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2.3. El desarrollo moral.
El último enfoque importante sobre la acción prosocial lo ofrecen quienes aplican a este tipo de acción los mismos principios del desarrollo que utilizan para analizar el comportamiento moral. Cabría distinguir aquí dos líneas teóricas divergentes: por un lado, la de aquellos que exa- minan la aparición del comportamiento prosocial a nivel filogenético, es decir, como producto en la evolución de la especie; por otro lado, la de quienes se centran en la formación de la moralidad a nivel ontogenético, ,es decir, como producto en la ,evolución de los individuos.
Según Donald T. Campbell (1965), aquellas sociedades que logran de sus miembros una lealtad hacia el propio grupo que llegue incluso al sacrificio, al altruismo, tienen más y mejores posibilidades de sobrevivir que aquellas sociedades que no logran desarrollar ese espíritu de lealtad y entrega entre sus miembros. La lealtad grupal constituiría una disposi- ción que se fría desarrollando a través de una evolución biológica y so- ciocultural. Más recientemente, el mismo Campbell (1972) ha subrayado que la lealtad altruista de las personas hacia el propio grupo es el "pro- ducto de un indoctrinamiento social" que es incluso contrario a las dis- posiciones transmitidas genéticamente. Por tanto, para Campbell la ac- ción prosocial es un mecanismo de supervivencia grupal, pero que no se transmite genéticamente, sino a través de procesos culturales.
Frente a la visión culturalista de Campbell, el enfoque de la "sociobiología" enfatiza el papel de los factores estrictamente genéticos en la determinación de los comportamientos prosociales. La sociobiología es la disciplina que trata de combinar los recientes progre- sos de la biología con las ciencias sociales. Según Edward O. Wilson (1975, pág. 4), la sociobiología constituye el "estudio sistemático de las bases biológicas de toda conducta social" y la idea central es que los ge- nes establecen los límites en. cuyo marco se mueven las opciones abiertas a la vida y organización social. Así, para Wilson el problema teórico cru- cial de la sociobiología consiste en preguntarse cómo es posible que el. altruismo evolucione por selección natural, siendo así que reduce la ade- cuación personal al medio. "La respuesta está en el parentesco: si los ge- nes que producen el altruismo son compartidos por dos organismos que descienden de una misma rama, y si el acto altruista de un organismo aumenta la contribución conjunta de estos genes a la siguiente genera- ción, la tendencia al altruismo se difundirá a través de la dotación genéti- ca" (Wilson, 1975, págs. 3-4).
Wilson (1978, págs. 155-175) distingue entre un altruismo radical, que favorece a los demás sin buscar ningún tipo de retorno, y un altruis- mo moderado, que tiene un fondo egoísta ya que busca la reciprocidad en el bien realizado. Es un cierto equilibrio entre ambas formas de altruismo el que permite la convivencia internacional y el progreso hacia una mayor armonía entre los pueblos, puesto que de progresar el altruis- mo radical, el de aquellos que ofrecen su vida por el propio grupo sin es- perar recompensa alguna, imperaría un estado de perpetuo conflicto entre los grupos humanos.
A nivel individual, el enfoque del desarrollo mantiene que la acción prosocial es, como toda acción de carácter moral, un comportamiento aprendido. Su ejecución formal requiere entonces el desarrollo de aquellas estructuras psíquicas que hacén posible la acción moral. Entrarían aquí entonces los mismos modelos que se examinaron al anali- zar el surgimiento de la moralidad, desde la teoría psicoanalítica hasta los modelos sobre el aprendizaje social, pasando por las llamadas teorías del desarrollo congnoscitivo.
Entre los estudios sobre el desarrollo moral que más interés tienen para la comprensión de la acción prosocial, se encuentran los de Baumrind y Damon. Diana Baumrind (1967, 1971; 1975) examinó la re- lación entre los estilos de educación de los padres y el comportamiento de niños pre-escolares, sobre todo en los aspectos pertinentes a la morali- dad. Los resultados de esos estudios muestran que un clima patérno de autoridad, aunque no autoritario, es el más favorable para un desarrollo equilibrado del carácter moral infantil. Así, por ejemplo, Baumrind en- contró que la aparición del sentimiento de responsabilidad personal está vinculado con la experiencia de obedecer a los padres, de cuidar el arreglo personal y de cumplir tareas en el hogar.
Por su parte, William Damon ha estudiado la aparición de la noción de justicia en los diversos niveles del desarrollo infantil. Según Damon (1981, pág. 64), "el razonamiento hipotético de los niños sobre la justicia está relacionado con su conducta social en situaciones reales de justicia". El principio de la justicia sería uno de los prinCipios organizativos empleados por las personas, según su nivel de desarrollo, para regular su vida social.
¿Cómo analizarían estos modelos el acto prosocial de Don Moncho cuando ayuda a evacuar a las familias afectadas por una correntada? Pa- ra Freud, se trataría de una acción sólo comprensible desde las exigencias sociales del superyó y que, por tanto, requeriría la existencia de una perso- nalidad ya formada. Ahora bien, al seguir los dictámenes del superyó, Don Moncho estaría buscando también su propio beneficio, ya que el su- peryó muestra al individuo los caminos socialmente aceptables para sa- tisfacer su búsqueda de•placer, aunque esos caminos puedan ser en deter- minadas circunstancias costosos y exigir sacrificios personales. Desde la perspectiva freudiana, un acto de puro altruismo (el "altruismo radical"
de Wilson) sólo puede ser concebido o como una forma más o menos su- til de masoquismo o como la sublimación de fuertes pulsiones sexuales.
Tanto Piaget como Kohlbeg aceptarían que un acto prosocial como el de Don Moncho podría darse en prácticamente todas las fases del de- sarrollo moral. Sin embargo, su sentido sería muy distinto en cada una de ellas, ya que el razonamiento que lo fundamentaría tendría un carác- ter y una intencionalidad diferente. En unos casos la ayuda podría darse como consecuencia de una orden paterna, por el deseo de aparecer so- cialmente como bueno o por satisfacer los propios ideales morales. Sólo en el caso de que la acción de Don Moncho buscara responder a las exi- gencias de un ideal universal de bien y justicia, podría hablarse de un ac- to puramente altruista.
Para los teóricos del aprendizaje, el acto de Don Moncho supondría una historia previa en la cual ese tipo de acciones hubieran sido reforza- das en forma directa o en forma vicaria, bien fuera que Don Moncho si- guiera apreciando los posibles refuerzos sociales que le acarreara su ac- ción, bien fuera que hubiere desarrollado ya ciertas estructuras de autorrefuerzo (Mischel, 1966, 1974).
Los modelos del desarrollo sobre la acción prosocial constituyen en- foques necesarios, pero insuficientes. Sin duda, la estructura biológica establece el marco de las posibilidades humanas, pero este principio tan general no resulta demasiado útil a la hora de juzgar las formas concretas de acción prosocial que se desarrollan en una sociedad o en otra, en un momento histórico o en otro (ver Hoffman, 1981). También es cierto que aquí, como reconoce el mismo Wilson y subraya Campbell, el proceso fundamental de aparición y transmisión es de orden cultural, pero enton- ces la explicación entra en el mismo terreno crítico que el enfoque norma- tivo.
También a nivel individual las teorías del desarrollo ofrecen elemen- tos importantes para comprender la acción prosocial. Sin embargo, to- das estas teorías se fijan más en los aspectos formales de la acción que en sus aspectos materiales; en otras palabras, todas ellas subrayan las condi- ciones necesarias para que se dé una acción prosocial, bien sea en lo que concierne al desarrollo de la personalidad individual o bien sea en lo que concierne a las circunstancias que hacen posible el aprendizaje. Con to- do, permanece la pregunta crucial de por qué en un grupo o en una so- ciedad las personas realizan tal tipo de acción prosocial y en otro grupo o sociedad no lo realizan, o por qué en una determinada circunstancia o si- tuación las personas actúan en forma prosocial y aun altruista y en otras circunstancias, quizás tan significativas o demandantes objetivamente, las personas se comportan en una forma egoísta. ¿Por qué el salvadoreño que ve un hombre tirado en una calle de San Salvador no acude a auxi- liarle? ¿Por qué se movilizan los medios de comunicación social para re- colectar fondos para los damnificados por una inundación, pero no para las víctimas de la guerra civil? La respuesta a estas y otras muchas pre-
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guntas similares no sólo requiere la comprensión de un marco cultural- normativo y de un esquema de la personalidad humana, que permita se- ñalar las condiciones de posibilidad de la acción moral; requiere también discernir históricamente el sentid6 de las diversas acciones respecto a sus beneficios (la sociedad o grupo a que apunta el beneficio de la acción prosocial) al interior de una estructura social, donde el "contrato" es más bien producto de una imposición que de un consenso, y el control es ejercido más por coerción que por convencimiento.
En conjunto, los tres tipos de enfoque sobre la acción prosocial nos dejan con la impresión de que la psicología social no ha captado todavía en forma adecuada este tipo de comportamiento y que el carácter deriva- do de su comprensión deja de lado su sentido más profundo. Posiblemen- te el fallo se encuentra en el punto de partida, donde se dan la mano indi- vidualismo y hedonismo, forzando a una visión explicativa de la acción prosocial, que tiene que ser "reducida" a otros elementos: el beneficio individual, la satisfacción, el refuerzo.