El comentario más extenso sobre el pecado de Adán que se en- cuentra en la Biblia está en Romanos 5.12-21. Aquí se sostiene que por el acto representativo de Adán todos los hombres descendientes suyos por generación natural son constituidos pecadores, y por con- secuencia están sujetos a la muerte. En esta Escritura se basan prin- cipalmente las siguientes secciones del Catecismo menor de
Westminster:
Preg. 13: ¿Permanecieron nuestros primeros padres en el estado en que fueron creados?
Rpta.: Nuestros primeros padres, dejados a su libre albedrío, caye- ron del estado en que fueron creados, pecando contra Dios.
Preg. 16: ¿Cayó todo el género humano en la primera transgresión? Rpta.: Habiéndose hecho la alianza con Adán, no para él sólo sino también para su posteridad, todo el género humano descendiente de él según la generación ordinaria pecó en él y cayó con él en su prime- ra transgresión.
Preg. 17: ¿A qué estado redujo la caída al hombre?
Rpta.: La caída redujo al hombre a un estado de pecado y de miseria. 2 vol. I, p. 53.
Preg. 18: ¿En qué consiste lo pecaminoso del estado en que cayó el hombre?
Rpta.: Lo pecaminoso del estado en que cayó el hombre consiste en la culpabilidad del primer pecado de Adán, la falta de justicia origi- nal, y la depravación de toda su naturaleza, llamada comúnmente pecado original, con todas las transgresiones de hecho que de ella dimanan.
Preg. 19: ¿En qué consiste la miseria del estado en que cayó el hombre?
Rpta.: Todo el género humano perdió por su caída la comunión con Dios, está bajo su ira y maldición y expuesto a todas las miserias de esta vida actual, a la muerte misma, y a las penas del infierno para siempre.
Es evidente de las declaraciones directas y claras de las Escritu- ras que el pecado de Adán fue una acción representativa que incluyó a todos sus descendientes naturales. «Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron» (Ro 5.12). Las palabras «todos pecaron» en este versículo no significan solamente que todos los hombres han pecado en alguna oportunidad u otra sino que todos pecaron representativamente cuando Adán pecó. Esto que- da sumamente claro en el contexto, en el cual se dice que el pecado de Adán es una acción representativa tan verdadera e históricamente como se dice que la expiación de Cristo es una acción representativa en la cual hemos muerto por nuestros pecados. Pablo había enseñado en una epístola anterior que «uno murió por todos; luego todos mu- rieron; y por todos murió, para que los que vivan, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Co 5.14,15). Nada podría ser más claro que la declaración de Pablo en Romanos 5.12 de que el pecado vino al mundo por el pecado de Adán, y que la muerte vino al mundo porque el pecado vino así al mundo.
Pablo prosigue: «Pues antes de la ley [de Moisés], había pecado en el mundo; pero donde no hay ley no se inculpa de pecado. No obstante, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aun en los que no pecaron a la manera de la transgresión de Adán, el cual es figura del que había de venir» (Ro 5.13,14).
La manera en que Adán es un tipo de Cristo se expresa amplia- mente en los cinco versículos siguientes. Hay una analogía exacta en el principio representativo, estando los resultados del pecado de Adán exactamente en una dirección opuesta a las consecuencias de la ex- piación de Cristo.
La presunción de Pablo de que la muerte en el género humano es una evidencia del pecado se basa sólidamente en el relato de Génesis. «El día que de él comieres, ciertamente morirás» (Gn 2.17). El hecho de que los hombres murieron desde el tiempo de Adán hasta el tiempo de Moisés, tal como los hombres han estado mu- riendo desde entonces, prueba, dice Pablo, que había pecado. Este hecho prueba que había una ley primitiva de Dios antes de que fuese dada la ley mosaica. Este hecho, a su vez, establece la doctri- na de Pablo de que todos los hombres son pecadores, tanto judíos como gentiles. No es meramente un asunto de la ley mosaica, sino que todos los que forman la especie humana son pecadores por el principio de representación a través del pecado de Adán.
La referencia a «los que no pecaron a la manera de la transgresión de Adán» sin duda designa a aquellos (incluyendo niños) que no dieron la espalda deliberada y conscientemente a Dios y a su voluntad revela- da. El argumento es que la humanidad se constituyó judicialmente como pecadora, y por eso sujeta a la muerte, por causa de la acción represen- tativa de Adán, sin considerar su corrupción y culpa personal.
Pablo enseguida procede a hacer cinco declaraciones en cada una de las cuales expone el paralelo y el contraste entre el pecado de Adán y la expiación de Cristo. Tendremos que ver estos versículos otra vez cuando lleguemos al estudio de la expiación. Nuestro propósito ahora es entender la doctrina llamada comúnmente «pecado original».
Explica Pablo: «Pero el don no fue como la transgresión; porque si por la transgresión de aquel uno murieron los muchos, abundaron mucho más para los muchos la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre, Jesucristo» (v. 15). En este versículo Pablo no contra- dice en manera alguna la particularidad de la expiación. Agustín dijo hace mucho tiempo que la expiación es «suficiente para todos, efi- ciente para los elegidos de Dios». En el versículo que acabamos de citar se pone de relieve la sobreabundante suficiencia de la expiación de Cristo en contraste con el pecado de Adán.
Pablo sigue: «Y con el don no sucede como en el caso de aquel uno que pecó; porque ciertamente el juicio vino a causa de un solo pecado para condenación, pero el don vino a causa de muchas trans- gresiones para justificación» (v. 16).
Mientras que cada uno de los versículos 15-19 dice la misma cosa, con un énfasis ligeramente diferente, el punto especial del énfa- sis en el versículo 16 está en los efectos directamente opuestos de la expiación de Cristo. Un hombre pecó representativamente, y la mul-
titud llegó a ser pecadora; pero un hombre murió por nuestros peca- dos, y se ofrece la justificación a esta multitud.
Otra vez dice Pablo: «Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia» (v. 17).
Mientras que en los versículos 15 y 16 se recalca la suficiencia infinita de la expiación, en el versículo 17 se menciona la necesidad de recibir el don. La expiación de Cristo no es universal en sus resul- tados, ni es universal en su designio ni en su intención. Estos hechos no contradicen su suficiencia, aplicabilidad, y oferta universales. Pablo prosigue: «Así que, como por la transgresión de uno vino la condena- ción a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida» (v. 18).
Otra vez aquí el punto de énfasis es la suficiencia, la oferta, y la aplicabilidad infinitas de la expiación.
La serie de paralelos concluye: «Porque así como por la desobedien- cia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos» (v. 19). El punto de énfasis en el versículo que acabamos de citar es la provisión absoluta de la expiación comparada con las consecuencias extensivas del pecado de Adán. Los adverbios correlativos «así como»,
josper, «así también», joutos cai, son muy enérgicos y precisos al
dar énfasis a la comparación. La sorprendente declaración del versí- culo 19 es que así como todos los hombres están perdidos por el pecado de Adán, así en la misma manera y en la dirección opuesta, a todos los hombres se les ofrece una expiación suficiente y aplicable en Cristo. En términos de la distinción triple de Warfield, el pecado de Adán se imputa potencialmente a la totalidad de la raza humana natural, y el pecado de la totalidad de la raza humana se imputa potencialmente a Cristo. Yo baso la palabra «potencialmente» en la frase de Agustín «suficiente para todos». No es el caso que todos los hombres, por causa del pecado de Adán, irán al lago de fuego y expe- rimentarán el castigo eterno. Algunos serán salvos por la expiación de Cristo. Asimismo, no es verdad que todos serán salvos por la ex- piación de Cristo. En realidad solamente los pecados del pueblo de Cristo son imputados a Cristo y en realidad la justicia de Cristo se imputa solamente a los suyos. Dios salvará a sus elegidos, y los sal- vará por fe, no de sí mismos sino del don de Dios. Pero es verdad que la expiación de Cristo es infinitamente más que suficiente para con- trapesar el pecado de Adán.
La salvación de los elegidos no es simétrica con la pérdida de los perdidos. La base de aquella está totalmente en la gracia de Dios. «Así que no depende del que quiere ... sino de Dios que tiene miseri- cordia» (Ro 9.16). Por otra parte, la razón y la base del castigo eter- no de cualquier individuo no es ninguna insuficiencia en la expiación, sino su rechazo del amor de Dios en Cristo. «El que no cree ya ha sido condenado porque [joti] no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios» (Jn 3.18).
Por supuesto, si uno rehúsa aceptar a Cristo, rehúsa el perdón de sus pecados específicos, y rehúsa aceptar lo que es suficiente para cubrir su pecado por su representante, Adán. Esta es la razón por la que, luego de enumerar pecados gravísimos, Pablo dice: «Porque por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia» (Ef 5.6; cf. Col 3.6). La palabra «desobediencia», apeitheta, es, en el uso del Nuevo Testamento, prácticamente equivalente a la palabra para «incredulidad». Esto confirma la sugerencia de que la incredulidad, rechazar el amor de Dios en Cristo, es la razón y la base para el castigo eterno, y que los que rechazan a Cristo, en su rehusar el ser perdonados, se hacen responsables de nuevo por su pecado represen- tativo en Adán y por sus pecados individuales.
La razón y la base, o lo que me gusta llamar la causa atribuible, o la causa condenable de la pérdida de los eternamente perdidos, es su rechazo del amor de Dios en Cristo. Este es el punto de vista desde el cual debemos considerar Escrituras tales como las que siguen: «El alma que pecare, esa morirá; el hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo; la justicia del justo será sobre él, y la impiedad del impío será sobre él» (Ez 18.20; cf. Ez 18.2-4; Jer 31.29,30). Estas citas fueron usadas equivocadamente por Pelagio contra la doctrina de la gracia de Dios de Agustín. Agustín reconoció la pecaminosidad de todo el género humano en Adán. No hay contra- dicción aquí. Todos somos culpables y corrompidos por causa del pecado de Adán y asimismo por causa de nuestros pecados indivi- duales, pero Cristo ha ofrecido una expiación infinita. La causa atri- buible de la perdición de los perdidos es «porque no han creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios» (Jn 3.18).
Por eso debe quedar claro que el paralelo repetido cinco veces y descrito en Romanos 5.15-19 en ninguna manera indica salvación uni- versal ni tampoco niega la particularidad y la eficacia de la expiación para la salvación de los elegidos. Positivamente enseña que todos los que descienden de Adán por generación natural, sin excepción, son pe-
cadores culpables, perdidos judicialmente bajo la ira y la maldición de Dios. También enseña que la expiación de Cristo, suficiente para todos, ofrecido a todos, aplicable a todos, sobreabundantemente incluye a cada miembro de la humanidad que la acepte por fe.
Pablo concluye esta presentación de las implicaciones del peca- do de Adán con su resumen triunfante: «Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia; para que así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro» (vv. 20,21). Esta conclusión nos guía al llamamiento ferviente a una vida santa que ocupa los capítulos 6, 7, 8 de Roma- nos. Aquellos que hemos aceptado la expiación de Cristo tenemos que apropiarnos continuamente de su poder para limpiarnos y santificarnos por el Espíritu Santo.
El punto culminante de la discusión de Pablo de las implicaciones del pecado de Adán nos guía también a un llamamiento evangelístico. La doctrina del pecado original explica el problema del pecado del cual cada ser humano, convicto por el Espíritu Santo, está conscien- te. Puesto que se da la diagnosis, podemos persuadir a los perdidos por este mismo hecho que acepten el remedio en Cristo.