• No se han encontrado resultados

El principio representativo

In document Teologia Sistematica Buswell II (página 81-84)

Ahora tenemos ante nosotros los pasajes principales que enseñan que hay una analogía entre el pecado de Adán y la expiación de Cris- to. Siendo aceptada esta analogía, hay ciertas implicaciones doctrinales que siguen necesariamente.

Veremos en el estudio de la doctrina de expiación que las Escritu- ras enseñan que Cristo, como nuestro sustituto, llevó nuestro castigo en nuestro lugar, como nuestro representante, sobre la cruz. Él murió en mi lugar como mi representante y sustituto cuando era yo el que debiera haber muerto. Por eso su muerte debe considerarse como mi muerte por mis pecados.

Resulta de la analogía desarrollada en Romanos 5.12-21 que cuando Adán pecó, pecó como mi representante. Yo llegué a ser un vil pecador en el jardín de Edén. No estuve allí, pero mi representante estuvo, y lo que él hizo yo lo hice por el principio de representación. Este es el significado de las palabras «todos pecaron» en Romanos 5.12.

1. Ilustraciones

En verdad el principio representativo circula por todo el ámbito de la vida humana. La acción representativa es un hecho sociológico en todas partes y se reconoce en cada sistema legal ordenado. Por ejemplo, se puede decir propiamente que yo ayudé a proclamar la Declaración de Independencia el 4 de julio, 1776. No estuve allí pero mis representantes actuaron como tales, y estoy implicado en todas las consecuencias de su acción. Además, yo declaré la guerra y entré a la segunda guerra mundial con toda la nación el 7 de diciembre de 1941. No estuve presente cuando se tomó la decisión. Sólo estaba escuchando por la radio. Podría haber sido un niño no nacido toda- vía. Sin embargo, mis representantes actuaron por mí y como mis representantes, por eso fue acción mía y estoy implicado e incluido en todas las consecuencias de aquella acción.

De la misma manera llegué a ser un pecador vil y culpable en el jardín de Edén. Yo di la espalda a la comunión con mi Dios Santo. Intencionalmente corrompí el carácter de santidad que Dios había impartido a su creación. Voluntariamente empecé a esparcir la co- rrupción sobre la creación que Dios quería que yo gobernase. No estuve allí. No, pero mi representante estuvo allí y él actuó como tal en mi lugar. Fui echado del jardín y excluido del árbol de la vida.

2. Objeción

Se hace la objeción que esto no es justo ni equitativo. En los asuntos humanos es posible que yo repudie las acciones de mis repre- sentantes. Podría emigrar a otro país donde la Declaración de Inde- pendencia no tiene efecto. Podría haber repudiado el acto del Congre- so al declarar la guerra el 7 de diciembre de 1941.

¡Exactamente! Pero la repudiación no hace irreal la relación repre- sentativa. Sólo la alerta. Es verdad que yo podría haber repudiado el acto del Congreso al declarar la guerra el 7 de diciembre de 1941. Entonces habría ido a un campo de concentración. Tojo habría sido mi representante, y Pearl Harbor habría sido mi acción. Aun así habría sido verdad que mis representantes declararon la guerra, pero yo po- dría haber repudiado a esos representantes y, por la motivación de un grupo al cual no pertenecía originalmente, podría haber entrado a otro grupo y escogido otros representantes. De la misma manera, aunque no puedo quejarme de la acción de mi representante en el jardín del Edén, y al contemplar mi propio corazón sé que posiblemente habría actuado como él, no obstante, por la motivación del Espíritu Santo, he

repudiado al primer Adán, he acudido a Aquel que murió por mí «fuera de la puerta» (Heb 13.12). Morí por mis pecados en el año 30 D.C. fuera de los muros de Jerusalén. Yo no estuve allí, pero mi representan- te estuvo. Él murió en mi lugar, por consiguiente yo morí.

Aunque la doctrina del pecado original pueda parecer dura e irra- cional, y el corazón inconverso del hombre natural pueda rechazarla, sin embargo, el hecho de que se me ofrece el privilegio de elegir otro representante y repudiar al primero hace menos difícil para mí acep- tar la enseñanza clara de Romanos 5.12-21.

3. Representación junto a la cruz

Hay otra ilustración del principio representativo que no se pre- senta ordinariamente en los libros de teología sistemática; sin embar- go, a mi parecer, es más gráfica y clara que cualquiera otra presenta- ción de la doctrina. Me refiero a lo que ocurrió junto a la cruz del Calvario. Al contemplar aquella escena tengo que reconocer en lo más íntimo de mi ser que yo fui uno que hiciera afrenta al Hijo de Dios. Lo que se hizo allí, tan verdaderamente como lo que se hizo en Edén, y tal vez aun más gráficamente, representó a la raza humana a la cual pertenezco. Yo fui uno que escarneció y abofeteó al Hijo de Dios. Yo hice la corona de espinas y la clavé en su cabeza. Fui yo uno que escupió en su cara. Fui yo quien martilló los clavos en sus manos y en sus pies. Yo me mofé de él y le desafié: «Si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz» (Mt 27.40).

La crucifixión de Jesucristo, «Dios manifestado en la carne», fue un acto representativo en que toda la raza humana estuvo implicada. Que nadie diga que sólo los judíos son culpables. Un juez gentil quiso lavar sus manos de su obvia responsabilidad. Soldados gentiles le colo- caron el vestido de púrpura y la corona de espinas. Soldados gentiles martillaron los clavos en sus manos y pies. Una lanza gentil traspasó su costado. Los gentiles echaron suertes por sus vestiduras. Judíos y genti- les juntos, toda la raza humana, son culpables. La crucifixión del Hijo de Dios es el acto representativo más obvio y más abarcador del pecado humano. Si alguno encuentra difícil aceptar su propia responsabilidad por el pecado de Adán, ciertamente ninguna persona racional, convenci- da a un grado mínimo por el Espíritu Santo, negará que «fue mi pecado, representativamente, el que colocó a Jesús sobre la cruz».

Es de la esencia misma del cristianismo que aceptemos la expia- ción de Cristo como lo que realiza lo que es necesario para el perdón de todos nuestros pecados. Como la Escritura presenta el asunto,

especialmente en el capítulo 5 de Romanos, tenemos que reconocer nuestro envolvimiento en el pecado original del hombre si hemos de participar, o a lo menos si hemos de comprender nuestra participa- ción en la redención comprada por Cristo.

II. T

EORÍAS EXCLUÍDAS

In document Teologia Sistematica Buswell II (página 81-84)