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P ARADA EN B ARCELONA

In document El Padre Maestro Ignacio (página 63-65)

V. SIGUIENDO LAS HUELLAS

1. P ARADA EN B ARCELONA

Entró en Barcelona por el portal Nuevo. Desde allí, pasando por las calles de la Puerta Nueva y Carders, llegó a la plaza de Marcús, donde se detuvo para orar ante la imagen de Nuestra Señora de la Guía. Siguiendo por la calle de Corders, la plaza de la Lana y la calle de la Boria, dobló hacia la izquierda por la calle de Febrers —hoy día, calle de San Ignacio —, donde tenía su casa y tienda Inés Pascual. En la casa de esta bienhechora suya encontró hospedaje durante aquellos días y en su se- gunda estancia en Barcelona. Por desgracia, aquella casa hoy día ya no existe, habiendo sido derribada en 1853 al ser abierta la calle de la Princesa.

Pasó Iñigo en Barcelona poco más de veinte días, los necesarios para procurarse el pasaje a Roma. Pero no podía permanecer inactivo. Lo mismo que en Manresa, todo su afán fue encontrar personas con quienes poder hablar de cosas espirituales. Por los procesos sabemos que frecuentó, el monasterio de las jerónimas, dedicado a San Matías, y situado entonces en la plaza del Padró. En las afueras de la ciudad y en las faldas del Collcerola existía un monasterio de monjes jerónimos, del que todavía hoy quedan algunas ruinas. También a este monasterio y a las vecinas ermitas esparcidas en la zona de San Ginés dels Agudells se dirigió el

Santo con el mismo fin. Pero ya sabemos que su deseo de encontrar personas espirituales no quedó plenamente satisfecho, como tampoco en Manresa.

Estaba un día sentado con los niños en las gradas de la iglesia de San Justo escuchando el sermón, cuando una señora llamada Isabel Ferrer, esposa de Francisco Roser o Rosell, vio como un resplandor que salía del rostro del Santo. Al mismo tiempo sintió una voz interior que le decía: «Llámale, llámale». Acabado el sermón y de regreso a su casa, situada en la misma plaza de San Justo y frente al portal de la iglesia, contó a su marido lo que había visto. Los dos decidieron invitar a su casa a aquel devoto peregrino. De sobremesa le pidieron que les hablase de las cosas de Dios. Desde entonces quedó Isabel tan aficionada al peregrino, que se convirtió en su mejor bienhechora en Barcelona, París y Venecia. Más tarde, fundada ya la Compañía, esta afición de Isabel a Ignacio desembocó en los hechos que relataremos a su tiempo.

En su conversación habló Iñigo de su proyectado viaje a Roma, diciendo que pensaba embarcarse en un bergantín. Sus huéspedes le disuadieron, recomendándole que lo hiciese en un barco más grande, en el que pensaba viajar un pariente de ellos. El Santo aceptó el consejo, y fue providencial, porque aquel bergantín se dispersó poco después de la salida del puerto de Barcelona.

Iñigo tenía proyectado hacer su peregrinación con el más absoluto desprendimiento de los medios humanos: solo y sin dinero. Se le ofrecieron muchos acompañantes; pero él, cortésmente, los rechazó. A uno que le dijo que, no sabiendo latín ni italiano, era temerario viajar sin ningún compañero, le respondió que, aunque se tratase del hijo o hermano del duque de Cardona, él no lo tomaría. Porque deseaba tener tres virtudes: fe, esperanza y caridad. Y, si llevase un compañero, cuando tuviese hambre acudiría a él; si se cayese, esperaría que aquél le levantaría. Y esta confianza en las criaturas era la que él quería colocar en Dios sólo. Por la misma razón quiso embarcarse sin provisión ninguna. Pero en este punto se vio obligado a ceder en parte, porque, aunque el patrón de la nave le concedió un pasaje gratuito, le puso como condición que llevase consigo las provisiones de «bizcocho para mantenerse, y que de otra manera de ningún modo le recibirían». Aquí le vinieron fuertes dudas: «¿Esta es la esperanza y la fe que tú tenías en Dios, que no te faltaría?» Dudó mucho sobre lo que tenía que hacer. Por fin, no sabiendo cómo salir de aquel conflicto, decidió ponerse en manos de su confesor. Este le aconsejó que

pidiese lo necesario para el viaje y lo metiese consigo en la nave.

Una anécdota curiosa. Una señora a quien acudió en demanda de limosna le preguntó para dónde pensaba embarcarse. Iñigo dudó si tenía que responderle. Por fin le dijo solamente que pensaba ir a Roma. A lo cual replicó la señora: «¿A Roma queréis ir? Pues los que van allá no sé cómo vienen»; queriendo decir —anota el Santo— que los que iban a Roma se aprovechaban poco en cosas de espíritu. La razón por la que dudó si debía manifestar sus planes de viaje era el miedo de la vanagloria, tentación que le acompañó durante todo este período. Por eso no se atrevía a decir de dónde era ni a qué familia pertenecía. Señal de que su familia era conocida aun fuera del País Vasco.

Por fin, recogidas sus provisiones, fue al puerto para embarcarse. Pero, estando allí, encontró que le habían quedado algunas blancas en el bolsillo. Su decisión fue dejarlas sobre un banco.

In document El Padre Maestro Ignacio (página 63-65)