Desde los contemporáneos Polanco, Nadal y Ribadeneira, todos los biógrafos ignacianos han notado el sincronismo: el mismo año 1521, en que Ignacio fue herido en Pamplona, Martín Lutero rompió definitivamente en Worms con la Iglesia católica. La coincidencia resulta aún más evidente si se recuerda que el 4 de mayo de aquel año Lutero fue conducido por los soldados del elector Federico de Sajonia al castillo de Wartburg, donde permaneció en forzado retiro hasta el 1.° de marzo de 1522. Por el mismo tiempo, Ignacio, herido en Pamplona el 20 de mayo de 1521, pasó el tiempo de su convalecencia en la soledad de su casa paterna de Loyola, de donde salió, convertido, a fines de febrero de 1522.
El paralelismo entre Ignacio y Lutero, casi tanto como el menos observado, pero quizás más verdadero, entre Ignacio y Calvino, se ha convertido en un tópico siempre repetido. De ahí a afirmar que Ignacio había fundado la Compañía para oponer un dique al protestantismo, el paso ha sido fácil. Para muchos, San Ignacio es el paladín de la Contrarreforma o, simplemente, el anti-Lutero. Simplificaciones como ésta no resisten al análisis de la crítica histórica. San Ignacio fundó la Compañía para servir a Dios y a la Iglesia. Su ideal fue promover la gloria de Dios y el bien del prójimo. Este ideal de servicio lo vio concretado en la humilde y total disponibilidad al sumo pontífice, considerado como representante de Cristo y su vicario en la tierra. Cumplir la voluntad del papa equivalía, para él, a hacer la voluntad de Dios y emplear su vida y la de sus seguidores en la empresa más grande que pudiesen imaginar.
Es claro que, en los tiempos inquietos en que vivió el Santo, los intereses de la Iglesia se concentraron, preferentemente, en la reforma de sus propias instituciones y en la defensa contra el protestantismo, que iba invadiendo gran parte de Europa. En los planes de Ignacio había de tener una importancia primordial la defensa de la fe allí donde se veía más amenazada, es decir, en Alemania e Inglaterra. La obra realizada por la Compañía en este campo en tiempo de San Ignacio fue sólo un comienzo de la que había de llevar a cabo en los dos siglos siguientes.
Concentrando el tema a la vida de San Ignacio, puede ser considerado desde dos aspectos: 1) la labor de la Compañía en los países
de la Europa central; 2) los métodos ideados y promovidos por Ignacio para afrontar el peligro protestante.
Para trabajar en tierras germanas fueron bien pronto destinados tres de los primeros compañeros. Fabro salió de Roma en octubre de 1540 con el encargo de acompañar al doctor Ortiz. Le vemos en Worms asistiendo al coloquio entre católicos y protestantes, y al año siguiente, con ocasión de la Dieta en Ratisbona. Allí hace, el 9 de julio de aquel 1541, la profesión solemne, y al siguiente día 27 sale para España, siempre con el doctor Ortiz. Bobadilla llega este mismo año a Alemania con el cardenal Juan Morone. Jayo toma el relevo de Fabro. Este vuelve a Alemania en 1542. En unas declaraciones manifiesta que se siente más inclinado a trabajar en Alemania que en España, sin duda porque la necesidad es allí mayor. Pero tiene que obedecer, y así le vemos salir nuevamente en 1544 para Portugal y España. Por fortuna había ganado para la Compañía al joven Pedro Canisio, que realizaría en Alemania la obra que su maestro había querido llevar a cabo. Estando en España, le llegó la orden de trasladarse a Trento. Minado ya por varias enfermedades, se pone en camino en junio de 1546. Llega a Roma, y allí muere el 1.º de agosto, a los pocos días de su llegada.
Bobadilla sigue recorriendo varias ciudades de Alemania y Austria, con varias vicisitudes y varia fortuna. En 1548 se ve obligado a salir de Alemania, expulsado por el Emperador a causa de sus críticas contra el
Interim, concedido aquel mismo año a los protestantes. Vuelve a Roma.
Jayo sigue en Alemania hasta el fin de sus días. Muere en Viena el 6 de agosto de 1552.
El trabajo de estos jesuitas es el proyectado en el acto de la fundación de la Compañía: acudir, en plan de completa disponibilidad, allá donde son llamados o donde ven que pueden recoger más fruto. Dan Ejercicios, pre- dican, misionan por las ciudades, asisten a los coloquios con los protestantes, ejercen el apostolado de la conversación, que se demuestra, junto con el de los Ejercicios, el más eficaz. Bobadilla acompaña durante algún tiempo al ejército imperial. Para dar una mayor estabilidad a sus obras, piensan en la fundación de algún domicilio fijo para la Compañía.
Este, que fue el más vivo deseo de Fabro, tuvo una realización en Colonia, donde ya en 1544 se incoó un colegio con siete jesuitas —entre ellos, el sobrino de San Ignacio, Emiliano de Loyola—, mantenidos por los cartujos, que fueron los grandes amigos y bienhechores de los jesuitas en aquella ciudad, y por la generosidad de otros bienhechores. La estancia, con todo, en la capital renana no fue tranquila, debido, en parte, a la
defección de su obispo, pasado al luteranismo en 1546. En 1550 residían allí 14 jesuitas, 17 en 1551, 21 en 1556, teniendo como superior al P. Leonardo Kessel.
A partir de 1549 se empieza a pensar en la fundación de un colegio en Ingolstadt. A instancias del duque de Baviera Guillermo IV, Ignacio envía allá a Jayo, Canisio y Salmerón. Antes de partir, Ignacio les da una de sus célebres instrucciones. Por desgracia, la muerte del duque impone un aplazamiento en los planes, porque su sucesor Alberto no se mostró tan favorable. Había que esperar al año 1556 para la inauguración de aquel colegio. En 1551 se fundó el colegio de Viena, que fue prosperando, no obstante la oposición de la Universidad. A la muerte de San Ignacio contaba 320 alumnos. En Viena se abrió también un noviciado.
El hombre providencial para Alemania fue San Pedro Canisio. Formado en el ambiente de los cartujos de Colonia, entró en la Compañía en 1543, después de hacer los Ejercicios bajo la dirección del Beato Fabro. Iniciado en la vida religiosa en Roma al lado de San Ignacio y tras un primer destino a Messina, pudo realizar su ideal de trabajar por Alemania cuando se trató de fundar el colegio de Ingolstadt. Al suspenderse temporalmente aquel proyecto, le vemos en Viena, donde enseñó en la Universidad. Allí su prestigio fue continuamente en aumento. En 1553 fue propuesto para ocupar un obispado, que él rechazó. En 1554 fue nombrado decano de la Facultad de Teología. Su gran obra fue el célebre Catecismo en sus tres redacciones: mayor, menor y mínima, según la capacidad de los destinatarios. En 1556, Ignacio fundó las dos Provincias jesuíticas de Germania inferior y superior. Provincial de esta segunda fue nombrado Pedro Canisio.
En 1556, Canisio se dirigió a Praga, donde aquel mismo año se dio comienzo a un colegio, para el cual Ignacio destinó a 12 sujetos, que, junto con otros refuerzos, llegaron a ser 19. Con este personal pudieron abrirse las clases el 7 de julio de aquel mismo año.
* * *
¿Cuál fue la actitud de Ignacio respecto al problema protestante? Ante todo, cabe preguntarse cuál fue su conocimiento del problema. Se ha hecho notar que en sus cartas no se menciona casi nunca a Lutero ni a ningún otro de los reformadores. La muerte de Lutero en 1546 es pasada en silencio. ¿Significa esto que Ignacio no tuvo un conocimiento exacto de las personas y de sus doctrinas, o es, más bien, indicio de una repulsa a la
vez instintiva y consciente? Podemos pensar que se trataba de esto segundo. Desde luego, el suyo no fue un conocimiento sacado de un prolongado estudio de libros protestantes. Tal vez no le hubiese sido tan fácil, como a Laínez y a Salmerón, redactar, a ruegos del cardenal Cervini, una lista de las tesis de los novadores, para uso de los Padres del concilio de Trento, y otra de los pasajes de la Escritura aptos para refutarlos. Pero es claro que tanto por su experiencia como por su fino instinto, o, como él mismo diría, por su buen olfato, supo ver de qué parte venía aquel grave peligro para la unidad de la Iglesia.
Prescindiendo de lo que pudo llegar a sus oídos en España, es claro que durante los siete años de sus estudios en París vivió en contacto con el movimiento protestante. En octubre de 1534 fue testigo del escándalo de los pasquines contra el sacrificio de la misa y de la violenta represión que lo sofocó. En Venecia y en Roma se dio perfecta cuenta de los brotes de protestantismo surgidos en Italia. Ya hemos visto que la persecución sufrida en Roma en 1538, y que puso en peligro la misma fundación de la Compañía, tuvo su origen en la predicación heterodoxa de Agustín Mainardi. En sus estudios teológicos, aunque no del todo completados, tuvo ocasión de confrontar las tesis católicas con las de los novadores. Finalmente, las reglas para sentir con la Iglesia, tanto si fueron compuestas en París como en Italia, tanto si las consideramos en clave antierasmiana como en clave antiluterana, denotan un atento observador de las controversias de su tiempo.
En estas reglas vemos clara su actitud. Para Ignacio, el drama de su tiempo fue, ante todo, un drama de las conciencias. La tarea que se le ofrecía era la renovación del mundo interior. Pero esta renovación tenía que realizarse en un plano eclesial. Al individualismo espiritualista de Lutero y de Calvino opuso Ignacio su fidelidad y sumisión a la Iglesia jerárquica, convencido de que el espíritu de Cristo y el de la Iglesia es uno mismo. Pero la Iglesia no es solamente una comunidad de predestinados, sino un cuerpo organizado bajo la autoridad del papa. Por eso, la primera regla dice: «Depuesto todo juicio, debemos tener ánimo aparejado y pronto para obedecer en todo a la vera esposa de Cristo nuestro Señor, que es la nuestra santa madre Iglesia jerárquica». El calificativo de jerárquica lo dice todo. En la primera versión latina había añadido el de «romana». Más que combatirlos, el católico debe buscar razones para defender los preceptos de la Iglesia. Alabar —verbo repetido al menos nueve veces en aquellas reglas— más que criticar. Construir más que demoler. La reforma de la Iglesia se ha de obtener, principalmente, con la santificación de sus
miembros.
Nos interesa descubrir los planes de Ignacio para la defensa de la fe católica. Ya hemos visto que envió a Alemania a algunos de sus mejores colaboradores. Para ellos compuso una serie de siete instrucciones que nos revelan toda su estrategia.
Ante todo, confianza en los medios sobrenaturales. «Confíen con gran magnanimidad en Dios», escribía. El arma principal había de ser la oración. Por eso mandó que todos los sacerdotes de la Compañía aplicasen cada mes una misa por las necesidades de Alemania y de Inglaterra. Lo que pretendía en su acción era «ayudar a toda Alemania en lo perteneciente a la pureza de la fe, obediencia a la Iglesia y, en fin, a la sólida doctrina y a las buenas costumbres». El segundo medio había de ser el buen ejemplo de la vida. Más obras que palabras. Venía a continuación la predicación en sus varias formas. Este es, tal vez, el punto más característico. Estaba persuadido de que era mucho más eficaz predicar la verdad «in spiritu lenitatis» que enfrentarse abiertamente con los disidentes para confutar sus doctrinas. En este campo tenían una importancia primordial las conversaciones privadas y los Ejercicios. Fabro atribuía a éstos la mayor parte del fruto que se hizo en Alemania. Jayo coincidía del todo con su compañero. Escribía Ignacio: «Será manera más pacífica esta de predicar, y leer, y enseñar la doctrina católica, y probarla, y confirmarla, más bien que armar ruido persiguiendo a los herejes, los cuales se obstinarían más si se predicaba contra ellos abiertamente». Todo debía hacerse con «modestia y caridad cristiana; por eso, no debe decirse injuria ninguna, ni mostrar ninguna clase de desdén hacia ellos, sino compasión; ni siquiera se proceda abiertamente contra sus errores, sino que, al establecer los dogmas católicos, se colegirá que los de ellos son falsos». Estas normas se escribían a los destinados a Ingolstadt.
Es notable que este modo de proceder coincidía en todo con el empleado por el Beato Pedro Fabro, tal como él lo expuso en unos ocho puntos destinados al P. Laínez en 1546. El primer consejo era tener mucha caridad con los herejes y amarlos de verdad. El segundo, granjeados para que nos amen, lo cual se hace conversando con ellos familiarmente en cosas comunes a nosotros y a ellos, guardándose de todas disceptaciones. En tercer lugar, con los herejes es mejor mover la voluntad que instruir el entendimiento. Siguen otros consejos: inducirles a las buenas costumbres, porque muchas veces se ha visto que las desviaciones doctrinales han tenido su origen en la mala vida. Exhortarles al amor de las buenas obras,
porque de su descuido ha venido muchas veces la pérdida de la fe. Como muchas veces se les hacen imposibles los preceptos, «es menester exhortación de espíritu para fortificarlos y animar, porque cobren esperanza de poderle hacer y de poder padecer cuanto se manda y más, con la gracia del Señor». En resumen, lo que hacía falta era exhortar, animar al temor y amor de Dios y a la práctica de las buenas obras. Concluía que muchas veces los males no estaban más ni principalmente en el entendimiento, «sino en los pies y en las manos del ánima y del cuerpo». Para Fabro, lo que más se necesitaba en Alemania era la santidad de la vida y el espíritu de sacrificio. Las cosas, según él, habían llegado a tal punto, que «con las letras tampoco pueden; es porque el mundo es ya venido a tal estado del no creer, que es menester argumentos de obras y de sangre»; de lo contrario, el mal irá progresando y los errores aumentarán.
A estos medios había que añadir otros dos: la enseñanza oral y escrita de las buenas doctrinas y la fundación de los colegios. Ignacio confió a Laínez la composición de un compendio de teología que habría de servir para católicos y protestantes. Por las muchas ocupaciones de Laínez, este compendio no llegó a terminarse. En cambio, tuvo enorme difusión el
Catecismo de San Pedro Canisio en sus tres redacciones: mayor, menor y
mínima, adaptadas a las varias clases de lectores. Cuanto a los colegios, todos los historiadores están de acuerdo en reconocer el enorme influjo que ejercieron los colegios de la Compañía para contener el avance del protestantismo en toda Europa, pero particularmente en Alemania. Aunque este efecto se sintió más después de la muerte de San Ignacio, es de notar que colegios como los de Colonia, Viena e Ingolstadt fueron iniciados durante su vida. Obra importantísima fue la fundación en 1552 del Colegio Germánico de Roma. Secundando la idea del cardenal Juan Morone, Ignacio inició y llevó adelante con gran constancia esta obra, superando las dificultades, sobre todo de orden económico. El plan era reunir en un colegio, situado en el centro de la cristiandad, un grupo de jóvenes selectos provenientes de las varias regiones germanas. De allí saldrían los futuros pastores y obispos que habrían de trabajar en Alemania. Para la creación de este colegio, Ignacio puso en juego toda su habilidad negociadora y todo su influjo con las personas más elevadas que podían ayudarle, y sobre todo con el mismo papa.
Estos eran los consejos y las orientaciones que Ignacio daba a sus súbditos. Cuando se trataba de manifestar su opinión a las autoridades
eclesiásticas y civiles, que disponían de medios coercitivos para reprimir la herejía, sus palabras adquirían un tono más severo. A Zacarías Delfino, destinado en 1553 nuncio en la corte del rey de Romanos Fernando 1, le recomendaba que promoviese, ante todo, el buen ejemplo de los eclesiásticos, evitando toda clase de avaricia, «ya que ésta tanto ha dañado y da ocasión a que se piense mal desta Sede Apostólica». Hay que tener cuidado con la elección de maestros católicos para las escuelas, excluyendo de ellas a los luteranos. Se deben desterrar de las escuelas los libros heréticos y sustituirlos con otros católicos. Dedica en su instrucción amplio espacio a la educación católica de la juventud. Finalmente, junto con las conversaciones privadas, en las que tanto había insistido hablando a sus súbditos, al nuncio le recomienda las disputas públicas en las dietas y en otras reuniones.
El día 13 de agosto de 1554, Ignacio envió dos instrucciones a San Pedro Canisio. En una, escrita en italiano, le daba normas sobre lo que debía hacer él. La otra, en latín, tenía como destinatario, por lo menos indirecto, al rey de Romanos. En esta segunda carta, fruto, según parece, de una consulta que tuvo Ignacio con algunos de sus más íntimos colaboradores, expone sus puntos de vista sobre los medios que el rey debe poner en práctica para extirpar la herejía allí donde había arraigado y para prevenir su extensión hacia las regiones todavía católicas. En un preámbulo dejaba a la prudencia de Canisio el discernimiento respecto a las medidas que iba a proponerle, para que, según su criterio, las hiciese llegar a oídos de Fernando I. Pueden resumirse de este modo: El rey personalmente debe declararse hostil hacia cualquier forma de herejía. Medio eficaz para conjurar el peligro es alejar de los puestos de gobierno y de la enseñanza a cuantos estuviesen contagiados con el error. Los libros heréticos deben ser quemados, y los de autores contagiados con la herejía, apartados, aunque no contengan errores. Es conocido el principio sostenido otras veces por Ignacio: se ha de evitar la lectura de autores he- réticos, aunque no sean malos en sí, porque el lector empieza por aficionarse al autor, y de ahí pasa fácilmente a sentirse atraído por sus doctrinas. Ayudará también la convocación de sínodos en los que se desenmascare el error. No debe permitirse que ningún hereje sea llamado «evangélico», bajo pena pecuniaria.
Para la prevención de la herejía en las regiones todavía católicas, Ignacio propone la elección de personas claramente ortodoxas para los puestos de responsabilidad; la designación de obispos, sacerdotes y predicadores, diseminados por varias partes para explicar rectamente el
Evangelio; la remoción de sus parroquias de los curas ignorantes; el cuidado en la selección de los directores de las escuelas y de los maestros de las mismas; la composición y explicación de un buen catecismo de la doctrina cristiana. Para terminar, sugiere la creación de cuatro tipos de seminarios para la formación de los candidatos al sacerdocio. Entre ellos se cuenta el Colegio Germánico de Roma.
Esta instrucción ha sido notada por católicos y protestantes por su carácter ciertamente duro, y en particular porque en ella se propone por dos veces la posibilidad de imponer la pena capital como remedio contra la herejía. Métodos como éste, que contrastan con la concepción que hoy