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PEREGRINO EN MONTSERRAT

In document El Padre Maestro Ignacio (página 47-50)

1. ELCAMINO HACIA LA MONTAÑASANTA

Iñigo salió de Loyola a fines de febrero de aquel año 1522 cabalgando en una mula. Quiso seguirle un hermano suyo, a quien no nombró, pero que fue seguramente el rector de Azpeitia Pero López de Oñaz. A éste le persuadió que se detuviesen en Aránzazu, donde él pensaba hacer una vigilia de oración ante la venerada imagen de la Virgen. Años más tarde, escribiendo a San Francisco de Borja, le recordará las gracias recibidas en aquella memorable vigilia. Es probable que allí hiciese el voto de castidad. Él dijo solamente que lo había hecho durante su camino a Montserrat y que lo había ofrecido a la Virgen, sin saber, como ya notó el P. Laínez, que los votos se hacen directamente a Dios. Pero esta circunstancia avala la hipótesis de que el voto lo hizo en un santuario mariano, y no parece que visitase sino el de Aránzazu antes de llegar a Montserrat. El hecho cierto es que la Virgen lo tomó bajo su especial protección, de tal manera —como apunta el mismo Laínez— que, «con haber sido hasta allí combatido y vencido del vicio de la carne, desde entonces acá nuestro Señor le ha dado el don de la castidad, y, a lo que creo, de muchos quilates».

En anzuola, donde se despidió de su hermana Magdalena, o en Oñate, dejó a su hermano y solo se dirigió a Navarrete, en la Rioja. Su intención era despedirse de su protector y además cobrar «unos pocos de ducados que le debían en casa del duque». Para ello mandó una nota al tesorero de éste. El tesorero le contestó que no tenía dinero en caja. Que no se trataba de una excusa lo prueba cuanto antes hemos indicado sobre la apurada situación en que se encontraba en aquellos momentos el duque de Nájera. Pero, al enterarse él de la demanda de Iñigo, dijo que «para todo podía faltar, mas que para Loyola no faltase; al cual deseaba dar una buena tenencia, si la quisiese acetar, por el crédito que había ganado en lo pasado». Recibido aquel dinero, Iñigo lo mandó repartir, parte «en ciertas personas a quienes se sentía obligado y parte a una imagen de nuestra

Señora que estaba mal concertada, para que se concertase y ornase muy bien». Y de Navarrete prosiguió para Montserrat, adelantándose unos ocho días a la comitiva del papa, que el día 15 de marzo se detuvo en Nájera.

Desde la Rioja, el camino pasaba por Tudela, Pedrola, Zaragoza, Lérida, Cervera e Igualada. En las largas horas de su peregrinación, su pensamiento se dirigía constantemente hacia Dios y a las cosas que pensaba hacer en su servicio. Y, no entendiendo nada de humildad, ni ca- ridad, ni paciencia, ni de la discreción necesaria en el ejercicio de estas virtudes, toda su atención se concentraba en las grandes penitencias que pensaba hacer, midiendo por ellas la santidad. Había, con todo, una cir- cunstancia, y era que, aunque aborrecía profundamente sus pecados, al hacer penitencia no pensaba tanto en ellos como en hacer cosas grandes exteriores, porque así las habían hecho los santos para gloria de Dios.

Un episodio interrumpió la tranquilidad de aquella peregrinación. Por el camino coincidió Iñigo con un moro, caballero en un mulo. Los dos caminantes trabaron conversación y vinieron a tratar de la virginidad de María. El moro concedía que ésta hubiese podido ser virgen antes del parto, mas no podía creer que hubiese podido parir quedando virgen. Por más razones que le dio el peregrino, el moro no se quiso convencer, y, dejando a su compañero, prosiguió su camino tan de prisa, que Iñigo le perdió pronto de vista. Al quedarse solo le asaltó esta duda: ¿Había hecho todo cuanto estaba en su poder para defender la virginidad de María? Entraron aquí en juego, como nos dice él mismo, «unas mociones que hacían en su ánima descontentamiento, pareciéndole que no había hecho su deber»; y así «le venían unos deseos de ir a buscar el moro y darle de puñadas por lo que había dicho». Estuvo largo tiempo dudoso sobre lo que debía hacer. La solución que encontró fue dejar suelta su mula hasta llegar a una bifurcación de dos caminos, uno que conducía a un pueblo cercano —parece que se trataba de Pedrola—, adonde se dirigía el moro, y otro que era el camino real. Quiso Dios que, aunque el camino que llevaba al pueblo era mejor y más ancho, la mula siguió por el camino real, y del moro se perdieron las huellas. Con ello quedó tranquila la conciencia del peregrino. Llegando a un pueblo grande antes de Montserrat —parece que se trató de Igualada—, compró un trozo de tela de saco para hacerse con él una túnica de peregrino y unas esparteñas. De éstas se calzó solamente la del pie derecho, que era el que había quedado más resentido de las heridas sufridas. La pierna la llevaba atada con una venda, a pesar de lo cual y de que iba montado en una mula, por la noche se la encontraba siempre hinchada.

2. VELANDO LASNUEVAS ARMAS AL PIE DE LA MORENETA

Por fin llegó a Montserrat. El día no nos consta con certeza. El único dato cierto es el de la vigilia nocturna ante el altar de la Virgen, efectuada en la noche entre el 24 y el 25 de marzo. A la vigilia precedió la confesión, que duró tres días. Según esto, la llegada a Montserrat debió de ocurrir, a más tardar, el día 21 de marzo. Es probable que haya que adelantarla algún día más.

La peregrinación a Montserrat era muy popular en aquellos tiempos. De ahí que a Iñigo le viniese la idea de realizarla, tanto más que aquel célebre santuario mariano quedaba al lado del camino que tenía que recorrer para llegar a Barcelona, puerto de embarque para Roma, donde tenía que solicitar del papa el permiso para ir a Jerusalén. Además de encomendar sus planes a la Santísima Virgen, como ya lo había hecho en Aránzazu, tenía intención de vestirse allí de las armas de su nueva milicia espiritual, a la manera que los noveles caballeros solían hacerlo para dar comienzo a la terrena. Esta ceremonia iba precedida de una vigilia nocturna, durante la cual el nuevo caballero velaba sus armas. Así lo prescribían las Siete partidas y así lo había visto Iñigo practicado en los libros de caballerías.

Antes de la vigilia quiso purificar su alma mediante una confesión general de toda su vida. Su confesor fue un monje francés que atendía en el monasterio a los peregrinos. Se llamaba Juan Chanon. Este fue el primero a quien Iñigo descubrió sus planes, mantenidos hasta aquel momento en secreto. Su confesor debió de poner en manos de Iñigo alguno de los manuales de confesión que entonces se usaban para facilidad de los penitentes. Es probable que Chanon iniciase a Iñigo, o entonces o en sucesivas ocasiones, en los métodos de oración, haciéndole leer el

Ejercitalario de la vida espiritual, compuesto por el reformador del

monasterio de Montserrat, García Jiménez de Cisneros, e impreso en el mismo monasterio el año 1500. Para que fuese más completa, Iñigo puso su confesión por escrito, y empleó en hacerla tres días. La víspera de la fiesta de la Anunciación de la Virgen, 25 de marzo, buscó un pobre y, despojándose de sus vestidos, se los entregó. Él se vistió su túnica de peregrino. Así realizó su vigilia a los pies de la Virgen morena, a ratos en pie, a ratos de rodillas, pasando toda la noche en oración.

IV. MANRESA, LA PRIMITIVA

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