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DE LA ACTITUD AL ACTO 1 Predicciones falsas.

In document Accion e Ideologia (página 150-155)

CUÁNDO DIJE YO ALGO CONTRA

EL DIFERENCIAL SEMÁNTICO DE OSGOOD

4. DE LA ACTITUD AL ACTO 1 Predicciones falsas.

En 1934, el sociólogo norteamericano Richard T. LaPiere

(1934/1967) publicó un estudio que todavía hoy produce discusiones y desacuerdos. Por aquel tiempo, se consideraba que existía en Estados Unidos un estado de opinión pública contrario a los chinos y, por consi- guiente, que los norteamericanos tenían una actitud negativa hacia ellos. En 1930 y por un período de dos años, LaPiere tuvo la oportunidad de acompañar en un prolongado viaje a lo largo y ancho de los Estados Uni- dos a un joven estudiante chino y a su esposa. Los viajeros visitaron 251 establecimientos y sólo en uno de ellos se les negó servicio. A fin de influir lo menos posible en el tratamiento dado a los visitantes chinos, LaPiere veía a menudo de no presentarse con ellos, de llegar más tarde, o de dejar que ellos hicieran los arreglos. La curiosidad científica de La- Piere se despertó cuando, al pasar un par de meses más tarde por una pe- queña población conocida por su actitud prejuiciada a los orientales, te- lefoneó al mismo hOtel donde les habían recibido con gran amabilidad y preguntó si podría reservar habitación para "un importante caballero chino", la respuesta fue un "no" frontal. Así, unos meses más tarde, LaPiere envió un cuestionario a los propietarios de todos los estableci- mientos públicos donde había sido atendida la pareja china con la si- guiente pregunta: "¿Aceptará usted como huéspedes en su estableci- miento a miembros de la raza china?" De las 128 respuestas obtenidas, un 92% de los propietarios de restaurantes y un 91% de los propietarios de hoteles y moteles respondieron negativamente, es decir, indicaron que no recibirían a los chinos.

En la medida en que el cuestionario reflejaba la actitud real de esos propietarios, había una discrepancia drástica entre lo que sus actitudes parecían predecir y el comportamiento real observado. La conclusión era lógica: las actitudes, por lo menos en cuanto medidas por cuestionarios verbales, no predicen adecuadamente el comportamiento, ya que no cap- tan más que "una respuesta verbal a una situación simbólica" (LaPiere, 1934/1967, pág. 26). Otros fueron aún más lejos y concluyeron que el concepto de actitud era operativamente inútil.

En un devastador análisis, Alan W. Wicker (1971a) revisó más de treinta estudios empíricos sobre la conexión entre diversas actitudes (la- borales, hacia las minorías, hacia los derechos civiles y hacia otros obje- tos) y las conductas correspondientes. Un primer presupuesto de este análisis es que la existencia de una misma actitud debe manifestarse en un comportamiento consistente, es decir, en una alta probabilidad de que se produzcan las mismas formas de conducta ante el objeto en cuestión. Un segundo presupuesto que involucra la medida de las actitudes, es que tan- to las respuestas verbales como las respuestas comportamentales son me- diadas por la misma variable latente o actitud y, por tanto, que la expre- sión verbal corresponde adecuadamente a la conducta esperada. Tras su análisis, Wicker (1971, pág. 161) llega a la siguiente conclusión: "Estos estudios sugieren que es mucho más probable que no haya relación entre las actitudes y las conductas manifiestas o que esa relación sea mínima a que exista una estrecha relación entre actitudes y acciones. Los coeficien- . tes de correlación producto momento entre los dos tipos de respuesta ra- ra vez son superiores a 0.30 y a menudo son cercanos a cero". Ante este panorama, el mismo Wicker (1971b, pág. 29) llega .a sugerir que "quizá conviniera abandonar el concepto de actitud" (ver, también, Deutscher, 1966, 1973a, 1973b).

Es importante subrayar que el problema planteado por LaPiere y Wicker presupone una relación simple entre actitud y conducta, es decir, una relación del tipo A-B, donde A es una actitud precisa (por ejemplo, actitud ante la Transformación Agraria) y B es también una conducta de- finida (por ejemplo, participación en una manifestación de protesta). La idea es que si la actitud constituye una predisposición a una determinada conducta ante cierto objeto y, una vez detectada la actitud, no se produce esa conducta con la probabilidad esperada (como parecerían indicar los estudios revisados por Deutscher, Wicker y otros críticos), o el concepto de actitud es inútil o falla en su aspecto más crucial, es decir, en su cone- xión con la conducta de la cual pretende ser explicación adecuada.

Este problema ha dado origen a numerosas soluciones, tanto meto- dológicas como teóricas (ver Liska, 1975). Examinaremos aquí las cuatro que nos parecen más interesantes: la respuesta drástica del conductismo ortodoxo, la diferenciación entre actitudes genéricas y actitudes específicas, las deficiencias metodológicas, y el carácter estructural de la actitud frente a los posibles comportamientos.

4.2. Actitudes y actos.

4.2.1. Un concepto innecesario.

Las postura que parece seguirse de la crítica de Wicker y, ciertamen- te, la postura adoptada por los psicólogos de orientación conductista or- todoxa mantiene que un concepto como el de actitud resulta inútil e

introduce complicaciones indebidas en el análisis científico del compor- tamiento. Robert P. Abelson (1972) comentaba en un artículo titulado "¿Son necesarias las actitudes?", que el planteamiento de rechazo a las actitudes por parte del conductismo tiene un paralelo en su rechazo a los modelos tradicionales de la personalidad. El principal portavoz de esta

postura crítica es Walter Mischel (1973), quien hace una devastadora

crítica sobre la conceptualización de la personalidad como un conjunto de rasgos propios de la persona, entre los cuales se pueden incluir las acti- tudes.

La idea central de esta postura es que variables intermedias como las actitudes son innecesarias para establecer una predicción acertada sobre la conexión entre estímulos y respuestas. El mismo hecho de no ser direc- tamente observables las hace poco sometibles a la lente del análisis científico. Pero, más que nada, la falta de consistencia en los resultados empíricos obtenidos al utilizar este concepto (la correlación nula en- contrada por LaPiere o ese máximo de correlación de 0.30 señalado por Wicker) descarta el valor y utilidad del concepto de actitud. No son los rasgos ni las actitudes los elementos principales para predecir el compor- tamiento, sino los estímulos y refuerzos observables, es decir, los facto- res situacionales y los controles ambientales.

4.2.2. Lo general y lo concreto.

Hay una expresión castiza en los ambientes taurinos que afirma que

"es muy fácil ver los toros desde la barrera". Con ello se está expresando el abismo que separa al dicho del hecho, al espectador del actor, lo distin- to que es ver a otros enfrentar una situación o problema que tenerla que enfrentar uno personalmente.

En esta misma línea diferenciadora se ha tratado de resolver el problema de la relación entre actitud y conducta. Una cosa es tener una actitud general y otra cosa es traducir en comportamientos esa actitud en una situación concreta, donde no sólo se enfrenta a un objeto en abstrac- to, sino a un objeto concreto en una situación precisa. Donald T. Camp- bell (1963/1971), por ejemplo, habla de un umbral de dificultad para la ejecución de un determinado comportamiento que en buena medida de- pende de la situación y las presiones que en ella se ejercen sobre la perso- na. Según Campbell, el estudio de LaPiere presentaba dos situaciones con un umbral de dificultad muy diferente para los comportamientos. Una cosa es rechazar por escrito a "los chinos" en general, y otra cosa muy distinta negar personalmente la entrada o la recepción en el propio establecimento a una pareja de chinos educados y bien vestidos. El estu- dio de LaPiere hubiera sido sorprendente si los que rechazaron cara a ca- ra a los chinos los hubiesen aceptado teóricamente en el cuestionario; en- tonces sí hubiera sido significativa la discrepancia, ya que el umbral de

¿Y TU PAPA,LiBERTAD, A")

00111.51 PIENSA VOTAR EN LAS PRÓXIMAS ELECCIONES?

AN ¿ToDAVI'A NO SE DECIDIÓ POR NINGÚN CANDIDATO?

¿POR QUÉ? 'PIENSA QUE ESE CANDIDATO \.■.IA A PERDER ?f

dificultad para negarse a algo en un cuestionario es mucho más bajo que el de negarse a ello frente a la persona interesada. La idea, por consi- guiente, es que la manera concreta como se manifieste la actitud depende también en parte de las condiciones y presiones de cada situación.

El mismo LaPiere (1934/1967) parece inclinarse por esta solución. Con no poca sorna, escribe LaPiere que no es lo mismo responder en un cuestionario si uno cedería su puesto en el bus a una mujer de raza arme-

nia que encontrarse en la situación de cedérselo. "Las palabras 'mujer armenia' no constituyen una mujer armenia de carne y hueso, que puede ser alta o baja, gorda o flaca, vieja o joven, bien vestida o mal vestida, que podría ser de hecho una verdadera diosa o simplemente una bruja vieja y fea. Y la respuesta al cuestionario, ya sea `sí' o 'no', sólo es una reacción verbal que no exige levantarse del asiento o evitar estoicamente los ojos hirientes de la hipotética mujer y las miradas recriminadoras de otros pasajeros" (LaPiere, 1934/1967, pág. 26). Con respecto a la recep- ción dada a los chinos, LaPiere tuvo que concluir que había otros facto- res, como el vestido, la apariencia, la forma de hablar y hasta la forma de sonreir, que determinaban mucho más la reacción de las personas que el color de su piel, de su cabello o la forma de sus ojos y de su nariz (pág. 28).

Recientemente, Russell H. Fazio y Mark P. Zanna (1981) han pues- to de relieve que las actitudes adquiridas mediante la experiencia perso- nal con el objeto de la actitud permiten predecir con más precisión la conducta consiguiente que las actitudes formadas sin experiencia directa. Según Fazio y Zarina, la razón se debe a que la experiencia directa sumi-

nistra al individuo más confianza y claridad sobre el objeto preciso de la actitud.

Una de las razones por las cuales puede darse una correlación tan baja entre actitud y conducta se debe, según algunos psicólogos, a que en una situación concreta dos o más actitudes (o creencias) pueden estar re- lacionadas con el mismo objeto. Milton Rokeach (1967), por ejemplo, postula dos actitudes para explicar cada comportamiento: una actitud hacia el objeto en cuestión, y otra actitud hacia la situación concreta en que se presente ese objeto.

Leonard Doob (1947/1971) mantiene que la relación entre actitud y conducta no es unívoca o necesaria. Doob ofrece una compleja defini- ción de actitud, a la que caracteriza por cinco notas: (1) se trata de "una

respuesta implícita, (2) que anticipa y canaliza los tipos de respuestas ma- nifiestas, (3) que es evocada por una variedad de esquemas estimulantes como resultado del aprendizaje previo o de gradientes de generalización y discriminación, (4) que es de por sí señalizadora y pulsional y (5) que es considerada socialmente significativa en la sociedad del individuo" (Doob, pág. 36).

Así, pues, según Doob la actitud sería una predisposición aprendi- da, en el sentido de una respuesta mediadora. Pero, una vez que el indivi-

duo haya adquirido por aprendizaje una actitud, tendrá también que aprender qué respuesta manifiesta dar a la actitud misma. No hay una re- lación predeterminada entre actitud y conducta; también hay que apren- der una respuesta conductual que vincular a la respuesta mediadora (la actitud). Dos personas pueden tener la misma actitud hacia un determi- nado objeto, pero aprender a dar diferentes respuestas manifiestas.

4.2.3. Deficiencias metodológicas.

La más común de las respuestas a la objeción sobre la relación entre

actitud y conducta consiste en afirmar que el problema se cifra en las de- ficiencias metodológicas. El defecto puede deberse a que no se mide bien la actitud o a que no se determina bien el objeto de la actitud. En cual- quier caso, la falta de correlación entre actitud y conducta se debería a la inadecuación de los instrumentos de medición.

Ya se ha insinuado el problema de que para medir la actitud normal- mente se utilicen cuestionarios que utilizan respuestas verbales. Como in- dicaba LaPiere (1934/1967, pág. 31), ' el cuestionario sólo puede garan- tizar una reacción verbal a una situación completamente simbólica". De ahí no habría que concluir, como hace el mismo LaPiere (pág. 27), que "cualquier medida de las actitudes mediante la técnica del cuestionario se basa en el supuesto de que hay una relación mecánica entre la conducta simbólica y no simbólica", pero quizá sí podría concluirse que la correla- ción entre ambas conductas que se presupone al utilizar los cuestionarios

no sea lo suficientemente grande como para apoyar una predicción fiable.

Daryl J. Bem, para quien las actitudes son simplemente "gustos y disgustos", "afinidades y aversiones hacia las situaciones, objetos, per- sonas, grupos o cualquier otro aspecto identificable de nuestro medio, incluyendo ideas abstractas y políticas sociales" (Bem, 1970, pág. 14), llega a afirmar con ironía que, en la práctica, las actitudes son más bien "la descripción que un individuo hace sobre sus propias afinidades y aversiones" (Bem, 1971, pág. 323), ya que, aunque ningún psicólogo las defina así, a la hora de medirlas todos o casi todos se convierten opera- cionalmente a esta definición.

Como ya se indicó, la validez de los cuestionarios se basa en el pre- supuesto de que tanto la conducta verbal como la conducta manifiesta son mediadas por la misma estructura latente o intermedia, es decir, por el esquema- actitudinal. Si el supuesto es válido, conocidas las respuestas de un tipo lógicamente se pueden predecir las respuestas de otro tipo, y los errores se deberían a que se ha realizado una mala medida de la acti- tud.

El mismo problema de la mala medida puede darse por el otro polo de la actitud, es decir, por la determinación del objeto. Según no pocos psicólogos, la baja correlación entre actitudes y conducta se debe a que se precisa mal el objeto de la actitud y, por consiguiente, a que se pretende predecir el comportamiento que se observará hacia un objeto a partir de la actitud hacia un objeto más amplio, genérico o simplemente distinto. No es lo mismo medir una actitud hacia la "raza negra" en general o ha- cia "la reforma agraria", que medir una actitud hacia unapersona negra en concreto o hacia el proyecto de Transformación Agraria propuesto por el Coronel Molina. Es posible que, a pesar de su aparente relación, en uno y otro caso se trate de actitudes diferentes ya que sus respectivos objetos son más o menos amplios, más o menos significativos.

Quizá el esfuerzo más elaborado por dar una solución al problema de la relación entre actitud y coducta resolviendo la dificultad .metodoló- gica sea el realizado por Martin Fishbein (1967; Fishbein y Ajzen, 1975; Ajzen y Fishbein, 1977, 1980). Fishbein y Ajzen proponen un modelo lla- mado de la "acción razonada", según el cual son tres los tipos de va- riables que funcionan como determinantes básicos de la conducta: (1) las

actitudes hacia la conducta; (2) las creencias normativas, personales y so- ciales; y (3) la motivación para aceptar esas normas.

En primer lugar, para predecir una conducta Fishbein y Ajzen consi- deran que hay que medir la actitud hacia esa conducta en particular, y no la actitud genérica hacia el objeto de esa y otras conductas. Una persona puede actuar de muchas maneras hacia un determinado objeto, y cada una de esas maneras de actuar es lo que constituye más propiamente el objeto de la actitud que debe medirse si es que se quiere lograr una pre- dicción acertada. En este sentido, Fishbein (1967), quien modifica un modelo sobre condicionamiento verbal de Don E. Dulany, subraya la im- portancia que tiene la "hipótesis" que se formula el individuo sobre el refuerzo que le va a producir realizar determinada acción, es decir, qué tipo de consecuencias le va a acarrear y el valor afectivo ligado a ese re- fuerzo o consecuencias.

En segundo lugar el modelo de Fishbein y Ajzen incluye el papel de las normas "subjetivas" en la determinación del comportamiento. Cada persona tiene unas creencias normativas, es decir, unas creencias sobre lo que las demás personas esperan que haga en una situación y lo que ella misma piensa que debe hacer. Realizar una acción no es sólo el producto de la actitud del individuo hacia esa acción, sino de sus normas subjetivas al respecto, aunque empíricamente el efecto de las actitudes suela ser ma- yor.

El tercer elemento en el modelo de Fishbein y Ajzen es la motivación del individuo, es decir, la medida en que el individuo quiere y está dis- puesto a realizar lo que de él se pide o espera. La motivación con respecto a una conducta concreta se expresa en la intención de la persona a reali- zarla. Por ello, el punto clave en el modelo de Fishbein y Ajzen consiste en definir la intención de una persona respecto a una determinada con- ducta. "La intención comportamental de una persona es entendida así como una función de dos factores: su actitud hacia la conducta y su nor- ma subjetiva" (Fishbein y Ajzen, 1975, pág. 16). La figura 6 muestra un diagrama con el modelo de Fishbein y Ajzen para predecir una conducta concreta.

El modelo de Fhishbein sobre las actitudes y su solución al problema metodológico de la relación entre actitud y conducta han recibido un ha- lagüeño respaldo empírico y la aceptación de bastantes psicólogos ( ei Hill, 1981; Cialdini, Petty y Cacioppo, 1981). Sin embargo. el modelo 1 Fishbein llevado al extremo constituye la expresión retorcida de una oh« viedad: cuanto con más inmediatez podamos determinar si una personz va a realizar o no una acción, mejor podremos predecir esa acción.

Es claro que si yo veo a alguien haciendo cola para obtener la entra- da a un cine y le pregunto si quiere ir al cinc y me responde que si, podre predecir con más precisión que esa persona va a ir efectivamente al cinc que si le hago la misma pregunta una semana antes en su casa. La predica ción se volvería todavía más precisa si en lugar de hacerle la pregunn

cuando está en la cola para obtener la entrada, le hiciera la pregunta en el momento en que se dispone ya a entrar al cine. Pero, evidentemente, lo ridículo del ejemplo muestra la obviedad del modelo. En su intento por lograr precisión, Fishbein y Ajzen se acercan de tal manera a la conducta específica, que dejan de lado el carácter englobante de la actitud. El mo- delo de Fishbein y Ajzen debe ser aplicado en cada caso no a un objeto

(persona, situación, etc.), sino a cada conducta concreta, sin que se pueda en principios generalizar la actitud a otras conductas referidas al mismo objeto. Tendríamos, entonces, tantas actitudes como conductas pode- mos realizar en cada situación. Llevada al extremo, la actitud sería tan específica e individual como la conducta concreta. En última instancia, se elimina en este modelo la exigencia científica de explicar mediante un principio general los casos o procesos singulares, y se reduce el análisis a denotar actos concretos. Más aún, al vincular en forma tan estrecha la actitud con la acción individual, el concepto de actitud pierde el carácter explicativo pretendido desde su origen y se convierte en un esquema indi- cador o descriptivo.

4.2.4. La persona y su mundo.

Las soluciones propuestas, tanto las teóricas como las metodológicas, no cuestionan el principio de que la relación entre actitud y conducta sea una relación simple, del tipo A-B. De ahí la necesidad en algunos casos de postular diversas actitudes (a las que corresponden diversas conduc- tas), de postular una diversidad de objetos (general y específico) o de convertir cada conducta concreta en el objeto mismo de la actitud.

Es claro, como lo indica entre otros el modelo de Fishbein y Ajzen, que la ejecución de una conducta no depende sólo de la actitud. Sin em- bargo, conviene revisar si el problema de la relación entre la actitud y la

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