kleitman, Dement y una gran cantidad de investigadores pudieron demostrar que esta tensión dinámica es una parte normal — incluso decisiva— de
nuestra vida cotidiana. Es más, el sistema circadiano de alejam ien to y el impulso homeostático del sueño están inmersos en una gue rra de victorias y derrotas tan predecibles que podemos trazar una curva. En términos formales: el proceso S mantiene la duración e intensidad del sueño, mientras el proceso C determina la tendencia y el ritmo de la necesidad de dormir.
Ahora bien, la guerra entre estos dos ejércitos no carece de su pervisión. Hay unas fuerzas internas y externas que ayudan a regu lar el conflicto y que de ese modo definen tanto la cantidad de horas de sueño que necesitamos como la cantidad de horas de sueño de las que disfrutamos. A continuación, nos concentraremos en dos de esas fuerzas internas: los cronotipos y la “zona de la siesta". Para entender cómo funcionan, debemos dejar las complejidades de la batalla por un rato y explorar en cambio la vida de caricaturistas y columnistas de periódicos. Ah, y también hablaremos de aves.