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La presentación de Pablo

In document Teologia Sistematica Buswell II (página 42-44)

La presentación notable del pecado y depravación humana que se halla en Romanos 1.18-2:13 y 3.10-18 encuentra su comentario actual en casi cada informe de noticias por la radio, porque en casi cada uno, mezclado con amenazas y tensiones internacionales, son numerosos los casos de robos, homicidios, y violaciones, con fre- cuentes ataques contra niños, homosexuales o de otro tipo.

El apóstol Pablo empieza el primero de estos pasajes por descubrir el estado original del hombre, a quien el conocimiento de Dios le fue revelado, y él asocia este estado con el hecho de que de la naturaleza misma hay suficiente evidencia del «eterno poder y divinidad» de Dios, «de modo que no tienen excusa». El argumento de Pablo no es que cada ser humano es culpable de cada pecado enumerado, sino que estos peca- dos, estos actos de crimen y depravación, son característicos de la hu- manidad caída. Repite tres veces en el capítulo 1, versículos 24, 26, y 28, «que Dios los entregó». El hombre, dice Pablo, prefiere adorar y dar culto a la criatura en vez del Creador, «por lo cual los entregó Dios en las concupiscencias de sus corazones, a inmundicia, para que deshonra- sen sus mismos cuerpos entre sí» (v. 24 V.M.) Dios «los entregó a pasio- nes viles» (v. 26 V.M.). Pablo especifica horribles crímenes de corrup- ción y perversión y entonces resume, «y como no quisieron tener a Dios en su conocimiento, los entregó Dios a un ánimo réprobo, para hacer cosas que no convienen» (v. 28 V.M.).

La palabra traducida «no convienen» me kathekonta es un térmi- no filosófico griego, no cristiano, que Pablo adopta aptamente para

describir la corrupción moral de la humanidad. La palabra en sí mis- ma es evidencia de que el pensamiento ético tanto cristiano como pagano ha observado en la conducta humana las evidencias de que el hombre no es lo que debe ser. El pecado y la corrupción sencillamen- te no caben en el patrón que, aunque roto, se puede advertir en la naturaleza de la humanidad caída.

Pablo procede a una descripción generalizada de la depravación humana en dos poemas en prosa más tremendamente elocuentes, me parece, que cualquiera que se pueda encontrar en la literatura, ya sea secular o sagrada. El lector que pueda examinar los pasajes en el griego encontrará una estructura equilibrada y una retumbante onomatopeya que mueve las emociones con un sentido de horror. lo que encuentro imposible de transmitir en la traducción. Lo que sigue presenta correctamente el significado pero no alcanza a transmitir el impacto emocional y, por lo tanto, el impacto ético total.

«... llenos de toda injusticia, malignidad, rapacidad, rencor; en- fermos de envidia, homicidios, contiendas, engaño, malicia, son murmuradores, calumniadores, aborrecedores de Dios, descarados, soberbios, altivos, inventores de males, desleales a los padres, ne- cios, alevosos, sin afecto natural, sin misericordia.»

Después de considerar asuntos relacionados, especialmente la relación de los judíos a la ley moral, Pablo resume otra vez (Ro 3.9- 18). Esta vez su acusación es un mosaico de pasajes del Antiguo Testamento, entretejidos en una impresionante descripción de con- junto: «Pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado. Como está escrito:

No hay justo, ni aun uno; No hay quien entienda, No hay quien busque a Dios.

Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.

Sepulcro abierto es su garganta; Con su lengua engañan.

Veneno de áspides hay debajo de sus labios; Su boca está llena de maldición y de amargura. Sus pies se apresuran para derramar sangre; Quebranto y desventura hay en sus caminos; Y no conocieron camino de paz.

El lector dirá: «Eso es demasiado severo. No se puede caracterizar así a todos los seres humanos». Cierto, cada ser humano no se caracte- riza por cada uno de estos atributos de corrupción. Ese no es el argu- mento de Pablo. Pero, todos estos atributos de corrupción se encuen- tran en la humanidad y se manifiestan con demasiada frecuencia.

Cada bloque de un templo caído no se quiebra o se daña de la misma manera, así, no todos los hombres son culpables individual- mente de todas estas cosas. Pero cada bloque de un templo caído es parte de las ruinas y lleva sus características.

Un misionero en un país pagano leyó una vez el primer capítulo de Romanos a una congregación en que había individuos que previamente nunca habían oído parte alguna de la Biblia. Mientras leía la terrible descripción del pecado y corrupción, notó a un hombre viejo que refun- fuñaba, haciendo gestos amenazadores, y aparentemente muy enojado. Cuando terminó el capítulo y cerró el libro el anciano saltó a sus pies y gritó: «¿Quién le contó a usted todo esto acerca de mí?»

Es la experiencia de una multitud de hombres pensadores que cuando son confrontados con lo que las Escrituras enseñan acerca de la humanidad caída, aunque no son culpables de muchos de los crí- menes individuales mencionados, tienen que confesar: «Esa es la raza a la que yo pertenezco; soy de esa clase. Pertenezco a esa ruina».

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