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D OS PREGUNTAS FILOSÓFICAS :

In document Teologia Sistematica Buswell II (página 49-53)

B. El origen del pecado en el universo

IV. D OS PREGUNTAS FILOSÓFICAS :

A. ¿Es concebible el libre albedrío?

Quedan dos preguntas filosóficas: (1) desde el punto de vista cósmico, ¿cómo podría haber un acto responsable libre?; (2) ¿cómo podría un Dios santo permitir el pecado?

Del punto de vista mecanicista o determinista puede haber sólo una contestación negativa a la primera de estas preguntas. Los estu- diantes que piensan en términos de mecánica o matemática argumen- tan: «Si una esfera perfecta descansa en un plano horizontal perfecto nunca puede moverse excepto por alguna fuerza externa. Por eso el libre albedrío es inconcebible». Esto es decir que si el libre albedrío es excluido por definición, queda excluido.

Los idealistas racionalistas (Leibnitz, Royce, D. S. Robinson) que aceptaron la supuesta «ley lógica de la razón suficiente» creen que todo lo que existe, existe por necesidad lógica. El universo es un «sistema implicante» que todo lo abarca. Luego, por supuesto, la acción original de «pecado» fue una acción «necesaria», necesaria por implicación lógica.

No es raro que los deterministas redefinan la libertad como «la habilidad de actuar según la naturaleza del individuo». Esto no nos lleva a ninguna parte, o mejor dicho, nos lleva a todas partes, porque no podemos encontrar ningún ser en el universo que no actúe siempre según su naturaleza. Conocemos su naturaleza sólo por sus acciones o sus efectos.

Asimismo el determinista a veces sostiene que la sociedad tiene que tratar al criminal incorregible «como si» fuera libre y responsa- ble, aunque por supuesto no lo es.

No son sólo los antiteístas los que sostienen tales posiciones deterministas. ¡Aun Jonatán Edwards, en su irritante tratado sobre la «Voluntad», sostiene que el libro albedrío es completamente imposi- ble para Dios o el hombre! El determinista cristiano acaba usualmen- te en una paradoja inescrutable. Puede aceptar todo lo que la Biblia dice acerca del primer pecado como realmente verídico, pero las de- claraciones bíblicas no proporcionan una explicación filosófica. Sa- tanás pecó por necesidad. Dios está enojado justamente con todo pe- cado. ¡Así sea!

Para mí negar el libre albedrío parece un dogmatismo filosófico puramente arbitrario, completamente contrario a la evidencia razo- nable y al punto de vista bíblico. No hay razón —ni sicológica, ni filosófica, ni bíblica— por la que no podamos aceptar la idea de que un ser personal pueda quedar libre para escoger entre ciertos móviles y, habiendo escogido, ser responsable personalmente de su elección. Si Dios está enojado con el pecado justamente, entonces se sigue que el pecador es culpable en sentido cósmico, final, y absoluto.

El asunto bajo discusión ahora es la posibilidad filosófica del libre albedrío tal como se ejemplifica en el origen absoluto del peca- do en la caída del tentador original. El capítulo IX de la Confesión de

fe de Westminster, intitulado «El libre albedrío», trata principalmen-

te del libre albedrío del hombre pero presupone enfáticamente no sólo la posibilidad sino también la verdadera libertad de la voluntad en la creación original. Al hablar anteriormente acerca de los decretos eter- nos de Dios, citamos el párrafo 1 del capítulo 3 de la Confesión de fe, que claramente resume las mismas presuposiciones teológicas y filo- sóficas. La respuesta a la pregunta No. 13 del Catecismo menor nos dice: «Nuestros primeros padres, dejados a su libre albedrío, cayeron del estado en que fueron creados, pecando contra Dios». Así, las nor- mas de Westminster contestan repetida y enfáticamente la pregunta filosófica de la posibilidad del libre albedrío afirmativamente.

B. ¿Puede Dios permitir el pecado?

Llegamos ahora a la pregunta: ¿Cómo puede un Dios bueno permi- tir el pecado? Calvino y los calvinistas en general concuerdan en negar que Dios sea en sentido alguno el autor del pecado. Sin embargo, encon- tramos que Dios «hace todas las cosas según el designio de su volun- tad» (Ef 1.11). No podemos negar que «todo lo que sucede» está dentro de los decretos eternos de Dios. El pecado tiene que estar dentro de los decretos eternos de Dios, en algún sentido en que él no es su autor.

1. Primera solución de Pablo

En Romanos 9 Pablo nos da dos soluciones al problema; prime- ro, el barro y el alfarero:

«Me dirás: ¿Por qué, pues, inculpa? Porque, ¿quién ha resistido a su voluntad?

»Oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que formó: Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?» (Ro 9.19-21).

Muchas personas nunca van más allá de la solución primera o preliminar de Pablo. Dios tiene el derecho de hacer lo que él quiera con su creación. Algunas mentes devotas todavía se aferran a la pa- radoja. Por un lado se presume que lo que no debe ser, no debe ser permitido. Por otro lado, Dios «hace todas las cosas según el desig- nio de su voluntad» (Ef 1.11).

Algunos hasta se han refugiado en el verso de Pope (poeta y pensador inglés): «El mal no es mal si se entiende correctamente, y mal parcial es bien universal».

Pero la solución cristiana no está de acuerdo con Pope. Poner en tela de juicio la «pecaminosidad del pecado» sería poner en tela de juicio la necesidad de la expiación de Cristo para la salvación de los pecadores.

2. Segunda solución de Pablo

La segunda solución de Pablo claramente quiebra un cuerno del dilema y no nos deja en una paradoja; pero Pablo no logra esto objetan- do que el pecado absolutamente no debe ser. El sofisma que deja a algunas mentes en estado de contradicción es la suposición falsa de

que lo que no debe ser, no debe ser permitido. Los que han estudiado

los métodos educacionales modernos deberían ser los últimos en criti- car el que Dios permita el pecado. Como padres dentro de los límites de nuestro entendimiento finito, tenemos que permitir que nuestros hijos experimenten algunas caídas y golpes si van a aprender a andar. Algu- nas cosas se permiten con el objeto de enseñarnos por experiencia.

Pablo no deja la cuestión meramente en su referencia al barro y al alfarero. En los versículos anteriores (17,18) había indicado que al permitir que Faraón naciera, que llegara al trono de Egipto y resistie- ra la salvación de Israel, y al forzar un encuentro con Faraón, Dios había demostrado su poder y hecho que su nombre fuera conocido en toda la tierra. «Por esta razón te he incitado» (sugerencia de Alford).

Después de presentar los derechos de Dios, como los del alfarero sobre el barro, Pablo continúa: «¿Y qué si Dios ... soportó con mucha paciencia» [a Faraón], para demostrar su enojo, y hacer notoria su

habilidad y las riquezas de su gloria al salvar a su pueblo?

En la palabra «soportó» ciertamente está sugerido el permiso de Dios. Tenemos que inferir entonces que dentro de los decretos de Dios, hay decretos de permisión, de cosas de las cuales Dios mismo no es el autor.

Calvino distinguió enfáticamente entre el mero permiso de lo que Dios conoció de antemano, y el decreto de Dios de permitir lo que él elija permitir. En su capítulo intitulado «La Operación de Dios en el corazón de los hombres», al comentar sobre Job 1, Calvino dice: «¿Cómo podemos referir la misma acción a Dios, a Satanás, y al hombre, como si cada uno fuera el autor de ella, sin excusar a Sata- nás por asociarlo con Dios, o hacer a Dios el autor del mal? Muy fácilmente, si examinamos, primero, el fin para el cual la acción fue designada, y en segundo lugar, la manera por la cual fue efectuada.... El Señor permite que su siervo sea afligido por Satanás; a los caldeos, a quienes él ordena ejecutar su propósito, permite y deja que sean impulsados por Satanás». 2

En el próximo párrafo, objetando a lo dicho por Agustín de que «endurecer y cegar pertenecen no a la operación sino a la presencia de Dios», Calvino añade que hay «numerosas expresiones de las Es- crituras que evidentemente indican alguna intervención de Dios más allá de la mera presciencia». Calvino continúa: «Agustín mismo sos- tiene abundantemente que los pecados proceden no solamente del permiso o de la presciencia sino del poder de Dios...»

Que Dios soportó a Faraón no es mero permiso de lo inevitable, opinión contra la cual Calvino protesta frecuentemente. Es el decreto permisivo de Dios para su propio propósito de revelación. ¿Cuál se- ría la historia del programa redentor de Dios sin la revelación del «poder», «nombre», «enojo», «habilidad», y «gloria» de Dios al revelarse estas cosas en los acontecimientos incluidos en el decreto por el cual permitió el pecado de Faraón?

A la luz de Romanos 9 podemos presumir que el decreto de Dios que permitió el primer pecado puede ser justificado, aun en nuestras mentes finitas, por la analogía de Pablo de la justificación del permi- so del pecado de Faraón. En las palabras de José a sus hermanos (Gn

50.20) podemos decir a cada pecador en la historia cósmica: «Voso- tros pensasteis mal ... mas Dios lo encaminó [i.e., lo permitió] a bien».

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